
Por Mike Sain't Louis ·
Qué pide una pista de baile en el Orgullo
Una pista de baile en el Orgullo no se parece a ninguna otra. No es una discoteca, aunque haya luces. No es un concierto, aunque haya escenario. Es una calle llena de gente que no se conoce, a treinta y tantos grados, con una botella de agua caliente en la mano y ganas de que la próxima canción sea la buena.
Cuando escribo una letra pensando en ese momento, intento ponerme en el lugar de esa calle. No del público ideal que escucha con auriculares, sino de una multitud sudada que tiene tres segundos para decidir si se pone a bailar o se va a por otra bebida. Esa multitud es exigente de una manera muy particular. Y creo que pide cosas bastante concretas.
Un estribillo que se aprenda a la primera
Lo primero que pide la pista es poder cantar algo sin haber oído nunca la canción. Parece imposible, pero no lo es. Un estribillo de Orgullo tiene que entenderse a la primera vuelta y poder gritarse en la segunda. Pocas palabras, repetidas, con una vocal larga donde la gente pueda abrir la boca.
Esto me ha obligado a desconfiar de mis propias letras. Me gustan los versos con muchas palabras, los detalles, las historias. En una pista no sirven. O sirven en la estrofa, que es el momento en que la gente se mira, se ríe o pide otra cosa en la barra. El estribillo tiene que ser casi un eslogan, algo que funcione escrito en una pancarta.
Por eso creo que los títulos importan tanto. Un título como «Tan Cateto» se puede gritar. Dos palabras, un insulto dado la vuelta, una frase que cualquiera puede lanzar al aire con el brazo levantado. No sé si es una canción de pista. Pero el título, desde luego, tiene forma de grito.
El humor también se baila
Hay quien piensa que en el Orgullo solo funcionan los himnos solemnes, las canciones de resistencia con cuerdas y voz que se rompe. Funcionan, claro. Hay un momento de cada noche en que la gente necesita eso. Pero yo creo que una pista de Orgullo pide, sobre todo, complicidad. Y la complicidad muchas veces viene de la risa.
Una canción con un título como «La vecina cotilla» o «No quiero otro novio cojín» tiene una ventaja en la calle: todo el mundo sabe de qué se habla antes de que empiece. Todo el mundo tiene una vecina así o un ex así. La gente se señala, se ríe, se dice cosas al oído. El baile se vuelve una conversación.
Eso es algo que la pista agradece mucho y que se nota poco en los auriculares. Una broma compartida con quinientas personas suena distinta que una broma a solas. Se vuelve un pequeño acto colectivo. Y en un día como ese, reírse juntos de las mismas cosas ya es bastante político.
La pista es de todas las edades
Algo que se olvida a menudo es lo mezclada que está la gente en el Orgullo. Hay chavales que salen por primera vez, señores que llevan décadas viniendo, madres con abanico, turistas que no entienden nada y bailan igual. La pista no pertenece a los veinteañeros.
Esto pide canciones que no excluyan a nadie por la edad. Por eso me gusta tanto el aire de copla que tiene PLANETA GAYFOLK. La copla la reconoce el abuelo y la nieta, aunque cada uno por motivos distintos. Un giro dramático, una exageración, un lamento teatral a ritmo de pop: todo eso conecta generaciones que en otros sitios no se cruzan. La pista del Orgullo es uno de los pocos lugares donde una persona de setenta y otra de dieciocho pueden bailar la misma canción sin que ninguna de las dos lo haga por compromiso.
El momento lento
Ahora, una contradicción que no he resuelto. Toda pista necesita bajar en algún momento. La gente se cansa, se sienta en un bordillo, busca sombra. Y ahí, si la canción es la adecuada, pasa algo muy bonito: la calle entera se queda medio quieta y alguien abraza a alguien.
Me gustaría escribir más canciones para ese momento. Pero me cuesta. Mi tendencia natural es el humor, el camp, la frase rápida. Y en el momento lento del Orgullo, el humor puede sobrar. O no. A veces pienso que una canción lenta con humor es justo lo que esa pausa necesita, porque permite emocionarse sin ponerse solemne. No lo sé. Lo dejo aquí apuntado como tarea pendiente.
La trilogía GAYFOLK termina con un disco que se llama «El día de la liberación». Cuando pienso en ese título, me viene a la cabeza algo parecido a una calle del Orgullo. Un día en el que el planeta que se describía en el primer disco y se deseaba en el segundo, por fin, se toca con los pies. Los tres discos se escuchan como una sola historia en tres actos, y el tercero es el que más se parece a una fiesta.
No digo que haya que poner ese disco entero en una carroza. Sería raro. Pero sí creo que una pista de Orgullo pide eso mismo: la sensación de haber llegado. Después de las ganas, después del miedo, después de todo lo que haya costado. Bailar ahí es celebrar que estás donde querías estar, aunque sea por una noche.
También pide algo práctico: que las canciones estén a mano. Los discos se descargan gratis y sin registro en mikesaintlouis.com/descargas, y las canciones están en Spotify, Deezer y YouTube. Para una fiesta en casa con amigos, basta con descargarlas.
Lo último que pide la pista no tiene que ver con la música. Pide que nadie mire mal. Que el chico que baila fatal baile igual. Que la señora del abanico tenga su sitio. Que nadie tenga que explicar quién es para estar ahí. Si una canción ayuda a eso, aunque sea un poco, ya ha cumplido.
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