
Por Mike Sain't Louis ·
Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos: el arte de la lista en mis letras
«Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios.»
Seis cosas en dos versos. Y la lista no ha hecho más que empezar. En «La música me está salvando» sigo contando. Pediatras. Veterinarios. Una astróloga de la tele. Rezar de rodillas en una calle de Madrid. Los ayunos totales y poderosos. Y, para rematar, un político honrado y sincero, que la letra despacha con un «Ya lo sabemos» que es casi un guiño a cámara.
Si cuentas, salen más de una docena de intentos de rescate en una sola estrofa. Ninguno funciona. Y justo cuando la lista ya no puede alargarse más sin que se rompa, llega lo que sí funciona, en una sola línea, con exclamaciones: la música.
Así funcionan muchas de mis letras. Con listas. Me he dado cuenta leyendo el catálogo entero: enumero muchísimo. Agravios, mentiras, personas, objetos, sitios, nubes de almacenamiento. Y este texto va de eso, de por qué cuento las cosas así y de lo que pasa al final de cada lista, que es donde está siempre la gracia.
Ni, ni, ni
La lista de «La música me está salvando» es una lista en negativo. Todo lo que no salva.
Y tiene un truco que me gusta mucho: empieza en serio y acaba en chiste sin que te des cuenta del momento exacto en que cambia. Psicólogos, amigos, hermanos, psiquiatras, médicos, novios. Hasta ahí, todo razonable. Es la lista de cualquiera que lo haya pasado mal y haya pedido ayuda. Pero luego aparecen «ni pediatras, ni veterinarios», y ahí ya te das cuenta de que la letra se está riendo. ¿Pediatras? ¿Para un adulto con el corazón roto? ¿Veterinarios? Es la desesperación llevada al absurdo: he probado de todo, hasta lo que no tenía sentido probar.
Y luego la lista sigue creciendo, cada vez más disparatada, hasta que se vuelve imposible. La astróloga. El rosario. Los ayunos. El político honrado. Es como esos bloques de Jenga que vas alargando hacia arriba hasta que ya sabes que la siguiente pieza lo tira todo.
Esa es la función de la lista larga en mis letras: agotar. Agotar las opciones, agotar la paciencia, agotar al que escucha. Para que, cuando llegue la frase final, la recibas con alivio. Después de doce noes, un sí pesa muchísimo más.
Y el sí, en esa canción, no es una persona. Es la música. Que me está salvando, en gerundio, mientras escribo la lista de todo lo que no lo hizo.
Punto uno, tu edad
Hay otro tipo de lista que uso mucho, y es la lista de cargos. El pliego de acusaciones.
En «No quiero otro novio cojín» la letra se pone de repente en modo notarial: «Como punto uno, tu edad, / Primera falsedad. / Punto dos, color de ojos, / Falsedad total. / Punto tres, presumes de sinceridad». Y cada punto acaba con su veredicto: falsedad. Es una lista numerada, cosa rarísima en una canción pop, y precisamente por eso funciona. Suena a acta, a expediente, a abogado leyendo los hechos probados.
Me encanta el contraste. Una canción que se llama «No quiero otro novio cojín», con ese título de peluche, y en mitad de la letra un señor con gafas leyendo un sumario. Así son las rupturas, a veces. Lloras abrazado a un cojín y al rato estás haciendo una lista en el móvil con todas las mentiras para no olvidarte de ninguna.
La lista de cargos tiene una ventaja sobre el insulto suelto: no se puede discutir. Si digo «eres un mentiroso», me puedes contestar que no. Si digo «punto uno, tu edad; punto dos, tus ojos», tienes que desmontar cada punto. Y eso cansa. La lista convierte la rabia en documentación.
Y hay un detalle que me hace gracia cada vez que lo leo: la lista se queda en el punto tres. No hay punto cuatro ni punto cinco. Como si al abogado se le hubiera acabado la paciencia antes que las pruebas. Después del tercer punto, la letra abandona el tono notarial y vuelve a la calle con un «¡Qué va, falsedad!» y un «Adiós, patán». La burocracia dura lo que dura. Luego sale el barrio. Y eso también es muy de aquí: empezar una queja por escrito, con su formulario y su número, y acabar gritando en el mostrador.
iPhone, Google Fotos, Movistar cloud, One Drive
Hay una lista en mi catálogo que me hace reír y llorar en el mismo verso. Es la de las nubes.

En «El castigo más duro» el protagonista decide que tiene que borrar siete años de relación. Y la letra no dice «borrar las fotos». Dice dónde: «Estos siete años los tendré que borrar del iPhone, Google fotos, Movistar cloud, One Drive». Y por si fuera poco, después añade la función de bloquear el rostro.
Esa lista es la medida exacta de un amor en 2025. Ya no basta con romper las fotos o devolver las cartas. Tienes que ir nube por nube, servicio por servicio, como quien vacía los cajones de una casa en la que ha vivido mucho tiempo. Y cada nombre de la lista es una puerta que hay que cerrar. El móvil. La galería de Google. La nube de la compañía de teléfono. La de la cuenta del trabajo.
Lo cómico es lo prosaico. Nadie había metido «Movistar cloud» en una canción de desamor, que yo sepa. Lo triste es lo mismo: que el recuerdo esté repartido en tantos sitios que olvidar se convierte en un trámite administrativo. La lista de nubes no exagera. Describe.
Mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex
Las listas de personas son otra especialidad de la casa. Y en ellas el orden importa muchísimo.
En «El segundo exacto» hay una lista de testigos: veinte estados vistos en WhatsApp, y quién los ha visto. Mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. Fíjate en el orden. Empieza por lo más cercano, el novio. Sigue por la familia política y la propia, mezcladas. Y acaba en el ex. El último de la lista es el que menos debería estar mirando y el que más mira.
Esa posición final es la de la sorpresa. En casi todas mis listas, el último elemento es el que rompe. El que no encaja. El que te hace volver a leer la lista entera. Si el ex estuviera en mitad de la lista, se perdería. Al final, es una bofetada.
Y la lista no se cierra ahí. El remate viene en el verso siguiente, y es tan corto como cruel: ni un solo «me gusta». Cinco personas mirando y ninguna reaccionando. La lista larga y el remate en seco. Ese es el mecanismo que repito una y otra vez.
Maridos, parejas, conocidos
Hay listas que son avalanchas. No cuentan: arrasan.
En «Si Don AussieBum hablase» unos bañadores robados podrían contar todo lo que han visto, y la letra hace la lista de los que quedarían retratados. Maridos. Parejas. Conocidos. Familiares. Tíos. Tías. Sobrinos. Hermanos de sangre. Y luego la lista se pone concreta, y ahí está lo bueno: la prima, «el que te ponía bastante», «el que va de santo en la iglesia», «el que es muy guapo / pero su mente / apesta».
Esa lista va de lo general a lo particular, como una cámara que se acerca. Primero ves una multitud. Luego distingues caras. Y al final tienes delante a tres personajes que reconoces de tu propio barrio. Así funciona el cotilleo, que es el género literario más antiguo del mundo: empiezas diciendo «todos» y acabas diciendo nombres.
Me divierte mucho escribir esas listas porque cada línea es corta y cada una abre una historia que no cuento. ¿Quién es el que te ponía bastante? ¿Qué hizo el santo de la iglesia? No lo sé. Que lo imagine el que escucha. La lista es un menú de chismes, y cada uno elige su plato.
Aquí escupo, aquí vivo, aquí ardo, aquí sigo
Hay listas que no enumeran cosas sino gestos. Y esas son las más intensas que tengo.

«Aquí escupo» es una letanía. La palabra «aquí» se repite una y otra vez, y detrás de ella van saliendo cosas del cuerpo y del alma: la rabia, los tacones rotos, la falda manchada, la lengua, el miedo, la risa torcida, el grito en el suelo. Y en mitad de la letra, cuatro versos de dos palabras que son la columna vertebral de todo: «Aquí vivo. / Aquí ardo. / Aquí sigo».
Esa lista no tiene gracia. Tiene fuerza. Es la lista de alguien que se planta en un sitio y dice: esto es lo que soy, todo junto, lo feo y lo que duele. No hay remate cómico porque no lo necesita. El remate es seguir.
En «La primera drag de Benidorm» hago algo parecido con la misma palabra. Aquí me arrastro, aquí sangro, aquí rompo espejos, aquí trago mierda. Una lista de daños dicha por una drag que no se rinde. Y al final, la lista se rompe en tres trozos: «me desangro... y bailo». Después de tanta herida enumerada, un solo verbo de fiesta.
La anáfora, que es como se llama esto de repetir la misma palabra al principio de cada línea, es una lista con ritmo de rezo. Por eso funciona tan bien para lo serio. Parece una oración, aunque lo que se rece sea la propia supervivencia.
Eres gordo, eres calvo
Hay listas que hago para que duelan, pero no a quien las escucha. A quien las dice.
«Buscando el polvo perfecto» empieza con una lista de rechazos en boca de un personaje odioso, el típico juez de aplicaciones de ligue: «Eres gordo, eres calvo, / No eres lo que estoy buscando». Y sigue. Muy feo. Viejo. Poco dotado. Con pluma. Afeminado. Un abuelo sin marcar. Cada verso es un descarte, como quien pasa fotos con el pulgar sin mirarlas.
Esa lista la escribí en primera persona del villano para que se viera lo mezquina que es. Dicha así, todo seguido, la crueldad se vuelve ridícula. Ninguna persona normal soltaría esa retahíla en voz alta delante de alguien. Pero en la pantalla, foto a foto, se hace todos los días. La canción solo junta los descartes en un mismo sitio para que se oigan enteros.
Y el remate de esa lista no es un chiste: es otro planeta. Uno donde no hay aplicaciones y la gente no es un objeto. Después de una lista de rechazos, un sitio donde nadie te rechaza por la lista.
Croquetas y queso malo
Hay listas que son pura comedia de costumbres. Inventarios de decepción.
En «Croquetas en el crucero» el protagonista esperaba sol y algún italiano. Y lo que encuentra es una lista de cosas que no estaban en el folleto: croquetas y queso malo en el buffet, dos chonis montando una orquesta en la piscina, una alarma de evacuación que obliga a correr en bata, sardinas en el minibar, calimocho cuando habías pedido champán. Y el remate, que es la valoración final de un cliente insatisfecho: todo muy flojo.
Esa lista funciona como una reseña de una estrella escrita por alguien que se aburre en la tumbona. Cada elemento es pequeño y concreto. Ninguno es una tragedia. Juntos, son unas vacaciones arruinadas. Y eso es lo que me gusta de las listas de decepciones: que la acumulación de cosas tontas acaba siendo más graciosa que cualquier desgracia grande.
No esta, sino aquella
Hay una lista en mi catálogo que avanza corrigiéndose a sí misma. Es casi un trabalenguas.

En «Tengo argumento» la letra empieza a describir a una tal María y, cada vez que nombra a una, la descarta para nombrar a otra. No la María de las galletas, sino otra. No esa, sino mi amante. No la religiosa, sino la poderosa. Cada verso es un «pero no» seguido de un «sino». Es una lista de malentendidos aclarados, como cuando alguien te pregunta por un amigo y tienes que ir descartando a todos los que se llaman igual.
Y lo divertido es que, al final de tanta aclaración, la lista desemboca en una historia muy simple: un novio de veinte años, un trío que no apetecía y una despedida con espárragos. Todo el lío de Marías era el camino para llegar a una frase de cocina.
Esa lista me sirve para algo que me encanta hacer: perder al oyente a propósito y luego recogerlo con un remate tan sencillo que da risa. Después de tanto enredo, la verdad cabe en una línea.
Camela cuando
Hay una lista mía que es un álbum de fotos. En «La despedida» cada línea empieza con el nombre de un grupo y detrás va un recuerdo. El primer beso. La vez que casi me caso. Los veranos de fiesta. Y en medio, el miedo de la primera vez en Chueca. De esa lista ya se ha escrito en este blog, así que no la destripo. Solo apunto que es la demostración de que una lista puede ser una biografía entera si cada elemento está bien elegido. No hace falta contar la vida. Basta con enumerar los momentos y dejar que el oyente rellene los huecos.
Si yo hubiera sabido
Y luego está la lista de condicionales, que es la lista del arrepentimiento.
En «La casa de los mil cadáveres» hay una cadena de «si»: si yo hubiera sabido, si yo hubiera escuchado, si hubiera sabido que eras un malnacido, si hubiera captado que tú eras un payaso, si no hubiera creído esa carita de inocente, si hubiera detectado tus mentiras al comienzo. Seis condicionales seguidos. Seis puertas que ya no se pueden abrir.
Esa lista es la más humana de todas, creo. Porque es la que hacemos todos de madrugada cuando algo se ha roto. La lista de lo que habríamos hecho si hubiéramos sabido. No sirve para nada. No cambia nada. Pero hay que hacerla, como hay que llorar. Y en la canción, después de la lista, viene lo único que sí sirve: reírse de la propia suerte y mandar al otro a paseo.
La lista que casi no hago
Repasando todas estas listas me he dado cuenta de una cosa que me ha dejado un poco descolocado. Casi no tengo listas de cosas buenas.
Tengo listas de mentiras, de rechazos, de nubes, de testigos, de heridas, de decepciones de crucero. Pero listas de virtudes, de cosas que me hacen feliz, de gente que me quiere, apenas. Y cuando aparecen, son cortas y suelen estar escritas en negativo. En «El abrazo de Pitufo» la lista de lo bueno es una lista de lo que no hace: «Pitufo no pregunta, no finge, no exige». Tres verbos negados para describir el cariño. Lo bueno, definido por la ausencia de lo malo.
Supongo que tiene su explicación. Lo malo se enumera porque abruma, y enumerarlo es una forma de ordenarlo. Lo bueno no necesita orden. Se vive y ya. Nadie hace una lista de por qué está bien un domingo por la mañana con el café recién hecho. Simplemente se está bien.
Pero me apunto la tarea. Algún día me gustaría escribir una lista larga, concreta y absurda de cosas buenas. Con marcas, con barrios, con nombres de bares. Una lista de doce cosas que me salvan y que no sean la música, para variar. Si la escribo, prometo que acabará con un remate. Porque hasta la felicidad, en mis canciones, necesita un golpe final para que te la creas.
Por qué cinco y no tres
Hay una cosa que tengo clarísima cuando escribo listas: nunca de tres.

Tres es el número de los discursos, de los eslóganes, de las frases bonitas que quedan bien en una taza. «Libre, fuerte y feliz.» Tres adjetivos que no dicen nada. Si hago una lista, que sea de cinco cosas, o de doce, o de veinte. Y que sean cosas concretas, absurdas, de verdad. Veterinarios. Movistar cloud. El que va de santo en la iglesia. Pediatras para un desamor.
La lista larga y concreta tiene algo que la de tres no tiene: es creíble. Nadie se inventa que ha probado con el veterinario. Si lo dices, es que estabas desesperado de verdad, o que te estás riendo de tu propia desesperación, que es todavía más verdad.
Y luego está el remate. Una lista sin remate es una enumeración. Una lista con remate es un chiste o una puñalada. «¡Patán!» al final de una lista de agravios. «Ni un solo 'me gusta'» al final de una lista de testigos. «Y bailo» al final de una lista de heridas. El remate es lo que da sentido a la lista. Es la última pieza del Jenga, la que lo tira todo o la que lo sostiene.
La vida en listas
Supongo que escribo así porque vivo así. Como casi todo el mundo.
Hacemos listas de la compra, listas de tareas, listas de reproducción, listas de invitados, listas de pros y contras cuando no sabemos si dejar a alguien. El móvil está lleno de notas con listas a medias. El grupo de WhatsApp de la familia es una lista de gente que te ha leído. La nube es una lista de fotos que no te atreves a borrar.
Las listas son la forma en que la vida moderna se ordena a sí misma. Y en una canción, una lista bien hecha tiene algo de inventario después de un incendio: esto es lo que queda, esto es lo que se ha perdido, esto es lo que hay que tirar. Contarlo en voz alta, elemento por elemento, es una manera de recuperar el control. Si puedo enumerarlo, puedo con ello.
Y hay algo más. Una lista también es una forma de ser justo. Cuando digo que nada me salvó, puedo sonar exagerado. Cuando enumero todo lo que probé, uno por uno, con nombres y oficios, ya no hay exageración: hay un registro. La lista protege de la acusación de dramático. Te dice: no me lo invento, aquí está todo, cuéntalo tú si quieres. Por eso, en un catálogo que vive de exagerar, las listas son el sitio donde la exageración se vuelve precisa. Es exagerar con factura.
Todas estas listas, con sus ni, sus puntos uno y dos, sus nubes y sus aquí, están en el archivo de letras. Y la primera, la de los psicólogos y los veterinarios, la tienes entera en gayfolkplanet.com.
Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos.
Una lista. Y una canción al final.
Preguntas frecuentes
¿Por qué hay tantas enumeraciones en las letras de Mike Sain't Louis? Porque las listas largas y concretas le sirven para agotar una idea (todo lo que no salva, todas las mentiras, todos los sitios donde borrar un amor) y preparar un remate corto al final, que es donde suele estar el chiste o la frase seria.
¿De qué va «La música me está salvando»? De alguien que ha probado de todo para salir de un mal momento, desde psicólogos hasta veterinarios, y se da cuenta de que lo que le está salvando es la música. Está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿Qué canción tiene la lista de nubes para borrar fotos? «El castigo más duro», donde el protagonista tiene que borrar siete años de relación del iPhone, Google Fotos, Movistar cloud y One Drive.