
Por Mike Sain't Louis ·
Dos toreros en la pista: «Barcelona» y el amor de una noche en otra ciudad
Dos toreros se besan en mitad de una discoteca. Chaquetillas de luces bordadas en oro, camisa blanca, corbatín negro, una mano tatuada en la mejilla del otro y, detrás, láseres rosas y azules cortando el humo. Abajo, en letras finas de neón, una sola palabra: BARCELONA.
Esa es la portada del single. Y si me preguntas qué pinta un traje de luces en una ciudad donde hace más de una década que no se celebra una corrida, te diré que justo por eso me hace tanta gracia.
«Barcelona» está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, y es una canción de pista sin más pretensiones que hacerte mover. La ficha del blog ya la cuenta así: una noche de baile junto al mar, sin dramas ni promesas para mañana. Aquí quiero darle otra vuelta. Quiero hablar del amor de una noche en una ciudad que no es la tuya, de lo que pasa cuando un madrileño se pone a mirar Barcelona con ojos de turista enamorado, y de por qué la letra salta del inglés al español como quien cambia de barra en la misma discoteca.
Late night, city lights
La canción arranca con una postal:
«Late night, city lights, Barcelona's glow / My heart skips as your moves cut right through»
Noche cerrada, luces de ciudad, el resplandor de Barcelona y un corazón que se salta un latido cuando el otro empieza a moverse. No hay contexto, no hay historia previa, no hay ex que aparezca por la puerta. Hay una pista, un cuerpo y una ciudad. Ya está.
Y eso, en mi catálogo, es casi un acontecimiento. Si has leído otras cosas mías sabes que lo normal es que una canción empiece con un insulto, un narcisista, una suegra o un táper de croquetas. Aquí no. Aquí alguien baila y otro se queda mirando. Es la canción más sencilla del mundo, y las canciones sencillas son las que más cuesta dejar en paz.
La primera línea está en inglés, y no es casual que sea la que suena a cartel turístico. Late night, city lights. Es el idioma de las postales, de los vídeos de Instagram con dron sobre la Sagrada Familia, de los anuncios de cerveza con gente guapa en la Barceloneta. El inglés pone la ciudad de escaparate. El español, como veremos, pone la piel.
Ser otro un fin de semana
Hay algo que pasa en las ciudades que no son la tuya y que en tu barrio no pasa nunca. Te sueltas.
En Madrid, en tu bar de siempre, te conoce el camarero, te conoce la que está en la puerta fumando, te conoce el ex del amigo de tu ex que está en la barra con cara de saber cosas. Cada paso que das en la pista lo está viendo alguien que mañana se lo contará a alguien. Es Chueca, querida: un pueblo con wifi.
Pero coges un AVE en Atocha, te bajas en Sants, dejas la maleta en un piso de Airbnb del Eixample que huele a ambientador de vainilla y por la noche ya eres otra persona. Nadie sabe cómo te llamas. Nadie sabe que el martes lloraste en el Mercadona. Nadie sabe que tu madre te sigue llamando para preguntarte si comes bien. Eres un cuerpo nuevo en una pista nueva, y eso da una libertad que asusta un poco.
La letra lo dice con una palabra en español, colocada justo en el estribillo:
«In the thrill of the sound, "nos liberamos"»
Nos liberamos. En medio del subidón del sonido, nos liberamos. No dice de qué. No hace falta. Del barrio, del trabajo, del grupo de WhatsApp de la familia, de la versión de ti que todo el mundo conoce. Esa liberación es pequeña, dura una noche, y es exactamente la que buscas cuando sales de tu ciudad con una mochila y unas ganas tremendas de que no te reconozca nadie.
Ojo, que esto no es un elogio del turismo de borrachera, que bastante tiene Barcelona con las despedidas de soltero de Manchester. Es otra cosa. Es la sensación de que, lejos de casa, por fin puedes ser el que eres cuando nadie te mira.
Juntos tú y yo
La letra publicada mezcla los dos idiomas de una forma muy concreta. Los versos van en inglés, y dentro de ellos, entre comillas, aparecen frases en español como susurros: perdidos en la mirada, acércate a mí, nos liberamos, juntos tú y yo, la noche nos envuelve, bailamos. La ficha lo describe como pequeños guiños entre la música, y estoy de acuerdo, pero quiero fijarme en qué cosas se dicen en cada idioma.

En inglés va lo que se ve: las luces, el ritmo, el bajo, la arena, la luna. En español va lo que se siente y lo que se pide: acércate, juntos, nos liberamos, bailamos. Es como si la canción reservara el idioma de casa para las cosas importantes y dejara el inglés para el decorado.
Eso pasa mucho en la vida real, por cierto. Cualquiera que haya ligado con alguien de fuera lo sabe. Empiezas en inglés, que es el idioma neutral de la discoteca, el de «where are you from» y «do you want a drink». Y cuando la cosa se pone seria, cuando ya estás a dos centímetros de su cara, se te escapa el idioma de tu madre. Acércate. Ven aquí. Qué guapo eres. Nadie dice lo importante en el idioma del folleto.
Hablé de esta mezcla de otra forma en «Escribo en español, por qué mi web también está en inglés». Allí el asunto era de dónde soy y a quién le hablo. Aquí es más sencillo y más bonito: el español es el idioma del beso.
Una ciudad con nombre de persona
El estribillo repite el nombre de la ciudad tantas veces que empieza a sonar a nombre de alguien:
«Barcelona, Barcelona, tú y yo, Barcelona»
Tú y yo, Barcelona. ¿Le está hablando a la ciudad o a la persona? La ficha ya lo apunta: no sabes si la canción está enamorada de alguien o de Barcelona entera. Yo voy un poco más lejos. Creo que en los amores de una noche en otra ciudad, las dos cosas se mezclan hasta que no hay manera de separarlas.
Piénsalo. Cuando recuerdas a aquel chico de aquella noche, ¿qué recuerdas? Recuerdas el olor del mar a las cinco de la mañana. Recuerdas el ruido de las persianas metálicas cuando volvíais por el Raval. Recuerdas que comisteis un bocadillo de tortilla en un bar que estaba abriendo. Recuerdas una plaza con una fuente y un señor paseando a un perro salchicha. Y en medio de todo eso, su cara, que ya se te ha olvidado un poco. La ciudad se queda más tiempo que el chico.
Por eso tiene sentido que el estribillo diga «Barcelona» cuando quiere decir «tú». La persona y la ciudad se han convertido en lo mismo. Igual que hay canciones de amor a Madrid, como mi «Madrid», que son en realidad canciones a alguien que viviste allí.
Hay amores que tienen código postal.
Los toreros de la portada
Vuelvo a la portada porque es de las que más me gustan de todo el disco.

Dos hombres con traje de luces, chaquetillas negras y doradas con bordados, hombreras con caireles y pedrería, besándose en una discoteca. Uno le sujeta la cara al otro con una mano cubierta de tatuajes, con un mandala dibujado en el dorso. Tienen pendientes. El de la derecha lleva el pelo engominado hacia atrás como un galán de los cincuenta. Y detrás, la pista, con los láseres y la gente bailando desenfocada.
El traje de luces es el uniforme más macho de España. Es el de la plaza, el del toro, el del pasodoble, el de las fotos en blanco y negro de los bares de carretera. Y a la vez es un traje que, si lo miras sin prejuicios, es puro camp: lentejuelas, oro, medias rosas, chaquetilla ajustadísima, coleta postiza. Ningún traje de drag queen tiene más brillo que el de un matador en la feria de abril.
Ponerle ese traje a dos chicos que se besan es devolverle al traje lo que siempre tuvo. Y llevarlo a una discoteca de Barcelona, que no es precisamente tierra de toros, le añade una broma más. Es una España de postal, de esas que se venden en los quioscos de La Rambla con un flamenco y un toro, pero dada la vuelta. En vez del torero y la flamenca, el torero y el torero.
Esa portada tiene algo de lo que cuento en «Con el taconeo», donde el tacón flamenco y el tacón drag comparten tarima. Lo folclórico, mirado con ojos maricas, deja de ser un museo y vuelve a ser una fiesta.
Your hands, my waist
La segunda estrofa se va a la playa:
«Your hands, my waist, steps in the sand / "La noche nos envuelve," let's not let it end»
Sus manos, mi cintura, pasos en la arena. Y la noche que lo envuelve todo y el deseo de que no se acabe. Es lo más parecido a una escena de película que tiene la canción: dos personas que salen de la discoteca y siguen bailando en la orilla, sin música, o con la música que les queda en la cabeza.
Me gusta que la letra no diga nada más. No hay cama, no hay piso, no hay desayuno, no hay intercambio de teléfonos. Hay arena y hay un «que no se acabe». La canción se para justo antes de que pase lo que tiene que pasar, o lo que no. Deja la puerta abierta.
Y aquí viene el giro, porque toda canción de una noche tiene uno, aunque no lo diga. Ese «let's not let it end», que no se acabe, ya sabe que se va a acabar. Por eso se dice. Nadie le pide a algo que dure si cree que va a durar. Se pide cuando sabes que a las nueve sale el AVE de vuelta a Madrid y que el lunes tienes que fichar a las ocho.
La alegría de la canción tiene esa pequeña tristeza dentro, como un caramelo con el centro amargo.
Una canción de amor que sale bien
He escrito muchas canciones de desamor. Muchísimas. Narcisistas, ex con nombre y apellido inventado, suegras, castigos, silencios, vampiros emocionales. Si contaras las canciones de mi catálogo en las que alguien sale escaldado, te saldría una lista más larga que la de los reyes godos.
Por eso me importan tanto las pocas en las que las cosas salen bien. Lo conté en «Hacen falta canciones de amor gay que salen bien»: durante mucho tiempo, las historias de amor entre hombres se contaban siempre con final triste. El que muere, el que se va, el que no sale del armario, el que se casa con una mujer. Y una de las cosas que más falta hacen es una canción en la que dos chicos se gustan, bailan, se besan y no pasa nada malo.
«Barcelona» es eso. Es una noche que sale bien. Puede que no dure, puede que no vuelvan a verse, pero mientras dura nadie llora, nadie miente, nadie castiga a nadie. Y eso, que parece poco, en mi catálogo es un milagro de la Virgen de Montserrat.
Turn the beat up
Hay una cosa que tengo clara cuando una canción es de baile: la letra tiene que dejar sitio.

Las canciones para leer pueden permitirse versos largos, juegos de palabras, chistes que necesitan dos escuchas. Las canciones para bailar necesitan otra cosa. Frases cortas, repetibles, que se puedan gritar con un cubata en la mano a las cuatro de la mañana. Turn the beat up. Feel the rush. Acércate a mí. Juntos tú y yo. Barcelona, Barcelona.
Escribí sobre esa diferencia en «Escribir para que te bailen y escribir para que te lean». «Barcelona» está claramente en el primer grupo. No pide que entiendas nada. Pide que muevas la cadera. Y si quieres, que te acerques a alguien.
Eso no la hace menos mía. La letra es mía, la música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, como en todo el catálogo, y lo que yo buscaba aquí era una pista y no un poema. Hay sitio para las dos cosas en el planeta GAYFOLK. A veces necesitas una canción que te explique la vida. Y a veces necesitas una que te deje olvidarla un rato.
Madrid mira a Barcelona
No me voy a meter en la rivalidad entre Madrid y Barcelona, que para eso ya están los domingos de fútbol y las tertulias de la tele. Solo diré una cosa: es curioso que un madrileño escriba una canción de amor a Barcelona.
O no tanto. Desde Madrid, Barcelona siempre ha sido la ciudad del mar. Nosotros tenemos el Manzanares, que es un río con complejo de charco, y Madrid Río, que está muy bien para correr pero no para besarse en la arena. Cuando un madrileño quiere playa urbana, coge el tren. Y cuando quiere sentirse en otra parte sin salir de España, Barcelona tiene algo de extranjero que a muchos nos fascina: otro idioma en los carteles, otro ritmo, otra luz, el mar al final de las calles.
En mi catálogo hay otras ciudades que funcionan como escenario. «Madrid to Benidorm» es casi lo contrario de esta: una carretera, un destino de jubilados y despedidas, muchas risas, cutrez a raudales. «Barcelona» es la versión elegante. Las dos tienen en común que alguien se va de Madrid buscando algo que en Madrid no encuentra.
Hay algo muy madrileño, además, en eso de idealizar la ciudad de al lado. Nos pasamos el año quejándonos del calor de agosto, de los precios de los pisos en Lavapiés y de las obras eternas de la Puerta del Sol, y luego llegamos a Barcelona y todo nos parece bonito: los balcones del Eixample, las baldosas con flores de las aceras, el olor a salitre en la Barceloneta, hasta las palomas de la plaza de Catalunya. A los de allí seguro que les pasa lo mismo cuando vienen aquí y se sientan en una terraza de La Latina un domingo de vermú.
Y quizá eso sea lo que más dice de mí. Que vivo en una ciudad que quiero muchísimo y de la que, de vez en cuando, necesito escaparme para seguir queriéndola.
Perdidos en la mirada
Me queda un verso, el primero en español de toda la canción: perdidos en la mirada. Aparece al final de la primera estrofa, justo antes de despegar, cuando ya han empezado a subir.

Perderse en la mirada de alguien es una frase muy de bolero, muy de las canciones que ponía tu abuela en la radio de la cocina. Y aquí está, metida en un tema de pista con láseres y bajo profundo. Me gusta ese choque. La discoteca tiene sus propias leyes, el ruido, el sudor, la prisa, y aun así hay un momento en que dos personas se miran y todo lo demás se apaga.
Ese momento no se puede comprar con una entrada ni con un reservado. Pasa o no pasa. Y cuando pasa, da igual que estés en la mejor discoteca de Barcelona o en las fiestas de tu pueblo con una charanga desafinada.
Lo que queda de una noche así no es la ciudad ni la música.
Es una mirada.
La mañana de después
Las canciones de una noche nunca cuentan la mañana. Y casi mejor, porque la mañana tiene su propio género, que está a medio camino entre la comedia de Berlanga y el parte meteorológico.
La mañana de después es buscar un calcetín debajo de una cama que no es la tuya. Es descubrir que el chico de la pista tiene un compañero de piso que ya está desayunando en la cocina con cara de haberlo oído todo. Es fingir que entiendes el catalán de la tele que suena de fondo. Es no saber si dar dos besos, un beso, un abrazo o un apretón de manos de reunión de comunidad de vecinos. Es mirar el móvil y ver cuarenta mensajes del grupo de amigos preguntando dónde te metiste, con un emoji de berenjena que alguien ha mandado a las seis y diez.
Y luego, si hay suerte, un café en una terraza de Gràcia con el desconocido, que ya no lo es tanto, y la conversación más sincera que has tenido en meses. Porque con alguien a quien probablemente no volverás a ver se habla con una libertad que no te permites con nadie. Le cuentas lo de tu padre. Le cuentas lo del trabajo. Le cuentas cosas que no le has contado a nadie. Y él asiente, con el pelo despeinado y la camiseta del revés, y te dice algo que se te queda para siempre aunque te olvides de su nombre.
Hay mucho moralista suelto que mira estas historias por encima del hombro. Que si el ligue de una noche es vacío, que si los maricas no sabemos querer, que si todo es sexo y nada es amor. A mí me parece justo lo contrario. Una noche bien vivida puede tener más ternura que diez años de matrimonio con un señor que te castiga con silencios. Lo he contado mil veces en canciones mucho menos amables que esta.
«Barcelona» se queda en la pista y en la arena. No llega al café. Pero el café está ahí, implícito, como una promesa pequeña.
A veces, con eso basta.
La postal que te llevas
Si te pones «Barcelona» con la ventana abierta, en la previa de una noche de verano, como recomienda la ficha, vas a tener exactamente lo que la canción promete: ganas de salir, de bailar y de que alguien te mire. Si te la pones en invierno, en Madrid, en el metro, con el abrigo hasta las orejas, te va a traer otra cosa: el recuerdo de alguna noche que tuviste lejos de casa, o las ganas de tenerla.
Las dos escuchas valen. Y si te apetece algo de calor mientras tanto, en «Me gusta el verano» hay más sol del que cabe en un trimestre de Madrid en enero.
Y si un día vas a Barcelona y acabas bailando con un desconocido junto al mar, no hace falta que le cuentes tu vida. Dile lo que dice la canción. Acércate a mí.
Lo demás lo pone la noche.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Barcelona»? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿En qué idioma está la letra de «Barcelona»? La letra está sobre todo en inglés, con frases en español entre comillas como «nos liberamos», «acércate a mí» o «juntos tú y yo».
¿De qué habla «Barcelona»? De una noche de baile en Barcelona: dos personas que se encuentran en la pista, salen a la playa y desean que la noche no se acabe.
¿Qué aparece en la portada del single? Dos hombres con traje de luces que se besan en una discoteca con láseres rosas y azules, bajo el título BARCELONA en letras de neón.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.