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La soledad de crear solo, y cómo la llevo

Trabajo solo. Tengo un sello, MIKE SAIN'T LOUIS, del que soy el CEO y también el único empleado. Escribo todas las letras de PLANETA GAYFOLK. Produzco la música con herramientas de inteligencia artificial que dirijo yo. Dirijo los videoclips, que ya son más de 280, y hago las portadas, y decido cuándo sale cada cosa. En unos dos años he publicado 273 singles desde Madrid, y en casi todos los momentos de ese proceso no había nadie más en la habitación.

Me preguntan mucho por la inteligencia artificial, por el volumen, por el humor. Casi nunca me preguntan por esto. Así que lo cuento sin que me lo pidan.

La herramienta no es compañía

Hay quien piensa que trabajar con inteligencia artificial es como tener un compañero. No lo es, al menos para mí. La herramienta produce, y yo decido, descarto y elijo. Puedo pasarme horas con ella y al final del día la sensación es la misma que si hubiera estado escribiendo a mano: la de haber estado solo con mis decisiones.

No hay una mirada que me devuelva algo. No hay nadie que diga «esto es buenísimo» con los ojos brillantes, o «esto no» con una mueca. La herramienta no se ríe de mis chistes. Y yo escribo canciones con humor, canciones que necesitan risa para funcionar. Durante el proceso, esa risa no existe. Solo existe en mi cabeza, imaginada.

Tampoco me lleva la contraria con criterio. Puedo pedirle otra versión, y otra, y otra, y ninguna viene acompañada de un «yo creo que te equivocas». Eso, que al principio parece cómodo, con el tiempo se vuelve un silencio bastante grande.

Es una de las cosas más raras de mi oficio. Escribir algo pensado para que alguien se ría, y no comprobarlo hasta mucho después, cuando ya está publicado y es tarde para cambiarlo.

Lo que se echa de menos

Lo que más echo de menos no es la ayuda técnica. Es la celebración. Cuando terminas algo en grupo, hay un momento en que todos lo escuchan juntos y algo pasa. Un abrazo, una cerveza, un silencio compartido. Cuando terminas solo, cierras el archivo y te vas a hacer la cena. La canción está hecha y nadie lo sabe todavía.

Con 273 singles, eso ha pasado 273 veces. Muchas de ellas no me importó. Algunas sí.

Lo otro que se echa de menos es el desacuerdo. Parece extraño echar de menos que te lleven la contraria, pero es lo que más falta hace. Sin nadie que me discuta, tengo que discutirme yo. Dejo reposar las cosas, las miro al día siguiente, intento ser mi propio crítico. Funciona a medias. Uno no se pilla las trampas que se tiende a sí mismo. Hay canciones que publiqué convencido y que semanas después, al oírlas de nuevo, me parecieron flojas. Con alguien al lado, quizá alguna de ellas se habría quedado en la carpeta. O quizá no, y habría perdido una que a alguien le gusta. Nunca lo sabré.

Cómo la llevo

No tengo un método. Tengo costumbres, algunas mejores que otras.

La primera es separar el trabajo de la vida. Cuando trabajas solo, el trabajo se mete en todas partes, porque nadie te dice cuándo parar. He aprendido, con dificultad, a cerrar. A no tener la cabeza en una letra mientras ceno con alguien. No siempre lo consigo. Pero lo intento más que antes.

La segunda es salir. Madrid ayuda. Es una ciudad donde es fácil estar rodeado de gente sin tener que hablar con nadie, y a veces eso es exactamente lo que necesito. Ir a un mercado, sentarme en una terraza, cruzar la ciudad en metro sin auriculares. Mis canciones hablan de la vida de cada día, de vecinas cotillas y novios de Albacete, y esa vida no está en mi pantalla. Está fuera.

La tercera es la gente que escucha. Cuando una canción sale y alguien comenta que le ha hecho reír, o que se ha visto reflejado, la soledad del proceso se rompe un poco con retraso. Es una compañía diferida, pero es compañía. Desde que mucha gente me encontró con «Tan Cateto» en TikTok, esos comentarios llegan más, y los leo con más atención de la que admitiría en público.

La contradicción

Aquí viene lo que no termino de resolver. Elegí trabajar así. Nadie me obligó. Podría buscar colaboradores, formar un equipo, delegar. Y no lo hago, en parte porque me gusta tener el control y en parte porque el ritmo que llevo sería difícil de sostener con más gente. Así que me quejo de una soledad que, en cierta medida, he elegido.

Creo que las dos cosas son verdad a la vez. Me gusta trabajar solo y a veces me pesa. No pienso cambiarlo, y no pienso fingir que no me cuesta.

Hay algo que me reconcilia. Mis canciones hablan del amor gay, del orgullo, de la autoestima, de llegar a un lugar donde uno puede ser quien es. La trilogía GAYFOLK cuenta justo eso, en tres actos, hasta «El día de la liberación». Escribir sobre pertenecer, desde la soledad, tiene algo de ironía, pero también tiene sentido. Muchas personas que escuchan esas canciones se han sentido solas por ser quienes son. Intento escribirles con el cuidado que eso merece.

Hay una forma de soledad que no tiene nada que ver con el trabajo, la de no poder ser quien eres delante de los demás. Esa es la que cuentan las canciones. La mía, la de trabajar solo, es mucho más llevadera, y además la elegí. Poner las dos en la misma balanza me ayuda a relativizar los días malos.

Quizá por eso no me pesa tanto como podría. La soledad del trabajo es real, pero las canciones salen hacia otra gente. Ese es el trato.

Lo que hago solo, para quien quiera escucharlo, está en mikesaintlouis.com.

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