
Por Mike Sain't Louis ·
Lo que la IA no sabe de Madrid
Vivo y trabajo en Madrid. Escribo aquí las letras de PLANETA GAYFOLK, y aquí decido qué versiones se quedan y cuáles no. La música la produzco con inteligencia artificial, que dirijo yo. Y cuanto más trabajo con ella, más me doy cuenta de una cosa que me hace gracia: la máquina ha leído muchísimo sobre Madrid y no tiene ni idea de Madrid.
Te explico lo que quiero decir.
El Madrid de folleto
Si le pides a una herramienta de este tipo algo sobre Madrid, te va a dar el Madrid de folleto. La Puerta del Sol, el oso y el madroño, el cielo azul, las tapas, la movida. Todo cierto, todo muy visto. Es el Madrid que aparece en las guías y en los anuncios de aerolíneas, y la máquina lo ha absorbido porque es el que más se repite.
El Madrid donde vivo es otro. O es el mismo, pero visto desde dentro, que cambia mucho.
Es la persona que te cuenta su vida entera en el ascensor en lo que tardas en subir cuatro pisos. Es el calor de agosto, que no es un dato del termómetro sino una forma de estar en el mundo, y que solo entiende quien ha dormido con los pies fuera de la sábana buscando un milímetro de aire. Es la terraza que se alarga hasta que el camarero empieza a apilar sillas a tu alrededor como indirecta. Es el metro a primera hora, con todo el mundo mirando el móvil para no mirarse. Son los bares donde nadie te pregunta nada y los bares donde te lo preguntan todo.
Nada de eso está en los folletos. Está en la vida.
La vecina
Pienso en «La vecina cotilla». No voy a contarte de qué va la canción más allá de lo que dice el título, pero el título ya basta. Cualquiera que haya vivido en un edificio de Madrid, con su patio interior y sus ventanas enfrentadas, sabe que la vecina cotilla no es un personaje de ficción. Es una institución. Sabe a qué hora entras, con quién y en qué estado.
Una máquina puede escribir sobre una vecina cotilla genérica. Una señora curiosa, con rulos, en una ventana. Lo que no puede es tener una. No puede haberse cruzado con ella en el portal y notar esa mirada que te repasa de arriba abajo mientras te dice «buenas» con una cortesía impecable. Esa mirada es la canción. Lo demás es decorado.
No quiero ser injusto. La herramienta hace muy bien ciertas cosas que tienen que ver con Madrid. Por ejemplo, el aire de copla que tienen mis canciones. La copla tiene mucho de ciudad, de teatro, de verbena, de chotis también aunque no sea lo mismo. La máquina ha escuchado mucha música de esa tradición y sabe por dónde van los tiros. Cuando le pido algo con ese aire, a veces me sorprende.
También sabe dar con un cierto descaro, ese tono de quien se planta en mitad de la plaza y canta lo suyo sin pedir permiso, que tanto tiene de castizo. Me ha dado más de una alegría por ahí. Lo reconozco porque sería feo quedarme solo con lo que no sabe hacer, como el madrileño que solo habla de la ciudad para quejarse del tráfico.
Pero ahí está la diferencia. Sabe cómo suena una tradición. No sabe cómo se vive en el sitio donde nació esa tradición. Por eso la música puede ponerla ella, guiada por mí, y la letra tiene que ponerla alguien que pisa estas calles.
Madrid como sitio queer
Hay otra capa que me importa especialmente. Madrid es una ciudad muy importante para la gente queer, en España y fuera. Mucha gente ha venido aquí desde pueblos y ciudades pequeñas, o desde el otro lado del océano, buscando un sitio donde poder ser quien es. Ese movimiento, el de llegar a un lugar donde por fin respiras, está en el centro de la trilogía GAYFOLK. Los tres discos cuentan el descubrimiento de un planeta donde uno puede ser libre, las ganas de llegar y el día de la liberación.
No digo que GAYFOLK sea Madrid. Es un planeta inventado, y prefiero que cada uno ponga en él la ciudad que necesite. Pero escribirlo desde aquí no es casual. Una máquina puede saber que Madrid tiene un orgullo enorme y un barrio famoso. No sabe lo que es ver a alguien que acaba de llegar caminar por primera vez de la mano de otro chico sin mirar alrededor. Esa escena, con todas sus variantes, es la que tengo en la cabeza cuando pienso en GAYFOLK.
Lo local viaja mejor
Hay una paradoja que me gusta. Sospecho que cuanto más concreto soy, mejor se entienden mis canciones fuera. Escribo para España y para América, y podría pensarse que lo prudente es quitar referencias locales para que nadie se pierda. Hago lo contrario. «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» no habla de Madrid, pero sigue la misma lógica: dos países con nombre propio dicen más que «alguien de dos sitios». Quien lo lea en Buenos Aires o en Ciudad de México quizá no conozca ninguno de los dos, y aun así entiende enseguida lo que es llevar dos lugares encima a la vez.
Lo genérico no viaja. Se queda en ninguna parte. Lo concreto, en cambio, se reconoce en todas.
La máquina tiende a lo genérico porque ha aprendido de todo a la vez. Mi trabajo es tirar de ella hacia lo concreto. Hacia esta ciudad, este calor, esta vecina.
Las canciones, escritas desde Madrid, están en mikesaintlouis.com.