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Escribir para que te bailen y escribir para que te lean

Hay dos lectores imaginarios que se me sientan en el hombro cuando escribo una letra. Uno está en una pista, con una copa en la mano, y quiere que la frase llegue al golpe justo para levantar los brazos. El otro está en el sofá, con el móvil, leyendo la letra completa en mi web mientras suena la canción, y se fija en si una rima es floja o si un verso dice algo que merezca la pena. Los dos tienen razón. Y casi nunca quieren lo mismo.

Durante bastante tiempo pensé que tenía que elegir a uno. Ahora creo que mi trabajo consiste en negociar con los dos, sabiendo que en cada canción alguno va a salir perdiendo un poco.

Lo que pide el cuerpo

La persona que baila no lee. Oye trozos. Se queda con una palabra que se repite, con una sílaba que cae fuerte, con un nombre propio que puede gritar a la vez que sus amigas. A esa persona le da igual que el segundo verso de la estrofa sea muy ingenioso si no se entiende entre el bombo y el ruido del bar. Lo que necesita es aire, espacio, palabras que se puedan corear aunque no sepas el resto.

Escribir para ella me obliga a quitar. Frases más cortas. Vocales abiertas al final del verso, porque se estiran mejor. Menos subordinadas. Un estribillo que se entienda a la primera aunque estés de espaldas al altavoz. Cuando una letra mía funciona en ese terreno, suele ser porque he tenido la valentía de dejarla un poco tonta. Y lo digo con cariño: lo tonto bien hecho es dificilísimo.

Un título como «La dieta del cucurucho» ya trabaja para ese oyente antes de que empiece la música. Tiene ritmo propio, suena a juego, se puede repetir sin esfuerzo. No hace falta explicarlo. Sirve para la pista porque se pronuncia con gusto.

Lo que pide la vista

El otro lector es más exigente de una manera distinta. Desde que la web nueva tiene cada letra completa, con su página, su videoclip y un índice de la A a la Z, sé que hay gente que lee lo que escribo como se lee un texto. Se para. Vuelve atrás. Ve las repeticiones que en la canción funcionan y que en la pantalla, sin música, parecen relleno.

Esa mirada me ha cambiado la forma de corregir. Antes revisaba las letras oyéndolas. Ahora también las leo en silencio, como si fueran de otra persona, y me pregunto si aguantan sin la producción debajo. Hay versos que suenan estupendos y que escritos son muy pobres. Hay otros que en la canción pasan casi desapercibidos y que leídos tienen una gracia o una tristeza que no esperaba.

Al lector le importan cosas que al bailarín no le importan nada. Que una imagen no se contradiga con otra. Que el personaje de la primera estrofa sea el mismo en la última. Que el humor tenga algo debajo. Que no haya tres versos seguidos diciendo lo mismo con palabras distintas solo para llenar compases.

Dónde se pelean

El conflicto aparece casi siempre en el mismo sitio: la repetición. Una canción de baile vive de repetir. Una letra que se lee sufre cuando se repite. Si escribo un estribillo que dice cuatro veces la misma frase, en la pista es un regalo y en la página parece que me he dormido.

No tengo una solución limpia. Lo que hago es intentar que la repetición cambie de sentido aunque no cambie de palabras. Que la misma frase, dicha después de una estrofa triste, suene distinta que dicha después de una estrofa cómica. Cuando lo consigo, el que baila no se entera y el que lee sí. Cuando no lo consigo, prefiero que gane el que baila. Es una decisión, y la tomo sabiendo lo que pierdo.

Otro punto de fricción es el vocabulario. Para que alguien te baile, las palabras tienen que ser de uso diario, de las que se dicen en la cocina o en un grupo de mensajes. Para que alguien te lea con gusto, conviene alguna palabra inesperada, una rareza que se quede pegada. Mi manera de mezclar las dos cosas suele pasar por el humor y por el aire de copla: la copla tiene esa costumbre de meter una palabra antigua, dramática, en medio de una situación corriente. Eso hace gracia en la pista y deja algo para quien lee despacio.

Como las letras salen enteras de mí y la parte musical la produzco con inteligencia artificial, dirigiendo y descartando versiones hasta quedarme con una, tengo un margen que otros no tienen: puedo probar la misma letra con arreglos muy distintos y ver cuál de los dos lectores se impone. A veces una letra que yo creía de sofá encuentra una producción que la empuja hacia la pista. Y al revés, una canción que escribí pensando en bailar acaba pidiendo algo más lento, más de escuchar con atención.

Esa flexibilidad me ha quitado algún prejuicio. Ya no pienso que las canciones bailables sean menores ni que las que se leen sean más serias. PLANETA GAYFOLK es pop alternativo queer y bastante camp, y el camp siempre ha sabido que la frivolidad puede llevar dentro una herida. Lo que intento es que nadie salga estafado. Que quien baila tenga su estribillo y quien lee tenga su verso.

Hay canciones en las que no lo consigo. Algunas son puro movimiento y, leídas, son una lista de exclamaciones. Me parece bien que existan. Otras son tan de leer que en una fiesta molestan. También me parece bien. Con 273 singles en dos años, el catálogo da para que cada lector encuentre las suyas y para que yo me equivoque en las dos direcciones.

Lo último que hago antes de dar por buena una letra es leerla para mí mismo y luego imaginarla a todo volumen en un sitio lleno de gente. Si en las dos pruebas hay al menos un momento que me gusta, la dejo ir. Si solo pasa una, me lo pienso. Si no pasa ninguna, a la papelera, por mucho cariño que le tenga al título.

No sé si es un método. Es una manía. Pero me ha servido para escribir pensando en personas concretas, aunque sean inventadas, y no en una idea vaga de público.

Las letras están todas en mikesaintlouis.com/letras, por si te apetece hacer de lector de sofá.

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