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El falso réquiem: cómo monté el giro de «¡Eso es lefa!»

Una gota blanca colgando del borde de la portada. Ahí empieza todo, y casi nadie la ve a la primera.

La gente mira el ataúd, el cielo de tormenta, al muerto con sus anillos, y piensa: qué disgusto, otra canción de duelo. Perfecto. Eso era lo que yo quería que pensaran. «¡Eso es lefa!» es una trampa con lazo negro, y como toda trampa decente necesita que la víctima entre tranquila, con su pañuelito, dispuesta a llorar. Si entra con la ceja levantada, se acabó la gracia.

Soy Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid, y la ficha de la canción en este blog ya cuenta de qué va. Aquí quiero contar otra cosa: cómo está montada por dentro. Qué pieza va primero, cuál espera agazapada y por qué la vecina del quinto, que parecía relleno, acaba siendo la protagonista. Es carpintería de chiste. Y la carpintería, cuando el mueble es un féretro, tiene su cosa.

Dos amigos contados

La letra arranca con una frase que podría firmar cualquier poeta triste de bar de la calle Huertas a las tres de la mañana: nadie hablará de mí cuando haya muerto. Ni un guiño. Ni una rima tonta. Una frase seca, de las que se piensan mirando al techo con el móvil cargando en la mesilla.

Y luego viene el recuento. Escribí: «Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre». Nada de multitudes en la puerta del tanatorio de la M-30, nada de coronas de la Asociación de Amigos de Nadie. Una lista corta, de las que salen cuando haces la cuenta de verdad y no la de Instagram.

La lista tiene trampa. Al final se cuelan dos personajes más, el buenazo de mi última pareja y un vecino cotilla, y el segundo parece puesto ahí para cuadrar la métrica. Nadie se fija en él. Error. Ese vecino es una bala en la recámara, y en esta canción las balas se disparan.

Me hace gracia lo poco que cuesta que alguien se trague una lista así. Basta con que sea pequeña. Si yo hubiera escrito que miles de personas llorarían mi ausencia, cualquiera habría olido el cachondeo desde Getafe. Pero dos amigos contados es algo tan humilde, tan de andar por casa, que el oyente hace su propia cuenta y le sale más o menos lo mismo. Ya está dentro. Ya ha bajado la guardia.

El velatorio en bucle

La frase del principio se repite. Y se repite. Y se vuelve a repetir. Más veces de las que aguantaría cualquier productor con prisa por llegar al estribillo.

Repetir es jugársela. Puede aburrir, y aburrir es el único pecado que no se perdona en una canción de tres minutos. Pero aquí la repetición hace otra cosa: convierte la frase en atmósfera. A la quinta vuelta ya no estás escuchando información, estás en un velatorio. Huele a gladiolo y a café de máquina. La señora de la tercera fila ya se ha quitado los zapatos.

Ese trance es el combustible del golpe. Cuanto más dura el muermo solemne, más violento es el despertar. Lo aprendí a base de escribir cientos de letras para Planeta Gayfolk: la paciencia también es humor. El chiste rápido tiene su gracia, la de una colleja. El chiste que se hace esperar tiene otra, más gorda, la de una bofetada en cámara lenta en una telenovela de la sobremesa.

Y sí, me reconozco el vicio, porque está en la propia letra: estiro la broma hasta que el oyente suplica. Hay quien lo llamaría ponerse pesado. Yo lo llamo estructura.

Me juego el cuello

Toda canción con giro tiene una bisagra, el verso exacto en el que la puerta empieza a abrirse hacia el otro lado. Aquí es este: «Y me juego el cuello y no lo pierdo».

Fotogramas del videoclip oficial de «¡Eso es lefa!», de Mike Sain't Louis

Fíjate en lo que cambia. Hasta ese momento hablaba yo, de mí, de mi entierro, de mi lista miserable. De pronto aparece un tú, con nombre y apellidos que no digo, y aparece con una apuesta de barra de bar. Ese tono de apuesta es de terraza de la plaza del Dos de Mayo, de cuñado que lo sabe todo. El suelo se mueve. El oyente todavía no sabe hacia dónde, pero nota que el ataúd cruje.

Lo que viene detrás es la acusación: que ese tú, en vez de preparar el discurso para despedirme, estaría haciendo cruising en los matorrales. Ya no hay réquiem. Hay un señor con la bragueta a medio subir entre los setos del cementerio, que es una imagen que a cualquiera que haya pisado la Casa de Campo de noche le resulta más familiar de lo que admite en las cenas de Navidad.

El cambio de registro es lo que más me costó colocar. Si la apuesta llega demasiado pronto, el velatorio no ha cuajado. Si llega demasiado tarde, el oyente ya se ha ido a por un café. Tiene que caer justo cuando el muermo empieza a pesar.

Cuatro adjetivos y una raja

Y entonces llega la imagen que da nombre a todo. En lugar de lágrimas por los ojos, que encima son «falsos ojos», a ese personaje le cae otra cosa. La escribí así: «te salga una lágrima blanca, espesa, pesada, abultada». Por la raja de atrás. Justo encima de mi féretro.

Cuatro adjetivos seguidos, cada uno más incómodo que el anterior. No están ahí por adornar. Van cerrando el cerco. Con «blanca» todavía puedes pensar en algo poético. Con «espesa» empiezas a sospechar. Con «pesada» ya lo sabes. Con «abultada» te estás riendo antes de que nadie diga nada.

Ese adelanto es la clave del chiste. El público entiende dos segundos antes del grito, y en esos dos segundos piensa «no puede ser, no se va a atrever». Se atreve. En esta canción siempre me atrevo.

Y me río de mí mismo por haberlo escrito con tanto cuidado de orfebre. Hay gente que pule sonetos a la luz de una vela. Yo pulo el orden de cuatro adjetivos para describir una gota de semen cayendo sobre un ataúd. Cada cual tiene su vocación.

La vecina cobra lo suyo

¿Recuerdas al vecino cotilla de la lista? En el grito final se ha convertido en vecina, y es la que lo ve todo. La gente mira asombrada, nadie sabe qué decir, y ella, que no ha faltado a un entierro del barrio desde la Transición, lo dice en voz alta.

Es la semilla dando fruto. En la escritura de humor se habla de plantar algo al principio para cobrarlo al final, y aquí la cotilla estaba aparcada en la lista, con su bata de boatiné, esperando su turno. Cuando lo grita, el chiste no viene de la nada: viene de la primera estrofa. Eso es lo que hace que la carcajada se sienta merecida y no gratuita.

Las vecinas cotillas me pierden. Son el coro griego de la vida española, las que saben quién entra, quién sale y a qué hora. Les dediqué una canción entera, y también escribí sobre ellas en «La vecina cotilla, el personaje que todos tenemos en el rellano». En «¡Eso es lefa!» la vecina no cotillea por maldad. Cotillea por servicio público.

Alguien tenía que decirlo.

De réquiem a verbena

Después del grito, la canción ya no vuelve al luto. El título se repite como el estribillo de una charanga de pueblo a las cuatro de la madrugada, cuando ya nadie se acuerda de por qué empezó la fiesta. El velatorio se ha convertido en las fiestas de San Isidro con ataúd de por medio.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre» de «¡Eso es lefa!»

Esa resaca era necesaria. Si después del golpe volviera a la frase solemne como si nada, el chiste quedaría cojo, una gamberrada suelta en mitad de algo serio. Al convertirlo todo en jolgorio, la canción confiesa lo que era desde el principio: una broma larguísima con traje de luto prestado.

Esa charanga tiene además algo de justicia poética. El tú de la canción quería pasar desapercibido entre los matorrales, hacer lo suyo y volver a la fila con cara de viudo. Lo que consigue es que su gota se convierta en el estribillo de todo el barrio, repetido hasta que hasta el cura lo tararea. Hay pocas condenas sociales más eficaces que un grito de vecina convertido en coro. Ni el Sálvame de los buenos tiempos tenía esa capacidad de difusión.

Y el ritmo cambia con ella. Lo que era una procesión lenta, de paso de Semana Santa, se convierte en algo que se puede bailar con un mini de calimocho en la mano. El luto se quita la mantilla.

Lo que me gusta de ese final es que el muerto, que soy yo, pierde el protagonismo en su propio entierro. Nadie habla de mí, efectivamente. Todo el mundo habla de la gota. Tenía razón la primera frase, solo que no como esperabas.

La palabra del título

Podía haber elegido otra. Semen suena a prospecto de farmacia, a consulta del ambulatorio de Tetuán con la enfermera mirando el reloj. Leche se presta a la confusión con el Cola Cao. Esperma tiene algo de documental de La 2 a la hora de la siesta. Lefa, en cambio, es de patio de colegio y de chat de Grindr, es la palabra que diría una vecina de verdad si viera lo que esta vecina ve.

Una vecina de Lavapiés no grita «¡eso es fluido seminal!». Grita lo que le sale del alma, y el alma de barrio habla castizo. El título tenía que ser el grito, sin traducción ni anestesia, porque el grito es el chiste. Si lo suavizo, la escena pierde el acento, y sin acento la vecina se convierte en una presentadora de telediario.

Sé que el título espanta a algunos antes de darle al play. Me parece bien. Es un filtro de entrada, como el portero de una discoteca de Chueca: quien se escandaliza en la puerta no iba a disfrutar dentro. Y quien se ríe en la puerta ya sabe a qué casa ha venido.

Un estribillo de una sola frase

Al final, la canción entera se apoya en dos frases que se van turnando: la solemne del principio y el grito del final. No hay más estribillo que ese tira y afloja. Es una estructura casi de pareado, de chiste de dos líneas estirado hasta ocupar una canción.

Me gusta escribir así porque obliga a que cada frase cargue con todo el peso. Si la solemne no es lo bastante triste, el grito no hace gracia. Si el grito no es lo bastante bestia, la solemne no se rompe. Sobre ese equilibrio de estribillos que se ríen del oyente y con el oyente escribí en «Cómo se escribe un estribillo que se ríe de ti y contigo», y esta canción es el ejemplo más guarro que tengo de esa idea.

La repetición final del grito, además, hace algo que me encanta: borra la frase solemne del recuerdo. Después de escucharla nadie sale tarareando «nadie hablará de mí». Todo el mundo sale con el grito. Ganó la vecina.

Lo que pone la máquina y lo que pongo yo

Me lo preguntan siempre, así que lo dejo claro. La letra de «¡Eso es lefa!» es mía, palabra por palabra, con su orden de adjetivos y su vecina en la recámara. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir y arreglar. Yo decido qué se queda y qué se tira, cuánto dura el velatorio, cuándo entra el grito.

Collage con un detalle de la carátula de «¡Eso es lefa!» y las carátulas de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», «Malena»

Una máquina no sabe que en un entierro de barrio la que grita siempre es la vecina. Tampoco sabe que cuatro adjetivos funcionan mejor que tres en un chiste guarro, ni que el silencio después de «Me juego el cuello» tiene que durar lo justo. Lo cuento con más calma en «Qué es mío en una canción hecha con IA».

En la etiqueta que me pongo, «el primer cantautor IA», hay mucha guasa y algo de verdad. La verdad es esta: la palabra manda. Lo dejé escrito en mi página de presentación, en las reglas de la casa. La tecnología cambia cada mes. La vecina cotilla es eterna.

Un ataúd bajo la tormenta

La portada la pensé para que hiciera lo mismo que la letra, prometer solemnidad y esconder la guasa a plena vista. Un cielo gris y cargado, una cruz de cementerio recortada al fondo y, en primer plano, un hombre de negro tumbado en un ataúd abierto con forro de raso blanco, los ojos entornados, anillos en los dedos y reloj dorado en la muñeca. Luto de catálogo de funeraria con pretensiones.

Y arriba, colgando del borde, la gota. Grande, con un reflejo de luz, a punto de caer. Quien no conoce la canción la toma por lluvia o por lágrima. Quien la ha escuchado ya no puede mirarla igual. Esa gota es la vecina cotilla de la imagen: el detalle que parece decorado y resulta ser el remate. El título va en amarillo, con trazo de brocha, gritando lo mismo que grita ella.

Me gusta que funcione en dos tiempos. Primero ves un entierro. Luego ves el chiste. Las portadas de todos los singles están en la página de singles, y si te fijas, muchas juegan a ese despiste de que lo importante esté en una esquina.

Entre «Tangled Light» y «The Great Depression»

En el catálogo de Planeta Gayfolk, «¡Eso es lefa!» es la pista 253 de 273. Justo antes va «Tangled Light». Justo después, «The Great Depression». Dos títulos en inglés con cara de festival indie de Malasaña, y en medio, la gamberrada más castiza que tengo.

Ese bocadillo me parece un retrato bastante fiel del proyecto. No hay una sola cuerda ni un solo idioma. Hay saltos de la melancolía en inglés al grito de patio de vecinos sin pedir permiso. Quien escuche el catálogo seguido no se va a acostumbrar a nada, y esa es la idea.

Si una persona llega a esta canción después de «Tangled Light», con el ánimo de luz suave y pensamientos bonitos, se lleva el susto de su vida. Me encanta imaginármelo. Una señora en el autobús 27, con los cascos puestos, pasando de la luz enredada al ataúd con gota sin tiempo de reaccionar.

El primer disco, el del susto

La canción pertenece a *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Es el disco de llegar a un sitio nuevo y nombrarlo todo por primera vez, con sus escándalos incluidos. Un planeta donde ni la muerte se libra del cachondeo es un buen sitio para empezar.

Ficha de la canción «¡Eso es lefa!» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Los tres discos están pensados como un solo recorrido, y si quieres escucharlos en orden te dejé una guía para escuchar la trilogía de principio a fin. «¡Eso es lefa!» cae en ese primer tramo en el que todavía estás deshaciendo la maleta y ya te han presentado a la vecina.

En ese mismo disco viven otros entierros y otras tumbas, porque la muerte me da mucho juego. Escupir sobre tumbas, ataúdes de neón, casas llenas de cadáveres. El terror y el luto, aplicados al amor y al rencor, son de mis herramientas favoritas. Lo explico mejor en «El camp no es un chiste aunque te rías»: exagerar la solemnidad es una forma de decir la verdad sin ponerse estupendo.

La otra «Nadie hablará de mí»

La frase del principio no es de un día. Me ronda, y tiene su propia canción, «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», en el mismo primer disco. Allí la frase hace otro trabajo, con su cura, su sitcom y sus enemigos saltando sobre la tumba.

En «¡Eso es lefa!» la uso como cebo. Es la misma frase, pero en otra caña. Me gusta que una misma idea viva en dos canciones con dos destinos distintos, como esas primas que se llaman igual porque las dos se llaman como la abuela y nadie las confunde porque una es de Móstoles y la otra de Alcorcón.

Quien las escuche seguidas va a notar el parentesco. Y quizá también lo que dice de mí que una misma frase me sirva para una reflexión amarga y para un chiste de semen sobre un féretro. Lo que dice es simple: en mis letras el llanto y el chiste comparten piso, y ninguno de los dos paga el alquiler a tiempo.

Para escucharla con mala intención

Te propongo dos escuchas, y no más, que tampoco es una asignatura.

La primera, a ciegas. Ponla sin mirar el título, si eres capaz de olvidarlo, y deja que el velatorio te pille. Fíjate en el momento exacto en que algo se mueve. Para mí es la apuesta del cuello, pero se puede notar antes, con los «falsos ojos».

La segunda, con la letra delante, abierta en su página de letras. Ahí se ve la carpintería: la lista que planta a la vecina, las repeticiones que adormecen, los cuatro adjetivos que van cercando. Es como ver un truco de magia a cámara lenta, solo que el conejo es otra cosa. Para más de una letra, en el archivo de letras de la web están todas.

Y si te escandaliza, apúntatelo como un éxito. Mío.

Lo que no quiero que se pierda entre las risas

Debajo del chiste hay algo que va en serio, y lo digo una vez y sin moraleja de calendario: la lista de quién estaría en un entierro es real para mucha gente. Dos amigos, como mucho. La familia de sangre. Y alguien que fingió pena mientras pensaba en lo suyo.

La canción se ríe de esa hipocresía con la imagen más bestia que encontré, porque la hipocresía también es bestia, solo que viste mejor. Quien finge un duelo, quien llora con «falsos ojos», merece que la vecina le señale en público. Ese grito final es una venganza pequeña, de barrio, sin abogados.

Escrita así, la lista corta da risa. Leída despacio, a las tres de la mañana, no tanto.

Para esa segunda lectura también está la canción.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «¡Eso es lefa!» de Mike Sain't Louis? Empieza como un réquiem, con «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» y una lista muy corta de quién iría al entierro. Después aparece un tú que estaría haciendo cruising entre los matorrales y que, en vez de llorar, suelta una gota blanca sobre el féretro. La vecina cotilla lo grita. Humor negro contra la pena fingida.

¿En qué disco está «¡Eso es lefa!»? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles de Planeta Gayfolk es la pista 253.

¿Quién escribió la letra de «¡Eso es lefa!»? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.

¿Tiene relación con «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»? Comparten frase. En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» la idea se desarrolla con humor amargo; en «¡Eso es lefa!» sirve de cebo para el giro final. Las dos están en el primer disco de la trilogía.

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