
Por Mike Sain't Louis ·
Lo que aprendí de los comentarios negativos
Publicar mucho tiene una consecuencia de la que se habla poco: recibes muchos comentarios. Y entre muchos comentarios siempre hay unos cuantos que no vienen a felicitarte. Con 273 singles y más de 280 videoclips en dos años, he leído de todo. Algunos me han hecho gracia, otros me han dado igual y unos pocos se me quedaron pegados varios días, como un chicle en la suela del zapato.
No voy a contar que ya no me afectan. Me afectan. Lo que ha cambiado es lo que hago con ellos.
El que no ha escuchado nada
La mayoría de los comentarios negativos que recibo no hablan de una canción. Hablan de una idea. Ven que me presento como el primer cantautor IA y ya tienen la opinión hecha antes de que llegue el estribillo. A veces se nota hasta en el reloj: el comentario aparece cuando el vídeo lleva publicado menos tiempo del que dura.
Al principio quería contestar a todos. Explicar que las letras son mías, que la música la produzco con herramientas de inteligencia artificial pero la dirijo yo, que descarto mucho más de lo que publico. Escribía respuestas larguísimas, muy razonadas, con su introducción y su conclusión. Nadie las leía. O peor, las leían y contestaban con otra frase de cinco palabras, y yo volvía a escribir un párrafo. Era una conversación entre un ensayo y un portazo.
Aprendí que quien no ha escuchado no busca que le convenzas. Busca dejar constancia de que algo no le gusta, y tiene todo el derecho. Ahora, si contesto, contesto corto. Muchas veces no contesto. Y me sorprendió comprobar que no pasa absolutamente nada.
El que no soporta lo que soy
Luego están los comentarios que no van contra la música ni contra la IA, sino contra el hecho de que haga canciones sobre el amor entre hombres. PLANETA GAYFOLK habla de exnovios, de orgullo, de autoestima, de la vida de cada día de gente como yo. A alguna gente eso le molesta muchísimo, y lo dice con las palabras de siempre.
Con estos no tengo nada que aprender, la verdad. No hay crítica que rescatar. Los borro o los dejo, según el día, y sigo con lo mío. Lo único que me confirman es algo que ya sabía: que estas canciones siguen haciendo falta. Si un título como «La primera drag» todavía consigue enfadar a alguien hasta el punto de escribir en mayúsculas, es que el título toca algo. Prefiero eso a la indiferencia.
Hay una cosa que sí hago. Cuando veo uno de esos debajo de un vídeo, me fijo en si alguien le ha contestado antes que yo. Muchas veces sí. Una persona que no conozco de nada sale a defender la canción, o simplemente se ríe del comentario. Ese momento me gusta más que cualquier respuesta que pudiera escribir yo.
El que tiene razón
Y aquí viene lo incómodo. Algunos comentarios negativos tienen razón.
No todos, ni siquiera muchos. Pero de vez en cuando alguien, con malos modos o con buenos, me señala algo que es verdad. Que un estribillo se repite demasiado. Que un videoclip no tiene nada que ver con la letra. Que una canción se parece mucho a otra mía anterior. Cuando lo leo, mi primer impulso es defenderme. El segundo, unas horas después, es volver a escuchar la canción con esa frase en la cabeza. Y a veces me toca admitir que esa persona ha oído algo que yo no quería oír.
Me ha pasado con los títulos, sobre todo. Mi público está en Europa y también en América Latina, y una palabra que en Madrid todo el mundo pilla al vuelo puede sonar rarísima en Lima o en Ciudad de México. Alguna vez me lo han hecho notar sin ninguna delicadeza. No cambié esas canciones, porque ya estaban publicadas y porque me gustan así. Pero desde entonces lo pienso dos veces antes de cerrar un título. Eso se lo debo a alguien que probablemente no tenía ninguna intención de ayudarme.
El truco, si hay alguno, es separar el tono del contenido. Un comentario puede ser grosero y acertado a la vez. Y uno muy amable puede no servirme de nada. Me costó entender que la educación con la que se dice algo no cambia si es verdad o mentira.
Lo que hago ahora
No leo comentarios de noche. Por la noche todo pesa el doble, y una frase que por la mañana me parecería una tontería me acompaña hasta que apago la luz y un buen rato después. Los leo de día, con algo de café y la cabeza despejada.
Tampoco los cuento. Hubo una época en la que llevaba la cuenta mental de buenos y malos, como si fuera el marcador de un partido. Era agotador y no servía para nada, porque uno malo pesaba más que veinte buenos. Esa aritmética no tiene arreglo, así que dejé de hacerla. Leo, me quedo con lo que sirve y suelto lo demás.
Y he aprendido a no escribir en caliente. Si un comentario me enciende, dejo pasar un rato antes de contestar. Casi siempre, cuando vuelvo, se me han quitado las ganas. Eso me ha ahorrado bastantes ridículos que ahora estarían ahí, fijados para siempre debajo de un videoclip.
Hay una última cosa que no esperaba. Los comentarios negativos me han hecho más claro. Como sé que algunos van a llegar con el cuchillo entre los dientes, he aprendido a explicar lo que hago con menos palabras y sin pedir perdón. Antes lo contaba con rodeos, como quien se justifica delante de un profesor. Ahora digo que escribo las letras, que dirijo la producción y los vídeos, y que la última palabra es mía. Punto.
No sé si algún día dejarán de dolerme del todo. Sospecho que no, y tampoco estoy seguro de querer que dejen de doler. Un poco de piel fina me sirve para escribir. Lo que no quiero es que decidan por mí qué canción sale y cuál se queda en la carpeta. De momento no lo han conseguido.
Las canciones, las que gustan y las que alguien odia, están en mikesaintlouis.com.