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Familia de sangre: suegras soñadas, madres ajenas y hermanos en mis letras

«De mi última suegra mejor ni hablo.»

Y luego hablo. Claro que hablo. Una canción entera, con su jardín, su comida al aire libre y una suegra elegida a dedo entre todas las suegras posibles de España. Así empieza casi todo lo que tiene que ver con la familia en mis letras: diciendo que no voy a entrar en el tema y entrando hasta la cocina.

Antes de seguir, una cosa clara. Aquí no voy a contar mi familia. Eso es mío y se queda en casa, con la puerta cerrada y el felpudo bien puesto. Lo que sí voy a hacer es abrir la otra, la de papel: la que vive dentro de las canciones de Planeta Gayfolk. Esa sí tiene árbol genealógico propio. Tiene suegras, madres de exnovios, hermanos que no arreglan nada, padres que salen como testigos de un juramento falso y una tía con un nombre que no repetiría delante de un notario. Es una familia inventada, con personajes inventados, y por eso puedo hablar de ella sin pedir permiso a nadie.

Me puse a repasar el catálogo buscando madres. Pensaba encontrar tres o cuatro. Salieron por todas partes. En un catálogo de 273 singles, la familia aparece donde menos te lo esperas: en mitad de un entierro, en un estado de WhatsApp, al final de una ruptura, en la puerta de un concierto. Y casi nunca aparece para dar cariño. Aparece para tomar partido.

Obviamente es su hijo

La suegra es el personaje familiar que más se repite en mis letras. No la madre, no el padre: la suegra. Y tiene sentido. La suegra es la familia que te llega de rebote, con el paquete del novio, sin manual de instrucciones y con una opinión ya formada sobre ti antes de que llegues al segundo plato.

En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» lo resolví en dos versos que todavía me hacen gracia: «obviamente es su hijo, / tiene que estar del otro bando». Ahí está todo el drama de la suegra real, la que te toca. No es mala persona, necesariamente. Es que es su hijo. En una ruptura, la suegra no es jueza: es abogada defensora de la otra parte, y además cobra en croquetas.

Lo que me interesaba de esa línea no era quejarme de la suegra. Era el «obviamente». Esa palabra hace el trabajo sucio. Reconoce que lo entiendo, que es lógico, que yo haría lo mismo si fuera ella. Y justo después, sin cambiar de tono, la letra reconoce que eso lo comprende, que lo que no soporta son sus argumentos. O sea, que lo comprendo todo menos lo que dice. Que es como decir que no comprendo nada.

Y entonces llega el plató. «Señoras, señores, stop, stop, un momento.» La suegra ya no está sola: de repente hay público, hay jurado, hay una sala entera escuchando cómo me defiendo. Así funciona la familia en una ruptura. Lo que empieza en una conversación de dos acaba siendo un programa de tarde con invitados, regidor y aplausos enlatados.

Por eso la suegra soñada. Si la que me tocó estaba en el otro bando, me busqué una que estuviera en el mío. Y no elegí cualquiera. Elegí una mujer que para mucha gente de este país es la madre que todos querríamos tener en una boda: espontánea, de Sevilla hasta el tuétano, con la risa por delante. La letra me sienta a comer con ella en el jardín. Nada más. No le pido que me defienda, ni que me dé la razón, ni que me haga un cocido. Le pido una comida al sol.

Esa es la trampa. Una canción que parece una burla de famosos es, en el fondo, una petición muy pequeña: una familia política que no te juzgue mientras pasas el pan.

La madre del otro

Si la suegra es el personaje que más aparece, la madre del ex es el arma que más uso. Y aquí no hay sutileza ninguna.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «obviamente es su hijo, tiene que estar del otro bando» de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»

En «De mito a vómito» la despedida viene envuelta en un refrán de barra: «Con Dios / ¡y que te aguante tu madre!». Es la frase más vieja del mundo. La he oído en mercados, en portales, en la cola del ambulatorio. Y funciona en una canción porque todo el mundo la entiende sin traducción. Devolverle el ex a su madre es devolver un producto defectuoso a la tienda de origen. Con ticket y sin caja.

En «No quiero otro novio cojín» va un paso más allá: «Vete con tu madre / A criticar por detrás». Ahí la madre ya no es el sitio al que vuelve el ex. Es su cómplice. Es la mesa camilla donde los dos se sientan a ponerme a caldo con el brasero encendido. Me imagino la escena y me río, porque es tan concreta que casi huele a mantel de hule.

Y en «El día de la liberación» está la versión doméstica, la que más me gusta de todas: «Que te cocine ahora tu madre / o nútrete con un bote de pringles». No hay insulto. Hay logística. Se acabó el que te hacía la cena, apáñatelas. Mamá o patatas de tubo. Elige.

Lo que tienen en común estas tres madres es que ninguna habla. Ninguna tiene una frase propia en la letra. Son un lugar, no una persona: un destino al que se manda a alguien. Y eso tiene su lógica, porque en el fondo no son madres reales. Son el «vete a tu casa» de toda la vida, con delantal.

Hay una excepción, y es la que menos se presta a la caricatura. En «Quien miente y jura» los padres no salen como refugio ni como castigo. Salen como garantía falsa. El último verso lo dice todo: «Nunca se volverá a confiar / En quién miente y jura por sus padres». Jurar por los padres es lo más sagrado que tiene mucha gente. Es el juramento que no se rompe. Y por eso el que lo rompe ya no tiene arreglo.

Esa canción, por cierto, no tiene ni un chiste. Lo hice a propósito. Hay cosas con las que me río y cosas con las que no. Usar a tu familia como aval de una mentira está en la segunda lista.

Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos

En mis letras, los hermanos tienen un papel curioso: salen en las listas de cosas que no funcionan.

«La música me está salvando» es una enumeración de rescates fallidos. «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios.» Y la lista sigue, se pone absurda, mete a los pediatras y a los veterinarios, a una astróloga de la tele y hasta un rosario de rodillas en Madrid. Los hermanos están ahí en tercera posición, entre los amigos y los psiquiatras, como un recurso más que se probó y no dio resultado.

No lo escribí contra nadie. Lo escribí porque es verdad que hay momentos en los que nada de lo que se supone que debe sujetarte te sujeta. Ni la familia. Y decirlo en voz alta da miedo, porque parece una acusación. No lo es. Es una constatación. A veces lo que te saca del pozo es una cosa que no tiene apellidos ni te debe nada: una canción a medio hacer, un estribillo que se te mete en la cabeza a las tres de la mañana.

Me hace gracia que, en una letra que habla de la familia como algo que no salva, el título sea un gerundio. No «me salvó». Me está salvando. Todavía. En obras. Como la casa de cualquier familia de verdad.

En «El segundo exacto» la familia vuelve, y otra vez en formato lista: «Nadie me apoya, ni amigos ni familiares, / ni pareja, ni polvos, ni similares». Y luego el inventario más triste y más cómico que he escrito nunca: «20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex». Ahí está la familia completa, la mía de papel y la política, sentada en fila en un estado de WhatsApp. Lo han visto todos. No ha reaccionado nadie.

Esa es la familia moderna, la que no hace falta reunir en Nochebuena: cabe en la lista de visualizaciones. Te ven. Saben que estás. Y siguen con su día.

Lo escribo y me río. Y luego me acuerdo de que el verso dice «Ni un solo 'me gusta'» y se me pasa un poco la risa.

Familia de sangre: mi madre, mi padre

Hay dos canciones en las que la familia aparece con la palabra más seria que existe para nombrarla. Familia de sangre.

Collage con un detalle de la carátula de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» y las carátulas de «De mito a vómito», «No quiero otro novio cojín», «Quien miente y jura», «La música me está salvando»

«Nadie hablará de mí cuando haya muerto» hace el recuento de mi propio entierro. Quién vendrá. Quién llorará. «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno. / Familia de sangre: / mi madre, mi padre, / mi última pareja...» Y ahí, en la lista de asistentes, la letra mete a la pareja al mismo nivel que los padres. Familia de sangre y familia elegida en la misma línea, sin jerarquía. Hasta que el verso siguiente se lleva a uno: «Hasta que, al final, y con razón, él también se aleja».

Ese «y con razón» es lo que más pesa. Habría sido más fácil hacerle el villano. Pero no. En esa canción el que se va tiene razón para irse, y eso duele más que cualquier traición.

En «¡Eso es lefa!» el mismo velatorio se convierte en vodevil. La lista es casi idéntica: «Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre, / el buenazo de mi última pareja, algún vecino cotilla». Fíjate en lo que pasa. La familia está ahí, sentada en primera fila, con el pañuelo preparado. Y justo detrás, el vecino cotilla. La familia de sangre y la del rellano compartiendo banco de iglesia. Lo que viene después no lo voy a destripar aquí; quien lo conoce, lo sabe, y quien no, que se lo lea con un café delante y sin niños cerca.

Me gusta que las dos canciones compartan casi la misma lista. Es como escribir dos veces la misma esquela, una en serio y otra con la vecina gritando. La familia es la misma. Lo que cambia es si te dejan llorar tranquilo o si alguien te revienta el funeral.

Y hay una cosa que me parece importante de esas dos listas: la madre y el padre son lo único que no se discute. Los amigos pueden ser dos o uno. La pareja puede irse. Pero la madre y el padre están, siempre, en la línea de la familia de sangre. No les doy frase, no les doy carácter, no los convierto en personaje. Están. Y para mí eso es lo más parecido a un homenaje que se puede hacer sin ponerse cursi.

Con nuevos suegros y condenados

Volvamos a las suegras, porque no he terminado con ellas.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «no están hablando con un imbécil, os supero diez veces en intelecto.» de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»

En «El concierto de Ismael Serrano» hay un verso que es, para mí, la mejor definición de la familia política que he conseguido escribir: «Con nuevos suegros y condenados». Lo pienso y me sigue pareciendo perfecto. El ex se ha enamorado rapidísimo de otro, «dentro de un mes ya estáis casados», y con el nuevo novio llega el pack completo: suegros nuevos. Y condenados.

¿Condenados a qué? A lo mismo que yo. A sentarse en una mesa con alguien que en un año ya no estará. La letra lo dice sin rodeos: «Pero el año que viene ya estaréis separados». Así que los suegros nuevos son, en el fondo, mis compañeros de promoción. Gente que todavía no sabe que va a perder a alguien a quien acaba de poner un plato en Navidad.

Ahí la suegra deja de ser enemiga y pasa a ser otra víctima. Eso me pasa mucho cuando escribo: empiezo con un personaje para reírme de él y a mitad de la canción me da pena. En la misma letra el sentimiento acaba cambiando de bando: «Y en el fondo siento pena por él». Por el nuevo. Y, por extensión, por su familia. Por esos suegros recién estrenados que van a aprenderse el nombre de alguien para nada.

Escribir de la familia política tiene eso. Es un territorio en el que nadie elige del todo. Tú no eliges a tus suegros. Ellos no eligen al novio de su hijo. Y aun así, durante unos años, compartís sobremesas, cumpleaños, el grupo de WhatsApp de la familia con sus felicitaciones a las siete de la mañana. Y un día, sin funeral ni despedida, dejas de existir para ellos.

Eso también es una pérdida, aunque no salga en ninguna esquela.

Tía Chumino y el pariente que no se cita

No todas las familias de mis letras son trágicas. Algunas son de sainete.

En «Vas a escuchar un disco muy raro» aparece la pariente más absurda de todo el catálogo, una tía con un nombre que suena a chiste de feria. Le toca el papel de la chivata: el que viene con prejuicios tiene que salir corriendo a contárselo a ella. Y luego, por supuesto, el «¡Ay, mi madre!», que no es la madre de nadie: es la exclamación. La madre como interjección. La que sale cuando algo te supera, cuando ves el precio del alquiler o cuando alguien se lía un porro en tu salón.

Me encanta que el español tenga a la madre metida en las exclamaciones. «Madre mía», «ay, mi madre», «la madre que te parió». La familia está en el idioma antes de estar en la letra. Yo solo la saco a pasear.

Hay un tipo de pariente, eso sí, que en mis letras no aparece nunca con nombre. El padre. Fuera de las listas de la familia de sangre y de los juramentos falsos, el padre casi no tiene frase. No es una decisión política ni un mensaje escondido. Es que no me salen canciones con él. Igual algún día. Igual nunca. No pasa nada. Hay cajones del armario que se abren cuando les toca.

Un árbol genealógico con mucha pluma

Cuando junto todas estas canciones me sale un árbol genealógico muy raro. Arriba del todo, una suegra soñada en un jardín. En las ramas de al lado, la madre del ex con el mantel de hule y el brasero. Más abajo, hermanos en una lista de rescates fallidos. Unos padres por los que se jura en falso. Unos suegros recién estrenados que no saben lo que les espera. Una tía chivata. Y en la raíz, quieta, sin frase, la familia de sangre que siempre está en primera fila del entierro.

Ese árbol no es el mío. Es el de cualquiera que haya sido gay en una familia española y luego haya tenido novio con familia propia. Que haya aprendido a leer las caras en las comidas de domingo. Que haya sido «el amigo» en unas fotos y «el novio» en otras. Que haya conocido a suegras que le quisieron y a suegras que le pusieron la mesa lejos, al lado del primo pequeño.

La pluma, en esas reuniones, se mide al milímetro. Hay sobremesas en las que uno se calibra el gesto como quien baja el volumen de la tele cuando llega alguien. Nada de eso lo cuento en las letras de forma directa. Pero está debajo de todas. Por eso la suegra soñada importa tanto: porque es la fantasía de llegar a una mesa familiar y no tener que calibrar nada. Sentarte. Comer. Reírte fuerte. Y que nadie te mire la muñeca.

Y por eso también me gusta tanto devolver a los ex con su madre. Es devolverle a la familia el problema que la familia crió. Lo digo con cariño. Bueno, con cariño no. Lo digo con un poco de mala leche y mucho alivio.

Por qué no meto a mi familia en las canciones

Es una pregunta lógica. Si tanto escribo de suegras, de madres ajenas y de entierros, ¿por qué no escribo de la mía?

Ficha de la canción «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La respuesta corta es que ya lo hago, pero de lado. La respuesta larga es esta.

Cuando escribo de un ex, el ex es un personaje. Le pongo nombre inventado, defectos con lupa, un origen, una edad que miente. Puedo exagerarlo todo porque el personaje aguanta. Si me paso, se ríe la gente y ya está. Con la familia de sangre no me pasa lo mismo. No sé exagerarla. No me sale el chiste. Y una canción mía sin exageración se queda coja: no es ni una cosa ni la otra.

Así que la familia de verdad aparece como aparece en las esquelas: en una lista, con sus nombres de parentesco, sin adjetivos. Mi madre, mi padre. Y ya. Para mí eso no es frialdad. Es respeto. Hay gente que merece una canción entera de burla y hay gente que merece estar en primera fila sin que nadie la convierta en personaje.

Y luego está la otra familia, la que uno se fabrica fuera de casa. La que te acompaña a un concierto, o te deja plantado en la fila. La que comparte jarra contigo en un bar en el que el tiempo no pasa. La de los amigos que se cuentan con los dedos de una mano y te sobran dedos. Esa la escribo más, porque esa sí la elegí, y lo que uno elige también lo puede criticar.

Lo que la familia le hace a una canción

Si tuviera que resumir qué le aporta la familia a mis letras, diría que les aporta público. Un público incómodo.

Cuando en una canción aparece una madre, una suegra o un hermano, la historia deja de ser de dos. Ya no es él contra mí. Es él, su madre, mi hermana, el suegro nuevo, la tía chivata, los veinte estados de WhatsApp. Es un salón lleno. Y en un salón lleno todo se dice más alto, todo se exagera más, todo se nota más. Por eso tantas de mis letras con familia acaban en un plató: «Señoras, señores, stop». Porque cuando metes a la familia, ya no estás hablando con una persona. Estás hablando con un tribunal popular.

Y el humor, en ese tribunal, es mi forma de defenderme sin abogado. Si me río yo primero, ya no se pueden reír de mí. Esa es una de las reglas de la casa que tengo colgadas en mi página: con humor también se dice la verdad. En la familia, sobre todo. Porque la verdad dicha en serio en una comida familiar acaba en portazo, y dicha con gracia, a veces, acaba en carcajada y alguien que te pasa el vino.

La familia de mis letras no es una familia feliz. Tampoco es una familia de telefilme de sobremesa, con secretos y herencias. Es una familia de rellano, de grupo de WhatsApp, de sobremesa que se alarga y de entierros a los que nadie sabe muy bien quién va a ir. Es una familia que toma partido, que se queda mirando, que jura en falso y que a veces, muy pocas, te invita a comer al sol.

Me quedo con esa última. Con la suegra del jardín, la soñada.

Y con la de sangre, que no necesita canción.

Si quieres leer todas estas letras enteras, con sus suegras, sus madres y sus tías, están en el archivo de letras, ordenadas de la A a la Z. Y la que lo empezó todo, la de la suegra soñada, la tienes completa en gayfolkplanet.com.

Preguntas frecuentes

¿Habla Mike Sain't Louis de su familia real en sus canciones? No de forma directa. En las letras aparecen la madre y el padre como parte de la «familia de sangre», en listas, sin anécdotas ni rasgos. Las suegras, madres de exnovios, tías y hermanos que salen en las canciones son personajes.

¿En qué canción aparece la suegra soñada? En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

¿Qué otras canciones hablan de la familia? «De mito a vómito», «No quiero otro novio cojín», «El día de la liberación», «Quien miente y jura», «La música me está salvando», «El segundo exacto», «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», «¡Eso es lefa!», «El concierto de Ismael Serrano» y «Vas a escuchar un disco muy raro».

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