
Por Mike Sain't Louis ·
El examen del lunes: fingir que sabes quién ganó la liga y otras pruebas de hombría
«¿Viste el partido?»
Lunes, nueve y cuarto de la mañana, máquina de café de la oficina. Un vaso de plástico marrón que quema por los lados. Y la pregunta, que no es una pregunta: es un control de aduanas. Si contestas bien, pasas. Si contestas mal, te miran raro durante toda la semana.
Muchos hemos aprendido a contestar bien sin haber visto nada. «Uf, qué sufrimiento al final.» «El árbitro, otra vez.» «Lo que no entiendo es por qué no sacó antes al chaval.» Tres frases comodín que valen para cualquier partido de cualquier equipo en cualquier temporada.
De ese examen va «No me gusta el fútbol». O, por lo menos, de ese examen va lo que yo quiero contar hoy.
Una confesión de cinco palabras
El título es una confesión. Cinco palabras, sin adornos, como quien lo dice por fin en voz alta en una comida de domingo, con el telediario de fondo y el cuñado comentando el resultado. No me gusta el fútbol. Ya está. Ya lo he dicho.
En España, decir eso siendo hombre tiene algo de salida del armario pequeñita. Lo sé porque se nota en las caras. Hay quien se ríe, hay quien no se lo cree, hay quien te mira como si le hubieras confesado que no te gusta la tortilla de patatas. «¿Cómo que no te gusta el fútbol? ¿Nada? ¿Ni el Mundial?»
Ni el Mundial.
La letra de la canción todavía no está publicada en Letras, así que no voy a citarla ni a contarte lo que dice. Sería hacer trampa, y yo con las letras no hago trampa. Hoy hablo del título, de la portada y de todo lo que me sugieren. Que es mucho.
La portada, punto por punto
Empiezo por la imagen, que ya lo dice casi todo.
Un chico con pinta de jugador duro. Barba, tatuajes, esas rayas negras debajo de los ojos que se ponen los jugadores de fútbol americano para que no les deslumbren los focos. Focos de estadio detrás, de esos que convierten la noche en mediodía. Hasta ahí, una foto de anuncio de bebida isotónica.
Y luego te fijas. La cresta es rosa chicle. La camiseta, con el número 80, también es rosa. Y lo que lleva en brazos no es un balón. Es una Barbie rubia con un vestido de purpurina, sujeta con el mismo cuidado con el que un delantero sujeta el trofeo después de una final.
Me hace muchísima gracia ese cambio de objeto. Porque el balón es el juguete que te dan a los cinco años si eres niño, lo quieras o no. Y la muñeca es el juguete que te quitan de las manos si te pillan con ella. «Eso es de niñas.» La portada coge el templo de la masculinidad, el estadio, y pone en el centro el juguete prohibido.
Sin pedir perdón y con la muñeca bien agarrada, como escribí en la ficha.
El balón que te tocó
Hay muchos niños que han vivido esto, y te lo cuento sin ponerme a llorar, que hoy no toca.
Te dan un balón. Te apuntan al equipo del colegio. Te compran la equipación del equipo de tu padre. Te sientan delante de la tele los domingos. Y tú, mientras tanto, estás mirando otra cosa. La ropa de las presentadoras. Los coros de Eurovisión. Las coreografías de las Spice Girls. La muñeca de tu prima.
Y aprendes, muy pronto, que eso hay que esconderlo. Que el balón es lo normal y lo otro es raro. Que si te pillan, se ríen. Que hay una manera de ser chico y que tú no la tienes de serie, así que la tienes que fingir.
El fútbol no tiene la culpa, ojo. El fútbol es un deporte. Lo que tiene la culpa es todo lo que se ha montado alrededor: la idea de que ser un hombre de verdad pasa por saber quién marcó el gol del domingo.
Deportista y buen macho
Esa idea la he escrito más de una vez, poniéndola en boca de otros para reírme de ella. La más clara está en «Buscando el polvo perfecto», en un trozo que imita a los perfiles de las apps de ligar:

«Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho,»
Cualquiera que haya abierto Grindr reconoce ese tono. «Solo masc.» «Nada de plumas.» «Discreto y deportista.» El deporte como certificado de hombría, incluso entre maricas. Sobre todo entre maricas, a veces. Porque no hay nada más vigilante con la pluma que alguien que ha tenido que esconder la suya.
Y luego viene el remate, que me sigue haciendo reír:
«Si no contesto y te bloqueo, / Ponte a hacer deporte, ¡Romeo!»
Ponte a hacer deporte. Como si eso arreglara algo. Como si el problema de que alguien no te quiera fuera que no vas al gimnasio. Es la misma lógica de la máquina de café, llevada a la cama: si no eres lo bastante macho, entrena.
«No me gusta el fútbol» es la respuesta a todo eso desde el título. No me gusta. Y no pienso entrenar para que me guste.
Las tres frases comodín
Vuelvo a la oficina, porque es donde más se juega este partido.
Te decía al principio que hay tres frases comodín para sobrevivir al lunes sin haber visto el partido. Te las desarrollo, por si alguien las necesita. Es un servicio público.
La primera, el sufrimiento. «Uf, qué sufrimiento.» Vale para cualquier partido, porque todos los aficionados sufren siempre, ganen o pierdan. Si ganaron, sufrieron hasta el final. Si perdieron, sufrieron todo el rato.
La segunda, el árbitro. «El árbitro, otra vez.» Infalible. No hay aficionado en España que no tenga algo contra el árbitro. Lo dices con cara de resignación y te ganas una palmada en la espalda.
La tercera, el entrenador. «Lo que no entiendo es por qué no hizo antes el cambio.» Esta es de nivel avanzado, porque te hace parecer que sabes de táctica. Nadie te va a preguntar qué cambio. Todo el mundo tiene su teoría sobre algún cambio.
Con esas tres sobrevives a cualquier lunes. Son tan universales que nadie sospecha de quien las usa.
Lo triste, y aquí me pongo serio un segundo, es que haga falta aprenderlas. Que haya que estudiar para encajar.
Gol en propia puerta
Te cuento lo que cuesta fingir, que desde fuera parece gratis.
Fingir que te gusta el fútbol va mucho más allá de aprender tres frases. Es estar atento. Es mirar el resultado en el móvil el domingo por la noche, a escondidas, para no quedar mal el lunes. Es saberte el nombre del entrenador aunque no sepas qué cara tiene. Es reírte de un chiste sobre un jugador que no conoces. Es ir al bar a ver la final con los compañeros y pasarte noventa minutos mirando la tele sin ver nada, pendiente de cuándo hay que levantar los brazos.
Es un trabajo. Un trabajo pequeño, que nadie te paga, que se suma a todos los demás trabajos pequeños de encajar. Cómo te sientas. Cómo te ríes. Cómo hablas de las chicas. Qué música dices que te gusta.
Y al final, cuando sumas todos esos trabajos pequeños, te das cuenta de que llevas años marcando goles en tu propia puerta. Que cada vez que finges, pierdes un poco de partido. Que el marcador va cinco a cero y el contrario eres tú.
Por eso una confesión tan tonta como «no me gusta el fútbol» libera tanto. Porque es un trabajo menos.
La Barbie no es un chiste
Me quiero detener en la muñeca, porque no la elegí por hacer la gracia.

La Barbie es el juguete más vigilado de la historia para un niño. Ningún otro objeto provoca tantos «¡deja eso!» por metro cuadrado de salón. Puedes jugar con plastilina, con coches, con dinosaurios, con un palo. Con la Barbie de tu prima, no. Si te pillan, se acabó la tarde y empieza la preocupación de la familia.
Y luego, de mayores, muchos de aquellos niños vigilados acabamos coleccionándolas, peinándolas, haciendo drag con su estética, viendo la película de Greta Gerwig en el cine con una camiseta rosa y llorando con la escena final. Lo que te quitaron de las manos te lo recuperas de adulto, y con intereses.
Por eso la Barbie de la portada no es un chiste. Bueno, sí lo es, porque todo en mi obra lo es un poco. Pero es un chiste con memoria. Es el niño que por fin puede coger la muñeca delante de todo el estadio y nadie le dice que la suelte.
Y fíjate en cómo la sujeta. No a escondidas, debajo del brazo, como quien lleva algo de contrabando. La sujeta como un trofeo. Como la Copa del Rey.
Hay algo de Ken, también, en el chico de la portada. Ken, el eterno secundario, el novio decorativo, el que existe para que Barbie tenga con quién ir a la playa. Aquí el chico cachas no es el decorado de nadie. Es el protagonista, y la que va en brazos es ella. Un pequeño ajuste de cuentas con la juguetería entera.
El cuñado y el partido
La ficha de la canción termina con una recomendación: pónsela a tu cuñado durante el próximo partido.
Lo escribí con mala leche, lo reconozco. Pero con una mala leche cariñosa. El cuñado es una figura nacional, como el botijo o la siesta. El que sabe de todo, el que opina de todo, el que en la comida de Navidad se pone a explicarte el fuera de juego con los vasos y las servilletas mientras tú intentas comerte los langostinos en paz.
Ponerle una canción que se llama «No me gusta el fútbol» en mitad del partido es una pequeña rebelión doméstica. No hace falta discutir. No hace falta dar un discurso. Le das al play, subes un poco el volumen y te comes el langostino.
Es mi forma favorita de protestar. Con humor y sin levantarme de la silla.
Y si el cuñado pregunta qué es eso, le contestas con la verdad: una canción de un letrista madrileño que no sabe quién ganó la liga y que no tiene ninguna intención de averiguarlo. Si se ríe, bien. Si se enfada, mejor. Si al final del partido se le ha quedado el estribillo en la cabeza y lo tararea mientras recoge los platos, ya has ganado tú, aunque su equipo haya perdido tres a cero en el descuento.
Eso es lo bonito de las canciones. Se cuelan. No necesitan permiso del árbitro. Entran por la puerta del salón, se sientan en el sofá entre el cuñado y el suegro, y cuando quieren darse cuenta ya forman parte de la familia. Como yo, en el fondo, en tantas comidas de domingo.
El más macho del crucero
Hay otra escena en mis letras que me viene a la cabeza cuando pienso en todo esto. Está en «Croquetas en el crucero», y es de las que más me hacen reír:

«Discutiendo sobre quién de su novio es el más macho»
Dos chonis, en un barco, compitiendo por ver cuál tiene el novio más macho. Es la misma competición de la máquina de café, solo que en la cubierta de un crucero y con una piña colada en la mano. A ver quién lo tiene más grande, más fuerte, más futbolero, más hombre.
Me encanta porque demuestra que eso de medir la hombría tampoco es cosa exclusiva de hombres. Lo hacemos todos. Las novias, las madres, las abuelas, los amigos. «Mi hijo es muy machote, ¿eh?» «Mi novio no es de esos.» Todo el mundo tiene un decibelímetro de masculinidad en el bolsillo y lo saca a la mínima.
La portada de «No me gusta el fútbol» se lo rompe en la cara. El más macho del estadio tiene una Barbie.
La pluma en el estadio
Hay una cosa que me gusta mucho de la imagen: no huye del estadio. No se va a otro sitio. No se refugia en una discoteca o en un salón lleno de cojines. Se queda en el campo, con los focos, con el número en la camiseta. Pero lo hace a su manera.
Eso me parece muy importante. Durante mucho tiempo, a los chicos con pluma nos ofrecían dos opciones: o te adaptas al estadio, o te vas. O finges que te gusta el fútbol, o te quedas fuera del grupo. La portada propone una tercera: me quedo, pero con mi cresta rosa y mi muñeca.
Es lo mismo que defendí en «Soy marica sideral», con otras palabras. Allí la letra decía que si tu macho se confunde, que mire mi elegancia. Aquí el macho se confunde en su propio campo, delante de su propia afición.
Y ya no tiene dónde esconderse.
El número 80
No sé si alguien se ha fijado, pero el número de la camiseta es el 80. No es un número de jugador normal; en el fútbol, los dorsales clásicos van del 1 al 11, y luego algunos más. El 80 es un número raro. De capricho.
No te voy a contar ninguna teoría secreta sobre el 80, porque no la hay que yo pueda contar. Pero me gusta que no sea el 9 ni el 10, los números de las estrellas. Me gusta que sea un número de alguien que no es titular. De alguien que juega a otra cosa en el mismo campo.
Y me hace pensar en los ochenta, claro. En la década de las crestas y de Alaska en la tele, de los primeros que se atrevieron a ir por Madrid con una pluma que se veía desde el otro lado de la Gran Vía. Si es casualidad, es una casualidad muy bien colocada.
Lo que no es la canción
Para que nadie se ofenda, que en este país con el fútbol hay que ir con cuidado.
La canción no va contra el fútbol. No va contra los aficionados. No va contra los maricas a los que les encanta el fútbol, que hay muchísimos y me parecen estupendos. Hay equipos de fútbol LGTB en Madrid, hay jugadoras que han salido del armario, hay peñas enteras de maricas que se saben las alineaciones de memoria.
Va contra la obligación. Contra la idea de que te tiene que gustar. Contra el examen del lunes.
Si a ti te gusta el fútbol, disfrútalo. Grita los goles, insulta al árbitro, llora en las finales. Solo te pido una cosa: el lunes, en la máquina de café, cuando alguien diga que no vio el partido, no le mires raro.
El planeta que viene después
En la discografía de la web, la canción ha quedado justo antes de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», la que da nombre al primer disco. Y justo después de «Flow / We Glow».

Me parece un orden precioso, aunque no lo planeé. Primero confiesas que no te gusta el fútbol. Y luego, inmediatamente, aparece un planeta nuevo. Como si la confesión abriera la puerta. Como si decir en voz alta «no me gusta» fuera el primer paso para encontrar un sitio donde no hace falta que te guste.
GAYFOLK, en mi universo, es eso. Un planeta donde nadie te pregunta por el partido.
Un disco de liberación
La canción está en el tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación». Y me hace gracia, porque la liberación que propone es pequeñita. No es una revolución. No es una manifestación con pancartas. Es decir en voz alta, en una comida familiar, que no te gusta algo que se supone que te tiene que gustar.
Pero las liberaciones pequeñas son las que más cuestan. Es más fácil ir a una manifestación con cien mil personas que decirle a tu padre, en el sofá, que no quieres ver el partido. Lo primero te lo aplauden. Lo segundo te lo miran.
Si alguna vez has tenido que hacer lo segundo, esta canción es para ti. Y si todavía no te has atrevido, en Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie escribí algo que igual te sirve. No va del fútbol. Va de lo otro.
Mueve las plumas en el campo
Hay otra canción mía que podría sonar en el descanso de este partido imaginario, y es «Mueve las plumas». Me imagino al chico de la portada saliendo al campo con la Barbie en brazos mientras suena por los altavoces del estadio. Los ultras sin saber qué hacer. El árbitro mirando el reglamento por si hay algo que lo prohíba.
No lo hay. Lo he mirado.
Bueno, no lo he mirado. Pero me lo imagino así, y para eso están las canciones: para imaginar cosas que todavía no pasan y que algún día pasarán. Un estadio entero moviendo las plumas. Una ola rosa en la grada. Un cuñado tarareando sin darse cuenta.
Escrita por mí, sonada por máquinas
Lo aclaro, como en todos mis textos: la letra de «No me gusta el fútbol» la escribí yo, sin inteligencia artificial, aunque todavía no esté subida a la web. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. Yo soy letrista, compositor y productor. La voz que la interpreta no es la mía.
Y te digo una cosa que me hace gracia: a la IA tampoco le gusta el fútbol. No le gusta nada, en realidad, porque no tiene gustos. No ha tenido que fingir en una máquina de café. No ha tenido que esconder una muñeca debajo de la cama. Las palabras las pongo yo, que sí sé lo que es que te miren raro un lunes.
Para el próximo partido
Mi recomendación es la de la ficha, ampliada.
El próximo domingo que haya partido gordo, de esos que paralizan el país, ponla. En el salón, en el bar, en el coche camino de casa de tus suegros. Si estás solo, ponla igual y disfruta de que no tienes que ver el partido.
Y el lunes, en la máquina de café, cuando te pregunten si lo viste, prueba a contestar la verdad.
No. No me gusta el fútbol.
A ver qué pasa.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «No me gusta el fútbol»? La letra todavía no está publicada en la web, así que Mike Sain't Louis no la destripa. El título es una confesión, y la portada muestra a un chico con pinta de jugador, cresta rosa y camiseta rosa del 80, que lleva una Barbie en brazos en lugar de un balón.
¿Es una canción contra el fútbol? No. Según Mike, va contra la obligación de que a los hombres les tenga que gustar el fútbol para encajar, no contra el deporte ni contra sus aficionados.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Planeta Gayfolk.
¿Quién pone la voz en sus canciones? Las voces y la música están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Mike escribe las letras sin IA y es compositor y productor.