
Por Mike Sain't Louis ·
De la risa ajena a la risa propia: el humor queer en la cultura popular española
Si haces memoria de la televisión y el cine españoles de las últimas décadas, te vas a encontrar con un personaje que aparece una y otra vez. Un hombre amanerado, con la muñeca suelta, que entra en escena para que el público se ría. No dice gran cosa. No tiene novio, ni trabajo que importe, ni una casa a la que volver. Está ahí para el chiste, y el chiste casi siempre es él.
Ese personaje fue durante mucho tiempo la única forma en que la gente gay salía en pantalla en España. Y me parece importante hablar de él sin rencor y sin nostalgia, porque explica bastante de lo que vino después y de lo que intento hacer yo.
El mariquita de la comedia
Las comedias populares de los años setenta, las de cine de barrio y sesión doble, estaban llenas de esos papeles secundarios. El peluquero, el modisto, el vecino del quinto. Eran caricaturas, y muchas veces crueles. Pero también eran, por raro que suene, una forma de visibilidad. Había gente que veía esas películas en un pueblo y reconocía algo. Aunque fuera a través de la burla.
Esa ambigüedad me interesa. El público se reía de aquel personaje, pero a veces el personaje era el más listo de la escena. Tenía la frase rápida, la respuesta afilada, el comentario que dejaba en ridículo al galán. La comedia lo usaba como blanco y, sin darse cuenta, le regalaba el ingenio.
Creo que ahí empieza algo muy español: la idea de que el maricón, aunque esté en el lugar más bajo, tiene la lengua más rápida de la sala. Es un tópico, pero nace de una supervivencia real.
Los escenarios de madrugada
Mientras la pantalla grande se reía de nosotros, en otros sitios se estaba haciendo un humor muy distinto. Los espectáculos de transformismo, en cabarets y salas pequeñas, tenían su propio lenguaje. Allí la risa venía de dentro. La artista se burlaba del público, de los hombres casados que iban a mirar, de sí misma, de la copla que estaba imitando con un abanico.
Ese humor era más sucio, más libre y mucho más inteligente que el de las películas. Funcionaba con guiños que solo entendía quien estaba en el ajo. Una palabra con doble sentido, un gesto que en otro contexto no significaba nada. La complicidad era la mitad del chiste.
Me gusta pensar que buena parte del humor queer español de hoy viene de esas madrugadas más que de la televisión. Del escenario de un bar con cuatro focos, no del plató.
Cuando la risa cambió de dueño
En algún momento, que no sabría fechar con exactitud, la cosa empezó a girar. Las series de televisión de los noventa y los dos mil trajeron personajes gais que tenían vida propia: madres pesadas, exnovios, problemas en el trabajo. Seguían haciendo reír, pero el chiste ya no eran ellos. Eran personajes con chistes, que no es lo mismo.
Luego llegó internet, y con internet, algo nuevo: la gente queer pudo hacer humor sin pedir permiso a ningún productor. Un vídeo de treinta segundos grabado en una cocina podía llegar más lejos que una película entera.
El cambio más grande, para mí, es de dirección. Antes la risa iba de fuera hacia dentro: ellos se reían de nosotros. Ahora va casi siempre de dentro hacia fuera. Nos reímos de nosotros mismos, sí, pero también de la familia que no entiende, del jefe que se hace el moderno, de la marca que se pone la bandera en junio y se la quita en julio.
Lo que heredé sin pedirlo
Cuando escribo las letras de PLANETA GAYFOLK no pienso conscientemente en toda esta historia. Pero está ahí, como el acento. Títulos como «La vecina cotilla» o «No quiero otro novio cojín» vienen de esa tradición de la frase rápida y el personaje reconocible. Son comedia de costumbres, en cierto modo. Gente que conoces, situaciones que has vivido o te han contado.
Lo que intento cambiar es quién está en el centro. En mis canciones el hombre gay no es el secundario gracioso que entra a hacer una gracia y se va. Es el protagonista. Tiene novio, tiene ex, tiene autoestima buena o mala según el día. El humor sale de su vida, no de su forma de mover las manos.
También he heredado una duda. Hay gente que todavía se incomoda con cierto humor marica porque le recuerda al de aquellas películas. Lo entiendo. Hay chistes que yo mismo hago y que, escritos por otra persona en otra época, me habrían dolido. La diferencia la marca quién lo dice y desde dónde, pero no siempre es tan clara como me gustaría.
Y hay otra cosa que no termino de resolver. El humor queer español tiene una tradición muy de cabaret, de noche, de público adulto. Mucha gente joven llega ahora a este tipo de canciones por TikTok, a plena luz del día y con el móvil en el autobús. Mucha gente me conoció así, con «Tan Cateto». Me pregunto a veces si ese salto de la sala oscura a la pantalla pequeña cambia el chiste. Creo que sí. Todavía no sé si para bien.
Lo que tengo claro es que el humor ha sido, para la gente LGTB en España, algo más que entretenimiento. Ha sido una forma de aguantar, de reconocerse en un bar y de decir cosas que no se podían decir de otro modo. Y cada generación lo ha tomado y lo ha cambiado un poco.
Yo me sumo a esa cadena con lo que tengo: letras que escribo yo, música que produzco con herramientas de inteligencia artificial y más de 280 videoclips. Me presento como el primer cantautor IA, y sé que esa etiqueta ya es en sí misma un poco de chiste. Me parece bien. Viene de una tradición que siempre supo reírse primero.
Todas las letras están en mikesaintlouis.com.