Saltar al contenido
← Canción a canciónReírse del tirano: «Franco ha muerto» y la carcajada como forma de memoria

Por ·

Reírse del tirano: «Franco ha muerto» y la carcajada como forma de memoria

Hay una pregunta que me hacen, o que intuyo, cada vez que alguien ve el título de «Franco ha muerto» en mi lista de singles. No siempre llega en forma de pregunta, a veces es solo una ceja levantada. Pero está ahí: ¿de verdad se puede hacer pop con eso? ¿Se puede poner una de las frases más serias de la historia reciente de España en un disco lleno de purpurina, plumas y exnovios narcisistas?

Mi respuesta corta es que sí. La larga es este post.

Una aclaración antes de empezar, porque aquí la honestidad importa doble. La letra de «Franco ha muerto» todavía no está publicada. En gayfolkplanet.com figura como «próximamente», y en este texto no voy a citar ni a resumir versos que nadie puede leer todavía. Lo que sí existe y se puede mirar es el título, la portada, el videoclip oficial y el lugar que ocupa la canción en el catálogo. Y existe, sobre todo, una tradición larguísima de gente que decidió que la mejor manera de recordar a un tirano era reírse de él. De esa tradición va esto.

Un anuncio en televisión

El 20 de noviembre de 1975, el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, apareció en Televisión Española para anunciar la muerte del dictador. Su mensaje empezaba con una fórmula que se ha quedado clavada en la memoria colectiva. Había en su cara un gesto compungido y en su tono algo de lectura de misa. Millones de personas lo vieron en blanco y negro, en salones con tapete de ganchillo y mesa camilla.

De ese momento me interesa menos lo que se dijo que cómo se recibió. Porque la misma frase, en el mismo instante, provocó reacciones completamente opuestas según el salón. En unas casas hubo lágrimas y luto. En otras, silencio prudente, de ese que se guarda porque nunca se sabe quién escucha. Y en otras, puertas adentro, hubo algo parecido a la fiesta. Se cuenta, y forma parte de la leyenda de aquellos días, que en algunas ciudades se agotaron las botellas de cava. No tengo cifras que lo confirmen y no las voy a inventar, pero que la anécdota haya sobrevivido medio siglo dice mucho de lo que mucha gente sintió.

Esa doble lectura, luto público y alivio privado, es la materia prima de cualquier canción que quiera usar esa frase. Y es exactamente lo que enseña la portada.

Un entierro con gafas de sol

La portada del single es un funeral. Un féretro oscuro cubierto de flores blancas, una cruz de piedra al fondo, y yo en primer plano, de negro de pies a cabeza, con gafas de sol y una rosa negra entre las manos tatuadas. El título va en letras de cartel antiguo, en crema y rojo, como un anuncio oficial pegado en una pared.

Lo que hace la portada es poner en imagen la ambigüedad de aquel 20 de noviembre. Todo en ella dice luto: el color, las flores, la cruz. Pero la pose no es la de un viudo hundido. Es la de una estrella en la alfombra roja. Y las gafas de sol, en un entierro, son el accesorio más sospechoso que existe. Pueden tapar unos ojos hinchados de llorar o una sonrisa que no conviene enseñar. No lo sabemos. Ese no saber es el chiste.

En gayfolkplanet.com ya hay una nota larga que mira esa portada con detalle, y no quiero repetirla. Aquí la uso como punto de partida para otra pregunta: qué pasa cuando alguien convierte la muerte de un dictador en espectáculo, y por qué hacerlo no es frivolidad sino una forma muy antigua de memoria.

Ding-dong, la bruja ha muerto

En 1939, «El mago de Oz» estrenó una canción que, sin pretenderlo, iba a convertirse en el himno oficioso de las muertes celebradas: «Ding-Dong! The Witch Is Dead». Música de Harold Arlen, letra de Yip Harburg. Los habitantes del país de Munchkin festejan con campanas y coros que la Bruja Mala del Este ha quedado aplastada bajo una casa. Es una canción infantil, alegre, de colores saturados. Y lleva más de ochenta años sirviendo para otra cosa.

Fotogramas del videoclip oficial de «Franco ha muerto», de Mike Sain't Louis

En abril de 2013, tras la muerte de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, una campaña en redes llevó esa canción al número dos de la lista de sencillos del Reino Unido. La BBC tuvo que decidir qué hacer en su programa de éxitos semanal, y acabó emitiendo solo un fragmento dentro de una pieza informativa. Hubo debate durante días: ¿era una falta de respeto a una persona fallecida, o una forma legítima de expresión política de quienes habían sufrido sus decisiones?

No traigo el ejemplo para comparar personas ni regímenes, que no tienen nada que ver. Lo traigo porque muestra algo universal: cuando alguien con mucho poder muere, la gente que vivió bajo ese poder busca una forma de decir lo que siente, y muchas veces esa forma es una canción. A veces festiva, a veces cruel, a veces simplemente aliviada. La música es el sitio donde una sociedad dice a coro lo que en la calle no siempre puede decir.

Y hay un detalle que, para alguien como yo, no es menor. «El mago de Oz» es una de las películas más queridas por la cultura gay. Judy Garland, el arcoíris, la frase «amigo de Dorothy» usada como contraseña durante décadas. Que la canción del entierro feliz salga precisamente de ahí tiene una lógica casi poética.

Sigue muerto: el chiste de Chevy Chase

En Estados Unidos, la muerte de Franco dejó una de las bromas más famosas de la televisión. En la primera temporada de «Saturday Night Live», en 1975, el humorista Chevy Chase empezó a abrir el informativo satírico «Weekend Update» con una noticia de última hora que repetía semana tras semana: el generalísimo Francisco Franco seguía muerto.

El chiste nació de algo real. Durante la larga agonía del dictador, los informativos estadounidenses habían dado partes casi diarios sobre su salud, hasta el punto de que la noticia se había vuelto absurda. Chase convirtió esa saturación en un gag que todavía hoy se cita. Lo genial de la broma es que no dice nada de Franco: dice algo de los medios, de la obsesión por una noticia, de la necesidad de confirmar una y otra vez que algo ha terminado de verdad.

Me identifico mucho con esa necesidad. Cuando algo te ha hecho daño durante mucho tiempo, no basta con saber que se acabó. Necesitas oírlo varias veces. Necesitas repetirlo. A lo mejor por eso hay títulos que funcionan como un parte oficial: no cuentan una historia, la certifican.

Chaplin, Lubitsch y el derecho a la carcajada

La tradición de reírse de los dictadores es casi tan vieja como los dictadores. En 1940, Charles Chaplin estrenó «El gran dictador», donde interpretaba a Adenoid Hynkel, una parodia evidente de Hitler, que bailaba con un globo terráqueo hinchable como si fuera un amante. Años después, en su autobiografía de 1964, Chaplin escribió que, de haber conocido entonces los horrores reales de los campos de concentración, no habría podido hacer esa película. Esa frase me parece fundamental: el humor contra el poder tiene límites, y los grandes humoristas los conocen.

En 1942, Ernst Lubitsch estrenó «Ser o no ser», una comedia sobre una compañía de teatro polaca que engaña a los nazis. Fue muy criticada en su momento por hacer reír con algo tan grave. Hoy se considera una obra maestra, precisamente porque entendió que ridiculizar al opresor es una forma de quitarle poder. Y en 1967 Mel Brooks rodó «Los productores», con su número musical imposible sobre la primavera de Hitler, que convierte la estética fascista en un musical de Broadway con coristas.

Lo que une a estos tres ejemplos es una idea sencilla. El tirano necesita ser tomado en serio. Su poder depende de la solemnidad, del miedo, de la imagen de grandeza. Cuando te ríes de él, le quitas lo que más necesita. Por eso las dictaduras persiguen tanto a los humoristas. Y por eso, cuando cae un régimen, una de las primeras cosas que vuelve es la sátira.

Berlanga y la escopeta nacional

En España tuvimos nuestro propio maestro de ese arte, y trabajó buena parte de su carrera bajo la propia dictadura. Luis García Berlanga consiguió estrenar en 1963 «El verdugo», una comedia negrísima sobre un hombre que acepta el puesto de verdugo para conseguir un piso. La película pasó la censura con cortes y fue una de las críticas más feroces a la pena de muerte que se hicieron en aquellos años, disfrazada de comedia de costumbres.

Collage con un detalle de la carátula de «Franco ha muerto» y las carátulas de «El día de la liberación», «Mi novio de Albacete», «¿Por qué él no llora?», «Un político español»

Ya en democracia, en 1978, Berlanga estrenó «La escopeta nacional», una sátira de las cacerías donde se cerraban negocios y favores entre la élite del régimen. Con ella empezó una trilogía que retrataba, con un humor cruel y coral, la decadencia de aquella España de despachos y escopetas.

Berlanga demostró algo que me sirve mucho como letrista: el humor más eficaz contra el poder no es el insulto, sino el retrato. No hace falta decir que algo es ridículo si lo muestras tal como es y dejas que el público saque sus conclusiones. Esa es la lógica de la portada de «Franco ha muerto»: no hay pancarta, no hay consigna, hay un entierro con gafas de sol. Que cada cual lo lea como quiera.

Lo que el chiste le debe a la memoria

Hay quien piensa que reírse de algo terrible es una manera de olvidarlo. Yo creo lo contrario. Sigmund Freud, en su ensayo de 1905 sobre el chiste y su relación con lo inconsciente, ya apuntaba que el humor permite decir lo que de otra manera estaría reprimido. El chiste es una puerta lateral por la que salen cosas que no podrían salir por la principal.

Para muchas personas que vivieron la dictadura, el humor fue una forma de supervivencia. Los chistes susurrados, los dobles sentidos de las revistas, las letras de copla que decían una cosa y significaban otra. Y para las personas que nacimos después, el humor es una forma de mantener viva una memoria que, si se cuenta solo en tono solemne, acaba sonando a lección de examen.

Hay una diferencia importante, eso sí, entre reírse del poder y reírse de las víctimas. La primera es una tradición noble. La segunda es crueldad. Cualquier canción que juegue con este título tiene que estar del lado correcto de esa línea, y la portada lo tiene claro: el chiste está en el luto fingido, en el teatro del duelo oficial, no en el sufrimiento de nadie.

Una frase en un disco de liberación

«Franco ha muerto» forma parte de «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía Gayfolk. El nombre del disco no es un detalle menor cuando se lee al lado de este título. Hay liberaciones personales, como salir de una relación que te hacía daño, y hay liberaciones colectivas, como el final de una dictadura. Las dos se parecen más de lo que parece: en ambas hay un antes y un después, y en ambas el después cuesta.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Franco ha muerto», de Mike Sain't Louis

Escribí sobre ese después en «El día de la liberación y el día siguiente», sobre la resaca que sigue a cualquier fiesta de independencia. Y la historia española lo confirma. La muerte del dictador no fue el final de todo. Para las personas LGTBI, por ejemplo, la libertad llegó tarde y a plazos. La amnistía de 1977 no alcanzó a quienes habían sido condenados por la ley de peligrosidad social. En junio de ese mismo año, Barcelona vivió la primera manifestación del orgullo en España, con varios miles de personas en la calle. Madrid tuvo la suya al año siguiente.

Por eso, cuando un artista queer pone esta frase en un single, celebra algo más que una fecha. Está recordando que las fechas no lo arreglan todo. Que la libertad hay que seguir ganándola. Y que, mientras tanto, también hay derecho a reírse.

Medio siglo después

En noviembre de 2025 se cumplieron cincuenta años de aquel anuncio. Hubo actos, documentales, debates en televisión y columnas en todos los periódicos. Y también hubo algo que me llamó mucho la atención: una parte de la gente joven conocía la frase más como meme que como hecho histórico. La habían visto en vídeos cortos, en montajes, en bromas de redes sociales.

Eso tiene una lectura preocupante y otra esperanzadora. La preocupante es que la memoria se convierta en un chiste vacío, sin contexto. La esperanzadora es que el chiste siga siendo una puerta. Alguien ve el meme, se ríe, pregunta qué es, y acaba leyendo sobre lo que pasó. Muchas de las cosas que sé de historia las aprendí así, tirando de un hilo que empezaba en una canción o en una película.

Un single con este título funciona igual. Alguien lo encuentra en una lista, le llama la atención el nombre, ve la portada con el féretro y las gafas de sol, y se pregunta qué hace eso en un disco de pop queer. Si esa pregunta lleva a una búsqueda, a una conversación con su abuela o a un libro, la canción ya ha cumplido.

Los vecinos de la lista

En la lista de singles, «Franco ha muerto» es la pista 265 de 273, casi al final del recorrido. Justo antes está «Mi novio de Albacete», y justo después, «¿Por qué él no llora?». El salto me hace gracia. De una historia de amor con acento manchego a un entierro histórico, y de ahí a una pregunta sobre un hombre que no llora.

Esa última vecindad me parece casi un comentario. En un funeral, lo que se espera es que la gente llore. La portada de «Franco ha muerto» tiene a alguien con gafas de sol que no deja ver si llora o no. Y la canción siguiente pregunta, precisamente, por qué alguien no lo hace. No es un relato planeado de principio a fin, pero es de esas casualidades que dan ganas de escuchar los singles en orden.

El catálogo tiene otros títulos que miran a la política con la misma mezcla de seriedad y guasa. «Un político español» es una sátira sin nombres ni partidos. «The Great Depression» juega con la historia económica para hablar de un estado de ánimo. Y «Soy marica sideral» es la otra cara: la afirmación orgullosa de quien ya no tiene que esconderse.

El camp como herramienta política

Hay quien todavía piensa que el camp es solo una estética: lentejuelas, exageración, drama. Pero el camp siempre ha tenido una dimensión política. Es la forma en que personas a las que se les negaba la seriedad aprendieron a usar la exageración como escudo y como arma. Si no me vais a tomar en serio, voy a ser tan teatral que no podréis ignorarme.

Lo expliqué con más calma en «El camp no es un chiste, aunque te rías». Aplicado a este título, el camp hace algo muy concreto: convierte el ritual solemne del duelo de Estado en una pasarela. El luto se vuelve vestuario. La rosa negra se vuelve accesorio. La cruz de piedra se vuelve decorado. Y al convertirlo todo en escenografía, revela que siempre lo fue. Los funerales de Estado son, también, una puesta en escena, con su vestuario, su música y sus actores.

Eso no le quita gravedad a la historia. Al contrario. Mostrar el teatro del poder es la mejor manera de que nadie lo confunda con algo natural.

Las canciones de la Transición

Si la muerte del dictador fue un anuncio en televisión, lo que vino después tuvo banda sonora. En 1976, el grupo Jarcha publicó «Libertad sin ira», una canción que nació ligada a una campaña de lanzamiento del periódico Diario 16 y que acabó convertida en uno de los himnos de aquellos años. Pedía, ya desde el título, algo muy concreto: cambiar de época sin venganza, sin sangre, con la rabia guardada en un cajón. La canción se convirtió en un emblema hasta el punto de que hoy es casi imposible ver un documental sobre la Transición sin escucharla de fondo.

Ficha de la canción «Franco ha muerto» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Me interesa mucho ese tono, porque es el contrario del «Ding-Dong» de Oz. Allí la muerte se celebraba con campanas. Aquí se pedía que el cambio no se convirtiera en ajuste de cuentas. Las dos reacciones son humanas, y las dos convivieron en la misma España. En unos bares se brindaba. En otros se pedía calma. Y en muchos se hacían las dos cosas a la vez, según la hora y quién estuviera escuchando.

Luego llegó todo lo demás. Los conciertos multitudinarios, los cantautores que por fin podían publicar sin tijera, la explosión de color y desparpajo que en Madrid se llamó la Movida, con su moda imposible y su humor descarado. Mucho de lo que hoy entendemos como cultura pop española, incluida buena parte del pop gay, viene de esa década en que la gente comprobó, de golpe, que se podía decir casi todo.

Mi música no existiría sin esa herencia. Las letras que escribo, con su mezcla de copla, chiste, despecho y orgullo, son hijas de aquel desparpajo. Por eso un título como este, en mi catálogo, funciona también como una genealogía: de dónde viene la libertad que me permite publicar canciones sobre exnovios, Grindr y lentejuelas sin que nadie llame a mi puerta.

Y hay algo más. Las canciones de aquellos años se escribieron para un país que estaba aprendiendo a hablar. Muchas de las mías se escriben para personas que están aprendiendo a hablar de otra cosa: de lo que les pasó, de lo que callaron, de lo que todavía duele. El gesto es parecido. Primero se rompe el silencio. Luego ya se verá qué música lleva, cómo se baila y cómo se vive.

Para quién es esta canción

Para quien creció oyendo historias de sobremesa sobre cómo era todo antes y nunca supo muy bien qué pensar. Para quien tiene abuelos que lloraron aquel día y abuelos que brindaron. Para quien quiere entender por qué en este país hay frases que todavía queman. Y para quien sabe que la risa, bien usada, también es una forma de justicia.

También es para la gente queer de todas las edades. Para los que vivieron con miedo antes de 1975 y para los que nacieron mucho después y a veces no saben cuánto costó lo que tienen. La memoria no le pertenece únicamente a los libros de historia. También se hace con canciones, con portadas, con chistes que obligan a preguntar.

Mientras la letra no esté publicada, el single se puede escuchar en todas las plataformas y descargar gratis desde la página de descargas, sin registro ni pago. Y cuando la letra llegue, estará en su ficha, tal cual, sin una coma cambiada.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Franco ha muerto»? La letra todavía no está publicada, así que este post no la cita. El título recoge la frase con la que se anunció en televisión, el 20 de noviembre de 1975, la muerte del dictador, y la portada la convierte en un funeral teatral con gafas de sol y rosa negra.

¿No es una falta de respeto hacer pop con eso? El humor contra el poder es una tradición antigua: Chaplin, Lubitsch, Mel Brooks o Berlanga se rieron de dictadores y de regímenes. La línea que no se cruza es reírse de las víctimas. El chiste de la portada está en el teatro del luto oficial, no en el sufrimiento de nadie.

¿Qué es el chiste de «sigue muerto»? Una broma de Chevy Chase en el programa estadounidense «Saturday Night Live» desde 1975: anunciaba cada semana, como noticia de última hora, que Franco seguía muerto, burlándose de la cobertura obsesiva de su agonía.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía Gayfolk. Es la pista 265 de 273 en la lista de singles, entre «Mi novio de Albacete» y «¿Por qué él no llora?».

¿Qué relación tiene con la historia LGTBI en España? La muerte del dictador abrió la puerta, pero la libertad llegó a plazos: la amnistía de 1977 no alcanzó a los condenados por la ley de peligrosidad social, y ese mismo año Barcelona celebró la primera manifestación del orgullo en España.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

Compartir