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La vecina cotilla: el personaje que todos tenemos en el rellano

Hay un título en mi catálogo que funciona como una llave maestra: «La vecina cotilla». No hace falta explicarlo. Lo dices en Madrid, en Caracas o en Valparaíso y la otra persona ya está poniendo cara, la cara de alguien concreto. Una señora con la mirilla gastada. Un señor que siempre está regando las plantas justo cuando tú llegas a casa a las seis de la mañana. Todo el mundo tiene una. Y si crees que en tu edificio no la hay, tengo malas noticias para ti.

Me interesa ese personaje desde hace tiempo, y no por lo que diga de ella ninguna canción concreta, sino por lo que dice de nosotros que la reconozcamos tan rápido.

Un oficio sin contrato

La vecina cotilla trabaja más horas que nadie en el bloque. Sabe quién recibe paquetes, quién ha cambiado de novio, quién tiende la ropa con prisa porque se va de viaje y quién lleva tres días sin bajar la basura. No cobra. No tiene vacaciones. Su herramienta es la paciencia, y la paciencia es una herramienta formidable cuando se aplica a la vida de los demás.

Lo curioso es que casi nunca la imaginamos mala. Molesta, sí. Pesada, también. Pero hay algo en ella de guardiana del barrio. Si te desmayas en la escalera, ella será la primera en enterarse. Probablemente antes que tú.

Esa ambigüedad es oro para escribir. Un personaje que es a la vez amenaza y refugio da para mucho más que uno que solo es una cosa.

Por qué a nosotros nos toca de cerca

Para un chico gay que vive en un edificio con vecinos de toda la vida, la vecina cotilla tiene un peso particular. Durante mucho tiempo, que te miraran desde la mirilla no era solo una molestia. Era la posibilidad de que se supiera. Quién subía contigo, a qué hora se marchaba, si era el mismo que la semana anterior. El rellano era un pequeño tribunal y ella presidía la sala.

Hoy, en muchas ciudades, eso ha cambiado bastante. Y es justo ese cambio lo que me permite reírme. Cuando el miedo baja de volumen, el personaje que lo provocaba se vuelve cómico. La vecina sigue mirando, pero tú ya no tienes nada que esconder, y entonces la que queda un poco ridícula es ella, con su oreja pegada a la puerta, esperando un escándalo que no llega porque para ti no es ningún escándalo.

Esa inversión me parece de las cosas más bonitas que puede hacer el humor. Coges algo que te hacía pequeño y lo pones en el escenario con luces. Ya no te vigila. La estás mirando tú.

El cotilleo es uno de los motores más antiguos de la canción popular. Las coplas están llenas de gente que habla, de pueblos enteros que murmuran, de «qué dirán» que pesan más que cualquier ley. El pop latino también tiene sus chismosos, sus comadres al teléfono, sus amigas que te cuentan lo que vieron. Y el pop anglosajón ha hecho fortuna con canciones que en el fondo son un rumor con buena producción.

Lo que pasa es que normalmente el cotilla está fuera de cámara. Es el ruido de fondo. Lo que me atrae de ponerle título a una canción es sacarla al centro. Que la protagonista sea ella. Que el foco caiga sobre la que siempre está mirando el foco de otros.

No te voy a contar qué pasa en la canción. Eso lo tienes en la web, con la letra entera y el videoclip, y prefiero que lo escuches sin que yo te lo resuma. Pero sí te digo que el título ya hace la mitad del trabajo. Con dos palabras y un artículo has montado un decorado: un edificio, un rellano, una puerta entreabierta.

La cotilla que llevamos dentro

Aquí viene la parte incómoda. Todos tenemos algo de vecina cotilla. Yo el primero.

Miramos historias de gente que no conocemos. Sabemos con quién sale el ex de una amiga. Hacemos zoom en una foto para ver de quién es la mano que aparece en una esquina. Las redes han convertido el rellano en un edificio de millones de pisos, y todos estamos con el ojo en la mirilla.

Cuando me río de la vecina, me río un poco de mí. Y creo que por eso el personaje funciona tan bien: el público se ríe de ella con la tranquilidad de quien no se reconoce, y a los dos minutos se da cuenta de que sí se reconoce. Esa pequeña sorpresa es lo que busco cuando escribo con humor. Que la burla dé la vuelta y vuelva a casa.

No quiero hacer un tratado moral. El cotilleo tiene su lado feo, claro, y puede hacer mucho daño cuando se convierte en arma. Pero también tiene algo de pegamento social. Hablar de los demás es una manera torpe de decir que nos importan. La vecina que sabe a qué hora llegas es también la que nota que no has llegado.

Personajes que caben en un título

En PLANETA GAYFOLK me gusta trabajar con figuras así, reconocibles en un segundo, de las que no hace falta presentar. Es un poco como la copla, que llenaba los escenarios de tipos humanos con nombre y oficio. La vecina cotilla pertenece a esa familia. No necesita apellido. Ya sabes cómo se llama, porque se llama como la tuya.

Me pregunto a veces si las vecinas cotillas de verdad escucharán la canción. Me haría ilusión, la verdad. Y me da un poco de miedo, porque se enterarían de todo.

En dos años he publicado 273 singles y muchos tienen personajes de este tipo, gente de barrio, gente de bloque, gente de grupo de mensajes. La vecina es de mis favoritas porque no envejece. Cambia la tecnología, cambian las mirillas por cámaras en el timbre, pero ella sigue ahí, con su bata y su curiosidad infinita. Algún día seré yo. Lo sé. Ya me estoy entrenando.

La canción, con su letra y su videoclip, está en mikesaintlouis.com.

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