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Tres triángulos junto al canal: «Amsterdam», el Homomonument, la primera boda y la ciudad que fue por delante

En la plaza de Westermarkt de Ámsterdam, a pocos pasos de la casa donde Ana Frank se escondió con su familia, hay tres triángulos de granito rosa encajados en el suelo. Uno está a ras de la calle, otro sube unos escalones y el tercero baja hasta tocar el agua del canal. Mucha gente pasa por encima sin darse cuenta. Otros se paran, dejan flores y se quedan un rato callados.

Ese lugar es el Homomonument, y es la primera imagen que me viene a la cabeza cuando pienso en la ciudad que da título a esta canción. No la del molino ni la de las bicis, aunque también estén. La de un país que decidió, antes que casi nadie, que la memoria LGTBI merecía un sitio en el centro de la ciudad.

«Amsterdam» es la pista 150 de las 273 de mi catálogo. Se sitúa entre «Float» y «Drift Away», forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y su videoclip oficial llegó a YouTube el 12 de junio de 2026.

Sin letra que citar

Antes de seguir, lo aclaro: la letra de «Amsterdam» aún no está publicada. No voy a citar versos que nadie puede leer ni a resumir lo que dice la canción, porque eso sería inventármelo. Este texto sale de la portada, del título y de la ciudad, que da para mucho más de un post.

En la imagen aparezco yo, con el pelo platino rapado por los lados, un abrigo de pelo negro gigantesco y el pecho al aire. Detrás, los canales brillan en un fucsia imposible, se ven las fachadas estrechas, las farolas y un molino recortado contra el cielo. Miro hacia abajo. Ya lo conté en la ficha de «Amsterdam»: es una portada de madrugada, de esas en las que la cabeza va más rápido que los pies.

Aquí no quiero repetir esa descripción, sino abrir el plano. Qué hay detrás de ese canal rosa, qué ha pasado en esa ciudad y por qué para tanta gente LGTBI de mi generación Ámsterdam fue durante años una especie de tierra prometida.

Un monumento a ras del agua

El Homomonument se inauguró el 5 de septiembre de 1987. Lo diseñó la artista neerlandesa Karin Daan y está formado por tres triángulos de granito rosa que, juntos, dibujan un triángulo mayor. La forma no es casual: es una reapropiación del triángulo rosa que los nazis cosían en la ropa de los hombres acusados de homosexualidad en los campos de concentración.

Cada uno de los tres triángulos tiene un sentido. El que está a nivel del suelo habla del presente. El que se eleva con escalones mira al futuro. El que baja hacia el agua del Keizersgracht recuerda el pasado. Es un monumento que no se impone desde un pedestal: se camina sobre él, se sienta uno en sus escalones, se mezcla con la vida diaria de la plaza.

En uno de los triángulos hay un verso del poeta Jacob Israël de Haan que en castellano viene a decir «un deseo tan infinito de amistad». Me parece una frase preciosa para un memorial. No habla de víctimas ni de culpables. Habla de lo que se quiso, que es también lo que se perdió.

El hombre que quemó el registro

Una de las historias que más me han impresionado de Ámsterdam es la de Willem Arondeus. Era artista y escritor, y vivía abiertamente como homosexual en una época en la que eso ya era un acto de valentía. Durante la ocupación nazi se unió a la resistencia.

El 27 de marzo de 1943 participó en el ataque al registro civil de la ciudad, donde se guardaban los datos que servían para identificar a la población judía y a otras personas perseguidas. El grupo prendió fuego al archivo para destruir los documentos. Poco después los detuvieron, y Arondeus fue fusilado el 1 de julio de ese mismo año.

Antes de morir, según se recoge en muchos relatos, pidió que se dijera al mundo que los homosexuales no eran cobardes. Me acuerdo de esa frase cada vez que alguien usa la palabra «marica» como sinónimo de débil. Hubo maricas que plantaron cara a la maquinaria más brutal de su siglo.

La organización más antigua

En 1946, recién terminada la guerra, un grupo de personas fundó en Ámsterdam un club con un nombre discreto, el Shakespeare Club, que con el tiempo se convertiría en el COC. Hoy se considera una de las organizaciones LGTBI más antiguas del mundo que siguen en activo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Amsterdam», de Mike Sain't Louis

El nombre de tapadera dice mucho de la época. No se podía anunciar abiertamente un club para personas homosexuales, pero sí uno dedicado al teatro inglés. Durante años las reuniones fueron casi clandestinas, con listas de socios protegidas y seudónimos.

Me gusta pensar en esas primeras reuniones como en el origen remoto de muchas cosas que hoy damos por normales. Cada asociación de barrio, cada grupo de jóvenes LGTBI de instituto, cada colectivo que organiza el Orgullo en una ciudad pequeña tiene algo de ese club con nombre de dramaturgo.

Medianoche del 1 de abril de 2001

La noche del 31 de marzo al 1 de abril de 2001, en el ayuntamiento de Ámsterdam, el alcalde Job Cohen casó a cuatro parejas del mismo sexo nada más dar las doce. Era el primer matrimonio igualitario plenamente legal del mundo. Hubo cámaras de medio planeta, lágrimas, trajes oscuros y un brindis que se recuerda todavía.

España llegó cuatro años después, en el verano de 2005, y fue el tercer país en hacerlo, tras los Países Bajos y Bélgica. Recuerdo perfectamente lo que se discutía entonces en la tele y en las comidas familiares. Recuerdo también que mucha gente decía que Holanda era «otra cosa», que allí sí podían, pero aquí nunca.

La fecha de Ámsterdam fue un ejemplo práctico que se podía señalar con el dedo. No era una teoría ni una utopía: había parejas casadas, con libro de familia, y el mundo no se había hundido. Cuando escribí sobre lo que significa el Orgullo cuando se alquila el arcoíris pensé mucho en esos derechos que hoy parecen evidentes y que hace nada eran imposibles.

Un desfile que va por el agua

La mayoría de los desfiles del Orgullo recorren avenidas. El de Ámsterdam navega. Desde 1996, la llamada Canal Parade lleva decenas de barcos decorados por el Prinsengracht, con miles de personas mirando desde los puentes, las orillas y las ventanas de las casas del siglo XVII.

En esos barcos hay de todo: asociaciones de policías y militares LGTBI, colectivos de personas mayores, grupos de familias, clubes deportivos, empresas y embajadas. Durante unas horas el canal se convierte en una especie de pasarela flotante.

Pienso en la portada de «Amsterdam», con el agua teñida de fucsia, y me imagino la ciudad el día después del desfile. Confeti en el agua, purpurina en las aceras, algún barco amarrado todavía con las guirnaldas puestas. Esa mezcla de fiesta reciente y silencio es exactamente lo que me transmite la imagen.

La ciudad de agua

El cinturón de canales de Ámsterdam se trazó en el siglo XVII, en plena época de esplendor comercial, y en 2010 la UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial. La ciudad tiene más de cien kilómetros de canales y en torno a mil quinientos puentes, muchos de ellos iluminados por la noche con hileras de bombillas.

Collage con un detalle de la carátula de «Amsterdam» y las carátulas de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «Ya no nos gusta la oreja de Van Gogh»

Las casas que dan a los canales son estrechas y altas porque durante siglos se pagaban impuestos según el ancho de la fachada. Por eso muchas tienen un gancho en lo alto: los muebles no caben por la escalera, así que se suben con una polea desde la calle y se meten por la ventana.

Me hace gracia esa solución. Una ciudad donde los sofás entran por la ventana es una ciudad que ha aprendido a buscar otra puerta cuando la principal no sirve. No se me ocurre una metáfora más útil para las personas que hemos tenido que inventarnos otras formas de entrar en sitios que no estaban pensados para nosotras.

El molino del fondo

En la portada se ve un molino al fondo, y no es una licencia poética. Ámsterdam conserva varios dentro de la ciudad. El más conocido probablemente sea De Gooyer, un molino de madera junto al canal, al lado del cual funciona una pequeña cervecería artesana.

Los molinos neerlandeses no servían solo para moler grano. Muchos se usaron durante siglos para bombear agua y mantener secas las tierras ganadas al mar, los pólderes. Una buena parte del país está por debajo del nivel del mar y existe porque alguien se empeñó en sacar el agua de donde no debía estar.

Hay algo de eso en la historia LGTBI de los Países Bajos. Nada de lo que tienen fue un regalo. Fue trabajo constante, generación tras generación, achicando agua para que el terreno siguiera habitable.

El abrigo y los visones

El abrigo de la portada es enorme, negro y de pelo. Es una prenda de diva, de alfombra roja a las tantas de la noche. No pretendo que nadie lo lea como una declaración sobre moda ni sobre nada, porque en la ficha simplemente lo describo como parte de la imagen.

Pero hay un dato curioso que conecta los abrigos con el país del título. Los Países Bajos fueron durante décadas uno de los grandes productores europeos de piel de visón. En 2020, tras detectarse contagios de covid en varias granjas, el Gobierno decidió adelantar el cierre definitivo del sector, que ya estaba previsto por ley, y a comienzos de 2021 la cría de visones terminó en el país.

Hoy en la moda se ve cada vez más pelo sintético, y muchas firmas grandes han dejado de usar piel natural. A mí me interesa más lo que el abrigo cuenta en la imagen: protección, exceso, un punto de teatro. La sensación de llevar encima algo enorme para sentirse menos pequeño a las seis de la mañana.

Mirar al suelo

En casi todas mis portadas miro a cámara. En «Amsterdam», no. La mirada va hacia el suelo, como quien vuelve a casa contando adoquines. Esa postura me interesa más que cualquier otro detalle de la foto.

Hay una idea muy extendida de que en las ciudades libres todo el mundo es feliz. No es así. Puedes estar en el lugar con más derechos del mundo y sentirte fatal. La libertad exterior no arregla automáticamente lo que pasa por dentro. Y a veces, de hecho, lo hace más visible: ya no tienes a quién echarle la culpa.

Lo escribí de otra forma en la soledad que se nota más en la fiesta. Hay noches en las que todo está a tu favor y aun así vuelves solo, con la cabeza dando vueltas, por una calle preciosa que no ves.

Las campanas de la Westerkerk

Justo al lado del Homomonument se levanta la torre de la Westerkerk, la iglesia más alta del centro de Ámsterdam. Sus campanas suenan cada cuarto de hora, y durante la ocupación una niña escondida en la casa de enfrente las escuchaba desde un anexo secreto. Ana Frank las menciona en su diario: al principio le molestaban, luego le daban compañía, y cuando dejaron de sonar las echó de menos.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Amsterdam», de Mike Sain't Louis

El diario se publicó en neerlandés en 1947, dos años después de su muerte en el campo de Bergen-Belsen. Hoy la casa es un museo con colas larguísimas, y mucha gente que sale de allí se encuentra de frente, sin buscarlos, con los tres triángulos rosas.

Me parece muy significativo que dos memorias tan distintas compartan plaza. La de una adolescente judía que escribía para no volverse loca encerrada y la de miles de hombres y mujeres perseguidos por a quién querían. No son la misma historia y no conviene mezclarlas, pero sí se dan la mano en esa esquina.

Cuando pienso en el silencio de la portada de «Amsterdam», a veces me imagino que lo único que se oye es eso: las campanas marcando el cuarto de hora mientras alguien vuelve a casa.

El viaje que imaginamos

El disco al que pertenece esta canción se llama «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». En ese título hay deseo y hay imposibilidad. Gayfolk es un planeta inventado, un lugar donde las cosas funcionan de otra manera. Ámsterdam, durante mucho tiempo, fue lo más parecido a eso que existía en el mapa.

Recuerdo a gente de mi entorno que ahorraba durante meses para ir unos días. Volvían con fotos de los canales, alguna anécdota de bar y la sensación de haber respirado otro aire. No todos lo contaban todo al volver. Algunos decían que habían ido a ver museos, y era verdad, pero no era toda la verdad.

En «Barcelona» ya hablé de esa sensación de ser otro en una ciudad que no es la tuya. Ámsterdam la lleva al extremo. Es el viaje que muchas personas LGTBI imaginan antes de atreverse a hacer en su propia calle lo que hacen en un puente extranjero.

Lo que se ve desde España

Hay una tendencia a mirar al norte de Europa como si fuera un modelo perfecto. Conviene matizarlo. Los Países Bajos también tienen agresiones LGTBIfóbicas, debates sobre identidad de género y barrios donde dos chicos no van de la mano. Las organizaciones del propio país lo denuncian cada año.

Al mismo tiempo, España ha hecho en dos décadas un recorrido enorme. Matrimonio igualitario en 2005, la ley trans y LGTBI de 2023, una sociedad que en las encuestas internacionales aparece entre las más abiertas del mundo. No necesitamos mirar a nadie desde abajo.

Me gusta pensar que la Ámsterdam de mi portada no es un modelo, sino un recuerdo compartido. La ciudad a la que tantos fuimos, o quisimos ir, para comprobar con nuestros propios ojos que otra vida era posible. Y que luego volvimos para construirla aquí, en las calles de Madrid que salen en mis letras.

Rembrandt, Van Gogh y el turismo del pincel

Muchísima gente va a Ámsterdam por los museos. El Rijksmuseum guarda «La ronda de noche», el enorme cuadro que Rembrandt terminó en 1642 y que en realidad no es nocturno: el barniz oscurecido con los siglos lo hizo parecer así. Al lado está el Museo Van Gogh, con la colección más grande del mundo de su obra.

Tengo una canción con un título que hace un guiño a ese pintor, «Ya no nos gusta la oreja de Van Gogh», aunque el chiste va por otro sitio. Lo menciono porque me hace gracia la coincidencia: el disco de «Amsterdam» y el pintor más famoso del país conviven en mi catálogo sin haberlo planeado.

Lo de «La ronda de noche» me parece una lección pequeña. A veces lo que creemos que es la oscuridad de una escena es solo la suciedad acumulada encima. Cuando se limpia, aparece la luz que había desde el principio.

Una ciudad que echó a los coches

Hoy cuesta imaginar Ámsterdam sin bicicletas, pero en los años sesenta la ciudad iba camino de llenarse de coches como cualquier otra capital europea. Se rellenaban canales para hacer calles y se derribaban barrios enteros para abrir avenidas. Lo que cambió el rumbo fue, en buena parte, la presión vecinal.

Ficha de la canción «Amsterdam» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

A principios de los setenta, el número de niños muertos en accidentes de tráfico en los Países Bajos era altísimo. En 1973 nació un movimiento con un nombre durísimo, «Stop de Kindermoord», algo así como «parad el asesinato de niños», que organizó protestas, cortes de calle y bicicletadas. Aquello, sumado a la crisis del petróleo de ese mismo año, empujó a las autoridades a apostar por los carriles bici y las calles tranquilas.

Lo cuento porque me gusta la idea de una ciudad que no es así por naturaleza, sino porque su gente se empeñó. Igual que con los derechos LGTBI. Nada de lo que hoy parece típico de Ámsterdam estaba escrito en el destino. Hubo vecinos que salieron a la calle, y hubo un momento en que alguien con poder decidió escucharlos.

En la portada no aparece ninguna bici, por cierto. Será que a esas horas ya están todas encadenadas a los puentes, esperando a la mañana.

Gezellig

Hay una palabra neerlandesa que dicen que no tiene traducción: «gezellig». Se usa para un ambiente acogedor, una cena con amigos, un bar con velas, una conversación que se alarga sin que nadie mire el reloj. Va más allá de la comodidad: tiene que ver con estar a gusto con otras personas.

Lo contrario de la portada de «Amsterdam», en cierto modo. En la imagen no hay nadie más, no hay velas ni mesa compartida. Hay una ciudad entera iluminada y una persona sola. Por eso me gusta la palabra como horizonte. Después de la fiesta, después del paseo, lo que uno quiere es llegar a un sitio gezellig.

Si alguna vez visitas la ciudad, busca un bruin café, uno de esos bares de madera oscura que llevan abiertos más de un siglo. Pide algo caliente y quédate un rato. Es una forma muy concreta de entender la palabra.

Las madrugadas que se tuercen

Las portadas de madrugada son bonitas, pero las madrugadas reales no siempre lo son. Hay noches en las que la fiesta se alarga más de la cuenta y la vuelta a casa se hace cuesta arriba. Ya escribí sobre eso en la noche y la mañana siguiente en mis letras, sin moralina.

Si esas madrugadas se repiten y te dejan cada vez más vacío, o si la tristeza del día siguiente ya no se va con dormir, merece la pena contarlo a alguien de confianza o a tu médico. Si alguna vez aparecen ideas de quitarte la vida o de hacerte daño, en España está el 024, una línea gratuita y confidencial que atiende a todas horas. Ante una emergencia, llama al 112. Si vives fuera de España, el número de emergencias de tu país o la web findahelpline.com te indicarán dónde llamar.

Tienes más recursos en mi serie de salud mental sin tabú, escrita para que pedir ayuda no dé vergüenza.

Para cuándo la guardo

«Amsterdam» la pondría en el tren de vuelta de un viaje, mirando por la ventanilla cómo se alejan los canales. También en el autobús nocturno de cualquier ciudad, cuando ya no queda nadie y el conductor lleva la radio baja.

La pondría para quien está preparando su primer viaje solo a una ciudad con fama de libre y tiene miedo de no estar a la altura. Y para quien ya ha ido muchas veces y sabe que, al final, la ciudad que importa es la que uno lleva dentro.

Y si pasas por Westermarkt, para un momento en los tres triángulos. No hace falta llevar flores. Basta con sentarse en un escalón y mirar el agua.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Amsterdam»? La letra todavía no está publicada, así que no puedo citarla ni resumirla. En la portada aparezco con el pelo platino y un abrigo negro enorme junto a un canal iluminado en fucsia, con un molino al fondo. Este post habla de lo que rodea esa imagen: la historia LGTBI de Ámsterdam y lo que la ciudad ha significado como destino.

¿Qué es el Homomonument? Es un monumento en la plaza Westermarkt de Ámsterdam, inaugurado en 1987, formado por tres triángulos de granito rosa. Recuerda a las personas perseguidas por su orientación sexual o identidad de género.

¿Cuándo se celebró la primera boda entre personas del mismo sexo? El 1 de abril de 2001, en el ayuntamiento de Ámsterdam, cuando el alcalde Job Cohen casó a cuatro parejas a medianoche.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. En el catálogo es la pista 150 de 273, entre «Float» y «Drift Away».

¿Quién hace la música y la interpretación vocal? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe, compone y produce; la interpretación vocal está hecha con inteligencia artificial.

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