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Palabras que no dicen nada: «Dreams Drift Afar», el tarareo y el coro de la espera

Hay canciones que se entienden con la cabeza y otras que se entienden con el pecho. «Dreams Drift Afar» es de las segundas. Si buscas en ella una historia, no la vas a encontrar. No hay ex, no hay narcisista, no hay rellano ni discoteca. Hay un murmullo largo con la boca cerrada, una sílaba que se repite y, entre medias, cinco frases muy cortas en inglés que pintan una noche.

Como la letra es tan breve, la copio entera aquí, tal cual está publicada en gayfolkplanet.com, sin tocar ni una letra. Y la volveré a copiar más abajo, porque hay letras que se leen de otra manera la segunda vez.

Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, whispers softly call.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, night shadows fall.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana nanananananaaaaa,
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananaaaa, dreams drift afar.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, stars blink and sigh.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, under the moonlit sky.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana nanananananaaaaa,
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananaaaa, dreams drift afar.

En el diario del planeta ya hay una lectura preciosa de esta canción como nana, con Lorca, el coco y la conferencia que el poeta dedicó a las canciones de cuna. Aquí quiero mirar otra cosa. Más de la mitad de esta letra no significa nada, en el sentido del diccionario. Son mmm y nanana. Y sin embargo nadie que la escuche se queda sin entenderla. Este post va de eso: de las palabras que no dicen nada y de por qué la música lleva siglos usándolas.

Dieciséis versos y cinco frases

Empiezo por contar, porque contar ayuda a ver. La letra tiene dieciséis versos. Ocho son exactamente iguales: el mismo murmullo de cuatro grupos de emes, como cuatro respiraciones. Los otros ocho empiezan siempre por nanana y, en seis de ellos, terminan con unas pocas palabras en inglés. En los dos restantes no hay palabras: solo un nanana que se estira hasta perder la forma.

Las palabras que quedan caben en una servilleta. Susurros que llaman bajito. Sombras de noche que caen. Estrellas que parpadean y suspiran. El cielo bajo la luna. Y una frase que aparece dos veces, al final de cada mitad, y que da título a la canción: los sueños se van lejos, a la deriva.

Es una proporción rarísima en el catálogo. En la mayoría de mis letras sobran palabras, se acumulan los nombres, los insultos, las referencias a la tele. Aquí pasa lo contrario. Si quitas los murmullos y los nanana, la letra entera ocupa diecisiete palabras. Diecisiete. Menos que el título de algunas de mis canciones.

Un poema en miniatura

Esas diecisiete palabras, leídas solas, funcionan como un pequeño poema. Tienen rima: call con fall, sigh con sky. Tienen una progresión: primero algo llama, luego cae la noche, luego las estrellas, luego el cielo entero. Es un plano que se va abriendo, de lo cercano a lo inmenso, como cuando estás tumbado y la habitación se te hace grande antes de dormirte.

Y tienen un estribillo que no rima con nada. La frase del título queda suelta, sin pareja, al final de cada mitad. Me gusta que sea así. Los sueños que se van lejos no tienen con qué rimar porque ya se han ido. El verso se queda colgando igual que se queda colgando la conciencia en ese segundo antes del sueño.

La palabra afar también tiene su gracia. En inglés moderno casi nadie la usa al hablar. Es una palabra de poema antiguo, de canción tradicional, de cuento. Es como si en castellano dijéramos «allende» o «en lontananza». Una sola palabra arcaica basta para que la canción suene a algo que viene de muy atrás, aunque esté hecha con herramientas de ahora.

Estrellas que suspiran

Hay dos versos del pequeño poema que merecen una parada. El primero es el que abre la serie: «whispers softly call», susurros que llaman bajito. No dice quién susurra ni a quién llama. Es una llamada sin remitente, como cuando estás a punto de dormirte y te parece oír tu nombre en otra habitación. La canción empieza con alguien, o algo, que llama. Y lo hace tan bajo que casi no se oye.

Fotogramas del videoclip oficial de «Dreams Drift Afar», de Mike Sain't Louis

El segundo es el de las estrellas: «stars blink and sigh». Las estrellas parpadean, eso lo sabe cualquiera que haya mirado el cielo una noche de verano. Pero también suspiran, y eso ya es otra cosa. Es darle a un astro un gesto humano, cansado, casi melancólico. En 1856, el crítico inglés John Ruskin bautizó ese recurso con un nombre algo injusto: pathetic fallacy, la falacia patética, la costumbre de los poetas de atribuir sentimientos a la naturaleza. Ruskin lo veía como un exceso. Siglo y medio después sigue siendo una de las herramientas más usadas de la canción.

En una letra tan corta, ese suspiro de las estrellas lo cambia todo. Sin él, la noche sería un paisaje. Con él, la noche siente. Y si las estrellas suspiran, quien escucha puede suspirar también sin sentirse ridículo. Es una forma muy discreta de dar permiso.

Fíjate además en el orden. Los susurros llaman y luego caen las sombras. Las estrellas suspiran y luego aparece el cielo bajo la luna. Cada pareja de versos va de un sonido pequeño a una imagen grande. Primero el oído, después la vista. Como en la propia experiencia de la noche, cuando todavía con los ojos cerrados oyes cosas y luego, al abrirlos, ves que el cuarto está lleno de luz de luna.

Escribir diecisiete palabras

Escribir una letra tan corta tiene su propia dificultad. Cuando una canción tiene muchas palabras, una frase floja se disimula entre las demás. Cuando tiene diecisiete, cada una pesa. No puedes poner una palabra de relleno porque se nota. No puedes explicar nada porque no hay sitio. Tienes que elegir.

Ernest Hemingway defendía algo parecido para la prosa. En «Muerte en la tarde», su libro de 1932 sobre los toros, comparó la buena escritura con un iceberg: solo asoma una parte, y su dignidad de movimiento se debe a todo lo que queda bajo el agua. Si el escritor sabe de verdad lo que calla, el lector lo siente aunque no esté escrito.

«Dreams Drift Afar» funciona como un iceberg muy pequeño. Lo que asoma son cinco frases sobre la noche. Lo que queda debajo es todo lo que cada cual quiera poner: un insomnio, una espera, una despedida, un niño que no se duerme. El tarareo es el agua. Cubre lo que no se dice y deja ver lo justo.

Como letrista, me interesa mucho ese ejercicio porque va contra mi costumbre. Mis canciones suelen ser habladoras, a veces hasta el exceso. Esta me obliga a confiar en que el murmullo y la producción digan lo que yo no escribo. En una pieza hecha con inteligencia artificial esa confianza es literal: la letra pone el marco y el sonido generado tiene que llenar la habitación.

Las sílabas que no significan

Toda tradición musical tiene sus sílabas vacías. En el flamenco hay estribillos de lerele y de ay que no se traducen. En las canciones populares españolas aparece el tralará, el larailo, el ea. Las canciones de muchos pueblos nativos de Norteamérica usan sílabas sin significado léxico, que los etnomusicólogos llaman vocables, y que pueden ser tan importantes como las palabras. En Escocia existe la puirt à beul, la música de boca, una tradición de piezas para bailar hechas con la boca cuando no había instrumentos a mano.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Nananana, whispers softly call.» de «Dreams Drift Afar»

Ninguna de esas sílabas es relleno. Cumplen funciones muy concretas. Sostienen el ritmo. Dejan sitio a la melodía para que respire. Permiten que cualquiera se una aunque no sepa la letra. Y, sobre todo, dicen lo que las palabras no alcanzan. Un ay flamenco no significa nada en el diccionario y lo significa todo en la garganta de quien lo suelta.

El nanana de «Dreams Drift Afar» pertenece a esa familia. No es que faltaran palabras. Es que en ese hueco las palabras sobraban.

Louis Armstrong deja caer el papel

En 1926, Louis Armstrong grabó con sus Hot Five un tema llamado «Heebie Jeebies». En mitad de la grabación, en lugar de la letra, soltó una ristra de sílabas sin sentido, rítmicas, juguetonas. Es una de las primeras grabaciones famosas de scat, la técnica del jazz que consiste en improvisar con sílabas inventadas como si la garganta fuera una trompeta.

La leyenda cuenta que a Armstrong se le cayó la hoja con la letra en pleno estudio y que, como no podía parar, siguió improvisando. Probablemente sea más leyenda que verdad, y él mismo la contaba con gusto. Pero la leyenda dice algo cierto sobre el scat: aparece donde la palabra se cae. Cuando no hay papel, queda la música.

Después llegaron Ella Fitzgerald, Cab Calloway con su «hi-de-hi-de-ho», y generaciones de músicos que convirtieron las sílabas sin sentido en un arte de virtuosos. El scat es exhibición, velocidad, juego. El tarareo de «Dreams Drift Afar» está en el extremo contrario. No corre, se arrastra. No presume, acuna. Pero comparte con Armstrong una certeza: se puede decir mucho con sonidos que no están en ningún diccionario.

El coro a boca cerrada

En 1904 se estrenó en Milán «Madama Butterfly», de Giacomo Puccini. Al final del segundo acto hay una escena que muchos consideran de las más bellas de la ópera. La protagonista, Cio-Cio-San, ha visto entrar en el puerto el barco del hombre al que espera desde hace tres años. Se viste, prepara la casa con flores y se sienta a esperar que llegue, con su hijo y su criada, mientras cae la noche.

Y entonces, desde fuera del escenario, suena un coro que no pronuncia ni una palabra. Es el famoso coro a boca cerrada, el «coro a bocca chiusa». Un coro invisible murmura una melodía con los labios juntos mientras la noche pasa y Butterfly vela. No hace falta texto. El murmullo es la espera.

Cuando escuché por primera vez los mmm de «Dreams Drift Afar» pensé en esa escena. Las sombras de la noche que caen, las estrellas que parpadean, alguien despierto mientras el mundo se apaga. El murmullo con la boca cerrada tiene algo de vigilia. Es lo que se hace cuando no quieres despertar a nadie, o cuando no tienes a quién hablarle, o cuando lo que sientes no cabe en una frase. Puccini lo sabía y lo puso en el momento exacto en el que su protagonista no podía decir nada más.

El nanana que todos conocemos

El nanana tiene una historia más popular. En 1968, los Beatles publicaron «Hey Jude», una canción de más de siete minutos cuya segunda mitad es, sobre todo, un nanana que se repite una y otra vez mientras se van sumando instrumentos y gente. Paul McCartney la escribió para consolar al hijo pequeño de John Lennon durante el divorcio de sus padres, y el final sin palabras es lo que todo el mundo recuerda.

Un año después, en 1969, el grupo Steam sacó «Na Na Hey Hey Kiss Him Goodbye», que acabó convertida en cántico de estadio en medio mundo. Y desde entonces el nanana es el estribillo de quien no se sabe la letra, el de las bodas, las despedidas y las gradas. Es el sonido de la multitud. Una sílaba que todo el mundo puede decir a la vez.

En «Dreams Drift Afar» el nanana pierde esa multitud. Ya no es grada ni fiesta. Es íntimo, casi un secreto. Pero conserva lo mejor de su historia: no excluye a nadie. Da igual que no sepas inglés, que no te sepas la letra o que sea la primera vez que la oyes. A la segunda vuelta ya estás dentro.

Lo que hace el cuerpo cuando tararea

Tararear con la boca cerrada tiene efectos físicos que la ciencia ha empezado a medir. En 2002, dos investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo, Eddie Weitzberg y Jon Lundberg, publicaron un estudio en una revista de medicina respiratoria con un título muy directo: el tarareo aumenta mucho el óxido nítrico nasal. Al murmurar, el aire vibra en la nariz y en los senos nasales y se renueva mucho más deprisa que respirando en silencio.

Collage con un detalle de la carátula de «Dreams Drift Afar» y las carátulas de «El día de la liberación», «Un puñetazo al dia», «Dubai», «Holy Stillness»

Hay algo más sencillo y más evidente. Para murmurar hay que soltar el aire despacio. La exhalación se alarga, la respiración se ordena, el ritmo del cuerpo baja. Por eso tantas prácticas de relajación usan un zumbido con la boca cerrada, y por eso las madres y los padres de medio mundo han dormido a sus criaturas murmurando antes de saber ninguna explicación.

No quiero convertir una canción en un remedio, porque no lo es. Pero me gusta pensar que su forma tiene una lógica corporal. Ocho versos de murmullo son ocho exhalaciones largas. Quien la escucha con atención acaba, casi sin querer, respirando a su ritmo.

También hay una razón más antigua. El murmullo con la boca cerrada es uno de los primeros sonidos que hacemos en la vida. Antes de decir palabras, los bebés murmuran, balbucean, repiten sílabas como na o ma solo por el gusto de oírlas. El lingüista Roman Jakobson se preguntó en 1959 por qué en tantas lenguas del mundo las palabras para madre y padre se parecen tanto, y su respuesta tenía que ver con eso: son los sonidos más fáciles para una boca que empieza. El nanana y el mmm de esta canción vuelven a ese lugar de antes del lenguaje. No hace falta haber estudiado nada para reconocerlo. El cuerpo se acuerda solo.

Escuchar sin entender

La mayoría de quienes escuchan el planeta Gayfolk hablan castellano. Para buena parte de ese público, las cinco frases en inglés de esta canción son también, en cierto modo, sonidos. Se intuyen, se reconocen palabras sueltas como night o dreams, pero no se traducen palabra por palabra. Y no pasa nada.

España tiene un ejemplo célebre de esto. En 2002, el grupo Las Ketchup publicó «Aserejé», un éxito mundial cuyo estribillo es la manera en que un personaje de la canción reproduce, sin saber inglés, el arranque de «Rapper's Delight», el tema de The Sugarhill Gang de 1979. El «aserejé, ja, deje» es inglés escuchado y devuelto como música pura. Media Europa lo bailó sin preguntarse qué significaba.

Esa experiencia, la de disfrutar una canción en un idioma que no entiendes del todo, es muy común y muy poco valorada. Te obliga a escuchar de otra manera. Te fijas en el sonido de las vocales, en el ritmo, en la respiración. «Dreams Drift Afar» parece escrita para esa forma de escuchar. Si entiendes el inglés, tienes un pequeño poema. Si no lo entiendes, tienes una noche.

Los sueños a la deriva

La frase del título tiene un verbo muy bien elegido. To drift es ir a la deriva, dejarse llevar por la corriente sin rumbo. En inglés se usa también para quedarse dormido: to drift off, irse quedando dormido poco a poco. Así que los sueños que derivan lejos son a la vez los sueños que se escapan y el propio acto de dormirse.

Ficha de la canción «Dreams Drift Afar» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa ambigüedad le sienta bien a una canción hecha de murmullos. Puede ser una nana que acompaña a alguien hasta el sueño. Puede ser una despedida de los sueños, en el sentido de los deseos que se van alejando. Puede ser las dos cosas a la vez, que es lo que suele pasar a cierta edad: te duermes y, mientras te duermes, piensas en todo lo que querías y ya no está tan cerca.

En mis letras los sueños suelen tener nombre propio y fecha de caducidad. Aquí no. Aquí los sueños se van sin explicar adónde, y la canción no intenta retenerlos. Los deja ir con un nanana. Hay una forma de calma en eso que no aparece mucho en el resto del catálogo.

La letra, otra vez

Te prometí que la copiaría de nuevo, y aquí está, entera y sin cambios. Léela ahora sabiendo que cada línea de emes es una exhalación larga, que el nanana es pariente del de «Hey Jude» y del lerele, y que las cinco frases en inglés son un poema de diecisiete palabras.

Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, whispers softly call.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, night shadows fall.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana nanananananaaaaa,
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananaaaa, dreams drift afar.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, stars blink and sigh.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana, under the moonlit sky.
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananana nanananananaaaaa,
Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm,
Nananaaaa, dreams drift afar.

Leída así, la segunda vez, se nota algo que la primera pasa desapercibido. Las dos mitades son casi idénticas, pero no del todo. En la primera, la noche cae. En la segunda, la noche ya está ahí, con estrellas y luna. La canción no avanza en la historia porque no tiene historia. Avanza en la oscuridad, poco a poco, como los ojos que se acostumbran a una habitación sin luz.

Una pausa en el disco de la liberación

«Dreams Drift Afar» pertenece al segundo disco de la trilogía, el que lleva por título la canción «El día de la liberación». Es un disco con mucho ruido, con despedidas sonadas y celebraciones de rupturas. En medio de todo eso, esta pieza funciona como una habitación en penumbra.

En la lista de singles su vecina anterior es «Un puñetazo al día», y la siguiente es «Dubái». Pasar de un título así a un murmullo con la boca cerrada tiene algo de contraste deliberado, como si después del golpe hiciera falta tumbarse un rato.

No es la única canción tranquila del planeta. «Holy Stillness» también es una nana, con otra ternura y otra quietud. «Whisper Fade» y «Drift Away» comparten con esta palabras clave de su título, el susurro y la deriva. Y «Sunshine» es su pariente más directa, otra canción hecha casi entera de tarareo, aunque esa mire al día y esta a la noche.

Para quién es esta canción

Para quien no se puede dormir y no quiere que le cuenten nada. Para quien está despierto mientras alguien duerme al lado y no quiere hacer ruido. Para quien ha esperado toda una noche a alguien, como Butterfly, y sabe que hay esperas que no caben en palabras.

Y para quien piensa que una canción sin apenas letra es una canción a medias. No lo es. Es otra cosa: una forma de decir lo que no se puede decir de otro modo. Armstrong lo hizo con el papel en el suelo, Puccini con un coro invisible y los Beatles con siete minutos de nanana. «Dreams Drift Afar» lo hace con diecisiete palabras y un murmullo. Le basta.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Dreams Drift Afar»? De una noche tranquila contada casi sin palabras: susurros, sombras que caen, estrellas y luna, y unos sueños que se van lejos. Es una pieza de atmósfera, más cerca de una nana que de una canción con historia.

¿Por qué la letra tiene tantos mmm y nanana? Porque la canción está construida sobre el tarareo. Esas sílabas sostienen el ritmo y la melodía y dicen lo que las palabras no alcanzan, como el scat del jazz o los estribillos de lerele y tralará.

¿Qué significa «Dreams Drift Afar»? Algo así como «los sueños se van lejos, a la deriva». El verbo drift se usa también en inglés para quedarse dormido poco a poco.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el segundo disco de la trilogía Gayfolk.

¿Por qué este post copia la letra dos veces? Porque es muy corta y se entiende mejor leída dos veces: una antes de la explicación y otra después.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las voces se generan con inteligencia artificial.

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