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Portada del single CAMELA

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Camela: un homenaje con plumas al sonido de nuestros veranos

Hay grupos que forman parte del paisaje sonoro de un país, y Camela es uno de ellos. Da igual que lo admitas o no: si has crecido en España, sus canciones han sonado en algún coche en el que ibas, en alguna verbena de pueblo o en algún bar de carretera a la hora del bocadillo. «Camela» es mi homenaje sincero a todo eso.

Para mí, Camela está unida a los veranos. A los trayectos largos con las ventanillas bajadas, a las fiestas patronales, a los amores imposibles y a los que sí salieron bien. A esa forma de contar el desamor sin vergüenza, con el corazón en la mano y el volumen alto. La tecno-rumba ha sido durante años blanco de burlas de quienes se creen más finos, y a mí siempre me ha parecido una música profundamente popular, en el mejor sentido de la palabra.

Por eso la canción no va de nostalgia triste. Lo que celebra es una memoria que sigue viva y una alegría que se comparte. Cuando suena Camela en una fiesta pasa algo curioso: todo el mundo se sabe la letra, incluso quien juraba no haberla escuchado nunca. Esa complicidad colectiva es lo que quería atrapar.

La portada lo lleva al terreno del camp sin perder el cariño. Un descapotable rosa antiguo en mitad del desierto, un abrigo de plumas rosa chicle, plumas volando por el aire como confeti y un atardecer dorado de fondo. La mano levantada al cielo parece saludar a alguien en la cuneta. El título, en letras curvas de rótulo setentero, completa la estampa de carretera.

Se la dedico a quienes compraban casetes en las gasolineras, a los primos con los que compartías asiento trasero y a cualquiera que se haya emocionado con una canción que le daba vergüenza confesar que le gustaba.

Su sitio natural es la carretera, por supuesto. Mejor si es de noche, camino de las fiestas de algún pueblo.

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