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Contar sillas en mi propio velatorio: «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

Un tanatorio de extrarradio, sala 3. Huele a lirios y a café de máquina. Hay muchas sillas de esas tapizadas en granate y muy poca gente sentada en ellas. Al fondo, el difunto, con traje negro y un clavel rosa en la solapa. Ese difunto soy yo.

Así arranca, más o menos, «Nadie hablará de mí cuando haya muerto». No con esas palabras, que son mías de hoy, sino con un recuento: «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno». Una contabilidad de asistentes. Como quien hace la lista de invitados de una boda, pero al revés y sin barra libre.

Soy Mike Sain't Louis, escribo las letras de Planeta Gayfolk, y en esta canción organicé mi propio entierro. Con su público, su escándalo con el cura y su invitado sorpresa de La que se avecina. La ficha de la canción cuenta lo básico. Aquí quiero contar por qué alguien escribe su funeral antes de tiempo, y por qué lo escribe riéndose.

El recuento

Lo primero que hace la letra es contar. Dos amigos, quizá uno. Luego la familia de sangre: la madre, el padre. Luego la última pareja. Y ahí la cuenta se tuerce.

Me gusta que empiece así, con números. La muerte en las canciones suele llegar con palabras grandes: eternidad, cielo, alma, ausencia. Aquí llega con una calculadora. Cuántos vendrán. Cuántas sillas sobran. Es la pregunta más mezquina y más humana que existe, la que todos nos hemos hecho alguna vez en la cama a las tres de la mañana y que nadie confiesa en voz alta.

Y el «tal vez uno» es el primer golpe. No dice «tal vez ninguno», que sería melodrama. Dice uno. Un amigo. Hay algo peor que la soledad absoluta, y es la soledad con un testigo.

Con razón

El verso que más me pesa de toda la canción es este: «Hasta que, al final, y con razón, él también se aleja».

Él es la última pareja. Y la clave son las tres palabras del medio: y con razón. El que se muere no culpa al que se va. Le da la razón. Admite que él también se habría ido de sí mismo.

Esa es la parte de autoparodia que no tiene gracia, o que tiene una gracia muy negra. En muchas de mis canciones los ex son villanos: narcisistas, mentirosos, ladrones de bañadores de marca. En esta, el ex se va y hace bien. El problema, por una vez, soy yo.

No sé si es justo conmigo. Probablemente no. Pero es honesto con un sentimiento que existe: el de mirarte y pensar que, si fueras otra persona, tampoco te aguantarías. Escribirlo en una canción es una manera de sacarlo de la cabeza y ponerlo encima de la mesa, donde se puede mirar con algo de distancia.

Y desde fuera, dicho así, hasta da un poco de risa.

Familia de sangre

Hay dos palabras en la letra que suenan a formulario de hospital: familia de sangre. No dice mi familia. Dice la de sangre, con los dos puntos detrás, como si rellenara una casilla.

Esa precisión no es inocente. Muchas personas LGTBI conocen la diferencia entre la familia de sangre y la familia que uno se busca: los amigos que te recogieron cuando la otra no supo hacerlo, las vecinas, los compañeros de piso que acabaron siendo hermanos. En el funeral de la canción, la familia elegida se reduce a esos dos amigos, como mucho. Y la de sangre viene, sí, pero viene por obligación, porque es lo que toca.

No quiero leer en la letra más de lo que dice. La madre y el padre están, y eso ya es mucho: hay funerales en los que ni eso. Pero el tono de lista, de trámite, dice algo de cómo se siente el protagonista con ellos. Están en la primera fila, pero a lo mejor no son los que más lloran.

Y luego está el orden. Primero los amigos, luego la sangre. No es casualidad.

Mi último novio

Fíjate también en cómo se nombra al ex. Primero es mi última pareja, en la lista de asistentes. Luego, unos versos más abajo, es mi último novio, junto a los que dirán.

Fotogramas del videoclip oficial de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», de Mike Sain't Louis

Pasa de una categoría a otra en la misma canción. Como si el protagonista lo hubiera colocado primero entre los suyos y luego, al recordar que se alejó, lo hubiera cambiado de sitio, a la zona de los que murmuran. Es un desplazamiento pequeño, de los que solo se ven si lees la letra despacio.

Me gusta que el ex no tenga nombre ni defectos concretos. En otras canciones mías el ex es un personaje, con sus bañadores de marca robados, su luz de gas o su inteligencia artificial disfrazada. Aquí es solo alguien que se fue, y con razón. Es el ex más triste del catálogo porque es el único al que no le puedo reprochar nada.

Un funeral sin banda sonora

Hay un detalle que me hace gracia y que no está en la letra, sino alrededor. En ningún momento de la canción suena música en el funeral. No hay coro, no hay órgano, no hay canción favorita del difunto sonando por el altavoz del tanatorio.

Para alguien que ha publicado 273 singles es una ausencia llamativa. Cualquiera esperaría que el letrista pidiera, por lo menos, que le pusieran una de las suyas al salir el féretro. Pues no. El funeral imaginado es en silencio, o con el ruido de las sillas y los cuchicheos.

Me lo tomo como otra broma contra mí. Ni en mi entierro, por lo visto, me imagino a nadie poniendo mis canciones. Si alguien decide hacerlo algún día, que no sea esta, por favor. Sería demasiado literal hasta para mí.

El que se creía un genio

Entre los asistentes al velatorio están los de siempre: los que dirán. Y lo que dirán, entre comillas en la letra, es que ahí va el que se creía un genio.

Aquí la autoparodia es directa y la disfruto mucho. Tengo un catálogo de 273 singles, tres discos, más de 280 videoclips y un sello propio que lleva mi nombre en mayúsculas. Si hay alguien en el mundo susceptible de que le digan «ese se creía un genio», soy yo. Es la frase que me imagino en la boca de un primo lejano, entre croqueta y croqueta, en la sala de al lado del tanatorio.

Ponerla en la canción es quitársela a ellos. Ya lo he dicho yo primero. Ya me he reído yo antes. Es una de mis reglas de la casa, la de que con humor también se dice la verdad, aplicada a mí mismo y con la caja cerrada.

Además, tiene su parte de razón. Para publicar tanto hace falta creerse un poco genio, aunque sea los martes. Nadie escribe 273 canciones convencido de que no valen nada.

Una despedida a malas con la iglesia

Llega el cura. Viene a dar la extremaunción, como manda la tradición en tantas casas españolas, y la escena se tuerce del todo: el moribundo lo echa de casa, a malas, y la letra menciona acusaciones muy graves contra él. Se irá muy serio, dice la canción, y no dice más.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Saltar encima de mi tumba para comprobar que estoy bien muerto y enterrado» de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

No voy a hacer chistes con esa parte, porque no los tiene. Lo que me interesa de la escena es lo que representa: una ruptura con la iglesia en el último minuto, sin reconciliación de película. En el cine, el pecador se arrepiente en el lecho de muerte y el cura le absuelve con lágrimas en los ojos. Aquí no. Aquí el protagonista se muere igual que vivió: sin pedir perdón a quien no cree que se lo merezca.

Para muchos hombres gais de mi generación y de las anteriores, la relación con la iglesia ha sido una herida larga. La canción no da nombres ni señala a nadie en concreto: es un cura imaginario en un funeral imaginario. Pero la puerta que se cierra detrás de él es muy real.

Se va muy serio. Y el difunto, todavía vivo, se queda tan ancho.

Antonio Recio salta sobre la tumba

Y entonces llega la referencia que hace que la canción sea mía y no de otro. Habrá algunos, dice la letra, que harán como el demonio pelirrojo con Antonio Recio: «Saltar encima de mi tumba / para comprobar que estoy bien muerto y enterrado».

Quien haya visto La que se avecina sabe de qué hablo. Antonio Recio, mayorista que no pescadero, el personaje que Jordi Sánchez convirtió en patrimonio nacional del cabreo. Y alrededor de él, ese universo de vecinos de Mirador de Montepinar que se odian con un cariño muy español. La letra no pone nombre al demonio pelirrojo: lo deja en apodo, que es como se insulta en esa comunidad de vecinos.

Meter una sitcom de Telecinco en una canción sobre la muerte es exactamente lo que no se debe hacer, y por eso lo hice. Es el truco de siempre: cuando la cosa se pone demasiado solemne, entra un personaje de la tele y lo desordena todo. Como cuando en un entierro alguien se acuerda de una anécdota absurda del muerto y toda la fila de atrás se aguanta la risa con el pañuelo.

Dos semanas

Y debajo del chiste de Recio, la frase que de verdad da miedo. En dos semanas eso es pasado, eso ya está vivido, y será como si nunca hubieras existido.

Fíjate en el cambio de persona. Toda la canción habla en primera: mi madre, mi padre, mi tumba. Y de repente, en ese verso, aparece un tú: como si nunca hubieras existido. No es un error. Es el momento en que el protagonista se da cuenta de que lo que dice de sí mismo vale para cualquiera. Para el que escucha también.

Dos semanas. Es lo que tarda un grupo de WhatsApp en dejar de mandar corazones negros. Lo que tarda una oficina en dar la mesa vacía a otro. Lo que tarda el mundo en recolocarse alrededor de un hueco. La letra no lo dice con rabia. Lo dice con la tranquilidad de quien ha hecho la cuenta y le sale ese número.

La canción que no se olvida

Aquí es donde el chiste se vuelve contra la propia canción, y lo digo sin vergüenza. Si nadie hablará de mí cuando haya muerto, ¿por qué escribo tanto? ¿Por qué 273 singles, por qué tres discos, por qué un videoclip para cada canción?

Mi primera regla de la casa es que una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Siempre la he explicado pensando en quien escucha: una canción es para quien la necesita. Pero esta letra me obliga a mirarla desde el otro lado. Quizá también publico para no desaparecer en dos semanas. Para dejar algo que siga sonando cuando yo ya no esté para pulsar el botón de subir.

No sé si funciona. Las canciones también se olvidan. Pero una canción publicada tiene más posibilidades de que alguien hable de ti que una guardada en un cajón, eso seguro. Sobre ese miedo a dar el paso escribí en el miedo a publicar.

Es una contradicción bonita: una canción que dice que nadie hablará de mí, y que existe para que alguien hable.

Todo en futuro

Hay un detalle de gramática que explica bastante el tono. Casi toda la letra está en futuro: hablará, dirán, se irá, harán, contestarán. Es el tiempo verbal de las profecías y de las echadoras de cartas. El protagonista no recuerda su funeral, lo predice.

Collage con un detalle de la carátula de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» y las carátulas de «La chusta nunca disgusta», «Ni con un palo»

Y predecir tu propio entierro tiene algo de vidente de madrugada en la tele local, de esas que te leen el tarot por teléfono a tantos euros el minuto. Ves el futuro con todo detalle: quién vendrá, qué dirá el primo, cómo se marchará el cura. Lo ves tan claro que parece que ya ha pasado.

Esa seguridad es parte del chiste. Nadie sabe quién irá a su funeral. Pero el pesimista lo sabe todo, y lo sabe siempre mal. El futuro de la canción es el futuro que se inventa la cabeza en los días bajos, con la misma convicción con la que la vidente te asegura que conocerás a un hombre moreno.

Escribirlo en futuro, además, lo deja abierto. Todavía no ha pasado. Todavía se puede cambiar el reparto.

Tenía su carácter

El final de la letra es mi parte preferida, porque es la más pequeña. Después del funeral, después de Recio, después del olvido, llega la conversación de pasillo. Alguien pregunta por qué el difunto le dijo una vez algo feo. Y otro le tranquiliza.

La letra lo recoge con comillas, como se recogen las frases de verdad: «"Ya sabes, tenía su carácter"». Y luego viene lo de que iba borracho o muy puesto, que es la manera más española de archivar una herida que no entendiste: echarle la culpa al alcohol del muerto.

Me encanta ese final porque es el epitafio real que nos espera a casi todos. No la frase grabada en mármol, sino la que se dice en el aparcamiento del tanatorio, mientras alguien busca las llaves del coche. Tenía su carácter. Tres palabras para resumir una vida entera, con su genio y su mala leche, y la ternura escondida debajo.

Que no te resuman así. O sí. Pero que al menos les cueste.

Ser el raro

¿Para quién es esta canción? Para el raro de la familia. Para el que en las comidas de Navidad nota que la conversación se calla un segundo cuando él entra. Para el que sabe que, en su funeral, alguien dirá «es que era muy suyo» con cara de alivio.

Muchos hombres gais de cierta edad han sido ese raro, y lo han sido durante décadas. La canción no lo dice, porque la letra no habla de ser gay en ninguna línea. Pero quien lo ha vivido lo reconoce en el recuento de sillas, en la madre y el padre que vienen por obligación de sangre, en el novio que se va. Hay una soledad muy concreta en eso, y la he tratado también en la soledad de crear solo, aunque allí hablo de otro tipo de silencio.

Reírse de la propia muerte

¿Es de mal gusto escribir una canción riéndote de tu entierro? Puede ser. A mí me parece que es la forma más sana de pensar en ello. La alternativa es no pensarlo nunca, y entonces la muerte llega sin que te haya dado tiempo a hacerle ni una broma.

Ficha de la canción «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En España tenemos tradición de esto. El humor negro de las verbenas, de las chirigotas de Cádiz con sus ataúdes de cartón, de Berlanga y su verdugo, de las abuelas que dicen «cuando me muera, me dejáis la tele puesta». Nos reímos de la muerte porque la tenemos muy cerca, en el pueblo, en las esquelas del periódico, en el cementerio que se visita en noviembre con flores y bocadillo.

Mi canción viene de ahí, aunque esté hecha en Madrid y con herramientas de hoy. Una parte del camp es eso: tratar lo grave con plumas y lo frívolo con solemnidad. Lo expliqué en el camp no es un chiste aunque te rías.

La portada: un clavel rosa

En la portada hay un hombre con traje negro y un clavel rosa en la solapa, con los ojos bajos, en una habitación rosa. El título va en un bloque rosa, como un rótulo de pastelería. Es un luto de color chicle.

Me gusta esa contradicción: el traje de entierro y el decorado de cumpleaños. Es exactamente el tono de la letra. El negro de la muerte y el rosa de la guasa, juntos en la misma foto, sin que ninguno gane. Si la portada fuera toda negra, la canción parecería un réquiem. Si fuera toda rosa, parecería una broma. Es las dos cosas, y la imagen lo dice antes de que suene la primera nota.

Dónde está y con quién va

La canción pertenece a *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, el primer disco de la trilogía. En el catálogo de singles es la número 157. Justo antes va «La chusta nunca disgusta» y justo después «Ni con un palo».

La vecindad me hace gracia. De una colilla aprovechada a un funeral sin público, y del funeral a un rechazo rotundo. Como si el orden contara una tarde muy mala: fumas lo que queda, imaginas tu entierro y, para cuando alguien te propone algo, ya solo puedes decir que ni con un palo.

La letra es mía, el resto es producción

Todo lo que cito aquí está escrito por mí, palabra a palabra, sin inteligencia artificial: el recuento, el cura, Recio, las dos semanas, el carácter. La música y las voces las produzco con herramientas de IA como Suno, y mi trabajo en esa parte es de director: elegir, descartar, volver a probar hasta que la canción suene como la imaginé.

En una letra como esta, lo difícil es el tono. Si la producción se pone solemne, el chiste de Recio parece un accidente. Si se pone festiva, el verso del novio que se va con razón pierde su peso. Hay que encontrar el punto intermedio, ese en el que puedes sonreír y tragar saliva a la vez. Cómo trabajo con esas herramientas lo cuento en mi página de presentación.

Para escucharla

La letra completa está en su página de letras, y el resto de mis letras en el archivo de letras de esta web. Para escucharla, Spotify o el videoclip en gayfolkplanet.com.

Recomiendo escucharla un domingo por la tarde, a esa hora en la que la luz se pone naranja y todo parece un poco el final de algo. Y luego llamar a alguien. A uno de esos dos amigos, como mucho. O a ese uno.

La silla de más

Vuelvo a la sala 3 del tanatorio. Muchas sillas, poca gente.

No sé cuánta gente se sentará en ellas. Nadie lo sabe. Lo que sí sé es que, desde que existe esta canción, esa sala imaginaria tiene un invitado más: Antonio Recio, saltando encima de la tumba con sus gritos de mayorista.

Para eso sirve una canción.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»? De alguien que imagina su propio funeral: dos amigos como mucho, la familia de sangre, una última pareja que se aleja «con razón», un cura echado de casa y algunos que saltarán sobre su tumba como el «demonio pelirrojo» con Antonio Recio. Habla del miedo a ser olvidado en dos semanas, con humor negro.

¿Qué tiene que ver Antonio Recio con la canción? La letra cita a Antonio Recio, el personaje de La que se avecina, en una imagen de humor negro: saltar sobre la tumba del protagonista para comprobar que está bien muerto y enterrado.

¿En qué disco está? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Es el single 157 del catálogo, entre «La chusta nunca disgusta» y «Ni con un palo».

¿Quién escribió la canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. Las letras son suyas, sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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