Saltar al contenido
← Canción a canciónUna palabra como álbum de fotos: Camela y la lista de «La despedida»

Por ·

Una palabra como álbum de fotos: Camela y la lista de «La despedida»

Camela. Camela. Camela.

Si abres la letra de «La despedida» y la miras de lejos, sin leerla, parece una plantilla mal rellenada. Una columna de mayúsculas que empieza siempre igual, línea tras línea, como el listado de un examen tipo test donde todas las respuestas son la A. Alguien que no me conozca pensaría que se me ha quedado pegada la tecla. Alguien que me conozca un poco sabe que lo hice a propósito y que me reí bastante mientras lo hacía.

Esta es la historia de cómo una sola palabra me sirvió de álbum de fotos. Y de por qué, al final de esa lista, puse un cohete rosa que se va de la Tierra para no volver.

Treinta y tantas veces la misma tecla

No las he contado una por una delante de nadie, porque me da vergüenza, pero son muchas. Casi todas las líneas de la canción empiezan por el nombre del dúo. Lo normal, cuando escribes una letra, es buscar variedad: un verso que entra por un lado, otro que entra por otro, una rima que sorprende. Aquí hice justo lo contrario. Puse la misma puerta delante de cada habitación.

En los talleres de escritura a eso le llaman anáfora y te lo enseñan con poemas muy serios. A mí me lo enseñaron, sin saberlo, los anuncios de la tele de los noventa y las rezadoras del pueblo. Repetir una palabra al principio de cada frase tiene algo de letanía. La gente de misa lo sabe. Los que hacen teletienda también.

Y luego está lo otro: repetir algo es la forma más barata de convertirlo en un tic. Si dices «Camela» una vez, es una referencia. Si lo dices diez veces, es una obsesión. Si lo dices treinta, ya es una forma de contar el tiempo.

Eso era lo que buscaba.

Un reloj con forma de dúo

Hay gente que mide su vida por los trabajos que ha tenido. Otros por las casas, por los novios, por los kilos. Yo tengo la sospecha de que mucha gente de mi edad, en España, la mide por canciones que sonaban en el coche de alguien.

En el coche de tu padre, de tu tía, del amigo que se sacó el carnet primero. En el autocar de la excursión. En la feria del pueblo, entre los coches de choque y el puesto de algodón de azúcar. Camela estaba ahí. Con sus casetes de gasolinera, con «Cuando zarpa el amor», con esas letras de amor desesperado que la gente fina despreciaba en público y se sabía de memoria en privado.

Así que cuando quise escribir una canción de despedida, no me salió una lista de lugares ni de fechas. Me salió una lista de momentos con banda sonora. Cada línea es una foto, y el nombre del dúo es el pie de foto de todas. Como esos álbumes antiguos donde alguien escribía a boli la misma palabra debajo de cada imagen, «Benidorm, Benidorm, Benidorm», porque todas las vacaciones de la familia eran en el mismo sitio.

El primer beso, casi una boda y una vez que iba puesto

La lista arranca fuerte. El primer beso. Cuando casi me caso. Esa vez que iba puesto. Cuando he sido perverso. Cuando lo han sido conmigo.

Me gusta que vayan juntas, sin jerarquía. El primer beso y la noche en que iba colocado tienen el mismo tamaño de letra, la misma palabra delante, el mismo peso. En la vida real no pesan igual, claro. Pero en la memoria, cuando una canción te devuelve una época, te devuelve todo de golpe, lo bonito y lo cutre en el mismo paquete. No te deja elegir.

Y hay un par de líneas ahí que me dan un poco de miedo cada vez que las releo, porque son de las pocas en todo el disco donde me acuso a mí mismo sin chiste: cuando he sido perverso, cuando lo han sido conmigo. Las dos seguidas. Primero yo, luego los otros. No quise ponerme de víctima pura. En una lista de recuerdos honesta salen las dos cosas, la vez que te hicieron daño y la vez que lo hiciste tú, y si te pones a escoger solo las que te dejan bien, ya no es memoria. Es un folleto.

Lo escribí en mayúsculas, eso sí. Como para que no se pudiera leer bajito.

Con miedo a Chueca

De todas las fotos del álbum, hay una que me pidió una línea más larga que las demás. No me cabía en el molde.

Fotogramas del videoclip oficial de «La despedida», de Mike Sain't Louis
«CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR»

Fíjate en la frase. Está mal cortada, se desborda, se le acaba el renglón y tiene que seguir en el siguiente. Me pasó escribiéndola y la dejé así porque me pareció justo. Ese recuerdo no cabe en el molde de las otras líneas. Es demasiado grande para un verso corto.

Lo que dice es muy simple. La primera vez que fui solo al barrio, tenía miedo de que me pegaran. No de que me pegaran dentro, sino por ir. Por ser visto entrando. Por la cara que pone la gente del metro cuando bajas en esa parada y no llevas pinta de ir a trabajar a una tienda.

Hoy Chueca es un barrio caro, con brunch de aguacate, tiendas de calzoncillos de marca y turistas haciéndose fotos con los pasos de cebra arcoíris. Es fácil olvidar que para mucha gente fue, antes que nada, el sitio al que daba miedo ir solo. La canción no lo explica ni lo convierte en discurso. Lo pone en mitad de la lista, entre una noche de fiesta y un trío en la sauna, igual de grande que lo demás.

Y eso, para mí, es lo más parecido a la verdad que sé escribir. En la memoria marica el miedo y la fiesta van en la misma página. Si quitas uno, el otro pierde sentido.

Si te interesa cómo uso la ciudad en otras letras, lo conté más despacio en Madrid sin postal. Aquí Madrid sale en una sola palabra y con el corazón en la boca.

La laca de L'Oréal

Ahora, una foto de las que no salen en los documentales.

«CAMELA CUANDO TE ACERCABAS A MERCADONA A COMPRARME LA LACA DE L'ORÉAL PORQUE SABÍAS QUE SI NO, EL PELO TODA LA NOCHE NO ME IBA A AGUANTAR»

Esta es, probablemente, la línea más romántica que he escrito en mi vida. Y es sobre un bote de laca.

No hay luna, no hay atardecer, no hay mar. Hay un pasillo de supermercado, un bote de spray y una persona que sabía, sin que se lo dijera, que mi cresta no aguantaba una noche entera sin ayuda. Eso es amor. El de verdad, el que no sale en las películas porque no queda bonito en pantalla. Alguien que se acuerda de tu laca.

Me paso media vida escribiendo sobre narcisistas, sobre castigos, sobre gente que te deja en visto para medir cuánto aguantas. Y luego, de repente, en mitad de una canción de cohetes, se me cuela esto: un recuerdo pequeño de cuidado. Unas líneas más abajo viene otra parecida, la de cuando me planchabas y peinabas la cresta. La misma ternura, otra vez en clave de peluquería.

No lo puse para dar pena. Lo puse porque si haces una lista de lo que te llevas de una relación, lo que te llevas no son los aniversarios. Son los botes de laca.

Pelahustán, la sauna y toda la fauna

No todo es tierno, ojo. Esto es un disco de GAYFOLK.

En la misma lista hay un trío en la sauna, un día de playa con toda la fauna, los veranos de fiesta y un pueblo de Toledo con nombre de chiste que aparece dos veces: Pelahustán. No voy a explicar por qué Pelahustán. Hay cosas que pierden la gracia si las cuentas, y el nombre ya hace todo el trabajo. Si lo dices en voz alta, suena a sitio inventado. No lo es.

Lo que sí te puedo contar es por qué metí todo eso junto. Porque así es como se acuerda la gente de su vida, por lo menos la gente como yo. No en capítulos ordenados, primero la infancia, luego la adolescencia, luego el primer trabajo. Se acuerda a saltos. La sauna y el primer beso están a dos líneas de distancia, aunque entre uno y otro haya quince años. La canción no respeta la cronología porque la cabeza tampoco la respeta.

Y también hay una mascota. Cuando adoptamos a Kas. Esa línea va casi al final, justo antes de que todo se vaya al espacio, y la puse ahí a propósito. Si te vas de la Tierra para siempre, lo último que piensas no es en tus discos ni en tu ropa. Piensas en quién se viene contigo.

Coche de choque rosa

Hasta aquí, la parte del álbum. Pero la canción tiene otra capa, y es la que la mete de lleno en el planeta.

Collage con un detalle de la carátula de «La despedida» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Me rindo», «Madrid to Benidorm», «Camela»

Desde la primera estrofa, la lista de recuerdos va metida dentro de un trayecto. Las canciones suenan en el coche, el coche va de camino a una base aeroespacial, hay un recorrido vertical, un cohete rosa, un coche de choque rosa de un planeta ideal. Todo eso mezclado con el primer beso y la laca, sin pedir permiso.

Me encanta lo del coche de choque. Es la imagen más feriante del disco. Un planeta ideal, sí, pero al que se llega en un coche de choque, de los de la feria, con la barra de metal soltando chispas por arriba y un chaval de quince años cobrando las fichas. Así es la utopía de GAYFOLK. No es una nave de película de Hollywood. Es una atracción de pueblo pintada de rosa.

Más tarde la letra cambia el color del cohete. Ahora el rosa pasa a color chicle. Es una tontería, un adjetivo de nada. Pero me gusta pensar que, en la segunda vuelta, el cohete se ha vuelto un poco más hortera, como pasa con todo lo que quieres.

Si no conoces el planeta del que hablo, empieza por la ficha del primer disco. Ahí está el mapa, por decirlo así. Esta canción es la que cierra la puerta al salir.

La nave rosa que no vuelve

En el estribillo largo hay una frase que se repite con un final muy seco: la nave rosa que se aleja de la Tierra para no volver jamás.

Para no volver jamás. Lo digo así, con todas las letras.

Mucha gente, cuando escucha la palabra despedida en el título, se espera una canción de ruptura. Alguien que se va, alguien que se queda llorando en el andén. Y no. Aquí se van los dos. Se van juntos. La despedida no es del uno al otro: es de los dos a la Tierra.

Eso fue lo primero que tuve claro, antes de escribir ninguna línea. Quería una canción donde decir adiós no fuera perder a alguien, sino llevártelo. Donde el drama no fuera la soledad, sino el billete de vuelta que no existe. Un adiós de pareja, no un adiós a la pareja.

Lo cual, si lo piensas, es bastante más raro en una canción. Las despedidas en pareja suelen ser para morirse, como en las películas de abuelos que se dan la mano en la cama del hospital. Esta es para irse a otro planeta en un cohete de color chicle. Mucho mejor plan.

Adióóós

Y entonces llega el adiós de verdad, y ahí me tomé una licencia que no me tomo casi nunca: estirar las vocales.

La letra dice adiós planeta Tierra, con la a final larguísima, y luego adiós, adiós, con tres oes cada uno. Ya sé que en un texto se ve ridículo. En una canción, en cambio, es lo único que puedes hacer cuando las palabras ya no te dan más. Alargas lo que tienes. Como quien estira el abrazo en el aeropuerto porque no quiere soltar.

En otros temas uso ese truco para reírme. Aquí no. Aquí es la única vez en toda la letra en la que dejo de enumerar. Después de treinta y tantas líneas de lista, la lista se calla y solo queda la palabra adiós, sola, estirada. Es el momento en el que el álbum de fotos se cierra.

Sin discusiones, ni decepciones

Después del adiós viene un trozo que parece de otra canción. Todo cae de golpe de las mayúsculas a un tono de anuncio de urbanización en la costa. Esta es la despedida, hoy ha sido nuestro último día en la Tierra, en el planeta al que vamos una nueva vida comienza.

Y luego, el folleto: sin discusiones, ni decepciones. Allí donde vamos no hay desigualdad.

Sé perfectamente lo que suena. Suena a promesa de secta, a anuncio de crucero, a teletienda espacial. Lo escribí con esa sonrisa. GAYFOLK siempre ha sido un planeta medio en serio, medio en broma, una utopía que se sabe hortera. No hay ningún sitio sin discusiones. Lo sabemos todos. Pero me hacía gracia que, después de una lista tan llena de cosas reales, de saunas y laca y miedo a que te peguen, la canción se permitiera un minuto de folleto.

Y aquí viene lo que de verdad quería decir.

Eso no es casualidad

La canción termina con tres frases que empiezan igual y acaban igual. Es la segunda anáfora del tema, la que contesta a la primera.

Más fotogramas del videoclip oficial de «La despedida», de Mike Sain't Louis
«HACÍA TIEMPO QUE NO TE REÍAS DE MIS BROMAS ASÍ, Y ESO NO ES CASUALIDAD.»

Hacía tiempo que no nos mirábamos así. Hacía tiempo que no te reías de mis bromas así. Hacía tiempo que no tenías la cara iluminada así. Y las tres veces, el mismo remate: eso no es casualidad.

Ese hacía tiempo es la frase más triste del disco y está escondida al final de la canción más fiestera. Porque dice, sin decirlo, que durante una temporada no nos mirábamos, que no te reías de mis bromas, que tenías la cara apagada. Que estábamos mal. Y que ha hecho falta irse a otro planeta para volver a estar bien.

No me invento nada si te digo que esa es la parte que escribí con más cuidado. Las bromas de la lista salen solas; esta no. Esta la tuve que limpiar mucho, quitarle adornos, dejarla casi en los huesos. Tres frases iguales y un eso no es casualidad que al principio suena a frase de horóscopo y al final suena a diagnóstico.

Lo que quiere decir es sencillo: si te ríes otra vez, es porque nos hemos ido. Porque hemos dejado algo atrás. Porque el problema era el planeta, o la vida que teníamos en él, y no nosotros.

O eso nos queremos creer. Que también vale.

Una anáfora contesta a otra

Vuelvo un momento al oficio, porque me lo preguntan a veces y aquí se ve muy claro.

La canción tiene dos listas que se miran. La primera, la larga, la de Camela, mira hacia atrás: todo lo que hemos vivido. La segunda, la corta, la de hacía tiempo, mira hacia el presente: lo que ha vuelto. Una es un álbum de fotos. La otra es una foto nueva.

Me di cuenta de eso después de escribirla, no antes. No soy de los que planifican la estructura con un esquema en una pizarra. Escribo, me río, me pongo serio sin querer, y luego lo leo y veo la forma que ha salido. Aquí la forma salió sola: una repetición para recordar, otra repetición para respirar.

Si te gusta este tipo de cosas, en «Me rindo», que está justo antes en la discografía de la web, hay otro tipo de lista, más rabiosa, de esas que cuentan cosas que no se pueden perdonar. Y justo después viene «Madrid to Benidorm», que también va de coger carretera y largarse. Me hace gracia que hayan quedado así, una a cada lado, como si la nave rosa pasara entre las dos.

Lo que Camela le hace a una frase

Te lo explico con un ejemplo de barra de bar.

Si yo te digo «la primera vez que fui a Chueca tenía miedo», es una confesión. Te pones serio, me miras con cara de pena, igual me das una palmadita. Si yo te digo «Camela, la primera vez que fui a Chueca tenía miedo», ya es otra cosa. Ya hay música de fondo. Ya hay un coche, una época, unas hombreras. La frase deja de ser una confesión de psicólogo y se convierte en un recuerdo con olor a ambientador de pino.

Eso le hace el nombre del dúo a cada línea: la saca de la consulta y la mete en el coche. Le da contexto sin explicarlo. Y también le quita un poco de dramatismo, porque es muy difícil ponerse trágico con la palabra Camela delante. Lo intentas y te sale una sonrisa.

Es un truco que uso mucho: poner algo cutre al lado de algo que duele para que el dolor no se ponga estupendo. En la ficha de «Camela», mi otra canción con su nombre, lo hice de otra manera, más de homenaje. Aquí el dúo no es el tema. Es el marco de todas las fotos.

Por qué en mayúsculas

La letra está toda en mayúsculas. Toda. Desde la primera línea hasta el último eso no es casualidad.

No es un error de formato, ni que se me olvidara quitar el bloqueo de mayúsculas, aunque reconozco que me ha pasado más de una vez escribiendo correos. Es una decisión. Las mayúsculas en internet se leen como gritos, y esta canción es un grito. Uno contento, uno de feria, uno de despedida de soltero en Benidorm. Pero un grito.

Y luego pasa una cosa curiosa: cuando todo está gritado, nada destaca. Las mayúsculas igualan. El primer beso, el trío en la sauna, el miedo a Chueca y la laca de L'Oréal tienen el mismo volumen. Es lo mismo que te conté antes con la palabra repetida. Todo al mismo nivel, como en un álbum donde todas las fotos tienen el mismo tamaño aunque unas sean de la comunión y otras de la peor resaca de tu vida.

Me reí mucho imaginando a alguien leyéndola en la web con cara de susto, pensando que la página estaba rota. No está rota. Está gritando.

La portada, otra vez

Ya conté en la ficha de la canción qué se ve en la carátula: un planeta rosa enorme, dos astronautas con trajes rosas metalizados, rocas afiladas teñidas de magenta. Allí me preguntaba quién se despide de quién. Ahora que te he contado la letra, te digo lo que pienso yo, que es lo que se ve en la lista.

Ficha de la canción «La despedida» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Nadie se despide de nadie. Los dos astronautas van vestidos igual porque van juntos. El que va detrás no se queda atrás: va detrás porque alguien tiene que ir detrás en una foto. Lo que se queda atrás es la Tierra. Con su Mercadona, sus gasolineras, sus casetes, su miedo a entrar en un barrio.

Y si te fijas, la portada no es una nave despegando. Es el después. Ya han llegado. Ya están en el planeta. Ya se ríen otra vez de las bromas, aunque desde ahí no se vea.

Hecha con IA, escrita a mano

Lo digo en cada texto porque me lo siguen preguntando. Las letras son mías, escritas sin inteligencia artificial, con mis faltas de puntuación y mis mayúsculas de loca. La música y las voces las hago con herramientas de IA, entre ellas Suno. Yo no pongo la voz. Pongo las palabras, la idea de la canción y la producción.

En esta, eso se nota de una manera curiosa. Cuando le das a una máquina una letra con treinta y tantas líneas que empiezan igual, la máquina no se aburre. No protesta, no te dice que es repetitivo, no te propone cambiar el estribillo para que sea más comercial. Lo hace. Y ahí la repetición, que en el papel puede parecer un capricho, empieza a sonar a letanía de verbena, que era exactamente lo que yo tenía en la cabeza.

Lo que la máquina no sabe es por qué está la laca ahí. Eso lo sé yo. Eso lo escribí yo. Y si algún día alguien me dice que mis canciones las hace un botón, le mandaré esta letra y le preguntaré qué botón se acuerda de quién te compraba la laca.

Si quieres saber más de cómo trabajo, en Sobre mí lo cuento sin adornos. Ahí están las reglas de la casa.

Para quién la escribí

No voy a decir nombres. No hace falta y no es asunto de nadie.

Te diré para quién creo que sirve, que es otra cosa. Sirve para la gente que ha tenido una relación larga y un día, en una escapada o en una cena o en un coche, se ha dado cuenta de que hacía tiempo que no se miraban así. Sirve para la gente que tiene una canción hortera asociada a cada momento importante de su vida y le da vergüenza confesarlo. Sirve para el chaval que hoy, en algún pueblo, piensa que si se baja en esa parada de metro le van a pegar.

A ese le diría que la canción también es para él. Que la primera vez da miedo. Que luego, con los años, esa misma vez se convierte en una línea más de la lista, igual de grande que el primer beso. Y que algún día alguien le comprará la laca.

Ponla en el coche

Mi única recomendación es esta: escúchala en un coche. No en casa, no con cascos en el sofá. En un coche, aunque sea de camino al Mercadona, aunque sea en un atasco en la M-30 un martes por la tarde. Es una canción de carretera disfrazada de canción espacial.

Y si vas con alguien, mira a ver si se ríe de tus bromas. Si se ríe como antes, ya sabes.

Eso no es casualidad.

Si quieres más, en la lista de singles están todas, y en Letras puedes leer las que ya he subido. Esta, con sus mayúsculas y su nave rosa, sigue siendo de mis favoritas para cerrar una noche. O una vida en la Tierra.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La despedida» de Mike Sain't Louis? Es una lista de recuerdos de pareja, todos encabezados por la palabra Camela, que acaba con los dos protagonistas subiendo a una nave rosa y dejando la Tierra para siempre. Termina con tres frases sobre volver a mirarse y reírse como antes.

¿Por qué se repite tanto la palabra Camela? Porque funciona como pie de foto de cada recuerdo. El dúo de tecno-rumba sonaba en coches, ferias y excursiones, y su nombre convierte cada línea en un momento con banda sonora.

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía Planeta Gayfolk.

¿Mike Sain't Louis pone la voz en la canción? No. Mike escribe la letra sin IA y es compositor y productor. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Dónde se puede leer la letra completa? En la página de letras de gayfolkplanet.com, en gayfolkplanet.com/letras/la-despedida.

Compartir