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Llorando por las calles de Madrid: la ciudad que sale en mis letras

«Y si me ven otra vez llorando por las calles de Madrid.»

Ese es el primer Madrid que me viene a la cabeza cuando pienso en mis canciones. No la Puerta del Sol. No el oso y el madroño. Un tío llorando por la acera, de vuelta de la noche, con una excusa preparada por si alguien pregunta.

La excusa está en la misma canción y es de las mejores que he escrito: que no se preocupen, que acabo de hacerme una ensalada y he estado cortando cebolla.

Vivo y trabajo en Madrid. Es casi lo único biográfico que necesitas saber para leer esto. Lo que viene después no es una guía turística ni una carta de amor a la ciudad. Es un recuento. He ido buscando la palabra «Madrid» por todo el catálogo de PLANETA GAYFOLK, y también los sitios que son Madrid aunque no lo digan, como Chueca. Y lo que sale es una ciudad muy concreta. Pequeña. Una ciudad de bares, de hostales, de oficinas, de aceras y de maleteros.

Sale poco. Eso lo primero. De las canciones que tienen letra publicada, Madrid aparece con su nombre en un puñado. Pero cuando aparece no está de decorado. Siempre está haciendo algo. O alguien está haciendo algo en ella que no haría en ningún otro sitio.

Cortando cebolla

Empiezo por ahí porque es la canción donde Madrid tiene más peso por línea. En «Un invitado VIP cortando cebolla» el narrador vuelve a los infiernos después de cuatro años como invitado VIP en el cielo. Vuelve a los licores, a las lágrimas, a la sauna, a todo lo que había dejado. Y la ciudad es el sitio donde le pueden ver.

Ahí está la clave. Madrid, en esa letra, es un lugar con testigos.

«Y si me ven otra vez.» El problema no es llorar. El problema es que te vean. Que te vea el vecino, el camarero del bar de abajo, el chico con el que tuviste algo hace tres años y que ahora pasea al perro por tu calle. Madrid es enorme, pero cada barrio es un pueblo con portero automático. Te cruzas siempre con alguien.

Y por eso la cebolla. La mentira piadosa que le cuentas a la ciudad entera para que no se preocupe. Me encanta porque nadie se la cree. Nadie llora por la calle a las ocho de la mañana por una ensalada. Pero es una mentira educada, de las que se dicen para que el otro no tenga que preguntar más. Es muy de aquí, eso. Decir «nada, nada, estoy bien» con los ojos como tomates.

Hay mucho humor en esa canción y también mucha soledad. La soledad de quien pinta mariposas en un cuaderno encerrado en su cuarto, en invierno, mientras fuera todo el mundo parece que folla menos solo que él. Madrid tiene eso: te ofrece mil planes cada noche y te hace sentir el único idiota que no tiene ninguno.

Un entierro con corona en el maletero

La canción de la portada es otra cosa. Aquí Madrid no es la acera, es el bar. Y no se llora solo: se llora en compañía.

Fotogramas del videoclip oficial de «Un puñetazo al dia», de Mike Sain't Louis

«Hoy estoy celebrando un entierro / en Madrid con mi mejor amigo y casi hermano.»

Así arranca «Un puñetazo al día». Un entierro sin muerto. Lo que se entierra es un matrimonio de siete años y al exmarido que se los llevó. Y se entierra en un sitio que conoce cualquiera que haya salido por Madrid: «en ese antro por el que parece que no pasó el tiempo, / y donde siempre hay gente».

Esa frase la firmaría medio Madrid. Todos tenemos un antro así. Las mismas sillas desde hace treinta años, el mismo camarero, la misma luz amarilla, la misma máquina de tabaco que ya no funciona. Y siempre hay gente. Un martes a las once de la noche, un domingo por la tarde, en agosto. Siempre. Esos bares no cierran nunca porque son la parte de la ciudad que no cambia mientras todo lo demás se convierte en franquicia.

Es el sitio perfecto para un funeral de mentira. Porque el antro es la memoria. Ahí ya has llorado otras veces. Ahí ya te han consolado otras veces. Ahí volverás.

Y luego está el coche. El narrador abre el maletero y uno de los amigos suelta que será un cadáver. Carcajada. Y no: es una corona de flores. Para celebrar el entierro del exmarido y los años que le ha robado.

Me gusta mucho ese momento porque es completamente madrileño en el sentido que a mí me importa. Nadie se pone solemne. Alguien hace el chiste, todo el mundo se ríe, y el dolor sigue ahí, en la mesa, al lado de las jarras. Llorar y reírse a la vez en un bar de toda la vida. Si eso no es Madrid, no sé qué es.

Hay otra cosa que me llama la atención de esa canción: que el narrador llora y celebra en el mismo verso. «aunque ahora mismo estoy / llooooooooooooraaaaaaandoooooo, / celebrando tu entierro». No es una contradicción. Es lo que pasa en las despedidas de verdad. En los entierros de pueblo se come, se bebe y se cuentan chistes del muerto. En los de Madrid, por lo visto, también. Lo que cambia es que aquí el muerto sigue vivo y probablemente esté en Grindr.

Cinco jarras en los cien montaditos

Hay otra cervecería en mis letras. En «El anillo de casado» la cosa empieza con cinco jarras en los 100 Montaditos, «entre risas y miradas, bien escondiditos».

No digo que esos 100 Montaditos estén en Madrid. La letra no lo dice. Pero la canción sí acaba en Madrid, y de qué manera.

El chico lleva anillo. Se ha casado por la iglesia con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados. Y el narrador, que se está empezando a enamorar de él y de su «supuesta heterosexualidad», termina así: «Y nosotros por Madrid de discretos buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo el cartel de / completos».

Fíjate en el plural. Hostales. No uno. Van de uno a otro. De portal en portal. Mirando el telefonillo antes de llamar.

Esa imagen me parece de lo más exacto que he puesto en una canción sobre la ciudad. Hay un Madrid de hoteles con terraza que sale en las revistas, y hay un Madrid de hostales en un segundo piso sin ascensor, con una placa azul en la puerta y un cartelito de cartón que dice «completo». Y ese segundo Madrid es el de los amores que no se pueden enseñar. El del casado. El del que todavía no ha salido. El de los dos que van de discretos aunque sean las cuatro de la tarde y nadie les esté mirando.

Lo de «de discretos» tiene algo de comedia, porque cuanto más disimulas más se te nota. Y tiene algo de pena. Porque la discreción no la elige el narrador. Se la impone el anillo del otro.

La ciudad que se recorre así, buscando hueco, es una ciudad de puertas cerradas. No hace falta decir más. Esa última palabra, «completos», sola en su verso, ya lo dice todo.

Te vi varias veces en Chueca

Chueca es Madrid aunque mis letras no siempre lo apelliden. Y sale como tiene que salir: como el sitio donde te encuentras.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Hoy estoy celebrando un entierro en Madrid con mi mejor amigo y casi hermano.» de «Un puñetazo al dia»

«Te vi varias veces en Chueca / que pena tener pareja.» Es de «La dieta del cucurucho», la canción en la que el narrador escribe una declaración a Paco León y la guarda en un cajón. Chueca aquí es el escaparate. El barrio donde ves a quien te gusta y no puedes hacer nada porque estás con otro. Nos miramos fijamente tres segundos, como mucho, y cada uno a su casa.

Al final de esa canción la cosa se pone épica: «Destino Chueca / Destino Eurovisión». Como si Chueca fuera una parada de metro y Eurovisión la siguiente. Me hace gracia ponerlas juntas, porque para mucha gente las dos son lo mismo: el sitio donde por fin cabe todo lo que en casa no cabía.

Pero hay otra Chueca en mi catálogo. Y esa no tiene gracia ninguna.

En «La despedida» hay un verso escrito entero en mayúsculas, como se escriben las cosas que no caben en un susurro: «CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR».

Ahí está la otra cara del barrio. Antes de ser el sitio de la fiesta, de las banderas y de las despedidas de soltera con diadema, Chueca fue para mucha gente el sitio al que se iba con miedo. Solo. Mirando por encima del hombro. Con una canción de Camela en la cabeza para darse valor. La letra no explica más y no hace falta. Cualquiera que haya bajado por primera vez por esas calles sabe de qué habla.

Me gusta que las dos Chuecas estén en el mismo catálogo. La de mirar a Paco León tres segundos y la de ir pensando que te van a pegar. Porque son la misma, en momentos distintos de la misma vida.

Y de Madrid lo firma

Hay un Madrid que no es de bares ni de barrios. Es el Madrid de las ventanillas.

En «3 años de garantía» el narrador se compra un novio moreno que anuncian en la tele, lo paga contra reembolso, y a los tres años, justo cuando vence la garantía, el moreno empieza a fallar de noche y de día. Va a consumo. Pone una hoja de reclamación. Y la oficina contesta con un número de referencia larguísimo y una firma: «Y de Madrid lo firma / La comunidad».

Esa firma me parece de las cosas más madrileñas que he escrito. No hay sitio más de aquí que una ventanilla. Madrid es capital de muchas cosas, pero sobre todo es capital del formulario. Aquí se viene a hacer papeles. Se viene a pedir cita, a esperar el número en la pantalla, a que te digan que falta una fotocopia.

Y en mi canción la burocracia madrileña hace lo que hace siempre: responde con educación, apunta el caso y te dice que no se puede hacer mucho. Que han hablado con el denunciado y dice que está muy enamorado. Que tendrá que comprarse otro moreno y tirar el defectuoso al contenedor. Que hay muchos clientes afectados.

Un desamor tramitado por la administración autonómica. Con sello. Me gusta mucho escribir el desamor en papel oficial, con sus números y sus sellos. Aquí solo añado que el papel tiene remite. Y el remite es Madrid.

Rezar de rodillas en Madrid

Hay una lista larga en «La música me está salvando» de todo lo que no salva. Psicólogos, amigos, hermanos, psiquiatras, médicos, novios, pediatras, veterinarios, una astróloga de la tele. Y en mitad de la lista, una ciudad: «rezar de rodillas en Madrid El Rosario».

Collage con un detalle de la carátula de «Un puñetazo al dia» y las carátulas de «Un invitado VIP cortando cebolla», «El anillo de casado», «La Dieta del Cucurrucho», «3 años de garantía»

No voy a explicar el verso más de lo que se explica solo. Pero sí me fijo en que Madrid entra en la lista de remedios que fallan. Rezar de rodillas aquí, como quien hace una promesa, como quien va a pedir algo con la frente en el suelo. Y tampoco funciona. Lo que funciona es la música.

Es curioso cómo la ciudad aparece casi siempre en momentos de bajón. Llorar por la calle. Enterrar un matrimonio. Buscar hostal a escondidas. Reclamar un novio averiado. Rezar sin resultado. Madrid en mis letras es donde se pasa mal. Y a la vez es el único sitio donde, al final de la noche, siempre hay alguien en el antro dispuesto a hacerte el chiste del cadáver.

La borrachera viendo los fuegos

Madrid no acaba en la M-30. Eso lo sabe cualquiera que haya cogido el último Cercanías. Y en mi catálogo hay una canción que lleva en el título una ciudad del sur de la Comunidad: «Los fuegos artificiales de Móstoles».

Es una letra rarísima. Casi no tiene frases: tiene sitios. Una lista de lugares y recuerdos de barrio soltados uno detrás de otro, sin explicar nada, como quien enseña un álbum de fotos a alguien que no estaba. Las montañitas. El local. La clase de gimnasia. «La monóloga y las fiestas del barrio. La borrachera viendo los fuegos artificiales de Móstoles.» Las noches en el trastero.

No voy a contar a quién nombra. La canción está llena de gente y esa gente es suya. Lo que me interesa aquí es la forma. Porque así es como se recuerda el extrarradio: no por monumentos, sino por esquinas que solo tienen nombre para los que estaban. «El local». ¿Qué local? El local. Si eras de allí, lo sabes.

Y los fuegos. Las fiestas del pueblo grande que ya es ciudad, la borrachera mirando al cielo, el parque, los bancos. Si el centro de Madrid en mis letras es una ciudad con testigos, el sur es una ciudad con memoria. Allí no te ve nadie llorar porque todos estabais llorando a la vez, o riéndoos, o vomitando detrás de un contenedor después de los fuegos.

En la descripción de «El calcetín» también sale Móstoles, como sitio donde se grabó, «con toda la ironía y el arte marica que lo empezó todo». No digo más porque no hay más que decir: la frase ya hace el trabajo. Lo que empezó todo empezó ahí, a unos kilómetros de la Puerta del Sol, que es donde empiezan casi todas las cosas que luego se cuentan en el centro.

From Madrid to Miami

Madrid también sale en inglés. Dos veces, por lo menos.

En «Licenciada en derecho» la protagonista camina por la ciudad con tacones, libros de leyes en el bolso y la cabeza muy alta: «From Madrid to Miami, style's never sloppy». No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho. Aquí Madrid es un punto de partida, la primera parada de alguien que va a coger aviones y no sentimientos.

Y luego está «Madrid to Benidorm», del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación». Es una canción de orgullo en el sentido más literal, de pancarta y de carroza. «Let's dance under the rainbow, Madrid to Benidorm.» El corazón de Madrid que late fuerte, «we're here to stay», y una línea recta que baja de la capital hasta la playa.

Me hace gracia que sea en inglés. Que para decir «nos quedamos» con toda la solemnidad del mundo haya tenido que cambiar de idioma. Supongo que hay frases que en español me darían vergüenza y en inglés me salen de pancarta. Lo dejo dicho y no lo analizo más, que me conozco.

Esa canción pide pista y bandera. Si te interesa qué le pide una canción a un desfile, lo hablé en qué pide una pista de baile en el Orgullo.

Lo que no sale

Tan interesante como lo que sale es lo que no.

Ficha de la canción «Un puñetazo al dia» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

No sale la Gran Vía. No sale el Retiro. No sale el Bernabéu. No sale el cielo de Madrid, que dicen que es lo más bonito de la ciudad. No salen los museos, ni el Palacio Real, ni la Cibeles con la bufanda puesta.

No es una decisión de manifiesto. No me senté un día a prohibirme monumentos. Pero mirando el catálogo entero, la ausencia está ahí y dice algo. Mis canciones pasan en sitios donde se vive, no en sitios que se visitan. El antro de siempre. El hostal del segundo piso. La oficina de consumo. La acera de vuelta a casa. Chueca a las tres de la madrugada, no Chueca en la foto del Orgullo.

Ya escribí algo sobre esto en Madrid sin postal, y sobre por qué una herramienta no puede inventarse este Madrid en lo que la IA no sabe de Madrid. Las letras las escribo yo, y el Madrid de las letras es el que tengo a mano. El de la música lo produzco con inteligencia artificial, pero la máquina no sabe dónde está el antro donde siempre hay gente. Eso lo sé yo.

Una ciudad con testigos

Si tuviera que resumir el Madrid de mis canciones en una palabra, diría eso: testigos.

En Madrid siempre te ve alguien. Te ven llorar por la calle y tienes que inventarte una ensalada. Te ven en Chueca y te quedas con las ganas. Te ven entrar en un hostal de discretos y te da igual, o no te da igual, según el día. Te ve el amigo que hace el chiste del cadáver y te abraza a la vez. Te ve el funcionario que firma la respuesta de tu reclamación. Hasta Dios te ve, si rezas de rodillas en la calle adecuada, aunque luego no haga nada.

Y eso, que podría ser una pesadilla, a mí me parece la mejor parte. Una ciudad donde no puedes desaparecer del todo. Donde alguien siempre se entera. Donde llorar en público es un riesgo y también una forma de pedir compañía.

Pasa en esta ciudad todo el rato: aquí hay tres millones de personas y, aun así, alguien se va a fijar en ti justo el día que llevas la cara hecha un cuadro. El kiosquero. La señora del tercero. El repartidor que te ha traído la cena tres veces esta semana y ya sabe que pides para uno. Madrid te deja ser anónimo un rato, pero no te deja ser invisible. Y para alguien que escribe canciones con nombre y barrio, eso es casi una suerte. Porque los testigos son también el público. La gente que te ha visto llorar por la calle es la misma que luego, sin saberlo, se reconoce en una letra.

La letra completa de la canción de la portada está en gayfolkplanet.com/letras/un-punetazo-al-dia. Léela entera. Tiene sus amigos, su barba teñida, su mirada azul más falsa aún y su karma escrito con todas las vocales estiradas. Y tiene, sobre todo, ese antro donde parece que no pasó el tiempo.

Busca el tuyo. Seguro que tienes uno.

Preguntas frecuentes

¿En qué canciones de Mike Sain't Louis aparece Madrid? Con su nombre aparece, entre otras, en «Un invitado VIP cortando cebolla», «Un puñetazo al día», «El anillo de casado», «3 años de garantía», «La música me está salvando», «Licenciada en derecho» y «Madrid to Benidorm». Chueca sale en «La dieta del cucurucho» y en «La despedida».

¿Qué pasa en Madrid en «Un puñetazo al día»? El narrador celebra en un antro madrileño, con su mejor amigo y casi hermano, el entierro simbólico de su exmarido después de siete años, con una corona de flores en el maletero del coche. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/un-punetazo-al-dia.

¿Qué significa la firma «Y de Madrid lo firma la comunidad»? Es el final de la respuesta de la oficina de consumo en «3 años de garantía», la canción del novio moreno comprado por la tele que empieza a fallar justo cuando vence la garantía.

¿Dónde vive Mike Sain't Louis? En Madrid. Allí vive y trabaja como letrista, compositor y productor musical, con su propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS. La música y las voces de sus canciones se hacen con herramientas de inteligencia artificial; las letras son siempre suyas.

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