
Por Mike Sain't Louis ·
El arcoíris no se alquila: Orgullo, pinkwashing y «Madrid to Benidorm»
«This is what pride is all about.»
De eso va el Orgullo, dice uno de los versos de «Madrid to Benidorm». La canción está en «El día de la liberación», el disco que cierra la trilogía GAYFOLK, y es de las pocas que escribí entera en inglés. (Por si quieres seguirla, aquí está la letra.) Es una canción de calle y de sol, de bailar bajo el arcoíris desde la capital hasta la costa, de ir de la mano y de borrar miedos con colores.
La escribí con alegría y no me arrepiento de ninguna línea. Pero cada junio, cuando veo cómo se llenan los escaparates de banderas, me hago una pregunta incómoda que quiero dejar aquí por escrito: ¿de quién es el arcoíris? ¿De quien lo levantó cuando costaba palizas o de quien lo imprime en una lata de refresco durante cuatro semanas? Este texto va de eso: del Orgullo como protesta, del Orgullo como negocio, del pinkwashing y de lo que podemos pedir.
Una noche de junio en Nueva York
Todo el mundo repite que el primer Orgullo fue una revuelta, y es verdad. En la madrugada del 28 de junio de 1969 la policía hizo una redada en el Stonewall Inn, un bar del Greenwich Village de Nueva York. Las redadas en bares de ambiente eran rutina. Aquella noche, la gente que estaba dentro y fuera decidió no dejarse llevar. Hubo enfrentamientos durante varias noches.
Al año siguiente, en 1970, se convocaron marchas para recordarlo. De ahí viene la fecha del 28 de junio y de ahí viene la idea, tan repetida, de que el Orgullo nació como una protesta y no como una fiesta. Conviene no olvidarlo cuando miramos las carrozas de hoy. Antes de que hubiera música había gente que se jugaba el trabajo, la familia y la libertad.
1977, 1978 y la Ley de Peligrosidad
En España la historia empieza con retraso y con miedo. La primera manifestación por los derechos de gais y lesbianas se celebró en Barcelona en junio de 1977, convocada por el Front d'Alliberament Gai de Catalunya. Al año siguiente, en 1978, salió la primera en Madrid.
Para entender lo que significaba eso hay que recordar el contexto. Todavía estaba en vigor la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, heredera de la Ley de Vagos y Maleantes, que permitía encerrar a personas homosexuales en centros especiales. Los actos homosexuales no se eliminaron de esa ley hasta la reforma de finales de los setenta. Quien salió a la calle en aquellas primeras marchas lo hizo sabiendo que podía tener consecuencias muy reales.
Por eso me emociona tanto la palabra «Orgullo». No es una palabra decorativa. Es la respuesta a décadas de vergüenza impuesta por ley.
Every color, every hue
Uno de los versos de mi canción dice «Every color, every hue», cada color, cada matiz. La bandera arcoíris la diseñó el artista Gilbert Baker para el Orgullo de San Francisco de 1978. Con los años ha cambiado de franjas, se le han añadido triángulos y colores para incluir a las personas trans, a las personas racializadas y a otras realidades que se sentían fuera de la foto.
Me gusta pensar en la bandera como un objeto vivo, que se cose y se descose. Precisamente por eso es tan fácil de copiar. Un arcoíris no tiene derechos de autor. Cualquiera puede ponerlo en un logo, en una camiseta, en un vaso de café. Y ahí empieza el problema que quiero contar.
Cuando el arcoíris se vende por metros
Según la historia que cuenta el propio Orgullo Crítico de Madrid, las primeras carrozas llegaron probablemente a finales de los noventa; antes, la manifestación del 28J era eso, una manifestación. Con los años, el Orgullo de Madrid se convirtió en uno de los más grandes de Europa. En 2017 la ciudad acogió el WorldPride. Hoy el programa oficial, el MADO, lo organiza la asociación empresarial AEGAL con la colaboración de COGAM y la FELGTBI+, y en 2025 el Ayuntamiento anunció una aportación de 500.000 euros como patrocinador institucional principal.

Nada de eso es malo en sí mismo. Que una ciudad se llene de visitantes que vienen a celebrar la diversidad es una buena noticia, y que los conciertos sean gratuitos y abiertos también lo es. Pero hay una tensión evidente entre el Orgullo como manifestación política y el Orgullo como evento turístico. Una cosa es pedir derechos y otra vender cervezas. A veces las dos conviven bien. Otras veces la segunda se come a la primera.
De Chueca a la costa
La canción va de Madrid a Benidorm, de la capital a la playa. Es un recorrido que hacen cada verano miles de personas LGTBI, y que tiene algo de geografía sentimental: el barrio donde por fin pudiste besar a alguien en la calle, la costa donde por fin pudiste ir de vacaciones sin disimular.
Esa geografía también tiene una cara económica. La Ley 4/2023 incluye un artículo, el 42, que pide a las administraciones promover un turismo diverso e inclusivo y fomentar el turismo orientado al público LGTBI, con especial énfasis en el medio rural. Está bien que exista. Que una persona LGTBI pueda viajar, alojarse y comer en cualquier lugar sin que la miren raro es un derecho, no un capricho.
Pero el turismo también transforma barrios. El Orgullo Crítico lleva años escribiendo sobre la gentrificación de Chueca: el barrio que fue refugio cuando nadie quería alquilar a parejas de hombres se ha convertido en uno de los más caros de Madrid, y muchas personas LGTBI con sueldos normales ya no pueden vivir en él. Es una paradoja dolorosa. El sitio que construimos para estar a salvo acaba siendo un escaparate para otros.
No tengo una solución. Solo quiero que cuando hablemos de turismo arcoíris hablemos también de quién se queda con el beneficio y quién tiene que mudarse al extrarradio.
Las que iban delante
Cuando se cuenta Stonewall casi siempre aparecen dos nombres: Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos activistas trans y racializadas asociadas a aquellos días y, sobre todo, a la lucha que vino después. Ellas fundaron en 1970 STAR, un colectivo para dar techo y apoyo a jóvenes trans y sin hogar en Nueva York.
Me parece importante recordarlo porque el Orgullo que se vende en los escaparates suele tener otra cara: blanca, joven, musculada, con dinero. Las personas que más se jugaron en las primeras revueltas son muchas veces las que menos aparecen en los anuncios. Y hoy siguen siendo las más expuestas. Si un logo arcoíris de verdad quiere honrar aquella noche, debería empezar por las personas trans, por las migrantes, por las que no tienen casa.
Qué es el pinkwashing
La palabra «pinkwashing», lavado rosa, tiene un origen curioso. La acuñó la organización estadounidense Breast Cancer Action para denunciar a las empresas que se ponían el lazo rosa del cáncer de mama mientras vendían productos que podían aumentar el riesgo de esa enfermedad. Su campaña «Think Before You Pink», piensa antes de ponerte rosa, arrancó en 2002.
Con el tiempo, el término se aplicó también al mundo LGTBI. La escritora Sarah Schulman lo popularizó en 2011 en un artículo en The New York Times, y la académica Jasbir Puar lo desarrolló para hablar de gobiernos que usan una imagen amable con lo gay para tapar otras políticas. Hoy la palabra se usa sobre todo para hablar de empresas e instituciones que se envuelven en el arcoíris para mejorar su imagen sin hacer nada real por las personas LGTBI, o mientras hacen justo lo contrario.
La clave del pinkwashing no es el color. Es la hipocresía. No todo logo arcoíris es lavado rosa. Lo es cuando la bandera sirve para tapar algo.
Cuatro semanas de bandera
Hay una imagen que se repite cada año en redes: la foto de perfil de una marca cambia a arcoíris el 1 de junio y vuelve a su color normal el 1 de julio. Parece un chiste, pero dice mucho. El compromiso dura lo que dura la campaña.

Lo que muchas personas LGTBI preguntan, con toda razón, es qué pasa los otros once meses. ¿Esa empresa tiene un plan LGTBI para su plantilla, como exige la ley a las empresas de más de cincuenta personas? ¿Protege a sus trabajadores trans? ¿Patrocina el Orgullo en Madrid y a la vez financia en otro país a quienes quieren encarcelarnos? ¿Vende la camiseta del arcoíris fabricada en un taller donde nadie cobra un salario digno?
Ya escribí en «El orgullo de un martes de noviembre» que el orgullo de verdad es el que no sale en las fotos de junio. Aquí lo digo desde el otro lado: una bandera que solo aparece cuando vende no es una bandera, es un envoltorio.
Cuando las marcas se bajan del carro
En 2025 pasó algo que confirmó todas las sospechas. En Estados Unidos, la consultora Gravity Research encuestó a directivos de grandes empresas y concluyó que dos de cada cinco habían reducido sus campañas por el Orgullo ese año. El 61 % citaba la presión de la nueva administración de Donald Trump como la principal razón. En Europa también hubo patrocinios retirados o marcas que pidieron apoyar de forma más discreta.
Es decir, el arcoíris se fue en cuanto dejó de ser rentable o empezó a ser incómodo. Eso no significa que todas las empresas fueran falsas: algunas mantuvieron sus apoyos y sus políticas internas. Pero sí demuestra que no podemos fiar nuestros derechos al departamento de marketing de nadie. Lo que se patrocina se puede despatrocinar.
El Orgullo Crítico
En Madrid, desde hace años, existe otra forma de vivir el Orgullo. En 2006 surgió un bloque alternativo con el lema «Orgullo es protesta», que cuestionaba la mercantilización y la despolitización de la manifestación oficial. En 2010 se usó por primera vez el nombre de Orgullo Crítico. Sus convocatorias se celebran el 28 de junio, la fecha de Stonewall, y no el fin de semana del MADO.
No hace falta estar de acuerdo con todo lo que dice el Orgullo Crítico para reconocer que hace una pregunta necesaria. Cuando el Orgullo se convierte en un evento con escenarios, patrocinadores y precios de hotel por las nubes, ¿quién se queda fuera? ¿La persona trans que no puede pagar una entrada? ¿El chaval de un pueblo que no tiene dónde dormir en Madrid? ¿Las personas mayores que no se reconocen en una fiesta hecha para cuerpos de veinte años?
Love wins, come what may
En la canción escribí «Love wins, come what may», el amor gana, pase lo que pase. Es una frase optimista, de pancarta, y me sigue gustando. Pero quiero ser honesto: el amor no gana solo. Gana cuando hay leyes que lo protegen, cuando hay gente que vota, que denuncia, que se organiza, que sostiene asociaciones con cuotas pequeñas y trabajo voluntario.
El matrimonio igualitario llegó en España con la Ley 13/2005, después de décadas de activismo. En 2025 el MADO lo celebró con el lema de las dos décadas de matrimonio igualitario. Ese aniversario no lo regaló ninguna marca. Lo arrancaron miles de personas que salieron a la calle cuando salir costaba.
Once meses de trabajo invisible
Mientras el escaparate se cambia de color, hay gente que trabaja todo el año sin patrocinador. Asociaciones como COGAM, que nació en Madrid en 1986, o la FELGTBI+, que reúne a decenas de entidades de todo el país, sostienen servicios de atención psicológica, asesoría jurídica, grupos de jóvenes, de mayores, de familias, de personas migrantes. Gran parte de ese trabajo lo hacen voluntarias y voluntarios en horas robadas a su vida.

Ese trabajo no sale en ninguna lona publicitaria. No tiene carroza ni DJ. Pero es el que atiende a quien llama un martes de noviembre porque le han echado de casa, porque le han pegado o porque no puede más. Si una marca quiere ayudar de verdad, hay una manera muy sencilla de hacerlo: financiar ese trabajo los otros once meses, sin exigir que su logo salga en grande.
Una bandera en un balcón
Frente a la bandera de una multinacional hay otra que me emociona mucho más: la que cuelga una madre del balcón de un tercero en un barrio cualquiera, o la que pone un señor mayor en la ventana de su casa de pueblo. Esa bandera no vende nada. No tiene detrás un plan de comunicación ni una agencia. A veces le cuesta a quien la cuelga una mirada en el ascensor o un comentario en la panadería.
Cuando la ve un chaval que todavía no ha dicho nada en casa, esa bandera pequeña vale más que cien anuncios. Le dice que en ese edificio hay alguien de su lado. Le dice que, si un día necesita una puerta a la que llamar, a lo mejor es esa.
Por eso no me gusta la idea de que el arcoíris esté gastado. Lo gastado es el arcoíris de alquiler. El de los balcones, el de las pulseras que alguien se pone para ir al instituto, el de la pegatina en la puerta de un centro de salud o de una biblioteca, sigue siendo una señal. Y las señales salvan más de lo que creemos.
Las marcas que sí suman
No quiero caer en el purismo. Hay empresas pequeñas, bares de barrio, librerías, salas de conciertos y negocios de personas LGTBI que llevan años apoyando al colectivo sin hacer ruido. Hay grandes empresas que tienen políticas internas serias. Y hay países donde, como recordaba el periodista Enrique Anarte, son precisamente las multinacionales las que sostienen eventos del Orgullo que de otra manera no podrían celebrarse.
El dinero de una empresa en sí no es el problema. El problema es cuando el dinero compra silencio o cuando la presencia de una marca sustituye a las reivindicaciones. Un buen criterio es sencillo: ¿esa empresa estaría orgullosa de enseñar lo que hace por las personas LGTBI en noviembre?
Lo que se puede pedir
Si eres de quienes miran el Orgullo con una mezcla de cariño y sospecha, como yo, hay preguntas concretas que se pueden hacer a cualquier marca, institución o local que se vista de arcoíris:
- Si tiene un plan de igualdad LGTBI y protocolo contra el acoso, como prevé la Ley 4/2023 para las empresas de más de cincuenta personas.
- Si dona una parte de lo que gana a entidades LGTBI y a cuáles.
- Si mantiene ese compromiso en todos los países donde opera, también donde ser LGTBI es delito.
- Si da trabajo a personas trans y si sus baños, uniformes y formularios lo permiten.
- Si su apoyo dura todo el año o solo un mes.
Ninguna de esas preguntas es agresiva. Son las mismas que haríamos a cualquiera que dice querernos.
Una pista de baile con memoria
En «Qué pide una pista de baile en el Orgullo» escribí sobre las canciones que funcionan cuando la plaza está llena. Me sigue pareciendo importante bailar. El baile también es político: es ocupar un espacio que durante siglos nos estuvo prohibido.

Pero me gustaría que la pista de baile tuviera memoria. Que entre canción y canción alguien recordara a quienes no llegaron a verlo, a las personas que murieron de sida cuando nadie quería nombrarlo, a las mujeres trans que estuvieron en primera línea desde el principio, a los presos de la Ley de Peligrosidad. Que el confeti no tape la historia. Bastaría con un minuto de silencio a mitad de la noche, con los nombres de quienes abrieron camino proyectados en una pantalla, con un cartel que explique por qué estamos ahí. No hace falta renunciar a la fiesta para tener memoria; basta con no dejarla en casa.
Canciones vecinas
«Madrid to Benidorm» no es la única canción de mi catálogo que habla de orgullo. «Boys like us» dice que convertimos la oscuridad en orgullo, y es casi un retrato de la noche como refugio. «Kaaa-miga» nació, como dije al presentarla, desde el cariño y desde el orgullo de ser quienes somos.
Y hay otras que se ríen precisamente de las marcas: «El productor de Madonna no compra en Mercadona», con su marca blanca, o el humor de lo barato que ya conté en «El camp no es un chiste aunque te rías». El camp sabe que todo puede ser purpurina, pero también sabe distinguir la purpurina de la mentira.
For every heart that's been denied
Hay un verso de la canción que quiero rescatar al final: «For every heart that’s been denied», por cada corazón al que se le ha negado algo. Es el que más me importa. El Orgullo es para esas personas, las que todavía no pueden ir, las que lo ven por la tele con el volumen bajo para que no se entere nadie en casa, las que viven en países donde la bandera es motivo de cárcel.
Si eres una de ellas, quiero que sepas que el Orgullo también es tuyo aunque no salgas en ninguna foto. En España, la Línea Arcoíris de la FELGTBI+ atiende en el 91 360 46 05, COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita en el 91 523 00 70 y, si eres menor de edad, la Fundación ANAR está en el 900 20 20 10 y en el 116 111. Si alguna vez la soledad o el rechazo te llevan a pensar en morir o en hacerte daño, llama al 024: es gratuito, confidencial y no cierra nunca. En una emergencia, al 112. Fuera de España, al número de emergencias de tu país. Hablar del suicidio no lo provoca; callarlo, a veces, sí deja a la gente sola.
El arcoíris que no se alquila
Vuelvo a la pregunta del principio: ¿de quién es el arcoíris? Mi respuesta es que no es de nadie y es de todos los que lo necesitan. Se puede compartir, se puede prestar, se puede celebrar con quien quiera sumarse. Lo que no se puede es alquilar durante un mes y devolverlo con las franjas sucias.
Cuando escribí «Madrid to Benidorm» pensaba en una fiesta que recorre España de punta a punta. Sigo pensando en esa fiesta. Solo pido que, cuando bailemos bajo el arcoíris, sepamos quién lo cosió, quién lo pagó y quién se quedó fuera.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el pinkwashing? Es el uso de símbolos LGTBI, como el arcoíris, por parte de empresas o instituciones para mejorar su imagen sin un compromiso real con los derechos de las personas LGTBI, o mientras actúan en su contra. El término lo acuñó Breast Cancer Action para el lazo rosa del cáncer de mama y luego se extendió al ámbito LGTBI.
¿Por qué el Orgullo se celebra a finales de junio? Porque recuerda la revuelta del Stonewall Inn de Nueva York, que empezó en la madrugada del 28 de junio de 1969 tras una redada policial. En España, la primera manifestación fue en Barcelona en junio de 1977 y en Madrid al año siguiente.
¿Qué es el Orgullo Crítico? Es un movimiento que en Madrid organiza desde hace años una manifestación propia, normalmente el 28 de junio, para recuperar el carácter de protesta del Orgullo y criticar su mercantilización. El nombre se usa desde 2010, con antecedentes en un bloque alternativo de 2006.
¿De qué habla «Madrid to Benidorm»? De una celebración del Orgullo que recorre España, de bailar bajo el arcoíris de Madrid a Benidorm y de ir de la mano sin miedo. Es una canción en inglés del tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación».
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.