
By Mike Sain't Louis ·
Un abecedario escondido en la pista: «Mood», la enumeración caótica y los dos hombres que acaban bailando
This article is only available in Spanish. Leer en español
«Mood» no tiene ni un solo verbo conjugado. No tiene artículos, ni preposiciones, ni una frase completa. Son treinta palabras en inglés separadas por comas, repartidas en cuatro líneas, y después el título repetido cuatro veces, como un interruptor que se pulsa hasta que la luz se queda encendida:
Party, baby, booty, flow, sexy, cool, check, beat, feeling, groovy, style, gangsta, break, cash, club,
Ya escribí sobre lo que tiene de madrileño ese inglés de pista en treinta palabras prestadas, y en gayfolkplanet hay una traducción castiza palabra por palabra. Hoy quiero mirarla de otra manera: como un poema. Porque una lista de palabras sueltas no es una ocurrencia moderna, es una de las formas más viejas que tiene la poesía. Y porque, al mirarla de cerca, encontré dentro algo que no esperaba, un pequeño abecedario. Y al final, el videoclip, que cuenta con imágenes la historia que la letra no cuenta con palabras.
Un poema sin verbos
Lo primero que llama la atención de «Mood» es lo que le falta. Una canción normal tiene un sujeto que hace algo: yo te quiero, tú te fuiste, nosotros bailamos. Aquí no hay nadie que haga nada. Solo hay cosas, estados, etiquetas. La fiesta, el ligue, el estilo, el dinero, el club.
Eso tiene un nombre en retórica. Cuando se colocan elementos uno detrás de otro sin conjunciones, sin «y» que los una, se llama asíndeton. Es el recurso del telegrama y de la lista de la compra, pero también de algunos de los versos más famosos de la literatura. Quita las conjunciones y todo se acelera, porque el oído no descansa entre una palabra y la siguiente. En una canción de pista eso es exactamente lo que se busca: que no haya pausa, que una palabra empuje a la otra como un paso empuja al siguiente.
Lo segundo que llama la atención es que, a pesar de no tener verbos, la canción se mueve. Empieza en el cuerpo, «party, baby, booty», pasa por la actitud, «flow, sexy, cool», llega a la música, «check, beat», y de ahí se dispersa. El movimiento no lo da la gramática, lo da el orden. Y el orden, como veremos, guarda una sorpresa.
Lo que Leo Spitzer llamó enumeración caótica
En 1945 se publicó en Buenos Aires un librito de menos de cien páginas que se convirtió en un clásico de la crítica literaria en español: «La enumeración caótica en la poesía moderna», del filólogo austriaco Leo Spitzer, traducido por Raimundo Lida para el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires.
Spitzer se fijó en algo que veía en muchos poetas modernos, de Walt Whitman a Paul Claudel, de Rubén Darío a Pablo Neruda o Pedro Salinas: listas larguísimas que juntan, una detrás de otra, las cosas más dispares. Lo exótico y lo familiar, lo enorme y lo diminuto, la naturaleza y los productos de la industria. Según una reseña de la época, Spitzer comparaba ese estilo con un niño que estuviera hojeando el catálogo de unos grandes almacenes. Y lo describía como catálogos del mundo moderno, deshecho en una polvareda de cosas, que aun así se integran en una visión de conjunto.
Esa imagen del catálogo de unos grandes almacenes me parece la mejor descripción posible de «Mood». En la misma línea conviven «booty» y «check», el culo y la comprobación. En la siguiente, «gangsta» y «cash» con «groovy», que suena a los años setenta. En la tercera aparece «feedback», que es palabra de reunión de trabajo, al lado de «jam», que es palabra de músicos. No hay jerarquía. Todo cabe en el mismo escaparate.
Whitman, Quevedo y las letanías
Spitzer encontraba el ejemplo más puro de enumeración caótica en Whitman, en «Hojas de hierba», cuya primera edición es de 1855. El poema que luego se llamaría «Canto de mí mismo» está lleno de catálogos: oficios, paisajes, cuerpos, objetos, todo amontonado con una alegría que no distingue lo noble de lo vulgar. Whitman, además, es uno de los grandes poetas del deseo entre hombres, y su forma de enumerar cuerpos tiene mucho de mirada de pista de baile: todo el mundo está ahí, todo merece ser nombrado.

Pero Spitzer no se quedaba en lo moderno. Buscaba antecedentes y encontraba uno muy nuestro: Quevedo, sobre todo en «Las zahúrdas de Plutón», uno de sus «Sueños», donde desfilan por el infierno oficios, tipos y vicios en enumeraciones interminables. Y más atrás todavía, las letanías, las listas de nombres de la divinidad, las alabanzas que se repiten una y otra vez en la liturgia.
Me hace mucha gracia pensar en «Mood» como una letanía. Y lo es, en cierto modo. Una letanía es una lista de nombres que se recita para entrar en un estado. Eso es lo que hace la canción: recitar los nombres sagrados de la noche, «party, club, vibe, hype», hasta que el cuerpo entra en el estado que anuncia el título. El estribillo, «MOOD» repetido, funciona igual que el «ruega por nosotros» después de cada advocación. Es la respuesta del coro.
El poema que no se puede terminar
Hay un cuento de Borges, «El Aleph», publicado también en 1945, el mismo año que el libro de Spitzer, en el que el narrador ve en un punto del sótano todas las cosas del universo a la vez. Cuando intenta contarlo, solo puede hacer una lista: vi esto, vi aquello, vi lo otro. Y él mismo reconoce que la tarea es imposible, porque cualquier enumeración de un conjunto infinito se queda corta.
Toda lista tiene ese problema. Siempre falta algo. En «Mood» faltan muchísimas palabras de pista que usamos a diario, y ya conté en el otro artículo cuáles echaba de menos. Pero precisamente por eso la lista funciona: no pretende ser completa. Es una muestra, un puñado sacado del bolsillo. Treinta palabras para insinuar las miles que flotan en una noche cualquiera.
Las listas aparecen mucho en mis letras. Hablé de ellas en el arte de la lista, donde la enumeración sirve para negar, para ir descartando todo lo que no salva. Y en la lista de «La despedida», donde cada palabra es una foto de un álbum. En «Mood» la lista no niega ni recuerda. Celebra. Es la más pura de todas, porque no tiene nada alrededor que la explique.
El abecedario escondido
Y ahora, la sorpresa. Fíjate en la tercera línea:
deal, drop, feedback, game, hit, jam, look, mix,
Deal, drop: de. Feedback: efe. Game: ge. Hit: hache. Jam: jota. Look: ele. Mix: eme. Las ocho palabras están en orden alfabético. Y la cosa sigue en la cuarta línea:
mood, outfit, show, vibe, wild, track, hype.
Mood: eme. Outfit: o. Show: ese. Vibe: uve. Wild: uve doble. Desde «deal» hasta «wild» hay trece palabras seguidas que respetan el orden del alfabeto, saltándose letras pero sin retroceder nunca. Y justo al final, «track» y «hype» rompen la serie y vuelven atrás, a la te y a la hache, como quien se sale de la fila en el último momento.
No sé si alguien se ha dado cuenta antes. Yo tardé en verlo. Pero ahí está, y me parece la mejor metáfora posible de una noche de fiesta: empieza desordenada, con las palabras amontonadas en las dos primeras líneas, encuentra un orden a mitad de la noche, cuando todo fluye y una cosa lleva a la otra, y se desordena otra vez al final, cuando ya no sabes ni qué hora es.
Los poemas que se leen en vertical
Ese pequeño alfabeto tiene parientes ilustres. Los poemas abecedarios, en los que cada verso o cada estrofa empieza por una letra siguiendo el orden del alfabeto, existen desde la Biblia hebrea. El Salmo 119, el más largo del libro, tiene veintidós estrofas de ocho versos, una por cada letra del alfabeto hebreo, y en cada estrofa todos los versos empiezan por la misma letra. Los cuatro primeros capítulos de las Lamentaciones también son alfabéticos.
Y está el pariente más famoso: el acróstico, el poema en el que las letras iniciales de los versos, leídas de arriba abajo, forman una palabra o una frase. San Agustín, en «La ciudad de Dios», recoge unos versos atribuidos a la Sibila cuyas iniciales en griego forman «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador», y cuyas primeras letras de esas palabras dan a su vez «ichthys», pez, el símbolo de los primeros cristianos.
En español tenemos el acróstico más célebre de todos. En la edición de «La Celestina» impresa en Toledo en 1500, unas octavas iniciales esconden, con la primera letra de cada verso, este mensaje: «El bachiller Fernando de Rojas acabó la comedia de Calisto y Melibea y fue nascido en la Puebla de Montalbán». El autor firmó su obra en vertical, y el corrector de la imprenta, Alonso de Proaza, añadió al final unas coplas que explicaban al lector cómo encontrar el nombre.
Un año antes, en 1499, Aldo Manucio había impreso en Venecia la «Hypnerotomachia Poliphili», uno de los libros más bellos del Renacimiento, cuyas letras capitales de los treinta y ocho capítulos forman en latín la frase «Poliam frater Franciscus Columna peramavit»: el hermano Francesco Colonna amó mucho a Polia. Una declaración de amor escondida en la tipografía.
Carroll, Poe y los nombres escondidos
En el siglo XIX el juego se volvió íntimo. Lewis Carroll cerró «A través del espejo» con un poema, «Un bote bajo un cielo soleado», cuyas iniciales forman el nombre completo de la niña que inspiró a Alicia. Y Edgar Allan Poe escribió en 1846 «Una valentina», en la que escondió el nombre de la poeta Frances Sargent Osgood de una forma más retorcida: la primera letra del primer verso, la segunda del segundo, la tercera del tercero, y así hasta el final, en diagonal.

Todos esos acrósticos tienen algo en común: dicen un nombre sin decirlo. Lo dejan ahí para quien quiera buscarlo. Y eso me parece muy queer, por cierto. Durante siglos, muchos amores no podían decirse en público. Tenían que esconderse en las iniciales, en los guiños, en los códigos que solo entendía quien sabía mirar.
Hice la prueba con «Mood». Leí en vertical las iniciales de las cuatro líneas: party, feeling, deal, mood. Pe, efe, de, eme. No sale nada. No hay un nombre escondido, no hay un mensaje secreto. Lo único que hay es ese abecedario a medias de la segunda mitad. Y está bien que sea así. «Mood» no esconde ningún nombre. Lo que esconde es un orden.
Las palabras que se caen en YouTube
Hay otro detalle de la letra que solo se ve en la descripción del videoclip. El vídeo se subió al canal en enero de 2025 con el título «MOOD (OFFICIAL MUSIC VIDEO) - MIKE SAIN'T LOUIS | GAYFOLK PLANET». Debajo están las cuatro líneas de la letra y, después, las mismas palabras convertidas en etiquetas: #party, #baby, #booty, #flow, y así.
Pero si las cuentas, falta una. En la fila de las etiquetas, después de #deal y #drop, viene directamente #game. «Feedback» se ha caído. La única palabra de oficina de verdad, la que suena a reunión de los martes, no llegó a convertirse en etiqueta. Y «mood» aparece al principio de todo, como la primera, en vez de en mitad de la última línea.
No le doy más importancia de la que tiene, pero me gusta. Es como si en el paso de la canción a las etiquetas alguien hubiera hecho limpieza: fuera el trabajo, que esto es una fiesta, y el título delante, que es lo que manda.
El videoclip: un hombre con cara de pocos amigos
Y ahora el vídeo, que dura dos minutos y cuarenta y nueve segundos y es, para mí, la otra mitad del poema. Porque la letra no cuenta ninguna historia, pero el videoclip sí.
Empieza con un primer plano de un hombre moreno con esmoquin, pajarita negra y una flor roja en la solapa, sobre un fondo gris. Al lado, el logo de la canción en letras rosas. Y lo que más llama la atención es su cara: frunce los labios, levanta una ceja, mira de reojo. Es una cara de desgana, de no estar para fiestas, de «a ver qué me ofrecéis». Mientras suenan «party, baby, booty», él no parece en absoluto dispuesto a ninguna de las tres cosas.
Esa cara es el estado de ánimo inicial. El «mood» del que parte la canción no es la euforia, es el escepticismo. Y todo el vídeo va a ser el camino que lleva a ese hombre de la desgana a otro sitio.
Humo, focos y una bailarina
Lo que viene después es una sucesión de escenas de escenario. Un hombre con una chaqueta negra bordada en oro y camisa roja señala con el brazo extendido hacia un estadio lleno de luces y humo. Una bailarina con vestido oscuro gira y levanta los brazos entre la niebla de un foco blanco. El hombre del esmoquin, ahora con los ojos cerrados y la cara levantada hacia la luz, parece por fin dejarse llevar.

Luego se le ve de espaldas, caminando hacia el fondo de un escenario vacío. Un hombre con barba de perfil, iluminado por una luz dorada. Un escenario morado con columnas de neón y una figura que baila sola. Y de pronto, un estallido de color: dos hombres con trajes de neón, uno rosa y otro turquesa, delante de un fondo de flores fluorescentes, con una sonrisa de oreja a oreja.
Es la parte central de la lista hecha imagen. Cada plano es una palabra: «show», «look», «outfit», «vibe», «wild». No hay relación lógica entre una escena y otra, igual que no la hay entre «cash» y «groovy». El vídeo es una enumeración caótica en sí mismo, un catálogo de escenarios.
Los trajes de neón
Me quiero detener un momento en el plano de los dos chicos de neón, porque es el más diferente de todo el vídeo. Todo lo demás es sobrio: esmóquines negros, humo blanco, focos, luz dorada, tonos de teatro antiguo. Y de repente, en mitad del clip, aparece una explosión de color que parece de otra película. Un traje rosa chicle con ribetes luminosos, otro turquesa, un fondo de hojas y flores fluorescentes en morado, verde y naranja.
Es el momento «groovy» de la lista, el momento «wild». También es el más camp. El neón tiene una larga historia en la estética de club, y en el planeta ya salió en el traje de neón de «Hipnótico robótico». Aquí dura muy poco, apenas unos segundos, pero cambia la temperatura del vídeo. Después de ese plano, el esmoquin ya no parece tan serio. Ha quedado claro que debajo de tanta elegancia hay ganas de jugar.
En términos de la enumeración caótica de Spitzer, ese plano es lo que hace que la lista sea caótica de verdad. Si todo el vídeo fuera esmoquin y humo, sería una lista ordenada, una colección de variaciones sobre lo mismo. El neón es la palabra que no encaja, la «feedback» en mitad de la fiesta. Y justamente porque no encaja, hace que el conjunto respire.
Una lista en otro idioma
Hay una pregunta que me han hecho alguna vez sobre esta canción: si la lista es de palabras en inglés, ¿por qué la considero una canción en español? La respuesta está en a quién pertenecen esas palabras. Ninguna de ellas se usa en la canción como la usaría un hablante de Londres o de Nueva York. Son palabras que ya viven en el castellano de la calle, de las redes y de la pista, con su pronunciación de aquí. Ya lo conté en cuando la letra cambia de idioma.
Eso tiene algo que ver con la tradición de los catálogos. Las enumeraciones de Whitman estaban llenas de palabras nuevas de su época, nombres de oficios, de máquinas, de lugares que hasta entonces no habían entrado en un poema. La lista es la forma que tiene la poesía de hacer inventario del idioma que se habla en un momento concreto. Dentro de treinta años, alguien podrá leer «Mood» como un fósil de cómo hablábamos de la noche en los años veinte de este siglo: qué palabras nos parecían modernas, cuáles ya habíamos adoptado sin darnos cuenta.
Y el abecedario escondido, visto así, es casi un guiño de diccionario. Una lista de palabras prestadas que, durante trece entradas, se ordena como se ordenan las palabras en un diccionario. Como si la canción estuviera a punto de convertirse en un glosario y en el último momento decidiera volver a la pista.
Los dos hombres de esmoquin
Y entonces, en la última parte, el vídeo encuentra su historia. Dos hombres con esmoquin aparecen frente a frente, bajo una luz cálida. Uno tiende la mano hacia el otro y sus manos se encuentran. En el plano siguiente se separan un poco, cada uno con el brazo estirado hacia el otro, como en el primer paso de un baile de salón. Hay una capa o un vuelo de tela que gira. Y en el último de esos planos los dos se mueven juntos, uno frente al otro, en mitad del humo.

No hay un beso ni nada explícito. Solo dos hombres elegantes que se buscan con la mano y acaban girando juntos. Pero para el universo de Planeta Gayfolk eso es mucho. Durante décadas, que dos hombres bailaran juntos en público fue motivo de burla o de algo peor, y ya escribí sobre las que bailaron cuando no se podía. Aquí no hay ninguna tensión. El baile entre dos hombres aparece con toda la naturalidad del mundo, en el mismo catálogo que la bailarina, el estadio y los trajes de neón.
La vuelta a la cara del principio
Lo último que se ve es de nuevo el primer plano del hombre del esmoquin. Y ha vuelto la mueca. Los labios fruncidos, la mirada de reojo, la ceja.
Me gusta mucho ese final circular, porque es lo que pasa con las listas y con las noches. El vídeo, como la canción, vuelve al principio. Lo que cambia no es la cara, es lo que sabemos de ella. Al principio la mueca parecía desgana. Al final parece complicidad, como quien ya ha estado allí, ha bailado, ha visto a los dos hombres girar juntos, y te mira de reojo diciendo: tú también lo has visto.
Es el mismo efecto que tiene el estribillo. «MOOD» repetido cuatro veces no añade información. Pero después de treinta palabras ya no significa lo mismo que al principio. Ha recogido todo lo que vino antes.
Escribir solo con sustantivos
Desde el punto de vista del oficio, «Mood» es la canción más austera que he escrito. Como letrista, compositor y productor musical, casi siempre pienso las letras como pequeñas historias, con personajes y frases que se dicen unos a otros. Aquí me quité todo eso de encima. Me quedé con las palabras y su sonido.
Algo parecido hice en «Lai», donde las palabras casi desaparecen y quedan sílabas, y en «Dreams Drift Afar», donde el tarareo ocupa el lugar del texto. Y en «Envejecer», con su palabra por línea. «Mood» va en otra dirección: no quita palabras, las amontona. Pero el resultado es parecido, porque cuando se amontonan tantas palabras sin sintaxis, dejan de significar una por una y pasan a ser ritmo.
Por eso es una canción para que te bailen más que para que te lean. Y, sin embargo, aquí estoy, leyéndola despacio, buscando alfabetos escondidos.
Una lista también es un retrato
Hay una idea de la poesía de catálogo que me parece muy bonita. Quien enumera está diciendo: todo esto existe y todo esto merece ser nombrado. Whitman nombraba a obreros, esclavos, soldados, amantes. Neruda nombraba cebollas, calcetines y tomates. La lista es una forma de dar dignidad a lo que normalmente no tiene sitio en un poema.
«Mood» nombra el vocabulario de una noche queer en Madrid, con su inglés de academia, sus palabras de marketing colándose en la pista y su culto al «look» y al «outfit». Es un retrato colectivo hecho solo de palabras. No hay un yo que hable, porque habla la noche entera. Ya conté qué pide una pista de baile en el Orgullo; esta canción es casi su diccionario.
Y el videoclip completa el retrato con caras. La del escéptico del esmoquin. La de la bailarina que gira sola. La de los dos chicos de neón que se ríen. La de los dos hombres que se dan la mano y acaban bailando. Cada uno es una entrada del catálogo. Juntos, son una fiesta.
Cómo escucharla después de esto
Si vuelves a ponerla, te propongo un juego. En la tercera línea, cuenta las letras: de, de, efe, ge, hache, jota, ele, eme. Sigue en la cuarta: eme, o, ese, uve, uve doble. Y espera a que «track» y «hype» rompan la fila.
Y luego mira el vídeo hasta el final, hasta que vuelva la cara del principio. Fíjate en si te parece la misma mueca o si, después de ver a esos dos hombres girar juntos en el humo, ya la lees de otra manera.
Una lista de treinta palabras, un abecedario a medias, un hombre que empieza con cara de pocos amigos y termina guiñándote un ojo sin moverse. No hace falta más para entrar en «mood».
Preguntas frecuentes
¿Qué tiene de especial la letra de «Mood»? Está formada solo por treinta palabras en inglés separadas por comas, sin verbos ni artículos, y el título repetido cuatro veces. Desde «deal» hasta «wild» hay trece palabras seguidas en orden alfabético, y «track» y «hype» rompen la serie al final.
¿Qué es la enumeración caótica? Es el nombre que dio el filólogo Leo Spitzer, en un libro publicado en Buenos Aires en 1945, a las listas que juntan cosas muy dispares en la poesía moderna, de Whitman a Neruda o Salinas. Spitzer le buscó antecedentes en Quevedo y en las letanías.
¿«Mood» es un acróstico? No. Las iniciales de sus cuatro líneas (party, feeling, deal, mood) no forman ninguna palabra. Lo que sí esconde es un tramo en orden alfabético, emparentado con los poemas abecedarios como el Salmo 119.
¿Qué pasa en el videoclip de «Mood»? Empieza y acaba con un hombre con esmoquin y cara de desgana. En medio hay una bailarina entre el humo, un hombre con chaqueta bordada en oro ante un estadio, dos chicos con trajes de neón y, al final, dos hombres con esmoquin que se dan la mano y acaban girando juntos.
¿Cuál es el acróstico más famoso en español? El de «La Celestina»: en la edición de Toledo de 1500, las iniciales de unas octavas forman la frase «El bachiller Fernando de Rojas acabó la comedia de Calisto y Melibea y fue nascido en la Puebla de Montalbán».