
Por Mike Sain't Louis ·
Canciones para fregar los platos: el pop doméstico y la vida pequeña
Casi toda la música que escuchamos la escuchamos haciendo otra cosa. Fregando, doblando ropa, esperando a que hierva el agua, colgando una lavadora con el móvil apoyado en el borde del fregadero. Las grandes escenas de la música, el concierto, la pista llena, el coche por la carretera de noche, ocupan una parte mínima de la vida real. El resto es cocina, pasillo, autobús y sofá.
Me gusta pensar en mis canciones en ese contexto. Menos en un escenario y más en la encimera de alguien. Hay algo muy honesto en una canción que suena mientras otra persona friega una sartén. No tiene que convencer a nadie de su importancia. Solo tiene que acompañar.
Lo grande y lo pequeño
El pop tiene una tendencia natural a lo grandioso. Amores que lo cambian todo, rupturas que acaban con el mundo, noches que no se olvidan. Me encanta ese pop, y la copla, que me influye tanto, también vive del drama mayúsculo. Pero me he dado cuenta de que lo que más me interesa escribir está a otra escala. La pelea por quién saca la basura. El novio que se queda dormido en el sofá con la tele puesta. La vecina que te cuenta las entradas y salidas. La dieta que empiezas cada lunes.
Eso es lo que llamo, medio en broma, pop doméstico. Canciones sobre la vida de cada día que no intentan convertirla en otra cosa. Un título como «La vecina cotilla», por ejemplo, no pide convertir a nadie en metáfora del control social ni nada parecido. Basta con la vecina. Una ventana, un rellano, alguien que siempre está ahí. Si luego quieres leer algo más profundo, perfecto. Pero el título se sostiene sin eso.
Títulos como «No quiero otro novio cojín» o «La dieta del cucurucho» nacen de ese mismo sitio. Son títulos de casa. Podrían ser frases dichas en una cocina, delante de una amiga, con un tenedor en la mano. Me parece que esa cercanía es la razón por la que funcionan: no te piden que te pongas elegante para escucharlas.
La vida pequeña de una pareja gay
Hay una razón más para escribir así, y tiene que ver con lo que falta. Durante mucho tiempo, cuando la cultura popular contaba historias de hombres gais, las contaba casi siempre en sus momentos más extremos. El secreto, el conflicto, la tragedia, la fiesta. Momentos importantes, sin duda. Pero la vida de una pareja gay también está hecha de listas de la compra, de discusiones por el mando de la tele, de domingos sin plan. Y eso apenas se cantaba.
Me parece político, aunque suene raro, escribir canciones sobre lo aburrido. Decir que el amor gay también tiene su rutina, sus manías, su tupper en la nevera. Lo extraordinario ya tiene sus canciones. Lo ordinario, mucho menos. Y es en lo ordinario donde la mayoría pasamos la mayor parte del tiempo, seamos quienes seamos.
Con PLANETA GAYFOLK intento cubrir las dos partes. El orgullo y la liberación aparecen en la trilogía, sobre todo en «El día de la liberación», que cierra la historia de los tres discos. Pero entre medias hay muchas canciones de cocina y de rellano. Me gusta que convivan. El día de la liberación también hay que fregar los platos después.
Escribir para un oído distraído
Pensar que mis canciones se van a escuchar mientras alguien hace otra cosa cambia la manera de escribir. Un oído distraído no sigue una historia complicada. Pesca frases sueltas. Se queda con un estribillo, con un nombre, con un chiste. Si la canción le pide demasiada atención, la cambia.
Por eso cuido mucho que cada letra tenga dos o tres momentos que funcionen solos, sin contexto. Una frase que te haga sonreír aunque no hayas escuchado lo anterior. Un giro que se entienda con media cabeza en la sartén. No es fácil, y no siempre lo consigo. Pero cuando funciona, la canción se cuela en la vida de alguien sin pedir permiso, que es lo mejor que le puede pasar a una canción pequeña.
Al mismo tiempo, quiero que quien sí preste atención encuentre más. Para eso cuelgo cada letra entera en mi web, con página propia, por si un día te apetece sentarte a leer lo que antes oías fregando. Me hace gracia imaginar a alguien que escucha una canción cincuenta veces en la cocina y un día, por fin, lee la letra y encuentra un verso que nunca había pillado. Ese momento me parece un pequeño premio para los dos.
Tengo una duda con todo esto. A veces me pregunto si el pop doméstico es una forma de conformarme. Si escribir sobre la vida pequeña es una elección o una manera de no arriesgar. Las canciones grandes asustan más, porque pueden fallar a lo grande.
Creo que la respuesta honesta es que hay un poco de las dos cosas. Me siento cómodo en lo pequeño, y esa comodidad tiene su lado perezoso. Pero también creo que lo pequeño bien contado es más difícil de lo que parece. Un detalle cotidiano tiene que estar muy bien elegido para que no suene a relleno. Hacer gracia con una lavadora pide más oficio que emocionar con una despedida en una estación.
Lo que tengo bastante claro: no me gustaría escribir solo para momentos especiales. La mayor parte de la vida no es especial, y merece música igual. Los días sin nada que contar también tienen banda sonora, aunque nadie la elija con cuidado. Si una de mis canciones suena mientras alguien recoge la cocina un martes por la noche y esa persona sonríe, aunque sea sin darse cuenta, la canción ha cumplido.
Y si quieres probar, los 273 singles se descargan gratis, uno a uno, en mikesaintlouis.com/descargas/singles. Los platos los pones tú.