
Por Mike Sain't Louis ·
Qué es mío en una canción hecha con IA
Hice un ejercicio un poco tonto el otro día. Cogí una de mis canciones y me pregunté qué quedaría si alguien me quitara, una por una, todas las cosas que he puesto yo. Lo que quedara al final sería lo que no es mío. Me pareció una forma más honesta de contestar a la pregunta que me hacen tanto, porque así no tengo que adornarme.
Te cuento lo que salió.
Primero se van las palabras
Es lo más fácil de quitar y lo que más se nota. Sin letra, la canción se queda sin tema, sin chiste, sin personajes. Todas las letras de PLANETA GAYFOLK las escribo yo. Hablan del amor gay, de los exnovios, del orgullo, de la autoestima y de las cosas pequeñas que pasan un martes cualquiera.
Si me quitas la letra, lo que queda es una música que podría acompañar a cualquier otra cosa. Un anuncio de suavizante, por ejemplo. Lo digo sin desprecio por la música, que puede ser muy bonita. Pero sin las palabras no sabe de qué está hablando.
Luego está el título. Parece lo mismo que la letra y no lo es. Para mí el título es una decisión aparte, casi un género en sí mismo. «La vecina cotilla» te pone delante a una persona que todos conocemos, asomada a la mirilla. «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» te obliga a imaginar a alguien antes de oír nada. Son títulos que ya hacen la mitad del trabajo.
Si me quitas el título, la canción pierde la puerta de entrada. Mucha gente decide si la escucha o no por cómo se llama. Eso lo elijo yo, a veces después de darle muchas vueltas.
Después se van las decisiones
A partir de aquí empieza lo menos visible, que son las decisiones. La música la produzco con Suno, una herramienta de inteligencia artificial, y lo que hace es proponerme versiones. Yo decido cuál vale. Si me quitas eso, lo que queda es un montón de posibilidades sin orden, todas a la vez, sin que ninguna sea la canción.
Esta parte me cuesta defenderla delante de algunas personas, porque desde fuera parece poco. Elegir. Como quien elige una camisa. Pero cualquiera que haya editado algo sabe que elegir mal destroza un trabajo bueno, y que elegir bien puede salvar uno mediocre. El criterio no se ve. Se nota.
Hay otra decisión que casi nunca se menciona y que para mí es de las más mías: lo que no publico. Una canción puede estar terminada, con su letra, con una versión que suena bien, y aun así quedarse fuera. Porque se parece demasiado a otra. Porque el chiste ya lo hice mejor en otro sitio. Porque un día la escucho y me doy cuenta de que me da igual, y si a mí me da igual no puedo pedirle a nadie que le importe.
Si me quitas ese no, tienes un catálogo más grande y peor. Los 273 singles que he publicado en dos años son muchos, lo sé. Pero también son una selección, aunque desde fuera no lo parezca.
También se va el orden. Una canción suelta es una cosa. Una canción dentro de un disco es otra. La trilogía GAYFOLK, con «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación», está pensada como una sola historia en tres actos. Qué canción va en qué acto, cuál abre, cuál cierra, cuál va justo antes de otra para que se contesten entre sí. Todo eso es mío.
Si me quitas el orden, tienes las mismas canciones contando una historia distinta, o ninguna.
Y se va la imagen. Dirijo los videoclips, que ya pasan de 280, y cientos de vídeos cortos. También decido el aspecto de cada lanzamiento, porque soy el director artístico de mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS. Hay gente que conoce una canción mía primero por cómo se ve y luego por cómo suena. Esa mirada también la pongo yo.
Lo que queda
Al final del ejercicio quedaba algo concreto: el sonido en bruto que produce la máquina. La melodía exacta que propone, el timbre de las voces, muchos detalles del arreglo. Eso no lo he inventado yo nota a nota, y no voy a decir que sí.
Fue un ejercicio útil porque me obligó a mirar esa parte de frente. No es poca cosa. Es la parte que suena, la que llega primero al oído. Hay quien dirá que, por eso, la canción es más de la máquina que mía. Lo entiendo como argumento. No lo comparto, pero lo entiendo.
Lo que yo pienso es que la máquina no habría hecho esa canción sin mí, y yo no la habría hecho sin la máquina. Sin mí habría hecho otra, sobre nada en particular. Sin la máquina, yo tendría una letra en un cuaderno esperando a que alguien le pusiera música. La autoría, en mi caso, es la suma de todo lo que quité en el ejercicio. Y casi todo lo que quité era mío.
Una duda que no se va
Me queda una incomodidad que quiero poner por escrito. Hay días en que la máquina me sorprende con algo que yo no habría imaginado, una melodía que le da a la letra un sentido nuevo, y me alegro como si lo hubiera hecho yo. Luego pienso que no lo hice yo. Lo reconocí. Lo dejé pasar. Lo elegí.
¿Es eso menos mío? Un poco sí, creo. Igual que un hallazgo en una conversación es de los dos que hablan. Me parece sano no resolverlo del todo. Prefiero vivir con esa pregunta abierta que fingir que todo lo que suena sale de mi cabeza.
Lo que sí sé es que, si mañana desapareciera la herramienta, las letras seguirían ahí. Las 273 que he publicado en dos años. Eso es lo más mío que tengo.
Todas, con su letra completa, están en mikesaintlouis.com.