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La bomba de relojería: heridas de la infancia que estallan de adulto

Esta es la segunda entrega de una serie en la que hablo abiertamente de mi salud mental. Aquí hablo de algo que me cuesta mucho nombrar: lo que viví de niño y cómo, años después, estalló. No voy a dar detalles de los abusos. No hacen falta para entender lo que quiero contar, y no quiero que nadie que haya pasado por algo parecido tenga que revivirlo leyendo.

Si al leer esto te remueve algo y sientes que no puedes más, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida: gratuita, confidencial, las 24 horas. Si hay peligro inmediato, llama al 112. Si eres menor de edad, o te preocupa un niño o un adolescente, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10 y en el 116 111. Pensar en el suicidio no te convierte en un caso perdido: se puede pedir ayuda y la ayuda funciona.

De niño sufrí acoso escolar. Y de niño sufrí abusos sexuales repetidos. Escribir esas dos frases seguidas, en un sitio donde cualquiera puede leerlas, es algo que hace unos años me habría parecido imposible. Hoy lo hago porque he entendido que el silencio no me protegía. Solo protegía a lo que me hizo daño.

Lo que se guarda no desaparece

Se suele pensar que la infancia es algo que se deja atrás, como un barrio del que te mudas. Creces, cambias de ciudad, de amigos, de vida, y lo de antes se queda allí. Es una idea muy extendida. Y es, por desgracia, bastante falsa.

Lo que no se mira no desaparece. Se guarda. Se queda en algún sitio del cuerpo y de la memoria esperando. A veces durante décadas. Y un día, por una razón o por varias, sale.

Yo lo llamo una bomba de relojería. El acoso del colegio, los abusos, y después, ya de adulto, dos relaciones con personas que entendí que eran narcisistas. Todo eso fue sumando. Y a mis 41 años me diagnosticaron depresión mayor de gravedad elevada, fobia social, trastorno de estrés postraumático, trastorno de evitación y ansiedad.

No digo que una cosa lleve automáticamente a la otra. Nadie puede decir eso de una vida concreta. Lo que digo es que mirar mi historia con ayuda profesional me está ayudando a ver cómo encajan las piezas.

Lo que dice la investigación

No es una sensación mía. Hay mucha investigación sobre cómo las experiencias difíciles de la infancia afectan a la salud de los adultos.

El estudio más conocido es el de las «experiencias adversas en la infancia», conocido por sus siglas en inglés, ACE. Lo pusieron en marcha a mediados de los años noventa los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) y la aseguradora Kaiser Permanente, con más de 17.000 participantes adultos. Sus primeros resultados, publicados en 1998 por Vincent Felitti y Robert Anda, mostraron que cuantas más experiencias adversas había vivido una persona de niña, como el maltrato o el abuso sexual, mayor era su riesgo de tener problemas de salud física y mental en la edad adulta, entre ellos la depresión.

La Organización Mundial de la Salud también recoge que el maltrato infantil tiene consecuencias que pueden durar toda la vida, y que se asocia a depresión, ansiedad y otros problemas de salud mental en la edad adulta.

Eso no significa que todas las personas que sufrieron algo de niñas vayan a enfermar. Los estudios hablan de riesgo, no de destino. Pero sí significa algo importante: si eres adulto y lo estás pasando mal, y de niño te pasaron cosas que nunca has contado, puede que haya una relación. Y merece la pena explorarla con un profesional.

Por qué el cuerpo tarda tanto en hablar

Una de las preguntas que más me he hecho es: ¿por qué ahora? ¿Por qué no estalló antes?

Fotogramas del videoclip oficial de «El abismo en mi cabeza», de Mike Sain't Louis

No tengo una respuesta exacta para mi caso. Lo que he aprendido es que es muy frecuente que las personas que sufrieron abusos en la infancia tarden muchos años en hablar de ello, o incluso en ponerle nombre. Cuando se es niño, a menudo no se tienen palabras para lo que está pasando. Y muchas veces quien hace daño es alguien cercano, lo que hace todavía más difícil contarlo.

Además, la mente tiene sus formas de protegerse. Una de ellas es apartar lo insoportable para poder seguir funcionando. Ir al colegio. Estudiar. Trabajar. Enamorarse. Durante años, eso puede funcionar más o menos. Hasta que el peso acumulado es demasiado, o hasta que algo en el presente toca la herida antigua.

En mi caso, las dos relaciones de adulto tocaron esa herida. Las dinámicas de control y de desprecio que viví encajaban demasiado bien con lo que había aprendido de niño: aguantar, callar, pensar que la culpa es tuya.

El patio del colegio

Del acoso escolar hablaré con más calma en otro texto de esta serie, en gayfolkplanet.com. Aquí solo quiero decir una cosa. El bullying no es «cosa de niños». No es una broma que se olvida al crecer. Es violencia, aunque la hagan personas pequeñas, y deja huella.

Muchos chicos gais, o que parecían gais a los ojos de los demás, conocemos ese patio. Las palabras que se te quedan pegadas. La sensación de no estar a salvo en un sitio donde se supone que tenías que estar a salvo. Aprender a hacerte pequeño para que no te vean.

Esa forma de hacerse pequeño no se va sola. A veces se convierte, años después, en algo que tiene nombre clínico: fobia social, evitación. Pero de eso hablaré también en otro texto.

La palabra «superviviente»

Hay una palabra que puede parecer demasiado grande, o demasiado dramática: superviviente. Yo la uso.

Superviviente de abuso sexual infantil. Lo escribo y me tiembla algo dentro. Pero es verdad, y decirlo es parte de lo que me está ayudando. No soy solo lo que me hicieron. Pero lo que me hicieron es parte de mi historia, y ocultarlo me obligaba a esconder también una parte de mí.

El Consejo de Europa lleva años difundiendo una cifra que se queda grabada: alrededor de uno de cada cinco niños y niñas en Europa sufre alguna forma de violencia sexual. Su campaña se llamaba precisamente así, «Uno de cada cinco». Si esa cifra se acerca a la realidad, en cualquier aula hay varios. En cualquier oficina, en cualquier bloque de pisos, en cualquier comentario de redes sociales, hay personas que han vivido algo y no lo han contado.

No escribo esto para que nadie cuente nada si no quiere. Cada persona tiene su ritmo. Escribo para que quien lo lea sepa que no es el único, y que llegar tarde a ponerle nombre no es un fallo.

«Por eso mi vida es como South Park»

Hay una canción mía que tiene mucho que ver con esto, aunque a primera vista no lo parezca. Se llama «El panda del acoso sexual». Su vídeo juega con la ironía de principio a fin. Y al final aparece una frase que viene a decir que por eso mi vida es como South Park, porque todo empezó con un abuso sexual.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Las paredes susurran secretos huecos» de «El abismo en mi cabeza»

Entiendo que a alguien le pueda chocar. Una frase así, con un chiste de dibujos animados, para hablar de algo tan grave. Pero para mí la ironía y el humor negro son una forma de nombrar lo que duele. De decir la verdad sin que la verdad me aplaste. Hay cosas que se pueden decir con una media sonrisa antes de poder decirlas en serio. La media sonrisa no quitaba gravedad. Abría la puerta.

Muchas personas que han vivido traumas reconocen esa forma de humor. No es frivolidad. Es una manera de sostener algo muy pesado durante un rato. Y a veces es el primer paso para poder hablarlo después en serio, como intento hacer en esta serie.

El abismo en la cabeza

Antes del diagnóstico ya había escrito canciones que, leídas hoy, describen muy bien lo que me pasaba. «El abismo en mi cabeza» es una de ellas. Su estribillo habla de un abismo que «Es un laberinto sin puertas». Así se siente la depresión cuando aprieta: como estar dentro de un sitio del que no ves la salida.

En otro verso, la canción dice: «Solo queda este peso que no puedo soltar». Ese peso es exactamente la bomba de la que hablo. No es un peso de un día. Es un peso de años, de cosas guardadas una encima de otra.

Y hay una línea que me parece muy precisa para describir lo que se siente cuando el pasado no deja de hablar: «Las paredes susurran secretos huecos». Lo que no se cuenta no se queda callado. Susurra.

Hay algo que quiero añadir a esa canción: el laberinto sí tiene puertas. Lo que pasa es que a veces no se ven desde dentro, y hace falta que alguien de fuera te ayude a encontrarlas. En mi caso, esa ayuda ha sido la de una buena psicóloga.

Cuando lo que estalla tiene nombre

El trastorno de estrés postraumático es uno de los diagnósticos que recibí. Según organismos como el NHS británico o la Asociación Americana de Psicología, es una condición que puede aparecer después de vivir o presenciar hechos traumáticos, y que puede incluir recuerdos intrusivos, evitación de lo que recuerda al trauma, cambios en el estado de ánimo y una sensación constante de alerta. Puede aparecer poco después del trauma o mucho tiempo más tarde.

Cuando hay traumas repetidos y prolongados, sobre todo en la infancia, la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS (CIE-11) recoge además el trastorno de estrés postraumático complejo. No es mi diagnóstico, y no voy a ponérmelo yo. Lo menciono porque mucha gente no sabe que existe, y porque ayuda a entender que el trauma de la infancia tiene su propia forma de quedarse.

Recibir un diagnóstico no me cambió la historia. Pero me cambió la manera de mirarla. Dejé de pensar «estoy roto» y empecé a pensar «esto que me pasa tiene una explicación y tiene tratamiento».

Canciones que ya lo sabían

Cuando repaso mi catálogo con lo que sé hoy, me doy cuenta de que muchas letras ya lo estaban diciendo antes de que yo pudiera decirlo en una consulta. «El abismo en mi cabeza» es la más clara, pero no la única.

Collage con un detalle de la carátula de «El abismo en mi cabeza» y las carátulas de «El panda del acoso sexual», «Beat My Post-Traumatic Stress», «No me aparece una ilusión», «Antisocial»

«Beat My Post-Traumatic Stress» lleva el trastorno de estrés postraumático en el propio título. Su presentación la describe como una canción sobre sobrevivir a lo que el cuerpo todavía recuerda, y sobre convertir el miedo, la ansiedad y el silencio en ritmo. Es una canción de pista de baile, y eso también es una forma de decir algo: que se puede estar herido y seguir moviéndose.

«No me aparece una ilusión» repite una y otra vez lo mismo que repite la depresión: que no apetece salir de la habitación, que no se encuentra la fuerza. La repetición de esa letra no es pereza al escribir. Es exactamente cómo suena por dentro un día malo, la misma frase dando vueltas.

«Antisocial» habla de evitar las miradas y los saludos por la calle, y de convertir el silencio en un castillo. Suena a afirmación orgullosa, casi desafiante, y lo es. Hoy también la leo como una descripción de la fobia social y de la evitación, dos de los diagnósticos que recibí.

Y «El narcisista» habla de la relación adulta que, como cuento en el primer texto de esta serie, volvió a abrir la herida.

No digo que las canciones sean un diagnóstico. Son canciones. Pero me ayudan a ver que algo dentro de mí sabía lo que pasaba antes de que yo lo supiera del todo.

Lo que me habría gustado oír de niño

A veces pienso en el niño que fui y en lo que me habría gustado que alguien le dijera. No puedo volver atrás. Pero puedo escribirlo aquí, por si lo lee algún niño, o algún adulto que todavía lleva dentro a ese niño.

Me habría gustado oír que lo que pasaba no era culpa mía. Que no había hecho nada para merecerlo. Que ser diferente no era un delito. Que contarlo no iba a hacer que pasara algo peor, y que había personas adultas preparadas para escuchar y para proteger.

Hoy existen recursos que entonces no conocía. La Fundación ANAR atiende a niños, niñas y adolescentes las 24 horas en el 900 20 20 10 y en el 116 111, y al otro lado responde un psicólogo o una psicóloga. Si eres menor y lees esto, puedes llamar. No hace falta saber explicarlo bien. Ellos te ayudan a ponerle palabras.

En España, además, desde 2021 existe una ley específica para proteger a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, la Ley Orgánica 8/2021, conocida como LOPIVI. Obliga, entre otras cosas, a que los centros educativos y deportivos tengan protocolos frente al acoso y el abuso. Ninguna ley borra lo que ya pasó, pero es importante saber que hoy hay más herramientas que antes.

Si acompañas a alguien que lo ha vivido

Puede que leas esto porque alguien cercano te ha contado algo parecido, o porque sospechas que alguien lo ha vivido. Lo primero es creerle. Muchas personas que han sufrido abusos en la infancia tardan años en contarlo por miedo a no ser creídas.

Lo segundo es no presionar. No hace falta saber los detalles para acompañar. Basta con estar, con escuchar sin juzgar y con no convertir la conversación en un interrogatorio.

Lo tercero es animar a pedir ayuda profesional, sin imponerla. Puedes ofrecerte a acompañar a la primera cita con el médico de familia o a buscar juntos un psicólogo sanitario. Y si en algún momento la persona habla de no querer vivir, no lo dejes pasar: pregúntale directamente cómo está y llamad juntos al 024. Preguntar por el suicidio no mete la idea en la cabeza de nadie. Al contrario, puede ser un alivio enorme.

Señales de que el pasado está pesando en el presente

No sirven para diagnosticar a nadie, pero muchas personas adultas que vivieron experiencias traumáticas en la infancia reconocen algunas de estas señales, que recogen guías de salud como las del NHS o de la Confederación Salud Mental España. Si te ves en varias, habla con un profesional:

Ficha de la canción «El abismo en mi cabeza» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis
  • Tristeza, vacío o falta de ilusión que duran semanas y no se van.
  • Recuerdos que vuelven sin querer, pesadillas, sobresaltos.
  • Evitar lugares, personas o situaciones que recuerdan algo del pasado.
  • Sentirte en alerta todo el tiempo, como si algo malo fuera a pasar.
  • Mucha vergüenza o culpa por cosas que no fueron culpa tuya.
  • Dificultad para confiar en otras personas o para sentirte a salvo en una relación.
  • Aislarte cada vez más.
  • Pensamientos de que no merece la pena vivir. Si te pasa esto, llama al 024 hoy.

Por dónde empezar

Si tú también llevas algo guardado desde la infancia, no hace falta que lo cuentes todo para pedir ayuda. Puedes empezar por algo pequeño:

  • Ve a tu médico de familia. Es la puerta de entrada a la salud mental en la sanidad pública. Puedes decirle solo que no estás bien y que necesitas hablar con alguien. Puede derivarte a psicología clínica o psiquiatría del sistema público.
  • Si buscas terapia privada, comprueba que sea un psicólogo sanitario colegiado. En Madrid, el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid permite consultar si un profesional está colegiado. Pregunta si tiene experiencia en trauma.
  • Si eres una persona LGTBI, en Madrid puedes pedir cita en la asesoría psicológica gratuita de COGAM (91 523 00 70) o en el Programa Madrileño de Información y Atención LGTBI (91 701 07 88). La Línea Arcoíris de FELGTBI+ atiende en el 91 360 46 05. La Fundación 26 de Diciembre atiende a personas LGTBI mayores (910 028 417) y Kifkif a personas LGTBI migrantes y refugiadas.
  • Si el abuso es reciente o eres menor, llama a ANAR: 900 20 20 10 o 116 111. Si hay peligro, al 112.
  • Si eres adulto y quieres informarte sobre tus derechos como víctima de un delito, el Ministerio de Justicia tiene Oficinas de Asistencia a las Víctimas en toda España.

No tienes que elegir el camino perfecto. Basta con dar el primer paso, aunque sea pequeño, aunque sea solo decirle a alguien que necesitas ayuda.

Lo que hago ahora con la bomba

Sigo luchando con estas heridas. No voy a decir que ya está, porque no sería verdad. Pero la bomba ya no está escondida. Está encima de la mesa, y la estoy desactivando poco a poco, con ayuda.

Escribir canciones me ha ayudado a sacar fuera lo que no sabía decir. Escribir esta serie me ayuda a decirlo sin canción. Y saber que hay una profesional que me acompaña me permite hacerlo sin miedo a romperme.

En «La música me está salvando» hablé de cómo las canciones me dan respiro. Aquí quiero añadir algo: la música me ayuda, pero lo que me está salvando de verdad es el tratamiento. Las dos cosas juntas.

Soy letrista, compositor y productor musical, y me presento como «el primer cantautor IA»: las letras son mías y la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. Cuento quién soy en mi página. Y en esta serie cuento lo que soy también por dentro.

Recursos si necesitas ayuda ahora

Hablar del suicidio sin tabú es parte de la prevención. Si piensas en quitarte la vida, o te preocupa alguien que lo piensa, pide ayuda hoy:

  • 024: línea de atención a la conducta suicida. Gratuita, confidencial, 24 horas, también por chat.
  • 112: emergencias.
  • Teléfono de la Esperanza: 717 003 717, atención en crisis las 24 horas.
  • Fundación ANAR: 900 20 20 10 y 116 111, para niños, niñas, adolescentes y adultos preocupados por un menor.
  • Confederación Salud Mental España: información y guías de prevención del suicidio en consaludmental.org.

Lo que te pasó de niño no fue culpa tuya. Y no tienes que cargarlo solo.

Serie «Salud mental sin tabú». Este texto es la parte 2 de la serie en la que hablo abiertamente de mi salud mental. Aquí están todos los textos y un mapa de dónde pedir ayuda. Siguiente: «Diagnóstico a los 41: ponerle nombre a lo que pesaba».

Preguntas frecuentes

¿Mike Sain't Louis ha hablado del acoso escolar y del abuso que sufrió de niño? Sí. En esta serie Mike cuenta que de niño sufrió acoso escolar y abusos sexuales repetidos, sin dar detalles, y explica cómo esas heridas, junto con dos relaciones con personas que entendió que eran narcisistas, se convirtieron en una bomba de relojería.

¿Puede el trauma de la infancia causar depresión en la edad adulta? La investigación, como el estudio de experiencias adversas en la infancia de los CDC y Kaiser Permanente, muestra que las experiencias traumáticas en la infancia aumentan el riesgo de depresión y otros problemas de salud mental en la edad adulta. Es un riesgo, no un destino, y existe tratamiento.

¿Qué significa la frase de South Park en el vídeo de «El panda del acoso sexual»? El vídeo juega con la ironía y termina con una frase que viene a decir que la vida de Mike es como South Park porque todo empezó con un abuso sexual. Mike explica que la ironía y el humor negro son una forma de nombrar lo que duele.

¿Dónde puede pedir ayuda un adulto que sufrió abusos en la infancia? Puede empezar por su médico de familia, que puede derivarle a salud mental, o buscar un psicólogo sanitario colegiado con experiencia en trauma. En Madrid, las personas LGTBI pueden acudir a COGAM o al Programa Madrileño de Información y Atención LGTBI. Si hay pensamientos de suicidio, el 024 atiende las 24 horas.

¿Qué teléfono atiende a menores en España? La Fundación ANAR atiende a niños, niñas y adolescentes en el 900 20 20 10 y en el 116 111, de forma gratuita y confidencial, las 24 horas.

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