
Por Mike Sain't Louis ·
Siempre apartado entre tanta gente: la soledad que se nota más en la fiesta
Un sábado cualquiera en la plaza de Chueca. Gente sentada en los bancos con la lata en la mano, un grupo de chicos con camisetas iguales de despedida de soltero, una drag que pasa con prisa con la peluca metida en una bolsa del Primark, alguien llorando en un portal y alguien riéndose en el portal de al lado. Mil personas en doscientos metros cuadrados. Y en medio, una persona que no está.
Eso es lo que dice el verso que más me pesa de «Entre cuatro paredes». No el de la habitación. El otro.
«Y estoy sólo entre estas cuatro paredes / Siempre apartado entre tanta gente»
Las dos líneas van juntas, una detrás de otra, en todos los estribillos. La primera es la imagen que todo el mundo entiende a la primera: el cuarto, la persiana bajada, la cama sin hacer. La segunda es la que me interesa aquí, porque le da la vuelta a la primera. Si estás apartado entre tanta gente, las cuatro paredes ya no son de ladrillo. Te las llevas puestas. Las metes en el metro, en la oficina, en la cola del súper y en la pista de baile.
Este texto va de esa segunda línea. La ficha de la canción ya cuenta lo que pasa en la letra, el túnel, la falta de ilusión y ese «tal vez» del final. Aquí quiero quedarme en la fiesta, que es el sitio donde, por raro que suene, más se nota la soledad.
Aviso antes de seguir: aquí hay pocos chistes. Alguno se me escapará, porque soy como soy. Pero esta canción no los tiene, y no voy a ponerle purpurina a algo que no la lleva.
La paradoja del banco lleno
Hay un tipo de soledad que es fácil de contar: la del que vive solo, come solo, ve la tele solo. Esa tiene su iconografía de toda la vida. La sopa de sobre, el gato, la ventana con lluvia. Es la soledad de anuncio de seguros.
Y hay otra que es mucho más difícil, porque no se ve. La del que está rodeado. La del que tiene el grupo de WhatsApp de la familia con cuarenta mensajes sin leer, el grupo del gimnasio, el grupo de la boda de su prima, y aun así siente que nadie le está hablando a él. La del que va a una cena de doce y vuelve a casa sin haber dicho una sola cosa que le importara.
«Siempre apartado entre tanta gente» es una frase sobre esa segunda soledad. Y lo que me parece más duro de ella es la palabra «siempre». No es «hoy me he sentido apartado». No es «a veces». Es siempre. Es un estado, no un día malo.
Cuando escribo, me gusta que las palabras pequeñas carguen con lo gordo. «Siempre» es una de esas. Cinco letras y te cierran la puerta.
La otra palabra pequeña del verso es «tanta». No dice «entre la gente». Dice «entre tanta gente». Ese «tanta» es un lamento escondido, el mismo que usa tu abuela cuando dice «con tanta comida y el niño sin comer». Hay mucho de algo, muchísimo, y aun así falta lo único que importa. Es la aritmética más cruel que conozco: cuanto más grande es el número de personas alrededor, más pequeño se queda el que está apartado. Mil personas en la plaza no suman compañía. Restan.
Si me pongo pesado con las palabras es porque una letra no tiene mucho más. No hay decorados, ni actores, ni luces. Hay palabras, y cada una tiene que hacer su trabajo.
Lo que se oye desde dentro
Te voy a pedir un ejercicio. La próxima vez que estés en una fiesta, en una terraza o en un bar con la música alta, cierra los ojos tres segundos y escucha. No la música: la gente. Vas a oír risas, vasos, alguien gritando un nombre, alguien pidiendo otra ronda, alguien contando una historia que ya ha contado cuatro veces. Es un ruido cálido. Es el ruido de estar acompañado.

Ahora imagina que ese ruido te llega como por debajo del agua. Que lo oyes, pero no te toca. Que la risa de al lado no es contigo. Que el nombre que gritan no es el tuyo. Esa es la sensación que intenta poner en palabras la letra. No silencio. Ruido que no te incluye.
Por eso me parece más fuerte esta línea que la de la habitación. En la habitación, por lo menos, el silencio es coherente. Estás solo y hay silencio. Todo cuadra. En la fiesta, no cuadra nada. Hay ruido, hay cuerpos, hay música, y tú estás igual de solo. Es una soledad con banda sonora, y la banda sonora la empeora.
Cinco sitios con mucha gente
Para que no se quede en abstracto, te hago una lista. Cinco sitios donde se puede estar siempre apartado entre tanta gente sin que nadie se dé cuenta. No los he sacado de ningún estudio: los he sacado de mirar.
- La boda de tu prima en un salón de celebraciones de Alcorcón, en la mesa catorce, entre el novio de una amiga del instituto y un tío lejano que te pregunta tres veces a qué te dedicas.
- El vagón de la línea 6 del metro a las ocho y cuarto de la mañana, con cien cuerpos pegados al tuyo y ninguno que sepa cómo te llamas.
- El grupo de WhatsApp «Cumple Mari 🎉», donde todo el mundo pone emojis de tarta y tu mensaje se queda colgado sin un solo pulgar.
- La cena de empresa de Navidad, con el amigo invisible y el karaoke, cuando el único que te habla es el camarero para preguntarte si quieres carne o pescado.
- La pista de una discoteca a las cuatro, con la música a tope y las luces girando, y tú bailando de cara a una columna para que no se note que no bailas con nadie.
Lo que tienen en común es que, vistos desde fuera, son sitios de compañía. Nadie diría que en una boda se está solo. Nadie diría que en el metro en hora punta falta gente. Y ahí está la trampa: la soledad en compañía no tiene foto. No sale en las películas con lluvia en la ventana. Sale en las fotos de grupo, en la esquina, con una sonrisa que dura lo que tarda en saltar el flash.
Por eso me parece tan exacta la palabra «apartado». En todos esos sitios estás dentro. Te han invitado, has pagado el billete, te han metido en el grupo. Y aun así te han dejado a un lado, o te has quedado a un lado, que a veces es lo mismo visto desde el otro extremo de la mesa.
El reloj pasa de las dos
En el mismo disco hay otra canción que se mira en este espejo desde la noche, «La noche no es para mí». Ahí el que habla no está encerrado. Ha salido. Ha hecho lo que se supone que hay que hacer cuando estás mal, lo que te dicen las amigas y las revistas: salir, despejarse, que te dé el aire. Y mira lo que encuentra:

«El reloj pasa ya de las 2:00 / Todo a mi alrededor / Se vuelve diferente / Aunque en el fondo sea igual»
«Aunque en el fondo sea igual.» Esa es la clave. La noche cambia la luz, el volumen, la gente. Pero en el fondo todo es igual, porque la soledad no se queda en casa esperándote. Se viene contigo. Se pide una copa. Te espera en la barra mientras tú vas al baño.
Si pongo las dos canciones juntas, me salen dos caras de la misma moneda. En «Entre cuatro paredes» no apetece salir de la habitación. En «La noche no es para mí» sí se sale, y no sirve de nada. La primera es el miedo a salir. La segunda es la confirmación de ese miedo. Y entre las dos hay una persona que no encuentra su sitio ni dentro ni fuera.
No lo planeé como díptico. Pero cuando pones tus letras en fila en la página de letras, aparecen conversaciones que tú no sabías que estabas teniendo.
El Orgullo, que es lo más ruidoso que hay
Hay un sitio donde esta soledad en compañía tiene un punto especialmente cruel, y es el Orgullo. Lo digo con todo el cariño del mundo hacia la fiesta, que me parece necesaria, y con todo el respeto hacia quienes lo pasan en grande.
Pero piénsalo. Una semana entera en la que, en teoría, toda la ciudad es tuya. Carrozas, escenarios en Pedro Zerolo, gente de todos los rincones de España y de fuera, banderas en los balcones de la calle Hortaleza, en los escaparates, en los autobuses de la EMT. Todo el mundo celebra que eres como eres. Y si en esa semana tú te sientes apartado, la sensación se multiplica, porque ni siquiera te queda la excusa de que el mundo no está preparado para ti. El mundo ha montado una fiesta en tu nombre y tú no consigues entrar.
Hay un texto en esta web sobre el orgullo de un martes de noviembre, sobre el orgullo que no sale en las fotos, el de los días normales. Me acordé de él al pensar en este verso. Porque la soledad del que está «siempre apartado entre tanta gente» no se cura con una fecha marcada en el calendario. Si acaso, la fecha la deja más a la vista.
Y aquí va la frase seca, la única que me voy a permitir como lección en todo el texto: la multitud no es compañía.
Antisocial por elección, apartado sin elegir
En la trilogía hay otra canción que parece hablar de lo mismo y que en realidad habla de lo contrario: «Antisocial». Su protagonista también está solo, pero lo ha decidido él. Lo dice así:
«Solo me importan aquellos que ya conozco / y siempre van a estar.»
Fíjate en la diferencia. El antisocial elige. Tiene a los suyos, pocos, los de siempre, y el resto le da igual. Hay algo casi orgulloso en esa soledad, como quien se va de la fiesta a las once porque prefiere su sofá y su serie. Es una soledad con mando a distancia.
El de «Entre cuatro paredes» no ha elegido nada. Está apartado. Es una palabra pasiva: alguien o algo lo ha puesto a un lado, como se aparta un plato que no te vas a comer. No hay orgullo en ella. Hay desplazamiento.
Me gusta tener las dos en el mismo universo, porque a veces desde fuera se ven igual. El chico que está solo en la esquina del bar puede ser el antisocial feliz que espera a su único amigo o el apartado que no sabe cómo acercarse a nadie. Desde la barra no se distinguen. Desde dentro, son dos planetas.
Una canción sin un solo chiste, en un disco lleno
Si conoces mis canciones, sabes que tiro de humor casi siempre. Croquetas en un crucero, lentillas de colores, Carmina Barrios de suegra. Es mi manera de contar la verdad sin que me tiemble el pulso. Lo digo en la web, en las reglas de la casa de la página sobre mí: con humor también se dice la verdad.

«Entre cuatro paredes» es una de las excepciones. No hay ni una referencia a la tele. Ni un insulto con gracia. Ni una marca de supermercado. Y eso, en un disco como el primero de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, se nota muchísimo. Es como si en mitad de una verbena se apagaran las luces de colores y quedara solo una bombilla.
¿Por qué sin chistes? Porque hay sitios donde el humor es una forma de no mirar. Y esta letra quiere mirar. Quiere quedarse quieta delante de la cosa, como cuando miras una mancha de humedad en el techo durante media hora sin poder hacer nada más.
Lo he pensado muchas veces y creo que el chiste, en esta canción, habría sido un abrazo falso. Un «venga, anímate» de esos que se dicen con prisa en la puerta. Y esta letra no quiere que la animen. Quiere que la acompañen.
Las paredes que llevas puestas
Vuelvo a la imagen del principio. Si estás apartado entre tanta gente, las cuatro paredes no son de una habitación. Son portátiles. Te las pones por la mañana como quien se pone el abrigo y te las quitas, si tienes suerte, por la noche.
Esto me parece importante porque cambia la forma de mirar a alguien que está mal. Mucha gente piensa que la soledad se arregla sacando a la persona de casa. «Vente, que te despejas.» «Vamos al cine.» «Ven a la cena, que va a estar todo el mundo.» Y a veces funciona, claro. Pero a veces lo que haces es llevar las paredes a otro sitio, con más gente alrededor, y que se noten más.
No digo que no haya que invitar. Hay que invitar siempre. Digo que la invitación no basta si al llegar nadie mira a la persona a los ojos. Si en la cena de doce nadie le pregunta nada. Si en el grupo de WhatsApp sus mensajes quedan sin respuesta mientras se celebran los de los demás.
Hay una canción mía, «El segundo exacto», con veinte estados vistos en WhatsApp y ni un solo «me gusta». Es una burla, y me río cuando la leo. Pero debajo de la burla está esto mismo: ver que te ven y que nadie dice nada. Eso también es estar apartado entre tanta gente. Veinte personas mirando. Cero respondiendo.
No me apetece salir
El estribillo arranca con dos noes seguidos: no aparece una ilusión, no apetece salir de la habitación. Sin ellos la línea de la gente no se entiende.
Hay una canción hermana que se llama precisamente así, «No me aparece una ilusión», con estos mismos versos de arranque. La misma habitación, otra puerta.
«No me apetece» es una expresión muy nuestra. Es suave. No es «no puedo» ni «me niego». Es una falta de ganas, como cuando no te apetece fregar o no te apetece llamar a tu tía. Lo terrible es aplicarla a salir de la habitación, que es lo más básico. La canción usa la palabra más pequeña para la cosa más grande.
Y luego, justo después, en la misma tanda de versos, llega el «siempre apartado entre tanta gente». O sea: no me apetece salir, y además sé que si salgo va a dar igual. Es un callejón con salida, pero la salida da a otro callejón.
Cuando escribo, me fijo mucho en cómo se encadenan las frases dentro de un estribillo, porque el estribillo es lo que se repite, y lo que se repite es lo que se queda. En esta canción el estribillo es una cadena perfecta de razones para no moverse. Y se repite tantas veces que el oyente acaba atrapado también, un poco, en esa habitación. No es un efecto que busque para lucirme. Es lo que pide la canción.
El tal vez como única puerta
Al final, después de todas las negaciones, después del túnel y de la oscuridad, aparece una frase que empieza con «no» y termina abriendo una rendija:

«No, pero algo en mí pide respirar / Tal vez algún día logre despertar.»
No hay fiesta al final. No hay amigo que llama a la puerta, ni amor que aparece en el último minuto, ni un amanecer de anuncio de Coca-Cola en la playa de Benidorm. Hay un «tal vez». Y el «tal vez» es lo único de toda la letra que no está apartado de nada. Es la primera cosa que no niega.
Si la persona apartada entre tanta gente consigue algo al final de la canción, no es integrarse en la fiesta. Es respirar. Y luego, tal vez, despertar. Son dos verbos de cuerpo, no de sociedad. Tienen que ver con uno mismo antes que con los demás. Me parece honesto que la canción no prometa compañía. Promete, como mucho, aire.
Lo que me permito decir desde aquí
No soy psicólogo, ni voy a hacer de uno. Soy letrista. Lo que sé hacer es poner en palabras una cosa que otra persona está sintiendo sin poder nombrarla. Y creo que esta canción hace eso con una línea: siempre apartado entre tanta gente. Hay quien la escucha y piensa «pues eso es lo que me pasa a mí y no sabía decirlo». Para eso sirve una letra, entre otras cosas.
En el blog hay un post sobre la soledad de crear solo, que va de otra soledad, la del oficio, la de pasar horas con una libreta y una pantalla sin nadie al lado. No es la misma que la de esta canción, pero tienen un primo en común: la sensación de estar haciendo algo para mucha gente sin tener a nadie cerca.
Y si estás leyendo esto desde dentro de tus propias paredes, portátiles o de ladrillo, te digo lo único que puedo decirte sin hacer el ridículo: no eres el único. Habla con alguien. Con quien sea, aunque sea con el profesional que menos te apetezca. En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora si la cosa pesa demasiado.
La drag con la peluca en la bolsa
Vuelvo a la plaza del principio, porque me he dejado a alguien.
La drag que pasa con prisa con la peluca metida en una bolsa del Primark. Va a trabajar, seguramente. Va a subirse a un escenario dentro de un rato, a hacer reír a un bar entero, a ser la persona más mirada de la noche. Y ahora, en la plaza, nadie la mira. Va sola, con prisa, entre mil personas.
No sé nada de ella. Me la he inventado para este texto, como se inventa una figura para un cuadro. Pero me sirve para cerrar, porque en ella caben las dos cosas: el foco y la esquina. La fiesta y las cuatro paredes. A veces la persona más rodeada es la que va más sola por la calle, y al revés.
La canción no resuelve eso. Solo lo dice. Y a veces, que alguien te lo diga en voz alta, aunque sea a través de una canción hecha con herramientas de IA y con la letra escrita por un señor de Madrid, es la primera grieta en la pared.
Tal vez algún día.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Entre cuatro paredes»? De alguien que no encuentra ilusión ni fuerzas para salir de su habitación y que se siente «siempre apartado entre tanta gente». Es una de las canciones sin humor del primer disco de la trilogía GAYFOLK, y termina con un «tal vez algún día logre despertar».
¿Quién escribió la letra? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin inteligencia artificial; la música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno.
¿Qué relación tiene con «La noche no es para mí» y «Antisocial»? Son tres maneras de estar solo en el universo GAYFOLK: la habitación cerrada, la noche que no consuela y la soledad elegida. Este texto las compara desde el verso «Siempre apartado entre tanta gente».
¿Dónde está la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/entre-cuatro-paredes. La ficha de la canción está en mikesaintlouis.com/blog/entre-cuatro-paredes.