
Por Mike Sain't Louis ·
Treinta insultos al despertar: odio en redes y ciberacoso LGTBIfóbico
«Me he despertado entre treinta insultos y reproches.»
Es uno de los versos de «Forocoches», una canción de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. (Si quieres leerla de arriba abajo, la tienes aquí, completa.) No es una canción sobre internet. Es una canción de ruptura, de una noche sin dormir, de fotos que se miran una y otra vez. Pero en mitad de esa noche aparece una frase que me sigue pareciendo la mejor descripción que he escrito del ruido digital: «Ya no distingo si es mi vida o forocoches.»
El título toma el nombre de un foro español muy conocido, pero no habla de ese foro ni de sus usuarios. Lo uso como imagen: el momento en que tu vida se parece a un hilo interminable de comentarios, donde todo el mundo opina, nadie escucha y cada mañana hay que leer lo que han dicho de ti. Desde esa imagen quiero hablar de algo muy serio: el odio en redes contra las personas LGTBI, el ciberacoso, lo que dice la ley y lo que podemos hacer cuando el móvil se convierte en una ventana por la que entra la basura.
El móvil en la mesilla
En la canción el móvil está siempre cerca. El narrador mira un perfil a deshoras: «Mirando tu instagram hoy vuelve la locura.» Manda mensajes que no debería mandar. Se despierta y lo primero que ve son reproches. Cualquiera que tenga un teléfono reconoce esa escena.
Durante siglos, los insultos se quedaban en la calle, en el patio o en el bar. Cuando llegabas a casa, cerrabas la puerta. Hoy la puerta no se cierra. El insulto viaja contigo en el bolsillo, se mete en la cama, te espera al despertar. Para una persona LGTBI que ya ha recibido insultos fuera, la pantalla puede convertirse en un sitio más donde no estar a salvo.
Lo que dicen los datos
El Ministerio del Interior publica cada año un informe sobre la evolución de los delitos de odio en España. En el de 2023 se recogían 223 hechos conocidos de odio cometidos a través de internet y redes sociales, un 32 % más que el año anterior. De ellos, 58 correspondían al ámbito de la orientación sexual y la identidad de género, frente a 43 en 2022: un aumento del 35 %. Junto con la ideología, era uno de los ámbitos con más casos en el entorno digital.
El mismo informe señalaba que internet era el medio más empleado para cometer delitos e incidentes de odio, con un 39,01 % del total, seguido de la telefonía y las comunicaciones, con un 26,91 %, y de las redes sociales, con un 25,11 %.
Hay que leer esas cifras con cuidado. Son hechos que llegaron a conocimiento de las fuerzas de seguridad. La inmensa mayoría de los insultos en redes nunca se denuncian. La gente los borra, bloquea, apaga el móvil y sigue. Por eso los números oficiales son la punta de un iceberg que todos intuimos mucho más grande.
El algoritmo que premia el enfado
Hay una pregunta que me hago a menudo: ¿por qué parece que en redes hay tanto odio, si en la vida diaria la mayoría de la gente que conozco es razonable? Parte de la respuesta está en cómo funcionan las plataformas. Los contenidos que provocan reacciones fuertes, sobre todo enfado, suelen recibir más comentarios, más respuestas y más tiempo de atención. Y lo que más atención recibe, más se enseña.
No hace falta ser experto para notarlo. Una noticia sobre una pareja de dos hombres que adopta un niño puede tener miles de comentarios crueles en una red y apenas ninguno en la vida real de esa pareja, en su barrio, en el colegio del niño. El enfado se concentra donde se premia.
Eso no excusa a nadie. Quien escribe un insulto es responsable de lo que escribe. Pero entender el mecanismo ayuda a no tomarse cada comentario como un retrato fiel de la sociedad. La pantalla deforma. Amplía a unos y apaga a otros.
Un insulto no siempre es delito
Conviene decirlo claro para no generar falsas expectativas: no todo comentario ofensivo es un delito. La libertad de expresión protege también opiniones que nos molestan. Que alguien diga que no le gusta una canción, que la critique o que se burle de ella no es odio. Es parte de publicar cosas.

La línea se cruza cuando el ataque va contra lo que eres. Cuando el mensaje humilla por ser gay, lesbiana, bi o trans, cuando incita a la violencia o a la discriminación contra el colectivo, cuando amenaza, cuando se convierte en una campaña repetida contra una persona. Ahí entran el Código Penal, con su artículo 510 sobre la incitación al odio, y las agravantes por motivos discriminatorios del artículo 22.4. El propio artículo 510 prevé penas más altas cuando los hechos se cometen a través de internet, redes sociales o medios de comunicación, porque el alcance es mucho mayor.
Además, la Ley 15/2022, integral para la igualdad de trato y la no discriminación, y la Ley 4/2023 reconocen el acoso discriminatorio por orientación sexual o identidad de género, también en el ámbito digital.
Las palabras con las que nos insultan
Mis canciones están llenas de palabras gruesas. Yo mismo uso «marica» con orgullo en algunos títulos. Por eso sé que la misma palabra puede ser un abrazo o una piedra según quién la diga y para qué. En boca de la comunidad, es una forma de recuperar lo que nos quitaron. En un comentario anónimo debajo de la foto de dos chicas besándose, es otra cosa.
La diferencia no está en el diccionario, está en la intención y en la repetición. Una persona que lee la misma palabra cien veces en una semana, en mensajes distintos, de cuentas distintas, no está recibiendo cien opiniones. Está recibiendo un mensaje: aquí no eres bienvenida. Y ese mensaje cala.
Treinta notificaciones
Me fijo en el número de la canción: treinta. No son uno ni dos. Son treinta. Es una cifra que no se puede contestar una a una. Eso es lo que tienen los ataques en redes: llegan en enjambre. Basta que un perfil con muchos seguidores comparta algo tuyo con un comentario despectivo para que, en una hora, tengas cientos de respuestas de gente que no te conoce.
Esa dinámica tiene nombre en inglés, dogpiling, amontonarse sobre alguien. Y es especialmente dañina para personas jóvenes, que todavía están construyendo su identidad y que a veces ni siquiera han salido del armario en su casa. Un ataque así puede sacarlas del armario a la fuerza, puede llegar a su familia, a su instituto, a su trabajo.
No distinguir la vida del foro
«Ya no distingo si es mi vida o forocoches.» Vuelvo a este verso porque describe algo que no sale en las estadísticas: el efecto que tiene vivir con el ruido dentro. No hace falta que te insulten a ti directamente. Basta con leer cada día comentarios despectivos sobre personas como tú, en noticias, en vídeos, en hilos, para que la cabeza empiece a creer que eso es lo normal, lo que piensa la mayoría.
No lo es. Las redes amplifican a los que más gritan, no a los que más son. Pero cuesta acordarse de eso a las dos de la mañana con el móvil en la mano. Por eso me parece tan importante cuidar lo que leemos, poner límites, silenciar palabras, salir de ciertos hilos. No es cobardía. Es higiene.
Lo que aprendí de los comentarios
Ya escribí sobre mi relación con las críticas en «Lo que aprendí de los comentarios negativos». Ahí distinguía entre el que no ha escuchado nada, el que no soporta lo que soy y el que tiene razón. Esa clasificación me sigue sirviendo.

Hay canciones mías que nacieron precisamente como respuesta. «Tus letras son basura» está dedicada a quienes alguna vez recibieron ese comentario y siguieron creando igual. «El segundo exacto» se ríe de los que dicen que hacer canciones con inteligencia artificial es darle a un botón. Y «Gatekeeping» va contra los que levantan una valla alrededor de la cultura y deciden quién puede entrar. Pero una cosa es la crítica a lo que haces y otra el odio a lo que eres. A la primera se puede contestar con canciones. Al segundo, a veces, hay que contestarle con una denuncia.
Sacar a alguien del armario no es una opinión
Hay una forma de violencia digital que afecta de lleno a las personas LGTBI y de la que se habla poco: el outing, sacar a alguien del armario sin su permiso. Publicar una foto, un chat, un perfil en una aplicación de citas, con la intención de que lo vea su familia, su empresa o su pueblo. A veces lo hace un desconocido. Muchas veces lo hace alguien cercano, un ex, un antiguo amigo, alguien que sabe exactamente dónde hace daño.
Nadie tiene derecho a decidir por otra persona cuándo, cómo y a quién cuenta su orientación sexual o su identidad de género. Difundir esa información sin consentimiento puede vulnerar la intimidad y, según el caso, constituir delito, sobre todo si se acompaña de imágenes íntimas o de amenazas. Y aunque no llegue a los tribunales, el daño es enorme: hay gente que pierde la relación con su familia o el trabajo por una captura de pantalla.
Si alguien te amenaza con sacarte del armario, guarda las pruebas, no cedas a chantajes y busca ayuda. Si sabes algo de otra persona, la regla es muy sencilla: no es tuyo para contarlo.
Cuando el ataque viene de alguien que te conoce
«Forocoches» habla de una ruptura, y no es casualidad que el insulto llegue en ese contexto. Cuando una relación termina mal, el móvil se convierte a menudo en el campo de batalla. Mensajes a deshoras, reproches, indirectas en los estados, cuentas falsas para seguir vigilando. En la canción el narrador también manda mensajes de los que se arrepiente: «No evité coger el móvil y enviar esos mensajes.» Me parece honesto que la letra no presente a nadie como inocente del todo.
Pero hay un punto en el que la discusión se convierte en acoso. Cuando una de las partes ha pedido que se acabe el contacto y la otra sigue. Cuando se usan cuentas nuevas para saltarse un bloqueo. Cuando se escribe a amigos, a familiares o a compañeros de trabajo para desprestigiar. Eso tiene un nombre, y en España el acoso reiterado que altera gravemente la vida de una persona está castigado en el Código Penal.
En las parejas LGTBI, además, el que ataca a veces juega con el miedo al outing o con la soledad del otro, sabiendo que tiene menos red de apoyo. Si te reconoces en esa situación, no estás exagerando. Puedes pedir ayuda a las entidades que aparecen más abajo.
Guarda las pruebas
Si estás recibiendo mensajes de odio o acoso, lo primero es protegerte. Lo segundo, si quieres denunciar, es guardar pruebas antes de bloquear o borrar. Algunas pautas sencillas:

- Haz capturas de pantalla en las que se vea el mensaje, el nombre de la cuenta, la fecha y, si es posible, la dirección de la página.
- Copia los enlaces a las publicaciones y a los perfiles.
- No respondas ni entres en discusión; eso suele alimentar el ataque.
- Usa las herramientas de la plataforma para denunciar el contenido y bloquear o silenciar las cuentas.
- Si las amenazas son graves o incluyen datos personales, como tu dirección, acude a la policía cuanto antes.
En la Unión Europea, el Reglamento de Servicios Digitales obliga a las plataformas a ofrecer mecanismos para notificar contenidos ilegales y a responder a esas notificaciones. No siempre lo hacen bien ni rápido, pero tienes derecho a usarlos.
Dónde denunciar
Puedes presentar denuncia ante la Policía Nacional, la Guardia Civil o la policía autonómica correspondiente, en persona o empezando por internet. En cada provincia hay fiscales especializados en delitos de odio y discriminación, a los que también se puede acudir. Organizaciones como la FELGTBI+ o COGAM pueden orientarte y acompañarte en el proceso.
Si no sabes por dónde empezar, el 017 del INCIBE, el Instituto Nacional de Ciberseguridad, es una línea de ayuda gratuita y confidencial que asesora en problemas de seguridad digital, también en casos de ciberacoso. Atiende de 8:00 a 23:00 todos los días del año, también por WhatsApp en el 900 116 117 y por Telegram como @INCIBE017. No es un canal de denuncia, pero te explican qué pasos dar y adónde acudir.
Si eres menor
Para los adolescentes LGTBI, el acoso en redes suele ser la continuación del acoso en el instituto. Los mismos que insultan en el pasillo siguen por la noche en un grupo de mensajería o en una cuenta anónima. Si tienes menos de dieciocho años y estás pasando por esto, no tienes que aguantarlo solo.
La Fundación ANAR atiende a niños, niñas y adolescentes en el 900 20 20 10 y en el 116 111, de forma gratuita y confidencial. El 017 también tiene un servicio específico para menores y para sus familias y docentes. Y el centro educativo tiene la obligación de actuar cuando sabe que hay acoso entre su alumnado, también si empezó fuera del horario de clase.
Si eres madre, padre o docente y sospechas que un chaval lo está pasando mal en redes, fíjate en las señales: cambios bruscos de humor después de mirar el móvil, miedo a ir a clase, aislamiento, que borre de golpe sus cuentas. No hace falta que te cuente que es LGTBI para que puedas ayudarle. Basta con que sepa que en casa o en el aula no se van a reír de nada de lo que diga. Pregunta sin interrogar, escucha sin juzgar y, si el acoso existe, no le quites el móvil como castigo: eso le deja más solo y le enseña que contarlo tiene consecuencias. Mejor guardar juntos las pruebas, hablar con el centro y, si hace falta, denunciar. Muchas personas LGTBI adultas recuerdan que lo que más les dolió en la adolescencia no fue el insulto, sino que nadie a su alrededor lo viera.
Cuidarse sin desaparecer
Hay un consejo que se da mucho y que no me gusta del todo: «Si te insultan, cierra las redes.» A veces es lo mejor, y nadie debería sentirse culpable por desconectar. Pero el objetivo del odio es precisamente ese: que nos callemos, que nos vayamos, que dejemos el espacio a los que gritan.

Por eso prefiero hablar de cuidarse sin desaparecer. Poner la cuenta en privado una temporada. Filtrar comentarios con ciertas palabras. Pedir a una amiga que revise las menciones por ti unos días. Limitar el tiempo de pantalla por la noche. Volver cuando te apetezca. La presencia de personas LGTBI en redes, contando su vida con normalidad, es una de las mejores vacunas contra el odio. Pero ninguna vacuna se pone a costa de la salud de quien la lleva.
La noche de la canción
«Forocoches» es una canción de una noche muy mala, y no quiero suavizarla. El narrador está sin fuerzas, ha perdido el norte, mira fotos, imagina lo que pudo ser. En la letra aparece una psicóloga que le recomienda hacer deporte. Ese detalle me gusta porque coloca, en mitad del caos, a alguien que ayuda.
Esa figura es la que quiero dejar aquí. Cuando el ruido de fuera te desborda, hablar con un profesional no es exagerar. Es lo sensato. En otra canción mía, «La música me está salvando», el título ya lo dice todo: escribir y producir me ayuda a seguir. Pero una canción no sustituye a una consulta, y no hay que elegir entre las dos.
Dónde pedir ayuda
Si el acoso en redes te está afectando, en España puedes llamar a la Línea Arcoíris de la FELGTBI+, en el 91 360 46 05. COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita en el 91 523 00 70 y por WhatsApp en el 602 25 22 43. En Madrid, el Programa de Información y Atención LGTBI de la Comunidad está en el 91 701 07 88, y el servicio municipal de atención a víctimas de LGTBIfobia, en el 604 953 169.
Y si los comentarios, la soledad o el agotamiento te llevan en algún momento a pensar en quitarte la vida o en hacerte daño, llama al 024. Es la línea de atención a la conducta suicida: gratis, confidencial y abierta de día y de noche, todos los días. Si hay un peligro inmediato, el 112. Fuera de España, el número de emergencias del país donde estés. El suicidio no es un tema prohibido, y nombrarlo es el primer paso para que nadie se quede solo con ese pensamiento. Si quieres unas palabras para empezar, te dejé una carta.
Responder con más vida
El odio en redes se alimenta de atención. Cada respuesta enfadada le da más visibilidad. Por eso, a veces, la mejor forma de contestar no es contestar al que insulta, sino apoyar al que recibe el insulto. Un mensaje privado de cariño, un comentario amable debajo de la foto atacada, una denuncia colectiva del contenido, compartir lo que hace esa persona en vez de lo que dicen de ella.
Si cada vez que alguien recibe treinta insultos al despertar recibe también treinta mensajes de apoyo, la cuenta cambia. No desaparece el odio, pero deja de ser lo único que se oye.
Lo que no cabe en un foro
Termino con lo que la canción no dice pero deja entrever. La vida no es un foro. No se resume en hilos, ni en votos positivos, ni en lo que diga de ti alguien que no te conoce. La vida es la gente que te abraza, las canciones que te acompañan, las mañanas en que te levantas sin mirar el móvil.
Ojalá cada vez sean más esas mañanas. Ojalá distingamos siempre, aunque cueste, cuál es nuestra vida y cuál es el ruido.
Preguntas frecuentes
¿Es delito insultar a alguien en redes por ser LGTBI? Depende de la gravedad. La crítica o la burla no siempre lo son, pero los mensajes que incitan al odio, la violencia o la discriminación contra las personas LGTBI pueden ser delito según el artículo 510 del Código Penal, con penas más altas si se cometen por internet. Las amenazas y el acoso también pueden denunciarse.
¿Cuántos delitos de odio LGTBIfóbicos se cometen en internet? Según el informe del Ministerio del Interior sobre 2023, se conocieron 58 hechos de odio por orientación sexual e identidad de género cometidos a través de internet y redes sociales, un 35 % más que en 2022. La mayoría de casos no se denuncian.
¿Qué es el 017? Es la línea de ayuda en ciberseguridad del INCIBE, gratuita y confidencial, que asesora sobre ciberacoso y otros problemas digitales de 8:00 a 23:00 todos los días. También atiende por WhatsApp en el 900 116 117. No es un canal de denuncia, pero orienta sobre cómo hacerla.
¿De qué habla «Forocoches»? De una noche sin dormir después de una ruptura: el móvil, las fotos, los mensajes que no se deberían mandar y la sensación de despertarse entre insultos sin distinguir la vida real del ruido de un foro. Es una canción del tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación».
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.