
By Mike Sain't Louis ·
Los muertos de Spoon River hablan: epitafios de Simónides a Jardiel Poncela y «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»
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Hay canciones que escribes para contar una cosa y que, con el tiempo, te descubren que estaban contando otra. «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» nació como una broma negra sobre el propio entierro: el recuento de quién vendría, el cura despachado, el vecino que salta sobre la tumba para asegurarse. Ya he contado aquí cómo está montada esa escena en «Contar sillas en mi propio velatorio», así que hoy no voy a repetir el recuento. Hoy quiero hablar de otra cosa que la canción hace sin decirlo: escribe un epitafio. O, mejor dicho, escribe varios, los que dirían los demás, y los pone en fila.
Porque fíjate en cómo termina:
Y dirán: "Ya sabes, tenía su carácter".
Eso es una lápida. Una frase corta, de cuatro palabras, que pretende resumir una vida entera y que, como casi todas las lápidas, dice más de quien la escribe que de quien está debajo. Pensando en esa línea me puse a leer sobre epitafios, y acabé en un pueblo de Illinois que no existe, donde los muertos hablan de sí mismos con una sinceridad que en vida no se permitieron. Este artículo es el resultado de ese paseo: un recorrido por el epitafio como género literario, de las piedras griegas a la «Antología de Spoon River», de la tumba de Oscar Wilde en París al nicho madrileño de Jardiel Poncela. Y al final, una propuesta un poco rara pero que a mí me ha servido: escribir el tuyo, no para despedirte, sino para saber qué quieres que se diga mientras sigues aquí.
Una canción que imagina lo que dirán
Antes de salir de viaje conviene dejar clara una cosa. Imaginar el propio entierro es uno de los juegos más viejos de la literatura y del humor. Lo hacía Jorge Manrique, lo hizo Tom Sawyer escondido en la iglesia mientras el pueblo le lloraba, lo hace cualquiera que alguna vez ha pensado, después de una pelea, «ya me echarán de menos». Es un ejercicio de perspectiva, no un deseo. En la canción, lo que duele no es la muerte en sí, sino algo mucho más cotidiano: la sospecha de que se nos va a resumir mal.
Y en dos semanas eso es pasado, eso ya está vivido, y será como si nunca hubieras existido.
Esos tres versos son el corazón del asunto. El miedo no es a desaparecer, es a que nadie cuente bien la historia. Y el epitafio, desde que existe, ha sido justo eso: el último intento de controlar el relato. Unas veces lo escribe el muerto antes de irse, otras la familia, otras un amigo con buena pluma, y otras, como en la canción, lo escribe el cotilleo del pasillo, que siempre tiene la última palabra.
Si en algún momento pensar en tu propia muerte deja de ser un juego literario y se convierte en algo que te pesa, no lo dejes para luego. En España el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, atiende a cualquier hora y también orienta a quien está preocupado por alguien. En una emergencia, el 112. Hablarlo con alguien es el primer paso, y no hay que estar «lo bastante mal» para llamar.
El arte de decirlo en una piedra
La palabra epitafio viene del griego y significa, más o menos, «sobre la tumba». Al principio no era un género literario, sino una necesidad práctica: la piedra tenía un tamaño, el cantero cobraba por letra y había que decir quién estaba allí y por qué merecía recordarse. De esa limitación nació un estilo. Pocas palabras, mucha carga. Nada de adornos que no cupieran.
Los griegos convirtieron esa necesidad en arte. Durante siglos se fueron copiando y coleccionando inscripciones funerarias, reales o inventadas, y muchas acabaron reunidas en lo que hoy llamamos la Antología griega. Uno de sus libros, el séptimo de la llamada Antología Palatina, está dedicado entero a los epigramas sepulcrales: cientos de poemas breves escritos para tumbas de soldados, de niños, de marineros ahogados, de perros, de cigarras, de amantes. Algunos se grabaron de verdad. Otros eran ejercicios de poetas que imaginaban la tumba de alguien para lucirse con la forma.
El más famoso de todos se atribuye tradicionalmente a Simónides de Ceos y recuerda a los espartanos caídos en las Termópilas. Heródoto lo recoge en el libro séptimo de su «Historia», y dice, en una de sus muchas traducciones posibles: «Extranjero, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos, obedientes a sus leyes». Ya está. Trescientos muertos, una batalla perdida que se convirtió en mito, una ciudad entera, y caben en dos líneas. Ese es el ideal del epitafio clásico: que el viajero que pasa por el camino se detenga un segundo, lea y siga andando con algo nuevo dentro.
Lo que me fascina de esos poemas antiguos es que muchas veces hablan en primera persona. El muerto se dirige al caminante: «Detente y mira», «No llores por mí», «Yo también fui como tú». La piedra no describe, conversa. Y esa idea, la del muerto que habla, es la que siglos después recogería un abogado de Chicago para escribir uno de los libros de poesía más leídos de Estados Unidos.
Un abogado de Chicago con nombre falso
En mayo de 1914, una revista literaria de San Luis, en Misuri, «Reedy's Mirror», empezó a publicar cada semana unos poemas raros firmados por un tal Webster Ford. Eran poemas breves, en verso libre, y cada uno llevaba por título el nombre de una persona. Todos hablaban desde la tumba. Todos vivían, o habían vivido, en un pueblo llamado Spoon River.

Webster Ford no existía. Detrás estaba Edgar Lee Masters, un abogado de Chicago que había sido socio de Clarence Darrow y que había crecido en dos pueblos de Illinois, Lewistown y Petersburg, cerca de un río que de verdad se llama Spoon. El editor de la revista, William Marion Reedy, le había regalado tiempo atrás una edición de la Antología griega, y Masters tuvo la idea de hacer lo mismo con su gente: escribir los epitafios de un pueblo entero. Reedy desveló quién era el autor en noviembre de 1914, después de veintiuna entregas, y en 1915 la editorial Macmillan publicó el libro, «Spoon River Anthology», con 213 poemas. En la edición de 1916 Masters añadió más, hasta llegar a los 244 relatos de muertos que suelen citarse, unos 212 personajes distintos.
El éxito fue enorme y el escándalo, también. Muchos personajes estaban inspirados en vecinos reales de Lewistown y Petersburg, algunos con el nombre apenas disfrazado, y en el pueblo no sentó nada bien verse retratado. Porque lo que dicen los muertos de Spoon River no es lo que pondría su lápida. Es lo que de verdad pasó.
Lo que los muertos no dijeron en vida
El libro empieza con un poema que se llama «La colina», que es como se llama el cementerio. Y empieza con una pregunta que todavía me pone la piel de gallina: «¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, / el de voluntad débil, el de brazo fuerte, el payaso, el borracho, el peleón? / Todos, todos duermen en la colina». La traducción es mía y no le hace justicia a la música del original, pero da la idea. A partir de ahí, cada poema es uno de esos durmientes que se despierta un momento para contar su versión.
Y las versiones son demoledoras. Está la esposa respetable que cuenta que su matrimonio fue una cárcel. Está el banquero honrado que confiesa el fraude. Está el borracho del pueblo, despreciado por todos, que resulta haber sido mejor persona que quienes le señalaban. Está el juez que se vengó desde el estrado de todas las burlas que recibió de niño por ser bajito. Está el poeta del pueblo que se pasó la vida escribiendo versos de salón, pequeños y correctos, mientras la vida verdadera pasaba por delante de su ventana sin que se atreviera a mirarla.
Y está Lucinda Matlock, una de mis favoritas, que vivió noventa y seis años, tuvo doce hijos, perdió a ocho, hiló, tejió, cuidó enfermos, paseó por los bosques y los valles, y al final se dirige a las generaciones más jóvenes, que se quejan de todo, y les suelta: hace falta vida para amar la Vida. Así, con mayúscula la segunda.
Lo que tienen en común todos esos poemas es lo mismo que tiene en común la canción: la distancia entre la frase oficial y la historia real. En Spoon River, la lápida dice «esposa amantísima», «ciudadano ejemplar», «descanse en paz». El poema dice lo que había debajo. En la canción, el pasillo del tanatorio dice «tenía su carácter» y «seguro que iba borracho». La canción, como el libro, sabe que eso no es la historia, sino una manera cómoda de cerrar el expediente.
La traductora que fue a la cárcel y el disco de De André
La historia de Spoon River tiene un capítulo italiano que me parece precioso. En plena dictadura fascista, cuando la literatura estadounidense estaba mal vista, el escritor Cesare Pavese le prestó el libro a una joven estudiante de Turín, Fernanda Pivano. Ella se enamoró de esos muertos parlanchines y empezó a traducirlos casi a escondidas. En 1943 la editorial Einaudi publicó una selección de su traducción, y la edición completa llegó en 1947. Pivano acabó siendo una de las grandes traductoras de literatura norteamericana en Italia, y su Spoon River se convirtió en un libro de cabecera para varias generaciones.
Una de las personas que lo leyó fue Fabrizio De André. En 1971 publicó un disco entero basado en nueve de esos poemas, «Non al denaro non all'amore né al cielo», con letras adaptadas junto a Giuseppe Bentivoglio y arreglos de un joven Nicola Piovani, el que años después ganaría el Óscar por la música de «La vida es bella». El título sale precisamente del primer poema, «La colina»: los que duermen allí vivieron sin pensar ni en el dinero, ni en el amor, ni en el cielo. El disco llegó a lo más alto de las listas italianas y llevó a los muertos de Illinois a sonar en tocadiscos de toda Italia.
Me gusta esa cadena: unas piedras griegas que inspiran a un editor, que se las regala a un abogado, que escribe un pueblo de muertos, que una estudiante traduce casi en secreto, que un músico convierte en canciones. Es la prueba de que los epitafios, que parecen el género más quieto del mundo, en realidad viajan muchísimo.
Manrique, Quevedo y la tumba como espejo
En español no tuvimos una Spoon River, pero sí una relación larguísima con la escritura funeraria. El ejemplo que todos aprendimos en el instituto son las «Coplas por la muerte de su padre» de Jorge Manrique, escritas tras la muerte de don Rodrigo Manrique en 1476. No son un epitafio en sentido estricto, son una elegía, pero contienen la idea que está en la base de todos los epitafios: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir». Manrique no se queda en la tristeza. Distingue tres vidas: la del cuerpo, que se acaba; la eterna, que promete la fe; y una tercera, la de la fama, la que queda en la memoria de los demás. Esa tercera vida es la que le preocupa a la canción. ¿Qué queda de mí en la boca de los otros?

Quevedo fue más lejos y escribió un soneto que es, en el fondo, un epitafio desafiante. «Amor constante más allá de la muerte» termina con un verso que todo el mundo conoce: «polvo serán, mas polvo enamorado». Es decir: me podréis enterrar, me convertiré en ceniza, pero esa ceniza seguirá sintiendo. No hay manera más bonita de negarse a que te resuman en una piedra.
Y Cervantes, que se reía de todo, cierra el «Quijote» con varios epitafios burlescos, entre ellos el que Sansón Carrasco dedica a don Alonso Quijano, que acaba diciendo que el hidalgo tuvo la ventura de «morir cuerdo y vivir loco». Es un resumen perfecto. Y es, también, una lápida que no deja tranquilo a nadie, porque obliga a preguntarse qué es más digno.
Más cerca de nosotros, Jaime Gil de Biedma se atrevió a escribir un poema titulado «Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma», incluido en «Poemas póstumos» (1968), un libro que publicó en vida y con un título que ya es una broma seria. En él, el poeta se despide de una parte de sí mismo, de la persona que fue, como quien escribe la necrológica de su propio personaje. Es la misma operación que la canción, pero al revés: en lugar de imaginar lo que dirán los demás, el poeta decide él mismo qué parte de su vida da por terminada.
Los que se rieron de su propia lápida
El epitafio tiene también una tradición cómica, y es la que más se parece al tono de la canción. La regla es sencilla: si te van a resumir de todas formas, mejor que la última palabra sea tuya y que tenga gracia.
El ejemplo español más citado es el de Enrique Jardiel Poncela, el autor de «Eloísa está debajo de un almendro». Jardiel murió en Madrid el 18 de febrero de 1952, con cincuenta años, en una época de penurias económicas, fracasos con su compañía teatral y ataques feroces de buena parte de la crítica. Había escrito él mismo la frase que su hija Evangelina hizo poner sobre su nicho: «Si queréis los mayores elogios, moríos». Es un chiste, pero es un chiste amargo. Jardiel sabía que el reconocimiento le llegaría tarde, cuando ya no pudiera disfrutarlo. Y así fue: incluso la placa en su recuerdo tardó años en llegar, porque el dueño del edificio donde murió no dio permiso.
Esa frase de Jardiel y la canción se dan la mano por debajo de la mesa. La canción teme que nadie hable. Jardiel sabía que hablarían, pero demasiado tarde. Las dos señalan lo mismo: la costumbre tan nuestra de guardarnos las cosas buenas para el funeral.
En el otro extremo está el humorista irlandés Spike Milligan, el de «The Goon Show», que murió en 2002. Siempre había dicho que quería en su lápida una frase muy suya: «Ya os dije que estaba enfermo». La diócesis de Chichester, de la que dependía el cementerio de Winchelsea, en Sussex, no aceptó un epitafio tan abiertamente cómico. La familia encontró la solución: lo grabaron en irlandés, «Dúirt mé leat go raibh mé breoite», y la frase quedó allí, con el chiste intacto para quien sepa leerlo. Me parece una de las mejores lecciones de escritura que conozco: cuando te censuran, cambia de idioma.
En la canción hay algo de eso. La escena de la tumba, con el salto para comprobar que estás bien enterrado, está sacada de una comedia de la tele que todos hemos visto. El narrador escoge reírse antes de que se rían de él. Es una forma de defensa muy antigua y muy queer: adelantarse al chiste. Hablé de cómo la risa puede pasar de ser un arma de otros a una herramienta propia en «De la risa ajena a la risa propia», y de los límites que me pongo a mí mismo en «Hacer humor gay sin hacer daño».
La tumba de Wilde y los que lloran desde fuera
Hay un epitafio que tengo que traer aquí porque responde, casi palabra por palabra, al miedo de la canción. Es el de Oscar Wilde.

Wilde murió en París en 1900, arruinado y apartado después de la cárcel a la que le llevó el juicio por sus relaciones con hombres. Le enterraron primero en un cementerio de las afueras, y en 1909 sus restos se trasladaron al cementerio de Père Lachaise. Su amigo y antiguo amante Robert Ross encargó el monumento al escultor Jacob Epstein, que talló una figura alada enorme en un solo bloque de piedra. Las autoridades del cementerio la consideraron indecente y la taparon con una lona; no se descubrió hasta 1914. Cuando Ross murió, sus cenizas se colocaron en un hueco de la propia tumba, junto a Wilde.
En la parte de atrás, Ross hizo grabar una estrofa de «La balada de la cárcel de Reading», el poema que Wilde escribió después de salir de prisión. Dice así, en traducción mía y libre: «Y lágrimas ajenas llenarán por él / la urna rota de la compasión, / porque quienes le lloren serán los proscritos, / y los proscritos lloran siempre».
Lee esos versos al lado de la canción. «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno». La canción teme el velatorio vacío. El epitafio de Wilde responde que sí, que quizá la familia oficial no venga, que quizá la sociedad respetable no pronuncie su nombre, pero que vendrán los otros, los que también están fuera. Y vinieron. Durante décadas, miles de personas, muchas de ellas gays, lesbianas y gente que se sentía al margen, fueron a besar la tumba con los labios pintados. Tantos besos hubo que el carmín, que tiene grasa, empezó a dañar la piedra. En 2011, coincidiendo con el aniversario de su muerte, la tumba se restauró y se le puso una barrera de cristal. Y la gente siguió besando el cristal.
A mí esa imagen me conmueve muchísimo. Wilde murió convencido de que su nombre quedaría manchado para siempre, y más de un siglo después hay que proteger su tumba del exceso de cariño. Es la mejor respuesta posible a «nadie hablará de mí». Escribí sobre esa memoria que se hereda entre los que bailaron cuando no se podía en «A las que bailaron cuando no se podía».
El pasillo del tanatorio como género literario
Volvamos al final de la canción. Hay una parte que me parece la más cruel y la más verdadera:
Y contestarán a la pregunta: "¿Por qué me diría eso?" "No te preocupes, seguro que iba borracho, o tal vez muy puesto".
Esto es un epitafio de pasillo. Alguien se queda con una frase que le dolió, una frase que el muerto dijo y que ya no se podrá aclarar, y otra persona le da una explicación rápida para que pueda seguir con su día. Es un gesto de consuelo, pero también es una forma de borrar. Si lo que dijo era porque iba borracho, entonces no hace falta pensar si tenía razón.
Spoon River está lleno de esos malentendidos que solo se aclaran desde la tumba. Personajes que fueron juzgados por una frase, por un rumor, por una borrachera, y que por fin pueden explicar qué había detrás. Masters entendió que la muerte, en literatura, sirve para eso: para que alguien pueda contar su versión sin que le interrumpan.
Y aquí tengo que contar algo mío, con cuidado. Durante muchos años sentí que mi versión no contaba. Pasé veinte años en dos relaciones con personas narcisistas, y cuando por fin se vio lo que había, consiguieron poner en mi contra a parte de mi gente. Me quedé con la sensación de que el pasillo ya había decidido qué se diría de mí. Las canciones fueron mi forma de contar mi versión estando vivo, sin tener que esperar a ninguna lápida. Hoy sigo en tratamiento, psiquiátrico y psicológico, y lo cuento porque me ayuda a recordar que la historia se puede contar antes, no después. No voy a nombrar a nadie, porque lo importante no son ellos, sino lo que se puede hacer con lo que queda. Lo dejé escrito de otra manera en «Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie».
Por qué nos guardamos los elogios para el final
Hay una costumbre que la canción, Jardiel y Spoon River critican a la vez: la de esperar al funeral para decir lo bueno. En los velatorios todo el mundo era generoso, trabajador, buena gente. Nadie dice esas cosas en vida porque da vergüenza, porque parece exagerado, porque ya habrá tiempo.
La canción le da la vuelta a eso con una ironía muy seca. Ni siquiera en el entierro se dirá lo bueno; se dirá «tenía su carácter». Es la peor pesadilla de cualquier persona que alguna vez se sintió la rara de su familia: que ni siquiera la muerte te gane la amabilidad que no tuviste en vida.
Pero creo que la lección práctica es sencilla y no tiene nada de fúnebre. Si piensas algo bueno de alguien, díselo ahora. No esperes a la necrológica. Esa es, en el fondo, la frase de Jardiel leída al revés: si queréis dar los mayores elogios, no esperéis a que se mueran. Hablé de algo parecido, desde el lado de la memoria y el olvido, en «El buscador de mi web me recuerda lo que yo ya había olvidado».
Escribir tu propio epitafio, un ejercicio para vivos
Ahora la propuesta. Hay talleres de escritura y algunos terapeutas que proponen un ejercicio que suena siniestro pero no lo es: escribir tu propio epitafio. No para despedirte, sino para preguntarte qué te gustaría que dijera. Y, sobre todo, qué te falta para que lo diga.

Te propongo hacerlo al estilo de Spoon River, que es mucho más divertido que el formato clásico. Las reglas son tres.
- Escribe en primera persona, como si hablaras desde la colina a alguien que pasa por el camino.
- No pongas lo que diría tu lápida oficial. Pon lo que de verdad te pasó: lo que te dolió, lo que te hizo reír, lo que nadie supo.
- Termina con una frase que te gustaría que alguien leyera dentro de cien años, aunque no sepa quién eras.
Hazlo en diez líneas, como mucho. Y cuando termines, léelo y fíjate en una cosa: lo que has escrito no habla de la muerte. Habla de cómo quieres vivir el tiempo que queda. Si tu epitafio dice que te atreviste a algo, quizá ese algo todavía está pendiente. Si dice que querías a alguien, quizá esa persona aún no lo sabe.
Si te pasa que al escribirlo te remueve más de la cuenta, para. Este ejercicio está pensado para hacerse en un momento tranquilo, no en una noche mala. Y si la noche mala llega, el 024 está ahí, sin juicios.
Cómo suena un epitafio en una canción
Hay algo que me interesa como letrista, compositor y productor musical: la forma. Un epitafio funciona por compresión, igual que un estribillo. Tienes muy poco espacio y tienes que decir algo que se recuerde. Por eso no es raro que tantas canciones funcionen como lápidas: «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» es una frase que podría estar grabada en piedra. Tiene el ritmo de una inscripción y la arrogancia triste de los epitafios antiguos que hablaban al caminante.
La diferencia es que la canción se repite. El estribillo vuelve una y otra vez, y con cada vuelta cambia de sentido. La primera vez suena a queja. La segunda, a burla. Hacia el final ya suena casi a desafío, como si dijera: pues mira, aquí estoy, hablando de mí antes de que nadie lo haga. Y eso es lo que hace que el chiste funcione. La canción, por existir, desmiente su propio título. Alguien está hablando de él. Él mismo. Ahora.
Si quieres ver cómo se cuenta todo eso en imágenes, el videoclip está en la página de vídeos. Y si te interesa cómo juego con la muerte y el humor en otras letras, en «El falso réquiem» explico cómo monté el giro de otra canción que también arranca como un entierro.
Otras lápidas en mis canciones
La muerte, el olvido y la memoria aparecen más veces en lo que escribo. Hay duelos que no tienen ceremonia, como el que conté en «La hora antes de las campanas». Hay muertes que se celebran con una carcajada, como la del dictador, que repasé en «Reírse del tirano». Y hay poetas muertos a los que les robo un verso para que sigan vivos en otro ritmo, como hice con Lorca en «Verde que te quiero verde».
Todas esas canciones tienen algo de epitafio y algo de antiepitafio. Hablan de lo que se acaba para insistir en lo que queda. Es la tercera vida de Manrique, la de la memoria, pero escrita con purpurina y con tacos.
Lo que dirá la colina
Al final de «La colina», Masters pregunta por el viejo violinista del pueblo, el que tocaba en todos los bailes y nunca se tomó la vida demasiado en serio. Y el poema le encuentra todavía allí, en la memoria, tocando. Es el único que no ha dejado de sonar. No porque fuera el más importante, sino porque fue el que más alegría repartió.
Me gusta pensar que esa es la mejor respuesta a la canción. Puede que en el velatorio haya dos amigos, como mucho, tal vez uno. Puede que el pasillo diga «tenía su carácter». Pero lo que queda no es la frase del pasillo. Lo que queda es lo que hiciste sonar mientras estabas aquí. Wilde tiene besos en el cristal. Jardiel tiene sus comedias en los teatros. Los muertos de Spoon River tienen un libro que sigue reeditándose más de un siglo después.
Y quien escribe canciones tiene sus canciones. Esta, al menos, ya está hablando de mí. Y yo sigo vivo para escucharla.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la «Antología de Spoon River»? Es un libro de poemas de Edgar Lee Masters publicado en 1915 por Macmillan, tras aparecer por entregas desde mayo de 1914 en la revista «Reedy's Mirror» con el seudónimo de Webster Ford. Cada poema es el epitafio, en primera persona, de un habitante del pueblo imaginario de Spoon River, inspirado en Lewistown y Petersburg (Illinois). La primera edición tenía 213 poemas y la de 1916 amplió la colección.
¿Qué dice el epitafio de Oscar Wilde? Su tumba en el cementerio de Père Lachaise, en París, obra del escultor Jacob Epstein, lleva grabada una estrofa de «La balada de la cárcel de Reading»: lágrimas ajenas llenarán por él la urna rota de la compasión, porque quienes le lloren serán los proscritos, y los proscritos lloran siempre. Desde 2011 una barrera de cristal protege la piedra de los besos con carmín.
¿Cuál es el epitafio de Jardiel Poncela? «Si queréis los mayores elogios, moríos». Lo escribió el propio Enrique Jardiel Poncela y su hija Evangelina lo hizo poner sobre su nicho después de su muerte, el 18 de febrero de 1952 en Madrid.
¿Es una canción sobre querer morir? No. «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» es una sátira de humor negro sobre el miedo a ser olvidado y a que otros resuman tu vida con una frase injusta. Imagina el entierro como hacen tantos poemas y comedias, para hablar de cómo nos tratamos en vida. Si pensar en la muerte te pesa de verdad, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora.