
Por Mike Sain't Louis ·
Una palabra por línea: la pregunta de los dos viejitos en «Envejecer»
Por
Qué
Lo
Preguntabas
Así está escrita la pregunta en la letra de «Envejecer». Una palabra por renglón. Como si cada palabra pesara un kilo y hubiera que subirla sola por la escalera.
Hay letras que se leen de izquierda a derecha y otras que se leen de arriba abajo. Esta es de las segundas. Y no es un capricho de maquetación: es lo que la canción tenía que hacer para no sonar a queja de sobremesa. Quien la haya leído entera en su página de letras lo habrá notado. Es una columna larga y estrecha. Parece una lista de la compra. Es una lista de pérdidas.
En la ficha de la canción ya está el resumen de lo que cuenta. Aquí voy a otra parte: a la pregunta que la sostiene, a por qué la escribí en vertical y a la respuesta que llega al final, tarde, cuando ya no le sirve a nadie.
La pregunta de los viejitos
El centro de la letra es una sola frase:
¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?
Esta frase es una trampa con lazo de regalo. La pregunta en sí es preciosa. Es la que se hacen las parejas en el sofá, con la manta, a las once de la noche, después de un capítulo de cualquier serie. «¿Tú nos ves de viejitos?» Es la escena final de mil películas. Es el principio de «Up», el de Pixar, ese montaje de Carl y Ellie que hace llorar a gente que no llora ni en los entierros. Es Antonio y Mercedes en «Cuéntame», cuarenta temporadas de sofá juntos.
Todo eso cabe en «los dos viejitos cogidos de la mano». Y por eso duele tanto lo que viene detrás.
Mientras a la vez me engañabas
El problema de la canción no es el engaño. Engaños hay en medio catálogo de Planeta Gayfolk. El problema es la coincidencia temporal. «Mientras.» «A la vez.» Las dos expresiones juntas, una detrás de la otra, son redundantes a propósito. Quería que quedara clarísimo: no fue antes, ni después. Fue al mismo tiempo. La pregunta tierna y la mentira compartían agenda.
A la vez. Eso es lo que no se perdona.
Por qué en vertical
Cuando escribo una letra larga y con listas, como las que conozco de memoria a fuerza de escribirlas, la escribo en horizontal. Frases enteras, comas, enumeraciones que se acumulan hasta que estallan en un «¡Patán!». Con «Envejecer» no me salía. Cada vez que escribía la pregunta en una sola línea sonaba a reproche de whatsapp. «Por qué lo preguntabas mientras me engañabas.» Rápido. Plano. Olvidable.
Así que la partí.
Por. Qué. Lo. Preguntabas. Mientras. A. La vez. Me engañabas.
Partida así, la frase se vuelve lenta. Cada palabra ocupa su espacio. Quien lee tiene que bajar la vista renglón a renglón, como quien baja una escalera a oscuras tanteando con el pie. Y el «Me engañabas» llega al final, solo, después de una caída de ocho escalones.
En el papel también tiene otra lectura. Una columna de palabras sueltas parece un texto que se está desmoronando. Una frase que no consigue mantenerse en pie y se cae a trozos. Eso es lo que le pasa a alguien que se entera de que la pregunta más bonita de su relación iba acompañada de otra cama.
«Nuuuuuuuunca más»
La otra mitad de la letra es una promesa:

Ya no voy a volver a confiar en nadie
Seguida de un «Nuuuuuuuunca más» con todas las ues que le caben.
Alargo las vocales cuando el texto llega al clímax. Lo hago en «El narcisista» con aquel «frozeeeeeeeeen», lo hago en «Un invitado VIP cortando cebolla» con los «infiernoooooooos». Es un recurso que tiene mucho de exageración, y la exageración en mi casa es un oficio con sus leyes. Pero aquí la vocal larga no hace gracia. O hace la gracia triste de quien sabe que está diciendo algo que no va a cumplir.
Porque «nunca más voy a confiar en nadie» es la frase que dice todo el mundo y que no cumple casi nadie. La dice uno a los veinte, a los treinta y a los cuarenta. La dice con la boca llena de helado de tarrina del Mercadona a las dos de la mañana. Y luego, dos meses después, vuelve a descargarse Grindr.
Lo sé. Lo he escrito más veces. En «La de la Capilla Sixtina» vuelve casi palabra por palabra: «Ya, nunca más, volveré a confiar en alguien que no sea mi gente». La comparo con esta en la ficha de «La de la Capilla Sixtina» si quieres ver cómo cambia la misma promesa cuando le pones un número de vidas detrás.
El «nunca más» de «Envejecer» es más joven. Más crudo. Es el de la primera noche.
«Estoy tan tristeeeeeeeeeeee»
Hay una tercera pieza, y es la más desnuda:
Estoy tan triste. Tres veces, con la e final estirada hasta que parece un perro aullando.
Me han dicho que es la línea más simple que he escrito. Es verdad. No hay metáfora, no hay imagen de terror, no hay vampiro, ni ataúd, ni bloque de cemento. Hay un adjetivo y un adverbio.
Lo dejé así porque en una letra de desamor, en algún momento, hay que decir la cosa por su nombre. Toda la arquitectura de la columna, todas las vocales largas, toda la pregunta de los viejitos, necesitan un sitio donde aterrizar. Y ese sitio es «estoy tan triste». Sin adornos.
Si me lo hubiera inventado más bonito, habría perdido. Hay días en que el idioma no da para más y la honestidad consiste en admitirlo.
La respuesta que llega tarde
Ahora viene la parte de la canción que más me importa. La que casi nadie comenta.
Te voy a contestar cuando ya es demasiado tarde
Fíjate en el tiempo verbal. «Te voy a contestar.» Futuro, con el «voy a» de toda la vida, el que usamos para lo que vamos a hacer ahora mismo. Y en la misma frase, «cuando ya es demasiado tarde», en presente. La respuesta se anuncia para el futuro y el plazo ya ha vencido en el presente. Es una frase que se contradice a sí misma, y la dejé así porque es exactamente lo que pasa: contestas a una pregunta que ya nadie te está haciendo, a una persona que ya no está en el sofá. Si quieres ver cuántas de mis letras juegan con respuestas que llegan tarde, están todas en el índice de letras.
Durante toda la letra la pregunta de los viejitos se repite sin respuesta. Cuatro veces. «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba…?» Y la canción no contesta. Se queda en la acusación: por qué lo preguntabas mientras me engañabas.
Hasta que, casi al final, contesta. Y contesta lo que nadie espera:
síiiiiiii / sí / lo imaginaba
Sí. Lo imaginaba.
Ese es el golpe. Todo el rato la letra parece decir «cómo te atreviste a preguntarme eso». Y al final confiesa que la pregunta tenía respuesta, y que la respuesta era sí. Que el que pregunta mentía, pero el que contestaba no. Que lo de los dos viejitos cogidos de la mano estaba en la cabeza de uno de los dos de verdad.
Cuando lo escribí, me pareció la parte más humillante de la canción. Admitir que te lo creíste. Que tú sí te veías de viejito. En la tele, en los realities, la gente que ha sido engañada siempre dice «yo ya lo sabía», «yo ya me lo olía». Nadie dice «yo me lo creí entero». Pues eso dice esta letra.
«Estaba tan seguro»
Y luego la frase que da título a todo:

Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer
Fíjate en el «que» sin «de». «Estaba tan seguro que.» Los correctores de estilo me lo marcarían en rojo: dequeísmo al revés, queísmo, lo que sea. Lo dejé así porque así se habla en la calle, en Madrid y en todas partes. Cuando estás destrozado no te pones a revisar la preposición.
«Envejecer» se repite cuatro veces al final, con la última e estirada. A envejeceeeeeeer. La palabra se queda sonando, como si la canción no quisiera soltarla.
Y la canción se llama así, «Envejecer», no «Engaño», ni «Mentiroso», ni «Nunca más». Eso fue lo que más pensé. El título no es la herida. El título es lo que se perdió por culpa de la herida. Un futuro. Una vejez compartida que ya no va a existir.
Me parece el título más triste del disco. Y eso que el disco tiene uno que se llama «Nadie hablará de mí cuando haya muerto».
La palabra «seguro»
Vuelvo un momento a «Estaba tan seguro». Porque la seguridad es lo que más se rompe en esta canción, más que el corazón, que ese ya viene roto de casa.
Estar seguro de algo es una forma de descansar. Si estás seguro de que vas a envejecer con alguien, no tienes que vigilar. No miras el móvil del otro. No cuentas las veces que llega tarde del gimnasio. No haces cuentas con las ubicaciones de Google Maps. Te sientas en el sofá y piensas en los viejitos.
Por eso el engaño no solo quita el futuro. Quita el descanso. Y por eso, justo después, viene el «ya no voy a volver a confiar en nadie». No es una amenaza contra el mundo. Es alguien que acaba de enterarse de lo caro que sale descansar.
Ahí está el chiste amargo, si es que hay alguno: el que estaba seguro era el único que decía la verdad. El que mentía nunca estuvo seguro de nada. Le bastaba con preguntar.
Tan seguro. Y tan solo.
Un disco con titular de periódico
«Envejecer» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía. Es un disco que se titula como una noticia, y lo expliqué en por qué el primer disco de GAYFOLK tiene título de noticia. Un disco de descubrimientos: el planeta, pero también lo que aparece al abrir un móvil que no es tuyo.
En ese primer disco las heridas están frescas. Hay muchas canciones de rabia, de insulto, de risa negra. «Envejecer» es de las pocas que no se ríe. Por eso me parece importante que esté ahí: para que el disco no sea solo una colección de burradas. Entre una carcajada y otra, alguien se queda mirando la pared.
El diminutivo
«Viejitos.» No «ancianos», ni «mayores», ni «dos señores de setenta». Viejitos.
El diminutivo lo cambia todo. «Ancianos» es palabra de telediario, de residencia, de informe de Sanidad. «Viejitos» es palabra de cariño. Es como se habla de los abuelos del banco del parque, de esos dos que se sientan en la misma esquina del Retiro todas las mañanas con la barra de pan. Con «viejitos» la imagen se vuelve tierna, un poco de dibujo animado, un poco de postal de Navidad.
Y precisamente por eso la elegí. Cuanto más tierna es la imagen, más asco da saber para qué se usó. Si la pregunta hubiera sido «¿te ves conmigo a los setenta?», sonaría a plan de pensiones. Con los viejitos cogidos de la mano suena a promesa. Y una promesa usada como tapadera es peor que una mentira a secas.
Cuando la gente me cita la letra, casi siempre cita esa palabra. Viejitos. Se queda pegada.
Dos hombres viejos de la mano
Hay algo más en la imagen y no quiero pasarlo por alto.

Dos viejitos cogidos de la mano, en una pareja de dos hombres, no es una imagen que haya estado siempre disponible. En España el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal desde 2005. Antes de eso, dos hombres podían quererse, claro, pero imaginar una vejez juntos, con papeles, herencia, visitas al hospital sin que nadie te pregunte «¿y usted qué es del paciente?», era bastante más difícil. Y verlos pasear de la mano por la calle Mayor de cualquier pueblo, todavía hoy, no es lo más frecuente del mundo.
Por eso, cuando dos hombres se preguntan si se ven de viejitos, la pregunta lleva una carga que otras parejas no tienen. Es también una forma de decir: tenemos derecho a ese futuro, nos lo hemos ganado, vamos a llegar. En Chueca hay muchas parejas jóvenes de la mano. Viejitos, menos. La pregunta imagina a los que todavía faltan.
Y eso hace todavía más fea la mentira. No solo se usó una promesa de pareja. Se usó una de las promesas más difíciles de conseguir para gente como nosotros. Se usó como quien usa un cupón de descuento caducado.
No escribí esto en la letra. La letra no habla de leyes ni de derechos. Pero cuando la releo, lo pienso. Y creo que quien la escucha desde el mismo sitio también lo piensa, aunque nadie lo diga en voz alta.
El mapa de la letra
Para quien quiera leerla con calma, este es el orden de las piezas, tal como están en la letra publicada:
- La promesa: «Ya no voy a volver a confiar en nadie», con su «nunca más».
- La pregunta de los viejitos, entera.
- La acusación partida en columna: por qué lo preguntabas mientras a la vez me engañabas.
- Vuelta a la promesa.
- Vuelta a la pregunta y a la acusación.
- La tristeza dicha sin adornos.
- Más vueltas, con pequeñas variaciones.
- La respuesta tardía: «sí, lo imaginaba».
- El título, repetido hasta que se apaga.
Lo curioso es que la canción empieza por el final emocional. La promesa de no volver a confiar es lo que uno dice cuando ya ha pasado todo. Y luego retrocede: a la pregunta, a la acusación, a la tristeza. Y solo al final, en el último tramo, llega a la confesión que lo explica todo.
Es una estructura de interrogatorio al revés. Primero el veredicto. Después las pruebas. Y la declaración del testigo, al final, cuando el juicio ya ha terminado y no cambia nada.
Demasiado tarde. Lo dice la propia letra.
Lo que no hay en la letra
La vejez no es el tema. Ni contra ni a favor. No hay arrugas ni residencias ni bastones. Los «viejitos» son una imagen, no un tema.
Y tampoco va contra las parejas que se hacen esa pregunta. Que se la hagan, que es preciosa. El problema no es la pregunta. Es quién la hace y qué está haciendo con la otra mano mientras la hace.
Y moraleja no tiene. No dice «no te fíes de quien te habla del futuro». Sería falso y sería triste. Hay gente que pregunta por los viejitos y lo dice en serio, y luego envejece al lado. Ojalá hubiera más canciones sobre esas parejas, y por eso escribí sobre las canciones de amor gay que salen bien. Pero esta no es de esas.
La repetición como herida
Si lees la letra completa verás que se repite mucho. La pregunta de los viejitos sale cuatro veces. El «nunca más», un montón. El «tan triste», dos tandas de tres.

Hay quien piensa que repetir es de vagos. Que una buena letra no repite. Yo creo que depende. En una canción de fiesta, la repetición es para que la gente se la aprenda y la grite. En esta, la repetición es otra cosa: es lo que hace la cabeza cuando le ha pasado algo así. Le da vueltas. Vuelve a la misma pregunta a las cuatro de la mañana. Por qué lo preguntabas. Por qué. Otra vez. Otra.
La repetición aquí no es estribillo. Es insomnio.
Y hay una variación pequeña que me gusta mucho. En una de las vueltas, en vez de «Por / Qué / Lo / Preguntabas», la letra dice «Por / Qué / Ok / Preguntabas». En otra, «Por / Qué / me / Preguntabas». Son cambios mínimos, casi erratas, y los dejé. Cuando uno repite una pregunta que le duele, no la repite siempre igual. Se le tuerce. Se le escapa un «ok» de quien ya no sabe ni lo que dice.
Escribir en vertical en un móvil
Una nota de oficio, para quien escriba.
Muchas de mis letras empiezan en el móvil, en las notas, y lo conté en dónde escribo: libretas, móvil y notas de voz. El móvil tiene una ventaja para una letra como esta: la pantalla es estrecha. Si escribes una palabra y das al intro, la columna aparece sola. Escribir en vertical en una pantalla vertical es lo más natural del mundo.
Pero esa misma comodidad tiene un peligro. Partir todas las frases en palabras sueltas puede volverse un tic. Lo veo en mucha poesía de Instagram, que parte las frases por partirlas, para que parezcan profundas. Y una frase vacía partida en seis renglones sigue estando vacía.
Por eso en «Envejecer» no está todo en vertical. La pregunta de los viejitos va entera, en una línea larga. Lo que se parte es lo que viene detrás: el «por qué lo preguntabas mientras me engañabas». Lo bonito va entero. Lo que duele, a trozos. Esa es la regla que me puse, y si alguien quiere copiarla, que la copie.
La música alrededor
Una vez escrita la letra, la canción se produce en el estudio con la inteligencia artificial como herramienta de producción y arreglos. Lo explico siempre porque es la verdad y porque no tengo nada que esconder: lo dejé claro en por qué digo abiertamente que uso IA.
En una letra así, el reto de la producción es respetar la columna. Que las palabras sueltas suenen sueltas. Que el «nunca más» se estire. Que la respuesta final, el «sí, lo imaginaba», llegue con el aire suficiente para que se entienda que es una confesión y no otra repetición. Ahí es donde se nota quién decide. La máquina pone sonido. Las pausas, el orden y el peso de cada palabra los decido yo.
Y si te ha pasado
No voy a dar consejos de pareja, que para eso no sirvo. Solo una cosa, de letrista a quien sea.
Si alguien te preguntó por los viejitos y te mentía, la pregunta no era tuya. Era suya, y la usaba para otra cosa. La respuesta sí era tuya. Si dijiste que sí, que lo imaginabas, no hiciste el ridículo. Hiciste lo único decente que había en esa conversación.
El que hizo el ridículo fue el otro.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Envejecer»? De alguien que se entera de que su pareja le preguntaba si imaginaba un futuro de «dos viejitos cogidos de la mano» al mismo tiempo que le engañaba. Al final confiesa que sí, que lo imaginaba.
¿Por qué la letra está escrita con una palabra por línea? Para que la pregunta y la acusación se lean despacio, renglón a renglón. Mike Sain't Louis partió solo las frases que duelen y dejó entera la pregunta de los viejitos.
¿En qué disco está «Envejecer»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.
¿Quién escribe las letras de Planeta Gayfolk? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid. La música y las voces se producen con inteligencia artificial como herramienta.
¿Hay otra canción con el mismo «nunca más»? Sí. «La de la Capilla Sixtina» repite casi la misma promesa: «Ya, nunca más, volveré a confiar en alguien que no sea mi gente».