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Treinta palabras prestadas: el spanglish de la pista y «Mood»

Party. Baby. Booty. Flow.

Si entras ahora mismo en cualquier bar de Chueca, en cualquier discoteca de la Gran Vía, en el baño de cualquier fiesta de Malasaña a las tres de la mañana, vas a oír estas cuatro palabras antes de que te dé tiempo a pedir la primera copa. Ninguna es española. Todas son nuestras.

Escribí «Mood» con treinta palabras en inglés y ni una sola en español. Ni un artículo, ni un verbo, ni un «tía» ni un «hija mía». Treinta palabras sueltas, como quien vacía el bolso encima de la cama antes de salir, y un estribillo que repite la que da título a la canción cuatro veces. Ya está. Esa es la letra entera.

La ficha de la canción cuenta el inventario y habla de cómo el idioma de la fiesta se ha vuelto global. En este texto quiero ir por otro lado. Quiero hablar de por qué un letrista madrileño que presume de castizo escribe una letra sin castellano, de qué tiene de queer pedir palabras prestadas y de si una lista de palabras es una letra o es una tomadura de pelo. Que hay de todo, y yo me apunto a las dos.

Lo más madrileño que he escrito

Parece una contradicción, y me encanta que lo parezca. Soy el que mete en sus letras el Mercadona, los 100 Montaditos, la vecina del cuarto, el «lo estoy flipando», el «ni de coña». Soy el de las expresiones de abuela y el insulto con denominación de origen. Y de repente saco una canción en la que no hay ni una palabra de mi idioma.

Pero mira bien la lista:

«Party, baby, booty, flow, sexy, cool, check, beat,»

Ninguna de esas palabras es exótica para un chaval de Móstoles o de Carabanchel. Las dice tu sobrino de catorce años. Las dice la cajera del Primark. Las dice tu madre, aunque las pronuncie fatal, cuando te pregunta si vas a ir «a ese party» del sábado. Son inglés, sí, pero un inglés que ya no vive en Inglaterra. Vive en el metro de Madrid, en los grupos de WhatsApp, en los audios de nueve minutos de tus amigas.

Una persona de Londres que escuchara «Mood» no la entendería como yo la entiendo. Para ella sería una lista de palabras corrientes, sin gracia, como leer el diccionario. Para mí es un retrato del español de la calle en el siglo veintiuno. Un español que ha dejado de traducir.

Por eso digo que es lo más madrileño que he escrito. Porque en Madrid ya nadie dice «tengo buen humor». Dicen «tengo buen mood». Y si no lo dicen, lo piensan.

Cuando dejamos de traducir

Hay una cosa curiosa que pasa con las palabras prestadas: llega un momento en que dejan de ser prestadas y nadie se da cuenta.

Fotogramas del videoclip oficial de «Mood», de Mike Sain't Louis

Nadie piensa que «fútbol» es inglés. Nadie piensa que «mitin» o «líder» o «club» son inglés. Hace setenta años, un abuelo decía «balompié» y le parecía fatal lo de «fútbol». Hoy el que dice «balompié» parece un concursante de Pasapalabra intentando quedar bien.

Con «look», «outfit», «vibe» o «hype» pasa lo mismo, pero a velocidad de TikTok. Hace diez años eran palabras de revista de moda. Hoy son palabras de cola de supermercado. Y dentro de diez años, a lo mejor la Real Academia les pone acento y las mete en el diccionario con su definición en castellano, como ha hecho con tantas otras. Y alguien dirá que eso es la muerte del idioma, y otro dirá que eso es el idioma vivo, y los dos seguirán diciendo «outfit» por la mañana cuando se vistan.

Yo no estoy en ninguno de los dos bandos. Yo lo que hago es apuntar. Mi oficio, en gran parte, consiste en escuchar cómo habla la gente y meterlo en canciones. Si la gente dice «ni de coña», lo meto. Si la gente dice «mood», también. Lo que no voy a hacer es escribir como habla un académico en una conferencia de la Fundación Juan March, porque no conozco a nadie que hable así en un bar.

Sobre por qué escribo casi siempre en español y por qué mi web está también en inglés, escribí un texto aparte: escribo en español, por qué mi web también está en inglés. «Mood» es el caso raro que confirma la regla. Una canción en inglés que solo se entiende del todo en español.

Y ojo, que el español tampoco es uno solo. En Buenos Aires, en Ciudad de México o en Bogotá, cada una de estas palabras tiene su propio acento y su propio uso. Lo que en Madrid es «outfit», en otro sitio es «pinta» o «look» o lo que sea, y cada país ha adoptado el inglés a su manera. Hablé de esa mezcla de acentos en una canción, veinte acentos. «Mood» tiene la ventaja de que se salta el problema: al no tener ni una palabra en español, no tiene acento de ningún país. Tiene acento de pista.

La pluma del idioma

Y ahora, lo queer.

La cultura de club, la nuestra, la de las pistas de baile gays de toda la vida, siempre ha tenido su propio idioma. Un idioma hecho de palabras robadas, deformadas, puestas del revés. Las maricas de los setenta y de los ochenta en España ya hablaban en clave, con palabras del caló, del francés, del inglés de las películas y del argot de la noche. Era una forma de reconocerse sin que te reconocieran. Un idioma para entendidos.

Hoy esa necesidad de esconderse es menor, por suerte. Pero la costumbre de coger palabras de aquí y de allá y hacerlas nuestras sigue intacta. «Slay», «diva», «queen», «drama», «tea». Son palabras que llegan, muchas veces, de la cultura drag y ballroom negra y latina de Nueva York, pasan por la televisión y las redes, y acaban en la boca de un chaval de Getafe que no ha pisado Estados Unidos en su vida.

Pedir palabras prestadas tiene algo de pluma. Es un gesto. Es decir: no me conformo con las palabras que me tocaron, voy a ponerme las que me quedan mejor. Como cuando le coges un vestido a tu hermana y te sienta mejor que a ella.

«Mood» es eso, a lo bestia. Una letra entera con ropa prestada.

¿Esto es una letra?

Ya sé lo que estás pensando. Porque yo lo he pensado también. ¿Esto es una letra? ¿Treinta palabras sueltas y un estribillo de una sola palabra? ¿Esto lo firma alguien que presume de letrista?

Pues sí. Lo firmo. Y te explico por qué.

Una letra no se mide por el número de palabras. Se mide por lo que hace. Hay letras de cuatrocientas palabras que no dicen nada y letras de cuatro que te parten en dos. «Mood» no pretende partir a nadie. Pretende otra cosa: ponerte en un estado. Y para eso no necesita una historia. Necesita un ritmo y unas palabras que suenen como suena el momento antes de salir de casa.

Ya hice un experimento parecido en «La chusta nunca disgusta», que es una lista de nombres con un refrán. Me gusta mucho la forma de la lista. Es la forma más antigua de la poesía, si lo piensas: las genealogías, las letanías, los inventarios de los barcos en la Ilíada. Y también es la forma más moderna: los hashtags, las etiquetas, los nombres de usuario. La lista es lo que queda cuando le quitas a la frase todo lo que sobra.

Hay gente a la que esto le parecerá una tomadura de pelo. Y me parece fenomenal que se lo parezca. Los comentarios negativos, ya lo conté en lo que aprendí de los comentarios negativos, muchas veces te dicen más de quien los escribe que de lo que critican. Si alguien se enfada mucho porque una canción de baile no tiene una historia, a lo mejor el problema es que ha ido a una discoteca a buscar una novela.

El orden de las palabras

Lo que sí te digo es que el orden no está puesto al azar. O no del todo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Party, baby, booty, flow, sexy, cool, check, beat,» de «Mood»

Si lees la lista despacio, verás que empieza con lo más físico. Party, baby, booty. La fiesta, el ligue, el culo. Es lo primero que se te pasa por la cabeza cuando piensas en salir un sábado, para qué nos vamos a engañar. Luego viene el estilo: flow, sexy, cool. Luego la música: check, beat. Y a partir de ahí se mezcla todo, como se mezcla la noche cuando ya llevas tres horas en la pista. Feeling, groovy, style, gangsta, break, cash, club.

Y luego, en la segunda tanda, aparecen palabras que no son de fiesta, sino de oficina. Deal. Feedback. Game. Hit. Son las palabras que usa un jefe de proyecto en una reunión de Zoom un martes a las nueve. Y me hace mucha gracia que estén ahí, mezcladas con «booty» y «jam», porque así es la vida de mucha gente que conozco: el lunes dan «feedback» en la oficina de la Castellana y el sábado gritan «vibe» en la pista de baile. Con la misma boca. Con el mismo inglés de academia.

El final de la lista es este:

«mood, outfit, show, vibe, wild, track, hype.»

Y ahí está la palabra del título, escondida en mitad del último verso, antes de que salte al estribillo. Como quien pasa desapercibido en la fiesta y de repente se sube a la tarima.

Las que no están

Casi tan interesante como la lista es lo que falta en ella. Si te pones a pensar en palabras inglesas que se oyen en una noche de Chueca, enseguida te salen unas cuantas que no aparecen en «Mood». No está «crush». No está «random». No está «cringe», que es la palabra favorita de cualquier adolescente para describir a su padre bailando en una boda. No está «chill», ni «brunch», ni «afterwork», ni «match», que es lo que dice todo el mundo cuando cuenta cómo conoció a su último desastre por una aplicación.

Y tampoco están las más nuestras, las del vocabulario drag: «slay», «queen», «tea». Eso me hace gracia, porque son justo las que cualquiera esperaría en una canción de un marica sobre la fiesta.

Una lista siempre es también una elección. Lo que entra dice algo, y lo que se queda fuera, también. «Mood» se queda con las palabras de la pista y de la oficina, las que usan por igual el chaval de Getafe y su jefe de la Castellana. Las de la tribu más estricta se quedan para otra canción.

El interruptor

El estribillo es MOOD, cuatro veces. En mayúsculas en la letra publicada, que ya dice mucho.

Collage con un detalle de la carátula de «Mood» y las carátulas de «La chusta nunca disgusta», «Tan cateto», «El Panda del acoso sexual»

Me gusta pensarlo como un interruptor. Tac. Ya estás. No hay transición, no hay puente, no hay un «y ahora vamos a ponernos contentos». Hay una palabra que te cambia el estado, como el clic de la luz del baño cuando llegas a casa a las seis de la mañana y te ves la cara en el espejo.

«Mood» es una palabra muy rara, si lo piensas. Significa estado de ánimo, pero se usa para todo. «Este outfit es muy mood». «Hoy no tengo mood». «Esa foto, mood total». Hasta se usa sola, como respuesta a algo que te identifica: alguien sube un vídeo de un gato tirado en el sofá y tú comentas «mood». Es una palabra comodín. Una palabra esponja que absorbe lo que le eches.

Por eso funciona como estribillo. Porque cada uno la llena con lo suyo. Mi mood no es el tuyo. El mood de un viernes no es el de un domingo. La canción no te dice qué tienes que sentir. Te dice que sientas algo.

La portada de la Vespa

Mira la portada, porque es preciosa y no tiene nada que ver con lo que esperarías de una canción de discoteca.

Un hombre bailando delante de una pared pintada a tres colores, rojo, amarillo mostaza y verde azulado, con la pintura un poco desconchada, como en una calle del sur de Italia o de un pueblo de la costa. Lleva un polo azul marino con rayas blancas, pantalón blanco de pinza y zapatos negros relucientes, y está en mitad de un paso, con los brazos abiertos y la cadera girada. A la izquierda, aparcada, una Vespa de color crema. Y arriba, en letras blancas enormes, MOOD.

No hay bola de discoteca. No hay láseres. No hay neón. Hay sol, hay calle, hay una moto de los años sesenta. Y me parece perfecto, porque el mood no está en la discoteca. El mood está antes. En la calle, en la tarde, en el momento en que te miras en el escaparate de una tienda y piensas «hoy sí». La discoteca es solo el sitio donde lo gastas.

Todas mis portadas intentan contar algo que la letra no cuenta. Esta cuenta lo que pasa antes de la letra.

Del chiste a la pista vacía

Me pongo serio un momento, que con tanta palabra en inglés me estoy poniendo frívolo y no quiero.

Para mucha gente como nosotros, la pista de baile fue el primer sitio seguro. El primer lugar donde se podía bailar con otro hombre sin que nadie te partiera la cara. Cuando hablo del idioma de la fiesta, de esas palabras prestadas, no hablo de una moda. Hablo de un refugio que tuvo que inventarse su propio vocabulario porque el vocabulario de fuera no le servía, o le insultaba.

Por eso me molesta un poco cuando alguien desprecia la música de baile como algo superficial. La pista de baile ha sido, durante décadas, el único sitio donde muchos de los nuestros podían ser quienes eran durante unas horas. Lo cuento en qué pide una pista de baile en el Orgullo. Y cuando se encienden las luces a las seis, y la pista se queda vacía, y tú sales a la calle con los oídos pitando, te das cuenta de que lo que acabas de vivir no era frívolo en absoluto.

Una palabra como «mood» puede sonar a nada. Pero para alguien que pasó la adolescencia sin poder elegir su estado de ánimo, sin poder estar contento delante de nadie, poder decir «hoy tengo mood» es casi una conquista.

Ya está. Vuelvo a la frivolidad, que es donde me encuentro más cómodo.

Lo que me enseñó TikTok

Hay una cosa que he aprendido con los años de publicar en redes, y es que la gente no se queda con canciones. Se queda con trozos. Diez segundos. Una frase. Una palabra. Lo que se puede recortar, poner encima de un vídeo y compartir.

Ficha de la canción «Mood» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Tan cateto» corrió por TikTok, y no por su segunda estrofa, precisamente. Corrió por lo que se podía repetir, por lo que se quedaba pegado después de tres escuchas en bucle mientras hacías scroll en el sofá. Lo cuento con detalle en lo que TikTok y los Shorts me enseñaron sobre las canciones, y si te interesa la canción, tiene su propia ficha.

«Mood» es, en cierto modo, una canción hecha solo de trozos. Cada palabra de la lista podría ser un vídeo. Alguien poniéndose el outfit: «outfit». Alguien bailando en la cocina: «groovy». Alguien sacando la tarjeta en la barra: «cash». Alguien mirándose al espejo del ascensor antes de salir: «look». Y al final, el estribillo, que es el comentario que todo el mundo pone debajo de los vídeos con los que se identifica: mood.

No sé si eso es bueno o malo para la música. Probablemente las dos cosas. Pero sí sé que la forma en que escuchamos ha cambiado, y que una canción que lo ignore está un poco ciega. Si quieres ver cómo se mueven mis canciones en ese formato, tienes mi perfil enlazado en TikTok.

El panda y la E

En el catálogo completo de gayfolkplanet.com, «Mood» es la pista 229 de 273. Y sus vecinas son de traca. Justo antes va «El Panda del acoso sexual», que ya en el título te avisa de que la cosa no va de ositos de peluche. Y justo después va una canción que se llama «E». Así, una letra. Una vocal.

Me hace gracia que «Mood» quede en medio de las dos. A un lado, un título larguísimo y escandaloso. Al otro, una sola letra. Y en el centro, una canción hecha de palabras sueltas. Como si el catálogo estuviera jugando con la longitud de las cosas. No lo planeé así, que yo sepa. Pero en un catálogo de doscientos setenta y tres singles, las casualidades acaban pareciendo intenciones.

La canción pertenece al primer disco de la trilogía, Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, que es el disco de llegar a un sitio nuevo y ponerse a mirar todo con los ojos muy abiertos. Y una de las cosas que haces cuando llegas a un sitio nuevo es aprender las palabras que se usan allí. Las de la tribu. «Mood» es el diccionario de bolsillo de la tribu.

Bailar o leer

Tengo un texto que se llama escribir para que te bailen y escribir para que te lean. En él cuento que hay canciones que están hechas para que la gente se mueva y canciones que están hechas para que la gente piense. Y que las dos cosas son igual de dignas, aunque la segunda tenga mejor prensa.

«Mood» es del primer grupo sin ninguna duda. No tiene nada que leer. Si lees la letra en una hoja, te aburres en diez segundos. Si la oyes en una pista, con el volumen alto y el cuerpo suelto, entiendes por qué está escrita así.

La letra es mía, palabra por palabra, aunque ninguna palabra sea mía. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como en el resto de Planeta Gayfolk. Yo elijo qué palabras, en qué orden, cuántas veces se repite el estribillo, cómo se llama la canción y qué cara tiene la portada. En una letra de treinta palabras, cada elección se nota más.

Si alguien te pregunta

Si alguien te pregunta qué tal la noche, y no sabes qué decir, ya tienes respuesta. No hace falta una frase entera. Basta con una palabra.

Mood.

Y si te piden más, les pasas la lista completa, en orden, de party a hype. Que se apañen.

Preguntas frecuentes

¿Por qué «Mood» no tiene ni una palabra en español? Porque recoge palabras en inglés que en España ya se usan a diario sin traducir, sobre todo en el ambiente de la fiesta. Es una lista de treinta palabras prestadas y un estribillo con la palabra del título repetida cuatro veces.

¿En qué disco está? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 229 de 273.

¿Una lista de palabras es una letra? Para mí, sí. Una letra se mide por lo que hace, no por cuántas palabras tiene. «Mood» está escrita para ponerte en un estado de ánimo, no para contarte una historia.

¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.

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