
Por Mike Sain't Louis ·
Que te molesta que tus hijos vean un beso: diversidad LGTBI en la escuela y el pin parental
«Que te molesta que tus hijos vean un beso / Y les tapas los ojos como un buen dictador»
Son dos versos de «Tan cateto», una canción de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. (Si quieres leerla entera, la letra está aquí.) La canción va de una pareja de dos hombres que pasea de la mano y de alguien que los mira con cara de juez. El narrador no se calla: le pregunta, con toda la retranca castiza, cómo puede ser tan cateto.
La canción tiene una hermana gemela, «Tan paleto», y sobre esa escena del beso ya escribí en «Les tapas los ojos como un buen dictador». Allí me fijé en el gesto de tapar los ojos. Hoy quiero ir un paso más allá, porque ese gesto tiene una versión institucional. Hay adultos que no se conforman con taparles los ojos a sus hijos en la calle: quieren tapárselos también en el colegio.
De eso va este texto. De la educación afectivo-sexual, de la diversidad de familias en las aulas, del llamado pin parental y de lo que dicen las leyes. Y de por qué, para una niña o un niño LGTBI, ver un beso como el suyo en un libro de texto puede ser lo más parecido a respirar.
El gesto de tapar los ojos
Tapar los ojos de un niño es un gesto antiguo. Lo hacemos ante la sangre en una película, ante un accidente, ante algo que creemos que le va a hacer daño. Por eso el verso funciona: el personaje trata un beso entre dos hombres como si fuera un atropello.
Lo que me interesa es la pregunta que esconde ese gesto: ¿de qué se está protegiendo exactamente al niño? Un beso entre dos personas que se quieren no hace daño a nadie. Lo que sí hace daño es aprender, desde pequeño, que hay amores que se miran y amores de los que hay que apartar la vista. Porque algunos de esos niños a los que les tapan los ojos crecerán y descubrirán que el amor del que les apartaban la mirada es el suyo.
Lo que se aprende sin que nadie lo enseñe
Se suele decir que la escuela «no debe meterse» en estos temas, como si pudiera no meterse. La realidad es que la escuela siempre enseña algo sobre la sexualidad y la familia, aunque no tenga una sola clase dedicada a ello. Lo enseña con los ejemplos de los problemas de matemáticas, con las familias de los libros de lectura, con las fiestas del Día del Padre y de la Madre, con lo que el profesorado corta o deja pasar en el patio.
Si en todos esos ejemplos solo aparecen un papá y una mamá, la lección está dada, aunque nadie la haya enunciado: lo normal es eso, lo demás es raro. Y cuando un compañero suelta «maricón» en el pasillo y nadie dice nada, también hay lección. De niño sufrí acoso escolar, y lo conté en «La bomba de relojería».
Familias de verdad en clase
En España, el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal desde 2005, con la Ley 13/2005, que permitió también la adopción conjunta. Eso quiere decir que hay chavales que ya han terminado el bachillerato habiendo crecido con dos madres o dos padres legalmente casados. Están en las aulas, junto con niños de familias monoparentales, reconstituidas, adoptivas, de acogida, con abuelos que crían o con tías que hacen de madre.
Hablar de la diversidad familiar en clase no es hacer propaganda de nada. Es describir la realidad del grupo que tienes delante. Cuando una maestra dice «hay familias con un papá y una mamá, con dos mamás, con dos papás, con una sola persona», está diciéndole a cada niño de la clase que su casa también cuenta. Ya escribí sobre la familia en mis letras en «Familia de sangre», y es curioso cómo lo que en una canción da para un chiste, en un aula da para que un crío deje de esconder un dibujo.
Qué es la educación afectivo-sexual
Cuando oyes «educación sexual» en la escuela, quizá imaginas una charla incómoda con un plátano y un preservativo. La educación afectivo-sexual es bastante más amplia. Según las orientaciones técnicas internacionales de la UNESCO, revisadas en 2018, incluye cosas como conocer el propio cuerpo, entender el consentimiento, aprender a identificar el abuso, manejar las emociones en las relaciones, respetar la diversidad y saber dónde pedir ayuda. Y se adapta a cada edad: a los seis años no se habla de lo mismo que a los dieciséis.

A los seis años, por ejemplo, se trata de saber que nadie puede tocarte si no quieres, que hay partes del cuerpo que son privadas y que si alguien te hace sentir mal puedes contárselo a un adulto de confianza. Estoy convencido de que esa lección, la de que tu cuerpo es tuyo y que se puede hablar, protege a los niños. Lo que los deja indefensos es el silencio.
Lo que dice la LOMLOE
En España, la ley educativa vigente es la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, que modificó la Ley Orgánica de Educación de 2006 y que se conoce como LOMLOE. Entre los principios del sistema educativo, incluye la no discriminación por orientación sexual o identidad sexual, el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar, y la educación afectivo-sexual adaptada al nivel madurativo del alumnado.
En la práctica, en primaria y secundaria esos contenidos no son una asignatura propia, sino que se trabajan de forma transversal: aparecen en distintas materias, en tutorías y en actividades del centro. Eso tiene una ventaja, porque normaliza, y un riesgo, porque depende mucho de cada centro y de cada docente.
Lo que añadió la Ley 4/2023
La Ley 4/2023, conocida como ley trans y LGTBI, dedica una sección entera a la educación. Su artículo 20 pide que el currículo incluya el conocimiento y respeto de la diversidad sexual, de género y familiar. El artículo 21 obliga a las administraciones educativas a promover protocolos de prevención del acoso que tengan en cuenta la LGTBIfobia, y planes de coeducación y diversidad. El 22 se ocupa de la formación del profesorado, para que sepa detectar el acoso y el maltrato por estos motivos.
Y el artículo 23, que es el que más me gusta, dice que las administraciones fomentarán la presencia de «referentes positivos LGTBI» en los materiales escolares, «de manera natural, respetuosa y transversal», en todos los niveles y de acuerdo con las materias y edades. Es decir: que en el libro de historia salgan personas LGTBI que hicieron cosas, que en el de literatura se lea a autoras y autores LGTBI sabiendo que lo eran, y que en los problemas de mates puedan aparecer dos madres comprando naranjas sin que eso sea la noticia.
El artículo 24 añade programas de información para alumnado, familias y personal de los centros, con especial atención a las personas trans e intersexuales, y anima a hacerlos junto con las organizaciones LGTBI.
El pin parental
Y aquí llega la versión institucional del gesto de tapar los ojos. En el curso 2019-2020, la Consejería de Educación de la Región de Murcia dictó en agosto unas instrucciones que obligaban a los centros a pedir la autorización expresa de las familias para que el alumnado asistiera a charlas y actividades complementarias impartidas por personas ajenas al centro en horario lectivo. Sus defensores lo llamaron pin parental. Sus críticos, veto parental.
La medida se presentó como una defensa de la libertad de las familias, pero todo el mundo sabía de qué charlas se hablaba sobre todo: las de diversidad sexual, igualdad y prevención de la violencia. El Ministerio de Educación lo recurrió ante el Tribunal Superior de Justicia de Murcia el 18 de febrero de 2020.
Lo que dijo el tribunal
El 12 de marzo de 2020, el Tribunal Superior de Justicia de Murcia suspendió de forma cautelar la parte de las instrucciones que establecía el veto. Lo hizo sin pronunciarse sobre el fondo, pero con argumentos interesantes. Dijo que la suspensión no privaba a madres y padres de su derecho a intervenir en la educación de sus hijos, porque ya existen mecanismos para expresar su disconformidad, y que eso «es algo distinto de la autorización para cada actividad». Y advirtió que mantener el veto podía perjudicar al alumnado que dejara de asistir a actividades que son evaluables, y por tanto su derecho a la educación.

Hubo un voto particular de uno de los magistrados, que habría denegado la suspensión. Y en julio de 2020, terminado el curso para el que estaban dictadas las instrucciones, el tribunal archivó el recurso sin llegar a dictar sentencia sobre el fondo. Lo cuento con precisión porque se ha dicho de todo: no hubo una sentencia que declarase ilegal el pin parental, pero sí un auto que lo suspendió mientras duró el pleito.
Cuando el silencio también enseña
Hay una idea que conviene desmontar: que si la escuela no habla de diversidad, no pasa nada. Sí pasa. El hueco lo llenan otros. Lo llena el chiste del compañero, el vídeo que circula por el grupo de clase, el comentario del tío en la comida de Navidad, el insulto que se repite en el patio sin que nadie lo corte. Un niño que no ha oído nunca en clase que ser gay es normal ha oído, casi seguro, que ser gay es motivo de burla.
Ese silencio pesa más en algunos chavales que en otros. Pesa en el niño de pueblo que no conoce a nadie como él, y de eso escribí en «El qué dirán». Pesa en la chica racializada que recibe dos insultos a la vez, un cruce que traté en «Doble mirada». Y hoy pesa también en la pantalla: el acoso ya no termina al sonar el timbre, sigue en el móvil por la noche, algo que traté en «Treinta insultos al despertar».
Por eso la educación en diversidad no es un añadido ideológico. Es, entre otras cosas, una herramienta contra el acoso. Cuando el profesorado nombra las cosas con normalidad, el insulto pierde parte de su fuerza, porque deja de ser lo único que se dice sobre el tema. Y el alumnado que lo sufre aprende que tiene a quién contárselo.
Tampoco es verdad que hablar de orientación sexual «convierta» a nadie, igual que hablar de la zurdera no hace zurdo a ningún niño. Esa idea es la misma que sostiene las terapias de conversión, que la Ley 4/2023 prohíbe y de las que escribí en «No hay pastilla que cure lo que no es enfermedad». La orientación no se contagia en un aula. Lo que sí se aprende en un aula es a respetar o a despreciar.
Los derechos de quién
El debate del pin parental se suele plantear como un choque entre el derecho de las familias a educar a sus hijos según sus convicciones y el derecho del Estado a enseñar. Pero en esa ecuación falta alguien: el propio niño o la propia niña.
Un crío de doce años tiene derecho a recibir información que le proteja del abuso, a saber que existen familias como la suya, y a descubrir, si es su caso, que lo que siente tiene nombre y no es una enfermedad. Si su familia decide que no debe oír nada de eso, ¿quién protege su derecho a saberlo? Para muchos chavales LGTBI, el colegio es el único lugar donde pueden escuchar que no les pasa nada malo. Si se lo quitamos, les quitamos a veces el único espejo que tenían.
No voy a aceptar consejos de ningún espectador
Hay un verso en «Tan cateto» que me gusta mucho para esto: «No voy a aceptar consejos de ningún espectador». El narrador habla de alguien que mira desde fuera y opina sobre una vida que no es suya. Me parece una buena descripción de muchas campañas contra la educación en diversidad: personas que nunca han pisado esas clases, que no han leído los materiales y que opinan sobre ellos con una seguridad asombrosa.

Las charlas de diversidad que se dan en los institutos suelen ser bastante menos escandalosas de lo que dicen sus enemigos. Hablan de respeto, de qué significan ciertas palabras, de qué hacer si ves acoso, de que nadie tiene que esconderse. Si alguien tiene dudas, lo más sencillo es preguntar al centro qué se va a contar y pedir ver los materiales. Ese derecho a la información ya existe y nadie lo discute.
Lo que pasa en otros sitios
España no es el único lugar donde se ha dado esta batalla. En el Reino Unido, la llamada Sección 28, aprobada en 1988, prohibió a las autoridades locales «promover» la homosexualidad, y muchos docentes entendieron que no podían ni mencionarla. No se derogó en Escocia hasta el año 2000, y en el resto del país hasta 2003. Toda una generación de alumnos LGTBI británicos creció con profesores que no se atrevían a decirles que no pasaba nada.
En Estados Unidos, Florida aprobó en 2022 una ley de derechos parentales en la educación, apodada por sus críticos «Don't Say Gay», que restringe hablar de orientación sexual e identidad de género en los primeros cursos. Y en Hungría, en 2021, se aprobó una ley que limita los contenidos sobre homosexualidad dirigidos a menores. En todos los casos el argumento es el mismo: proteger a los niños. Y en todos los casos los niños LGTBI se quedan sin protección.
Lo que muestran los datos
Hay evidencia de que el entorno escolar cuenta. En la encuesta de 2024 de The Trevor Project, una organización estadounidense de prevención del suicidio en jóvenes LGTBIQ+, con más de 18.000 participantes de 13 a 24 años, el 78 % de quienes iban a clase decía tener al menos un adulto en el centro que apoyaba su identidad. El mismo informe recoge que los jóvenes con acceso a espacios que los afirman tienen tasas más bajas de intentos de suicidio que quienes no los tienen.
No hace falta irse a Estados Unidos para entenderlo. Basta con acordarse del colegio. Un solo profesor que te mira bien, que te defiende cuando toca, que dice una frase en clase que te hace sentir que existes, puede cambiarte el curso entero. A veces, la vida.
Los referentes importan
Durante décadas, los referentes LGTBI que ofrecían la tele y el cine españoles fueron casi siempre chistes: el amanerado del que todo el mundo se reía, la loca del sainete. Escribí sobre los referentes del pop español en «Visibilidad queer en el pop español», y sobre las pruebas de hombría del colegio en «El examen del lunes». Lo que no había en ningún sitio era un hombre gay normal, con trabajo, con pareja, con una vida que no fuera el final de un chiste.
Por eso me parece tan importante lo que pide el artículo 23 de la ley. No se trata de dar una clase sobre ser gay. Se trata de que, cuando se estudia a Lorca, se diga que era gay; de que cuando se estudia a Alan Turing, se cuente por qué lo condenaron; de que en los ejemplos aparezcan familias de todo tipo. Lo natural, lo transversal, lo que no necesita trompetas.
Las familias LGTBI también miran
Hay otra parte de la historia que se cuenta poco: las madres y padres LGTBI que tienen hijos en esos colegios. Cuando una circular del centro habla de «papá y mamá», cuando una ficha escolar tiene solo esas dos casillas, cuando en una tutoría alguien da por hecho que hay una madre en casa, esas familias reciben un mensaje claro. Y sus hijos también.

La solución es tan barata como sencilla: escribir «familias» en lugar de «padres», poner en las fichas «progenitor 1» y «progenitor 2» o «persona de contacto», celebrar el día de la familia en lugar de dos días separados si el centro lo prefiere. Nadie pierde nada con eso. Y algunos niños ganan mucho.
Lo que pueden hacer las familias
Si eres madre o padre y te preocupa lo que se enseña en el colegio de tus hijos, te propongo esto: pregunta, lee los materiales, habla con la tutora. Si eres madre o padre y te preocupa que en el colegio de tus hijos no se hable de diversidad, también puedes preguntar, y pedir que se cumplan los artículos de la ley que lo piden.
Y si tienes hijos pequeños, la próxima vez que veáis por la calle a dos hombres o dos mujeres de la mano, no les tapes los ojos. Si te preguntan, contesta con la verdad: se quieren. Es la explicación más sencilla del mundo, y los niños la entienden enseguida. Los que tardamos en entenderla somos los adultos.
Lo que puede hacer el profesorado
Al profesorado le toca la parte más difícil, porque está entre la ley, las familias, la dirección y treinta criaturas que lo ven todo. Unas pocas ideas que repiten las guías y los colectivos de docentes: cortar siempre el insulto en el pasillo, aunque sea con una frase; usar ejemplos de familias diversas sin anunciarlo; conocer el protocolo contra el acoso del centro y aplicarlo; y saber a dónde derivar a un alumno que está mal.
No hace falta ser un experto para nada de eso. Hace falta no mirar hacia otro lado. Y si alguna vez un alumno te cuenta que es gay, lesbiana, bi o trans, recuerda que te ha elegido a ti. Escúchale.
Dónde pedir ayuda
Si eres estudiante y sufres acoso por ser LGTBI, o por cualquier otra razón, o si eres familia o docente y no sabes cómo actuar, estos recursos te pueden orientar. He comprobado sus datos en sus webs:
- El teléfono de la Fundación ANAR para menores de edad: 900 20 20 10, gratuito y a cualquier hora.
- La Línea Arcoíris de la FELGTBI+, pensada para jóvenes, familias y víctimas de delitos de odio: 913 604 605 o WhatsApp al 676 78 58 30.
- Si vives en Madrid, COGAM tiene información y grupos en el 91 523 00 70.
- Para familias de infancias trans, Chrysallis responde en contacto@chrysallis.org.
El acoso y el rechazo pueden doler mucho. Si alguna vez sientes que no puedes más o se te pasa por la cabeza quitarte la vida, en España puedes llamar al 024, gratis y confidencial, de día y de noche. Si hay un peligro inmediato, el 112. Quien esté fuera de España puede acudir a la línea de crisis o al número de emergencias de su país. Hablar sirve, y lo explico en «Hablemos del suicidio sin tabú»; en mi serie sobre salud mental hay más recursos.
No le voy a dar más explicaciones
El estribillo de la canción tiene una frase que se queda pegada: «No le voy a dar más explicaciones». El narrador se planta. No va a justificar su amor ante quien le juzga.
Me gusta esa firmeza, pero en la escuela pido justo lo contrario: explicaciones. Que se explique a los niños que hay muchas formas de familia, que el amor no tiene un solo modelo y que nadie merece un insulto por quien es. Que se les explique pronto, con calma y con la edad de cada uno en cuenta. Porque si la escuela da esas explicaciones a tiempo, quizá dentro de veinte años nadie tendrá que escribir una canción para preguntarle a un señor en la calle cómo puede ser tan cateto.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el pin parental? Es el nombre que se dio a unas instrucciones de la Consejería de Educación de Murcia para el curso 2019-2020 que obligaban a pedir autorización expresa a las familias para que el alumnado asistiera a charlas y actividades complementarias impartidas por personas ajenas al centro. Sus críticos lo llamaron veto parental.
¿Es legal el pin parental? No hubo una sentencia sobre el fondo. El Tribunal Superior de Justicia de Murcia suspendió cautelarmente el veto el 12 de marzo de 2020, y en julio de ese año archivó el recurso del Ministerio porque el curso había terminado.
¿Qué dice la LOMLOE sobre educación afectivo-sexual? La Ley Orgánica 3/2020 incluye entre los principios del sistema educativo la no discriminación por orientación o identidad sexual, el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar, y la educación afectivo-sexual adaptada al nivel madurativo del alumnado.
¿Qué pide la Ley 4/2023 a los colegios? Que el currículo incluya el respeto a la diversidad sexual, de género y familiar, protocolos contra el acoso por LGTBIfobia, formación del profesorado y referentes positivos LGTBI en los materiales escolares, de forma natural y adaptada a cada edad.
¿De qué habla «Tan cateto»? De una pareja de dos hombres que pasea de la mano y de la persona que los juzga, les señala y les tapa los ojos a sus hijos ante un beso. El narrador le responde con humor y sin pedir permiso. Es una canción de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. Las voces y la música de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.