
Por Mike Sain't Louis ·
El oficio de descartar: elegir entre muchas versiones
Hay una parte de mi trabajo que no se ve en ningún sitio. No sale en los videoclips, no aparece en Spotify y no la puede escuchar nadie. Es todo lo que tiré.
Produzco la música de PLANETA GAYFOLK con herramientas de inteligencia artificial. Eso significa que, para cada letra, la máquina me propone versiones. Muchas. Unas parecidas entre sí, otras que no tienen nada que ver. Y mi trabajo, en ese momento, consiste sobre todo en decir que no.
Durante un tiempo pensé que eso era la parte aburrida. Ahora creo que es el oficio.
Las hojas de contactos
Los fotógrafos de antes trabajaban con hojas de contactos. Revelaban un carrete entero en pequeñito, en una sola hoja, y luego se sentaban con una lupa y un rotulador rojo a marcar la buena. De treinta y seis fotos, a veces salía una. A veces ninguna. Hay hojas de contactos famosas que se exponen en museos precisamente porque enseñan lo que nadie vio: las fotos de al lado, las casi buenas, la que tenía los ojos cerrados.
Cuando escucho versiones de una canción me siento así, con la lupa. Y he aprendido que la buena casi nunca es la más espectacular. Muchas veces es la más espectacular la primera que descarto, porque se come la letra. Una melodía que se luce demasiado hace que nadie escuche lo que dice la frase. Y en mis canciones la frase es lo importante.
Lo que busco
No tengo una lista de requisitos. Me gustaría tenerla, porque me ahorraría tiempo, pero cada canción pide una cosa.
Lo que sí tengo son unas cuantas preguntas que me hago casi siempre. La primera es si se entiende la letra. Parece obvio y no lo es: hay versiones preciosas en las que las palabras quedan aplastadas, o donde el acento cae en la sílaba que no toca y una broma deja de ser broma. Un chiste mal acentuado es un chiste muerto.
La segunda es si el tono es el del título. Si una canción se llama «Mi novio de Albacete», no puede sonar a réquiem. Tiene que tener algo de cotidiano, de domingo. Si se llama «La primera drag», imagino algo con más brillo y más ceremonia. Una versión puede ser buenísima y estar equivocada de tono, y entonces no me sirve, por mucho que me guste.
La tercera es la más difícil de explicar. Es si me apetece volver a escucharla. No en ese momento, sino mañana. Hay versiones que te deslumbran la primera vez y a la tercera te cansan. Otras parecen poca cosa y se te quedan pegadas. Por eso intento no decidir en caliente.
El miedo a tirar la buena
Tengo un miedo que no se me ha ido. Es el de descartar la buena.
Cuando eliges entre muchas versiones, siempre queda la sospecha de que la canción perfecta estaba tres puestos más abajo y no la escuchaste con atención. O que estaba en la siguiente tanda que no llegaste a pedir. Es una sensación parecida a la de las aplicaciones de citas, por cierto: siempre podría haber uno mejor si sigues deslizando el dedo. Y ya sabemos cómo acaba la gente que no para de deslizar.
Mi solución, que no es perfecta, es aceptar que existe un punto en el que hay que parar. Cuando una versión cumple lo que necesita la letra y me apetece volver a ella, me la quedo. Aunque quizá exista otra mejor. Prefiero una canción publicada y buena a una canción perfecta que nunca sale de la carpeta.
Descartar también es escribir
Me cuesta que algunas personas entiendan esto. Creen que elegir es pasivo, que es como ir al supermercado. Coges el yogur que te gusta y ya está.
Yo lo vivo de otra forma. Cada vez que descarto una versión estoy diciendo algo sobre cómo tiene que ser esa canción. Estoy afinando una idea que al principio era vaga. A veces la primera tanda me enseña lo que no quiero, y gracias a eso sé pedir mejor la siguiente. Es parecido a corregir un texto: no inventas palabras nuevas, pero decides cuáles se quedan, y el texto final es tuyo por esas decisiones.
En unos dos años he publicado 273 singles. Detrás de cada uno hay una pila de versiones que nadie va a escuchar. No me dan pena. Hicieron su trabajo, que era enseñarme el camino.
Con los videoclips me pasa algo parecido, aunque ahí el descarte es más físico. Dirijo los míos, más de 280, y en cada uno hay planos que me gustaban y que no entraron. Un gesto bonito que no iba con el ritmo. Una luz preciosa en el momento equivocado. No sé qué aprendí antes, si a tirar imágenes o a tirar versiones de una canción, pero creo que una cosa me enseñó la otra. En el montaje entiendes rápido que lo que sobra estorba, aunque sea bonito. Una canción funciona igual: cada cosa que se queda tiene que ganarse el sitio, y lo que no se lo gana se va, por mucho cariño que le tengas.
Tengo que admitir algo. A veces, cuando escucho una canción ya publicada, me acuerdo de una versión descartada y pienso que quizá era mejor. No la recupero. Una vez que algo sale, ya es lo que es. Pero esa pequeña duda me acompaña, y supongo que me acompañará siempre.
Creo que esa duda es buena señal. Si un día dejo de tenerla, será porque he dejado de escuchar con atención. Y entonces dará igual qué herramienta use, porque el criterio se habrá ido por el desagüe.
Si quieres oír lo que sí elegí, todo está en mikesaintlouis.com.