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El buscador de mi web me recuerda lo que yo ya había olvidado

Voy a confesar algo que no queda muy bien en un artista: no me acuerdo de todas mis canciones. De los títulos sí, de casi todos. Pero de lo que dice cada una, verso a verso, no. Tengo 273 singles publicados y escribí todas las letras, y aun así hay días en que me viene una frase a la cabeza y no sé si es nueva o si ya la usé hace un año en otra canción.

Por eso, cuando preparé mi web, mikesaintlouis.com, insistí en que tuviera un buscador. Pensaba en el público, claro. Pero el primer usuario del buscador he sido yo.

La memoria no escala

Cuando tienes diez canciones, las tienes en la cabeza. Cuando tienes cincuenta, empiezan a mezclarse. Con más de doscientas, la memoria deja de ser fiable. No es una cuestión de edad ni de despiste. Es simplemente que una cabeza no está hecha para guardar con precisión tanto texto propio.

Lo noté antes de tener la web. Escribía una letra, me gustaba una imagen, y al rato tenía la sospecha de que esa imagen ya existía en otra canción. Buscarla era un infierno: abrir archivos, recordar en qué época podía estar, escuchar trozos. Muchas veces me rendía y lo dejaba pasar. Probablemente alguna repetición se me ha colado, y si la encuentras, te pido indulgencia.

Ahora, con todas las letras completas en la web, cada una en la página de su canción, escribo una palabra en el buscador y me aparece dónde la he usado. Es humillante y útil a partes iguales. Humillante porque me obliga a aceptar que mi memoria es peor que mi archivo. Útil porque, antes de dar por buena una frase nueva, puedo comprobar en un momento si ya la tengo gastada en otra parte, y decidir si la repito a propósito o la cambio.

Lo que aprendo al buscarme

Usar el buscador sobre tu propia obra es un ejercicio extraño. Te enseña tus manías. Hay palabras que vuelven una y otra vez, y no siempre me había dado cuenta. Algunas me gustan, son parte de mi forma de hablar y no pienso quitarlas. Otras me dan un poco de vergüenza, porque las uso como muletilla cuando no se me ocurre nada mejor.

También me enseña lo contrario: temas de los que creía haber escrito mucho y resulta que no tanto. Tenía la sensación de que hablaba de exnovios sin parar, y es verdad que hablo bastante, pero cuanto más busco, más veo que la vida de cada día ocupa más sitio del que pensaba. Las vecinas, las dietas, los novios con ciudad de origen. «Mi novio de Albacete», «La dieta del cucurucho». Me veía como un autor de desamor y soy también un autor de lo cotidiano.

Esa diferencia entre lo que crees que haces y lo que haces de verdad es muy sana de ver. A veces escuece.

Para quien llega a la web desde fuera, el buscador resuelve otro problema. Mucha gente oye un trozo de canción en un vídeo corto y se queda con una frase, no con el título. Sin buscador, esa persona no tiene manera de llegar. Con él, escribe lo que recuerda y aparece la canción.

Me gusta pensar en ese momento. Alguien con una frase rondándole la cabeza durante días, sin saber de dónde salió, y de pronto la encuentra. Es una pequeña satisfacción que conozco bien, porque me ha pasado con canciones de otros toda la vida.

No sé exactamente qué busca la gente en mi web. Tengo curiosidad y algo de miedo. Sospecho que habrá búsquedas con faltas de ortografía, títulos mal recordados, palabras que nunca he usado. Eso también dice algo de cómo queda una canción en la memoria de quien la escucha: deformada, a su manera, con su propia versión.

Un catálogo grande necesita algo más que orden

Con un catálogo como el mío, ordenar no basta. La web tiene una sección de letras de la A a la Z, que es el orden clásico, y está bien para quien sabe lo que quiere. El buscador es para quien no lo sabe del todo. Son dos maneras de recordar distintas. Una es la del archivo, la otra es la de la memoria, que funciona a saltos, por asociación, por una palabra suelta.

Creo que cualquier persona que produzca mucho, sea música, textos o lo que sea, acaba necesitando una herramienta así. No para presumir de volumen, sino para no perderse dentro de lo que ha hecho. La obra propia, cuando crece, se vuelve un territorio, y en un territorio grande te pierdes sin mapa.

Lo que el buscador no hace

Ahora la parte menos bonita. Un buscador encuentra palabras, no intenciones. Si busco una canción triste, no la encuentra. Si busco algo que se dice de forma indirecta, tampoco. Mis letras van mucho de lado, con humor que esconde otra cosa, y eso un buscador no lo pilla.

Para eso sigue haciendo falta escuchar. O leer despacio. O preguntarle a alguien que conozca bien las canciones, que a veces sabe más de ellas que yo. El buscador te deja en la puerta de la canción, pero entrar ya es cosa tuya.

Y en mi caso, también es un recordatorio de que, por mucho que escriba, la memoria de la obra no la puedo llevar solo en la cabeza. Necesito un sitio fuera de mí que la guarde. Durante mucho tiempo ese sitio fue un desorden de archivos. Ahora es una web.

El buscador, y las 273 canciones que encuentra, están en mikesaintlouis.com.

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