
Por Mike Sain't Louis ·
Garrafón y resaca: la noche y la mañana siguiente en mis letras
«Esta mañana, me he levantado / Con un pavo que no sé ni quién es al lado.»
Así empieza «Garrafón de China», y así empiezan muchas de las noches que escribo: por el final. No por la entrada en la discoteca, ni por el primer cubata, ni por el beso en la pista. Por la mañana. Por el techo dando vueltas, la boca de esparto y un señor desconocido durmiendo en tu lado del colchón con una paz que ya quisieras tú.
Me he dado cuenta de que en mis letras hay mucha noche, pero casi siempre contada desde el día siguiente. La fiesta como recuerdo borroso. La pista como algo que pasó. Y me parece lógico, porque la noche, mientras la vives, no se escribe. Se baila, se bebe, se llora en el baño o se ríe en la barra. Escribirla llega después, con un ibuprofeno y una botella de agua de litro y medio.
Este texto va de esa noche. La de mis canciones, que no es la de los anuncios de colonia.
El cachas de la barra
La resaca de «Garrafón de China» tiene un culpable con nombre de oficio: «El cachas de la barra nos vendió garrafón». No es el alcohol, no soy yo, no es la mezcla. Es él. El camarero de brazos tatuados que te sirvió aquello en vaso de tubo con una sonrisa de anuncio de gimnasio.
Me encanta la lógica de ese verso porque es la lógica de cualquiera la mañana siguiente. Siempre hay alguien a quien echarle la culpa. Siempre fue el garrafón, nunca los nueve chupitos. Y la canción lo asume con toda la cara: no debió mezclar tanto en el fiestón, sí, vale, pero el problema de verdad fue lo que había dentro de la botella.
Luego viene la parte que más me hace reír. El protagonista se despierta y no sabe quién es el que tiene al lado. No recuerda cómo llegó. Y la canción hace un inventario de daños como quien rellena un parte de accidente: la cabeza, el cuerpo, el tío desnudo, la habitación. Y el remate, que para mí es de lo mejor que tengo en clave de comedia de enredo: «Y ahora tengo a un extraño en mi cocina».
Ese extraño en la cocina es una imagen que cualquiera entiende. La casa es tuya, la cafetera es tuya, las tazas son tuyas, y hay un hombre al que no conoces mirando tu nevera con cara de cansado y fumado a partes iguales. La noche ha invadido la mañana. Y ahora toca gestionar la invasión con educación, café y el deseo íntimo de que se vaya antes de las once.
«Garrafón de China» no tiene moraleja. Es una canción de resaca y se comporta como una resaca: se queja, exagera, promete que no volverá a pasar y sabe perfectamente que volverá a pasar. Me pareció más honesto así que escribir una canción de advertencia. Las advertencias de resaca no las sigue nadie. Las quejas, en cambio, las compartimos todos.
Cinco jarras en los Cien Montaditos
No todas mis noches son de discoteca. Algunas son de terraza barata, que en Madrid es casi un deporte nacional.

En «El anillo de casado» la noche empieza así: «Nos tomamos CINCO jarras en los cien montaditos». Con el cinco en mayúsculas, porque cinco jarras son muchas jarras, y la letra quiere que lo sepas. Es una noche de martes, de euromanía, de mesa pegajosa y servilletas que no limpian. Y en esa mesa pasan cosas. «Entre risas y miradas, bien escondiditos.»
Ahí el alcohol no es fiesta. Es permiso. Es lo que hace falta para que dos hombres, uno de ellos casado por la iglesia con cuatrocientos invitados, se miren más de la cuenta en un bar lleno de gente. «Hoy estoy contentillo, estoy con el puntillo.» Contentillo. Puntillo. Diminutivos de quien no quiere admitir que va un poco más allá de lo que debería. Los diminutivos, en español, son la mejor manera de quitarle hierro a algo que pesa mucho.
Lo que me gusta de esa noche es que es pequeña y a la vez enorme. Cinco jarras. Un bar de cadena. Un hostal sin habitaciones libres. Y en medio, una historia que ninguno de los dos puede contar en voz alta. La noche, en esa canción, es el único sitio donde lo que pasa puede pasar. Por la mañana él vuelve a su anillo. Yo vuelvo a mi canción.
La noche no es para mí
Y luego está la otra noche. La que no tiene gracia.
«La noche no es para mí» es de las canciones más oscuras del primer disco. La noche no se celebra: se espera. «Esperando la noche / Como el que espera su final.» Todo el día dando vueltas, buscando un motivo, algo que llene «Aburrimiento y soledad». Y cuando por fin llega la noche, no trae nada. Trae el reloj pasando de las dos, el alcohol corriendo por la sangre, un ritual que se repite y una búsqueda desesperada: «Con quién pasar la noche».
Esa canción la escribí sin chistes. No hay garrafón chino ni cachas en la barra ni extraños en la cocina. Hay alguien que sale porque no sabe estar en casa, y que en la calle tampoco encuentra lo que busca. «Otra noche sin final.» Y el estribillo, que es casi una confesión en un susurro: no es para mí.
Hay mucha gente que conoce esa noche. La de salir para no estar solo y acabar más solo que en el sofá. La de mirar el móvil cada diez minutos esperando que alguien conteste. La de volver a casa andando, de madrugada, con los zapatos en la mano y la sensación de que la ciudad entera se lo está pasando bien menos tú.
No tengo una solución para esa noche. Tengo una canción. Y la canción no dice «quédate en casa» ni «sal más». Dice lo que hay. A veces, decir lo que hay ya es bastante.
Me fijo también en una palabra que se cuela en esa letra y que parece fuera de sitio: «leitmotiv». El protagonista busca un leitmotiv para la noche, como si fuera un compositor de ópera buscando el tema que lo une todo. Me hace gracia ponerla ahí, entre el alcohol y el reloj, porque es exactamente lo que uno hace cuando sale sin ganas: buscarle un argumento a la noche. Un motivo. Una excusa con nombre culto. Y la noche, que no ha leído a Wagner ni falta que le hace, no le da ninguno.
La dignidad envuelta en papel de plata
Hay noches que se tuercen antes de empezar.
«Hetero» es la crónica de una de esas. La presentación de la canción la cuenta mejor de lo que podría resumirla: «Quedamos. Llego. Y ya tiene a otro en la cama». Tres frases. Tres golpes. Y después, la imagen que más me gusta de todo lo que he escrito sobre noches fallidas: «Y yo con el vino, el queso y la dignidad envuelta en papel de plata».
Me imagino al protagonista en el rellano, con su botella de vino de supermercado y su cuña de queso, preparada con la misma ilusión con la que alguien envuelve un regalo. Y la dignidad, en el mismo paquete, con el mismo papel de plata, como un bocadillo para la excursión. Todo listo para una noche que ya no va a ocurrir.
Esa misma presentación tiene una frase que podría servir de lema para la mitad de mis canciones: «La clase de noche que no se explica: se traga». Hay noches que no se cuentan. No tienen anécdota. No tienen gracia ni siquiera al día siguiente. Se tragan, como se traga una pastilla sin agua.
Y luego está la pregunta que da título a la canción, que es la que nos hemos hecho todos alguna vez a la vuelta de una de esas: ¿no sería más fácil ser hetero? No lo pregunto en serio. O sí. Depende de la hora.
Bailando hasta el amanecer
No todo es oscuro. Hay noches en mis letras que salvan.

«Mi salvador» es una de ellas, y ya desde el título lo deja claro. Es una canción de pista, en spanglish, con alguien que te mira y te hace perder el control. «Aquí en la pista, let's live forever, / Bailando close hasta el amanecer.» Hasta el amanecer. Por una vez, la mañana no llega con resaca. Llega bailando.
Esa canción me gusta mucho porque está escrita desde dentro de la noche, no desde la mañana siguiente. Es de las pocas. No sé si es porque esa noche salió bien o porque quería imaginar una que saliera bien. Las dos cosas me valen. La letra incluso tiene su ciudad, «En Benidorm, where dreams live», y eso le da algo de verano eterno, de pista al aire libre con la brisa del mar y el bajo vibrando en los pies.
La pista, en mis letras, tiene ese doble filo. Puede ser el sitio donde te escondes de la pena, como en esa otra canción mía en la que alguien pregunta si estás bien y contestas que solo estás bailando. O puede ser el sitio donde por fin respiras. La misma pista, la misma música, el mismo neón. Lo que cambia es quién te acompaña y qué vienes a buscar.
Una queen saliendo del lodo
Hay una canción mía que es pura entrada en discoteca. De las que se escriben con los tacones ya puestos.
«Flash» es corta, directa y tiene la energía de quien cruza la puerta del club con ganas de comerse la noche. «Hoy vengo a darlo todo.» Y en el estribillo, una frase de rodaje: «Flash, cámara, acción, brilla en la noche, es la conexión». La noche como plató. Las luces del techo como focos. Tú como protagonista de tu propia película durante las cuatro horas que dura la sesión.
Pero hay un verso que para mí cambia toda la canción, y es este: «Soy una queen saliendo del lodo». No una reina que baja de su carroza. Una reina que sale del barro. Que viene de algo malo y ha decidido que esta noche no. Que esta noche brilla aunque sea a base de purpurina y fuerza de voluntad.
Esa imagen la reconozco en mucha gente que sale los sábados. No salen porque todo vaya bien. Salen porque necesitan una noche en la que todo parezca ir bien. Y hay algo muy digno en eso. En ponerse guapo para nadie en particular. En bailar para sacudirse una semana mala. En saber que el lunes vuelve el lodo, pero hoy no.
Lo único que le pido a esa noche es que no se convierta en la otra. En la de los licores modernos. La línea entre una cosa y otra a veces es muy fina, y las canciones, si están bien escritas, la dejan ver.
En la penumbra de la madrugada
Hay un momento de la noche que no es fiesta ni resaca. Es el rato entre las dos cosas. Cuando ya has vuelto a casa y todavía no te has dormido.

«El espejo de enfrente» vive ahí. «En la penumbra de la madrugada», con la luna escondiendo la sombra y un espejo que no perdona. El protagonista se mira y no le gusta lo que ve. Y la letra lo dice con una franqueza que todavía me sorprende cuando la releo: «Estoy harto de verme la puta cara en el espejo de enfrente».
Ese espejo de las cinco de la mañana lo conoce todo el mundo. Es el del baño, con la luz blanca que no favorece a nadie, el maquillaje corrido, la camiseta que olía a colonia y ahora huele a bar. Es el espejo que te devuelve la noche entera en una sola cara.
Lo que más me gusta de esa letra es que el espejo cambia de humor. Un día «se está portando bien» y te marca los abdominales, y estás «resplandeciente». Otro día «se está portando fatal» y no te reconoces. Como si el problema fuera el espejo y no la hora, ni la noche, ni lo que llevas dentro. Esa es la trampa de la madrugada: le echas la culpa al cristal.
Seguro que iba borracho
La noche no solo la vivimos. También la usan los demás para explicarnos.
En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» hay un final que me sigue pareciendo de las cosas más tristes y más cómicas que he escrito. Alguien pregunta por algo feo que dije, algo que le dolió. Y la respuesta que le dan es esta: «seguro que iba borracho, / o tal vez muy puesto». La noche como excusa ajena. Como forma de no tener que tomarse en serio lo que dijo el muerto.
Eso pasa mucho. Lo que dices de noche se descuenta. Si fue de madrugada, con una copa en la mano, no cuenta. Era el alcohol hablando. Y a veces es verdad. Pero otras veces lo que dices de noche es lo único verdadero que te has atrevido a decir en meses, y que te lo resten así, con un «iba borracho», es la última forma de no escucharte.
Me parece una de las injusticias pequeñas de la vida nocturna. Que la noche, que a veces es el único sitio donde uno se atreve, sea también el sitio que convierte todo lo que dices en papel mojado.
Licores modernos
Hay una noche en mis canciones que es la más dura de todas, y es la de la vuelta.
En «Un invitado VIP cortando cebolla» el protagonista, después de cuatro años con alguien, vuelve a salir. Y la letra lo cuenta como un descenso: «Hoy es mi vuelta a los licores modernooos». Esa palabra, modernos, me hace mucha gracia y mucha pena a la vez, porque es la manera elegante de decir que lo que hay ahora en la noche ya no se queda en el alcohol. La canción también lo nombra sin rodeos: el regreso a la sauna, el chemsex, todo eso que muchos conocemos de oídas o de cerca.
No lo escribí para hacerlo bonito, ni para escandalizar a nadie. Lo escribí porque es lo que pasa: alguien se rompe y busca la forma más rápida de no pensar. Y la canción deja claro que no funciona. El protagonista acaba llorando por las calles de Madrid con una excusa de cocina. No hay glamour. Hay un chico con los ojos rojos diciendo que ha estado cortando cebolla.
Ahí la noche ya no es fiesta ni drama de telenovela. Es un sitio donde uno se pierde. Y si escribo de ello es porque me parece importante que en el pop queer haya canciones que no vendan la noche como si fuera solo purpurina. La noche también tiene sus desagües.
Si alguna vez te ves dentro de una noche así, de las que no se acaban, pide ayuda. A una amiga, a tu médico de cabecera, a quien tengas. No hay nada de cobarde en eso.
Por qué escribo la mañana
Vuelvo a la pregunta del principio. ¿Por qué cuento tantas noches desde el día siguiente?

Creo que porque la mañana es honesta. La noche te engaña: todo es más bonito, más intenso, más posible. Las luces ayudan. La música ayuda. Las copas ayudan. Por la mañana no hay luces ni música. Hay una persiana a medio subir y un desconocido en la cocina. Y en ese momento, con la cabeza a punto de estallar, ves las cosas como son. El garrafón era garrafón. El cachas de la barra no era tan majo. Y la persona que tienes al lado no es el amor de tu vida, es un señor que se ha comido tus magdalenas.
Esa honestidad de la resaca me sirve mucho para escribir. Porque me permite ser cómico y verdadero a la vez. La resaca es graciosa y triste en la misma frase. «La cabeza me va a explotar de la resaca» es una queja de barra y es también, si te pones, una descripción bastante exacta de lo que se siente después de una época mala. El cuerpo pasando factura de lo que el ánimo no supo gestionar.
Y luego está el humor. La resaca es el único estado del cuerpo en el que todo el mundo se permite quejarse a gritos sin que nadie le llame exagerado. Te puedes tumbar en el sofá con una manta, declarar que te estás muriendo, pedir una sopa de sobre como si fuera la extremaunción y nadie te lo discute. Es, a su manera, un estado muy camp. Una tragedia griega con persiana bajada. Y eso me da mucho juego para escribir, porque me deja exagerar sin mentir.
Hay otra razón más simple: de la noche no me acuerdo bien. De la mañana, sí.
Un planeta sin garrafón
En la trilogía de Planeta Gayfolk hay una idea que vuelve una y otra vez: la de un sitio donde podamos vivir sin escondernos. Y he pensado muchas veces cómo sería la noche en ese planeta.
Me la imagino sin garrafón, claro. Sin cachas que te vendan alcohol de dudosa procedencia. Sin hostales completos. Sin la necesidad de cinco jarras para atreverse a mirar a alguien. Sin noches que se esperan como quien espera su final. Una noche en la que se baila hasta el amanecer porque apetece, no porque no se sabe volver a casa.
No sé si existe esa noche. A ratos sí. Hay noches en Madrid que se parecen bastante. Noches de amigos, de risas en una terraza que se alarga, de bailar con gente que te quiere y volver a casa contento y sin extraños en la cocina. También las he vivido, y también caben en las canciones, aunque reconozco que me salen menos. Lo feliz es más difícil de escribir. Se escapa entre los dedos como el hielo de un vaso.
Mientras tanto, seguiré escribiendo las otras. Las de garrafón, las de jarras escondidas, las de pistas que salvan y saunas que no. Porque son las que más gente reconoce. Y porque a la mañana siguiente, con el café en la mano y el pelo de punta, lo único que te apetece es que alguien te diga que a él también le pasó.
Todas estas noches tienen su letra entera en el archivo de letras. Y la del extraño en la cocina, con su garrafón y su camión pasándote por encima, la tienes completa en gayfolkplanet.com. Léela con un vaso de agua al lado. Por si acaso.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «Garrafón de China»? De una resaca: el protagonista se despierta con un desconocido al lado, la cabeza a punto de estallar y la certeza de que la culpa la tuvo el garrafón que les vendió el cachas de la barra. Está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿Hay canciones de Mike Sain't Louis que hablen del lado oscuro de la noche? Sí. «La noche no es para mí» habla de salir por soledad y no encontrar nada, y «Un invitado VIP cortando cebolla» cuenta una vuelta a la noche después de una ruptura sin hacerla bonita.
¿Y canciones de noche que salen bien? «Mi salvador», una canción de pista en spanglish que termina bailando hasta el amanecer en Benidorm.