
Por Mike Sain't Louis ·
Madrid sin postal: la ciudad como escenario de canciones
Vivo y trabajo en Madrid. Lo digo al principio porque es casi lo único biográfico que vas a leer aquí, y porque quiero hablar de la ciudad como escenario, no como currículum. Hay artistas que convierten su ciudad en una autobiografía. Yo prefiero tratarla como un decorado que cambia de luz según la hora.
Madrid tiene un problema con las canciones: ya tiene demasiadas. Desde el chotis y la zarzuela hasta el pop de los ochenta, esta ciudad se ha contado tantas veces que corre el riesgo de sonar a postal. Una postal es una imagen bonita que no dice nada de quien la manda. Y yo no quiero mandar postales.
El barrio antes que el monumento
Cuando escribo pensando en Madrid, casi nunca pienso en monumentos. Pienso en el descansillo de una escalera. En un patio interior donde se oyen tres televisiones a la vez. En el bar donde el camarero te llama «cariño» sin conocerte de nada. Lo que me interesa de la ciudad pasa a la altura de la calle, o a la altura de la ventana del vecino.
Un título como «La vecina cotilla» podría pasar en cualquier sitio, es verdad. Hay vecinas cotillas en Lima y en Valencia. Pero yo lo leo con oído madrileño: me suena a edificio antiguo sin ascensor, a mirilla, a persiana que sube un poco cuando llegas tarde. No te voy a contar de qué va la canción, porque la letra está en la web y prefiero que la leas tú. Te cuento lo que me sugiere el título, que es un Madrid de puertas finas.
Madrid es una ciudad donde todo el mundo se entera de todo, aunque tenga millones de habitantes. Esa contradicción me parece muy buena para escribir. La gran ciudad debería darte anonimato y, sin embargo, en tu calle siempre hay alguien que sabe con quién subiste anoche.
Una ciudad hecha de gente de fuera
Otra cosa que me gusta de Madrid como escenario es que casi nadie es de aquí. O lo es desde hace poco. Es una ciudad que se ha ido llenando de gente de otras provincias y de otros países, y eso se nota en cómo se habla, en lo que se come y en a quién se quiere.
Por eso me hace gracia un título como «Mi novio de Albacete». El novio viene de otro sitio, y ese sitio queda pegado al título como si fuera parte de su nombre. En Madrid pasa mucho: preguntas de dónde eres antes de preguntar a qué te dedicas. Y «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» suena todavía más a esta ciudad, donde en un mismo vagón de metro puedes oír cinco acentos distintos antes de llegar a la siguiente parada.
Seguramente no es exclusivo de Madrid. Pero yo escribo desde aquí, y lo que veo desde aquí es una ciudad que funciona como sala de espera y como casa a la vez. Hay gente que viene a quedarse dos años y se queda veinte. Hay gente que viene a quedarse para siempre y se va en seis meses.
Es imposible hablar de Madrid y de pop queer sin pensar en Chueca, en el Orgullo, en las calles que se llenan cada verano. Ese Madrid corre el mismo peligro que el de la Puerta del Sol: convertirse en folleto turístico. Banderas en los balcones, terrazas llenas, fotos que se parecen todas entre sí.
No tengo nada en contra. Me gusta una fiesta como al que más. Pero cuando escribo, el Madrid gay que me interesa está repartido por toda la ciudad, no concentrado en cuatro calles. Está en el chico que vive en un barrio del sur y coge dos autobuses para salir un sábado. En la pareja de señores que lleva décadas en el mismo piso y a la que el portero sigue llamando «los primos».
Ahí hay más canciones que en cualquier desfile. Lo digo con algo de contradicción, porque luego escribo sobre el orgullo y la liberación con todos los focos encendidos. Supongo que necesito las dos cosas: la calle cortada para la fiesta y la calle normal del martes.
Hay otra decisión que mantengo casi siempre: no llenar las letras de nombres de calles. Escribo pop en español para gente de España y de América, y si cada verso menciona una estación de metro, la canción se convierte en un plano que solo entienden los que viven aquí. Prefiero que Madrid esté en el tono. En la prisa, en la ironía, en esa forma de quejarse de todo mientras no te quieres ir. Si alguien de Guadalajara, en México, escucha una canción mía y piensa en su propio barrio, me parece estupendo. El escenario puede ser Madrid sin que el oyente tenga que saberlo.
Con los videoclips me pasa algo distinto. He dirigido más de 280, y ahí la ciudad sí puede asomar más, porque la imagen tiene otras reglas. Una fachada, un cielo de agosto, un balcón con ropa tendida. La imagen deja ver Madrid sin tener que decir su nombre.
Lo que la ciudad me pide
Madrid tiene fama de ciudad que no duerme. Duerme poco, que es diferente. Y en esas horas raras, entre las tres de la mañana y el primer metro, la ciudad se parece mucho a una canción a medio escribir. Está todo un poco desordenado y nadie está del todo en su sitio.
A veces pienso que la trilogía GAYFOLK, con su planeta inventado, es también una manera de hablar de Madrid sin nombrarlo. El primer disco cuenta que existe un lugar donde puedes ser quien eres; el segundo, las ganas de llegar; el tercero, el día de la liberación. Para mucha gente, ese planeta tuvo durante años la forma de una ciudad grande, lejos del pueblo. No digo que Madrid sea GAYFOLK. Madrid tiene sus alquileres imposibles, y ningún planeta que se precie cobraría eso por un piso interior. Pero entiendo por qué tanta gente ha mirado hacia aquí con un «ojalá» en la boca.
Las letras completas, cada una con su videoclip, están en mikesaintlouis.com.