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Lara-li, loora-li: escribir una canción casi sin palabras en el disco más ruidoso

«Lara-li, loora-li, Lai...»

Si cuentas las palabras con significado de esta canción, te sobran dedos de las dos manos. Serene. Veil. Dream. Shine. Myst. Hush. Glimmer. Fade. Y un nombre. Lo demás son sílabas, suspiros, ahs y oohs.

Esto lo firma el mismo que escribió «Escupiré sobre tu tumba», «Carta de recomendación» y «Narci de cutre culebrón». El de las listas de agravios, el de los insultos con código postal, el que no deja un hueco sin rellenar con una marca de supermercado. Y de repente, una canción que casi no dice nada.

Te debo una explicación. O, mejor dicho, intento dártela sin estropearla.

Un nombre, no una historia

La ficha de «Lai» cuenta lo esencial: la canción lleva el nombre de mi sobrina. No voy a añadir detalles sobre ella, porque no es asunto de nadie y porque la canción tampoco los da. No dice su edad, ni cómo es, ni qué le gusta. No hay anécdotas. Hay un nombre repetido como quien lo dice en un susurro para que no se despierte.

Eso ya es una decisión de escritura. Cuando escribo sobre un ex, lo lleno de detalles. El pelo, el gimnasio, la ciudad, la app en la que se metió. Los detalles son armas, y en esas canciones necesito armas. Aquí no quería armas. Quería lo contrario: que la persona quedara protegida dentro de la canción, sin que nadie pudiera señalarla.

Un nombre solo es la forma más pura de cariño que conozco. No necesita adjetivos. Si dices el nombre de alguien con el tono adecuado, ya has dicho todo lo que sientes.

Siete palabras en el aire

Entre vuelta y vuelta del estribillo aparecen esas palabras sueltas en inglés. «Serene, serene... / Veil, veil...» Luego dream, shine, myst, hush, glimmer, fade. No forman frases. No tienen verbo que las ate. Flotan.

Elegí el inglés porque esas palabras, para un oído español, suenan más que significan. Serene tiene una ese que silba. Hush es casi un gesto con el dedo en los labios. Glimmer brilla solo de pronunciarlo. Si las hubiera escrito en castellano, sereno, velo, sueño, brillo, silencio, destello, la canción se habría vuelto un poema de libro de texto, y yo quería que fuera más una habitación que un poema.

Además, hay una palabra que no existe tal cual: myst. En inglés se escribe mist, niebla. Con la «y» se vuelve otra cosa, algo entre niebla y misterio, una palabra de cuento de hadas inventada. Me gusta que esté así. Los niños inventan palabras todo el tiempo, y esta canción tiene algo de juego de niños.

Todo dos veces

Fíjate en cómo aparecen las palabras sueltas. Ninguna sale una sola vez. «Serene, serene.» «Veil, veil.» Y cuando no se repiten tal cual, se repiten con un adjetivo pegado: «Dream, soft dream». «Shine, gentle shine.» «Myst, silent myst.» Hasta el destello sale doble, «glimmer, glimmer», antes del «fade».

Esa duplicación es un tic de las nanas de todas partes. «Duérmete, niño, duérmete ya.» «Arrorró, mi niño, arrorró.» Lo que se dice a alguien que está a punto de dormirse se dice dos veces, como para asegurarse de que llega, o como quien mece la cuna a un lado y luego al otro. Ida y vuelta. Una palabra para cada balanceo.

Y la versión con adjetivo es todavía más tierna, porque corrige suavemente la primera: no es solo un sueño, es un sueño suave; no es solo un brillo, es un brillo delicado. Es lo que haces cuando arropas a alguien y luego vuelves a estirar la manta un poquito más, aunque ya estaba bien.

No hace falta verlo como una regla. Pero leyendo la letra con calma se nota que toda la canción está hecha de ese gesto: decir algo y volver a decirlo, un poco más bajo.

El idioma de las nanas

Las nanas son el primer género musical que conocemos. Antes de entender una sola palabra, alguien nos ha cantado al oído algo que no entendíamos. Y funcionaba.

Fotogramas del videoclip oficial de «Lai», de Mike Sain't Louis

Federico García Lorca dio una conferencia famosa sobre las nanas españolas, y de ahí se ha quedado mucha gente con una idea: que las nanas de aquí son tristes, que tienen algo de amenaza y de pena, que la madre le susurra al niño sus propias penas. «Duérmete, niño, que viene el coco.» Hay mucha verdad en eso. Las nanas tradicionales son un sitio raro, donde se mezcla el miedo con el cariño.

«Lai» no es una nana tradicional. No hay coco, no hay amenaza, no hay pena escondida. Pero tiene algo de ese idioma previo a las palabras. Esos «lara-li, loora-li» son lo que sale cuando quieres a alguien muy pequeño y no sabes qué decirle, así que le dices sonidos. Todos lo hemos hecho delante de una cuna. Nadie le habla a un bebé con subordinadas.

La, la, la

En España tenemos un antecedente ilustre de canción sin palabras convertida en éxito: «La, la, la», con la que Massiel ganó Eurovisión en 1968. Lo cito no porque «Lai» se parezca, que no se parece en nada, sino porque demuestra algo que me interesa: que unas sílabas sin significado pueden sostener una canción entera si se repiten con intención.

La diferencia es que aquel «la, la, la» era una fiesta, para corear con los brazos en alto. Mi «lara-li» es para decirlo bajito. Las mismas sílabas pueden ser un estadio o una mecedora. Depende del tempo y de la intención.

El disco más ruidoso

«Lai» vive en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Es el disco del final del viaje, del momento en que la nave llega por fin al planeta Gayfolk. Lo cuento en el día de la liberación y el día siguiente: es un disco de celebración, pero también de resaca, de qué hacemos ahora que somos libres.

Y es un disco ruidoso. Hay canciones de ajuste de cuentas, de fiesta, de narcisistas. Hay mucho grito y mucha purpurina. En medio de todo eso, «Lai» es una habitación con la luz baja. Como cuando sales de una discoteca a las seis de la mañana y de repente oyes los pájaros.

No fue casualidad. Un disco entero a gritos cansa. Necesitaba sitios para respirar. En ese mismo disco hay otras canciones en inglés, de atmósfera, que hacen una función parecida, como «Holy stillness» o «The northern lights». Son pausas. Rellanos en una escalera muy empinada. «Lai» es la más pequeña de todas, y por eso la más mía.

Ah, ooh

Hay otra capa de la canción que en la letra escrita parece relleno y en la escucha es media canción: los «ah» y los «ooh».

En la página de la letra aparecen solos, en su línea, con tres puntos detrás. «Ah...» «Ooh...» Leídos así parecen casi una broma, como si alguien hubiera transcrito los suspiros de una siesta. Pero están colocados en sitios concretos: después de las palabras sueltas, antes de que vuelva el nombre, al final de cada bloque. Son la respiración de la canción. Los sitios donde la melodía se queda sin palabras porque no las necesita.

En una canción de las mías normales, un «ooh» sería un adorno, el coro que rellena el hueco entre estrofa y estribillo. Aquí es estructura. Si los quitas, las palabras sueltas se quedan huérfanas, sin aire alrededor. Es como quitar los márgenes de una página: el texto sigue ahí, pero ya no se puede leer.

Me hace gracia que el letrista de los mil insultos tenga una canción donde la palabra más repetida, después del nombre, es una vocal.

Hush

De las siete palabras, la que más me gusta es hush. En inglés es lo que se dice para mandar callar con cariño. No es «shut up», que es un portazo. Es el «chis» que le haces a un niño que se está quedando dormido y se despierta con un ruido. Con la mano en la espalda.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Lara-li, loora-li, Lai... Dream, soft dream...» de «Lai»

Hush aparece sola, entre «myst, silent myst» y el estribillo. Una palabra que pide silencio en mitad de una canción. Tiene algo de paradoja, y me encanta. Es como un cartel de «silencio, por favor» en una discoteca: no funciona, pero te hace sonreír.

En castellano no tenemos una palabra tan exacta. «Chitón» suena a abuela enfadada. «Calla» es una orden. «Shhh» no es palabra. Por eso, otra vez, el inglés. Hay sentimientos que en un idioma tienen nombre y en otro no, y cuando escribo en varios idiomas lo hago, entre otras cosas, para tomar prestados esos nombres.

Glimmer, glimmer, fade

Y la última palabra suelta de la canción: fade. Desvanecerse. Llega después de «glimmer, glimmer», el destello repetido, como una luz que parpadea dos veces antes de apagarse.

Es una manera muy precisa de describir lo que hacen las nanas: apagan. No de golpe, sino poco a poco, como la luz de una habitación cuando alguien gira el regulador. La canción anuncia su propio final con esa palabra y luego, sin embargo, sigue: vuelve el nombre una y otra vez, como si no quisiera irse del todo de la habitación.

Esa resistencia a terminar me parece la parte más honesta. Cuando duermes a alguien a quien quieres, nunca te vas a la primera. Te quedas un rato más en la puerta, mirando. Por si acaso. La canción hace eso con el estribillo final: se queda en la puerta.

Inglés de Madrid

Escribo sobre todo en español, y lo explico en escribo en español, por qué mi web también está en inglés. Pero en el catálogo hay canciones en inglés, en francés y en portugués, y casi siempre tienen un motivo concreto.

En el caso de «Lai», el motivo es casi físico. Las palabras en inglés que elegí son cortas, de una o dos sílabas, con sonidos suaves: ese, ele, uve, hache aspirada. En español, las palabras equivalentes son más largas y tienen más consonantes duras. Sereno tiene tres sílabas y una erre. Destello tiene una te en medio que corta. Para una canción que tenía que sonar a algodón, el inglés tenía la textura adecuada.

No es un inglés de nativo, ni falta que hace. Es el inglés de alguien de Madrid que elige palabras por cómo suenan, como quien elige telas por el tacto sin mirar la etiqueta.

Si no tienes sobrina

Una última cosa para quien llegue aquí sin sobrina, sin hijos, sin niños pequeños alrededor.

La canción sigue siendo tuya. Todos tenemos a alguien cuyo nombre diríamos bajito si pudiéramos. Una abuela que ya no está, un amigo que vive lejos, un perro que duerme a los pies de la cama, un novio que todavía no ha llegado. El nombre de la canción es uno concreto, pero el gesto sirve para cualquiera.

Escúchala pensando en ese nombre. Y si te apetece, cuando acabe, dilo en voz alta una vez. No pasa nada. Nadie te está mirando. Y si te mira alguien, que se ponga la canción.

Lo difícil de no decir nada

Te voy a confesar algo que cualquiera que escriba sabe: es mucho más difícil escribir poco que mucho.

Collage con un detalle de la carátula de «Lai» y las carátulas de «Holy stillness», «The northern lights», «Limón»

Cuando escribo una canción de las mías, de las de veinte versos con insultos, me sobran ideas. Tengo que recortar. Quitar el chiste que repite otro, la marca que no aporta, la rima demasiado fácil. Lo explico en el oficio de descartar. Con «Lai» el problema es el contrario. Cualquier palabra de más estropea algo. Cualquier frase con sentido haría que la canción empezara a explicar, y aquí no hay nada que explicar.

Lo que hay es lo que no se puede quitar. El nombre. Las sílabas del nombre convertidas en melodía. Siete u ocho palabras que son más luz que significado. Y los suspiros.

Si quitas algo más, no queda canción. Si añades algo, deja de ser esta.

Una canción para estar

Hay canciones para bailar, para llorar, para gritar en el coche. «Lai» es para estar.

Ponla mientras haces otra cosa: mientras escribes, mientras miras por la ventana del autobús, mientras doblas la ropa. No exige atención. No tiene giro, ni chiste, ni moraleja. Está ahí, como una lámpara encendida en otra habitación que hace que la casa parezca habitada.

En el blog tengo un texto sobre canciones para fregar los platos, sobre el pop de las tareas pequeñas. «Lai» no sirve para fregar, que necesita algo con más ritmo. Sirve para lo que viene después: para sentarte cinco minutos con la casa recogida y la luz de la tarde entrando de lado.

El castillo de caramelo

La portada es todo lo contrario de una habitación con la luz baja, y eso me hace mucha gracia.

Un chico de pie, con barba y el pelo hacia atrás, vestido con una chaqueta de corte antiguo, bordada, en tonos pastel, rosa, crema y dorado, como de príncipe de cuento o de domador de circo de lujo. Detrás, un paisaje que parece salido de un sueño de azúcar: piruletas gigantes en espiral, caramelos de colores amontonados por el suelo, un castillo rosa con torres puntiagudas, un arcoíris y nubes de algodón. El título, «LAI», va arriba en letras rosas hinchadas.

Es el mundo como lo vería un niño con fiebre de golosinas. Todo dulce, todo enorme, todo de colores. Y en medio, un adulto vestido de gala, serio, como el tío que ha venido de visita y se ha quedado a vivir en el cuento.

Me gusta pensar que la portada enseña lo que la canción calla. La canción susurra; la portada grita en rosa chicle. La canción es la nana; la portada es el sueño que viene después de la nana. Las dos juntas hacen un cuarto infantil completo.

Lo cursi, defendido

Ya sé lo que estás pensando. Esto es muy cursi.

Sí. Y lo defiendo. Tengo un texto entero que se llama defensa de lo cursi, y «Lai» es probablemente la canción que mejor lo ilustra. Lo cursi tiene mala prensa porque se asocia a lo falso, a la tarjeta de felicitación con frase de Coelho. Pero hay una cursilería verdadera, la de quien no se avergüenza de querer a alguien en voz alta. Esa es la que me interesa.

Un tío que se pasa la vida riéndose de sus ex, de los narcisistas, de los haters y de sí mismo, tiene derecho a una canción en la que no se ríe de nada. Una sola. Sin ironía de escudo. Las otras tienen el chiste como coartada. Esta no tiene ninguna.

Bueno, tiene una: es para mi sobrina. Contra eso no hay crítica que valga.

Repetir hasta que suene distinto

El estribillo se repite muchas veces. Muchísimas. Si lo cuentas en la letra, verás bloques enteros de «Lara-li, loora-li, Lai» uno detrás de otro, cinco seguidos, separados solo por un «ooh».

Ficha de la canción «Lai» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa repetición tiene un efecto curioso. Las primeras veces, el nombre suena a nombre. A la décima, empieza a sonar a otra cosa: a mantra, a sonido de fondo, a respiración. Pasa lo mismo cuando repites una palabra muchas veces en voz alta: llega un momento en que pierde el significado y se queda en puro sonido. A los niños les encanta ese juego. Dicen «cuchara» cuarenta veces hasta que la palabra se rompe y les da la risa.

La canción hace eso con el nombre, pero al revés. No lo rompe. Lo vuelve más grande. Al final ya no es un nombre: es una habitación entera.

Los nombres en mis canciones

Ya te dije al principio que en mi catálogo hay muchos nombres propios. Casi siempre aparecen para ajustar cuentas: el ex con su ciudad, el coordinador con su barrio, el famoso con su apellido. Los nombres son el sitio donde mis canciones muerden.

«Lai» es la excepción que confirma la regla, y por eso me parece importante tenerla. Demuestra que el nombre propio, que en otras letras uso como dardo, también puede ser un regalo. Lo que cambia no es la palabra, sino la intención. El mismo gesto de escribir el nombre de alguien en una canción puede ser una venganza o una caricia.

Si tuviera que explicarle a alguien que no conoce Planeta Gayfolk de qué va el proyecto, le pondría una canción de narcisistas y luego esta. Y le diría: las dos son verdad. Las dos son mías.

Escuchar mientras lees

En la web tengo una pequeña guía sobre cómo leer una letra mientras la escuchas. Para «Lai» el consejo es justo el contrario: no la leas. No hay nada que leer. Cierra los ojos, o mira por la ventana, y deja que las palabras en inglés pasen como pasan las luces de los coches por el techo de una habitación de noche.

Si aun así quieres ver la letra, está completa en gayfolkplanet.com/letras. Ocupa poco. Se lee en un minuto. Y luego se escucha durante mucho más.

Una hermana en la trilogía

Hay otra canción mía que también es una nana, aunque muy distinta: «Limón». Esa sí tiene palabras, y habla con un pequeñín que tiene dueño, con mucho cariño y mucho «duérmete». Si las pones una detrás de otra, se ve bien cómo cambia la forma de querer según a quién le hablas.

«Limón» es una nana con frases, de las que se dicen al borde de la cama. «Lai» es una nana sin frases, de las que se tararean con la cabeza apoyada en la cuna. Las dos caben en el mismo planeta. En Gayfolk también se duerme.

El silencio después

Termino como termina la canción: con un «ooh» y un nombre.

No tengo una lección que sacar de esto. Solo una observación: a veces, en medio de tanto ruido, lo más valiente que puedes publicar es algo que casi no dice nada. Una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie, dice una de mis reglas de la casa. Esta tenía todas las papeletas para quedarse en un cajón por demasiado tierna. Salió. Y ahí está, entre los gritos del tercer disco, diciendo un nombre bajito.

Lara-li, loora-li.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «Lai»? Es un nombre: el de la sobrina de Mike Sain't Louis, según la ficha de la canción en su web. El estribillo lo convierte en una fórmula de sílabas: «Lara-li, loora-li, Lai».

¿La canción tiene letra? Muy poca. Entre estribillo y estribillo aparecen palabras sueltas en inglés, como serene, veil, dream, shine o hush, y muchos «ah» y «ooh». La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Quién la ha hecho? La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

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