
Por Mike Sain't Louis ·
«Verde que te quiero verde»: robarle un verso a Lorca para una rumba
«En el rincón de mi jardín, florece la alegría, / verde que te quiero verde, marihuana querida.»
La primera mitad del segundo verso no es mía. Es de Federico García Lorca. La segunda sí. Y entre una y otra hay casi cien años, un océano de respeto académico y una planta que en este país sigue en un limbo legal.
«Verde» es una de mis canciones más festivas: una rumba con palmas, guitarras y cajón, sobre una hierba que hace reír. La ficha de la canción en mi web la presenta con su ritmo y su humor. Aquí quiero hablar de ese préstamo. De lo que significa coger el verso más famoso de la poesía española del siglo veinte y ponerlo a bailar en una fiesta de jardín.
El verso más famoso
«Verde que te quiero verde» abre el «Romance sonámbulo», uno de los poemas del «Romancero gitano», que Lorca publicó en 1928. Es un romance misterioso, lleno de imágenes que no se terminan de explicar: una gitana muerta sobre un aljibe, un contrabandista herido, unos guardias civiles borrachos que aporrean la puerta, la luna, el viento, los barcos sobre la mar. Y un estribillo verde que lo tiñe todo.
Nadie sabe del todo qué significa ese verde. Se ha leído como color de la muerte, del deseo, de la naturaleza, del misterio, de la esperanza imposible. Generaciones de estudiantes han escrito comentarios de texto sobre él en el instituto, con el subrayador fosforito en la mano. Hay hasta una canción famosa de Manzanita que lo puso en boca de media España.
Es, probablemente, el verso que más gente sabe recitar de memoria en este país sin haber leído el poema entero. Como «Caminante, no hay camino» o «Puedo escribir los versos más tristes esta noche». Está en el aire. Se ha vuelto refrán.
Y precisamente porque se ha vuelto refrán, me pareció que se podía tomar prestado.
Lorca, de los nuestros
Hay otra razón, más íntima, para que Lorca esté en mi catálogo. Federico era de los nuestros.
Fue un poeta homosexual en una España que no lo perdonaba, y lo mataron en agosto de 1936, al principio de la guerra, en un barranco cerca de Granada. Sus «Sonetos del amor oscuro», escritos para un hombre, tardaron décadas en publicarse. Durante mucho tiempo su homosexualidad se silenció, se maquilló o se contó bajito, como se contaban esas cosas en las familias.
Para muchos hombres gais españoles, Lorca es un antepasado. El abuelo poeta que nadie nos presentó en el colegio como lo que era. Cuando cito su verso, aunque sea en una rumba sobre la marihuana, lo cito como se cita a alguien de la familia. Con cariño, con confianza y con un poco de guasa, que es como nos hablamos en las familias de verdad.
No creo que se ofendiera. Era un hombre que adoraba la música popular, que tocaba el piano, que recogía canciones tradicionales por los pueblos y que escribió sobre el duende del flamenco como pocos. Una rumba de jardín, con palmas y risas, no le habría parecido una profanación. Le habría parecido una fiesta. Puede que hasta se hubiera quedado.
Marihuana querida
Ahora, la segunda mitad del verso, la mía. «Marihuana querida.»

Ahí está el giro. Lorca deja su verde sin explicar, abierto, misterioso. Yo lo cierro de golpe con un nombre concreto. El verde ya no es la muerte, ni el deseo, ni la esperanza. Es una planta. La que florece en el rincón del jardín, según la primera línea.
Esa operación, la de coger algo solemne y aterrizarlo en lo cotidiano, es casi mi firma. La hago con la copla, con las folclóricas, con Almodóvar, con los toreros. Aquí la hago con el poeta más venerado del siglo veinte. Y funciona porque el contraste es enorme. Del aljibe gitano y la luna sonámbula a la planta del jardín y la risa floja.
Y «querida» le da un tono de carta de amor. Como si la canción le escribiera a la hierba igual que el romance le escribe al verde: con devoción. Es una declaración, sí, pero de esas que se hacen medio en broma, con una sonrisa.
La rumba
La canción es una rumba, y eso también es una decisión.
La rumba es, junto con la copla, uno de los géneros más mestizos y más populares de España. Nació entre las comunidades gitanas, se cruzó con ritmos cubanos y con el pop, y dio lugar a una galería de artistas que todos tenemos en la memoria aunque no lo sepamos: Peret con su «Borriquito», Las Grecas con su «Te estoy amando locamente», Los Chunguitos, Los Chichos, Gato Pérez. Es la música de las bodas, de las ferias, de los coches con las ventanillas bajadas en verano.
Poner un verso de Lorca en una rumba es, en cierto modo, devolverlo a casa. El «Romancero gitano» está lleno de gitanos, de guardias civiles, de noches andaluzas. La rumba es la música de los nietos de esos gitanos. Lorca escribió sobre ellos; la rumba es suya. Juntarlos tiene algo de reunión familiar.
En la letra aparecen los instrumentos con nombre: «Guitarras y cajones, la noche se enciende». Y las palmas, y las risas. Es una canción que se escucha sentado en una silla de plástico, en un patio, con una mesa llena de vasos y alguien que siempre se arranca a bailar antes de tiempo.
Palmas en el patio
Una cosa más sobre la fiesta que describe la letra, porque tiene un detalle que me parece muy de aquí: las palmas.
En la rumba, como en el flamenco, las palmas no son un adorno. Son un instrumento. Hay palmas sordas, con las manos ahuecadas, que suenan graves y suaves, y palmas claras, con los dedos sobre la palma, que suenan secas como un chasquido. Quien sabe tocarlas bien es tan importante en una fiesta como el que toca la guitarra. Y quien no sabe, que suele ser el primo que ha bebido más, se nota a la legua.
La letra habla de risas y palmas mientras la planta crece. Esa imagen, la de una pandilla dando palmas alrededor de una maceta, tiene algo de rito antiguo, casi de fiesta pagana de la cosecha. Y también algo de sketch de humor. Me hace mucha gracia imaginar a los vecinos de una corrala, sentados en sillas de plástico, aplaudiendo a compás a una planta en el rincón del patio, como si fuera una folclórica en su noche de despedida.
Ese tono, entre lo ceremonial y lo absurdo, es el de toda la canción.
Un poco de gracia y otra de sal
De toda la letra, mi parte favorita es una línea que parece de refranero: «Un poco de gracia y otra de sal, / la vida es más bella con la hierba legal».
La primera mitad es casi una receta. Gracia y sal, como se dice de las personas salerosas, de las que tienen chispa. «Tiene mucha sal» se dice en Andalucía de quien tiene arte. Es una forma muy de aquí de describir el carácter: no con adjetivos, sino con ingredientes de cocina.
La segunda mitad es la que más se ha comentado. «La vida es más bella con la hierba legal.» Ahí la canción deja de ser solo una fiesta y se convierte en un deseo político, dicho con la ligereza de una rumba. No pide nada con pancarta. Lo deja caer entre palmas, como quien no quiere la cosa.
Pajarita verde y pelo a juego
La portada parece una foto antigua encontrada en una caja de zapatos de una tía de Cádiz que emigró a La Habana.

Un chico con el pelo teñido de verde, cortado a cepillo, barba recortada y cara de pocos amigos. Lleva un traje de cuadros azules un poco grande, camisa blanca abierta hasta el pecho, que enseña los tatuajes, una pajarita de terciopelo verde y un pañuelo del mismo color en el bolsillo. Detrás, una palmera, un edificio colonial con balcones y columnas, una farola y un coche antiguo aparcado. Todo con el filtro amarillento y los bordes gastados de una fotografía de los años cincuenta. El título, «VERDE», va a la izquierda en letras de plantilla, como las de los sacos de café o las cajas de puros.
Me encanta lo seria que es. Una canción sobre la risa floja con una portada de galán de bolero, de esos que posaban para el fotógrafo del paseo marítimo con el sombrero en la mano. Nada de hojas de marihuana, nada de humo, nada de colores psicodélicos. Solo el verde, discreto, en el pelo, en la pajarita y en el pañuelo. Como quien lleva un secreto bien a la vista.
Y el decorado tiene algo de Caribe, de puerto, de ida y vuelta. Que es justo de donde viene la rumba: de ese ir y venir entre Andalucía y Cuba, entre los gitanos de aquí y los ritmos de allí. La portada lo cuenta sin decirlo.
El jardín, la plaza y la luna
La letra se mueve por tres escenarios, y me gusta seguirlos porque dibujan una tarde completa.
Primero, el jardín. El rincón donde florece la planta, que es un sitio íntimo, casi secreto. Es el principio de la tarde, cuando todavía hay luz y la fiesta no ha empezado. Luego, la plaza. La letra dice que se llena de un perfume especial y que esa es la señal para empezar a festejar. El jardín privado se abre a lo público. Llegan los vecinos, las guitarras, los cajones. Y por último, la luna. Ya es de noche. La luna sonríe, cómplice, sobre una noche donde todo puede pasar.
Esa luna me hace mucha gracia, porque es otro guiño a Lorca. En el «Romancero gitano» la luna está por todas partes, y casi siempre trae malas noticias: es la luna que se lleva al niño en el «Romance de la luna, luna», la que mira las cosas sin poder tocarlas en el «Romance sonámbulo». Lorca la convirtió en un personaje amenazante, un presagio de muerte.
Mi luna, en cambio, sonríe. Es cómplice. Está de nuestra parte. Le quité a la luna de Lorca la guadaña y le di una sonrisa de vecina que se asoma al balcón y no piensa chivarse.
Los colores de mi tierra
Hay una idea en la letra que me parece muy bonita: que de todos los colores de la tierra natal, el verde es el que anima. No voy a citarla literal porque ya he gastado mis versos, pero la idea es esa.

España tiene muchos colores, y cada uno lleva su carga. El rojo y el amarillo de la bandera, que unos aman y a otros incomodan. El blanco de los pueblos encalados. El ocre de la meseta. El azul del Mediterráneo. El negro de los lutos. Y el verde, que en la España seca es casi un lujo: el verde del norte, de los prados asturianos, de los jardines que hay que regar cada tarde en Andalucía para que no se quemen.
La canción elige el verde como color de la alegría. Y no por la planta solo. También por lo que el verde significa en un país donde casi todo es amarillo en agosto: vida, frescor, sombra. El verde es el color de lo que crece a pesar del calor.
Del ventilador al cajón
La rumba tiene una técnica de guitarra que me fascina y que tiene un nombre buenísimo: el ventilador. Es un rasgueo rapidísimo, con la mano girando como las aspas de un ventilador, que mezcla el golpe en las cuerdas con un toque percutido en la caja. Se asocia a Peret y a la rumba catalana, y es lo que le da ese sonido de fiesta que no para.
No es lo mismo escribir una letra para una balada que para una rumba. La rumba pide frases cortas, que se puedan corear, con rimas fáciles y palabras que caigan en la palma. Pide repetición. Pide un estribillo que la gente pueda gritar aunque no se sepa el resto. «Oh, marihuana, en tus brazos voy a bailar» es eso: una frase para que la plaza entera la diga con el vaso en alto.
Por eso la letra de «Verde» es tan sencilla comparada con otras mías. No hay insultos con código postal, ni listas de agravios, ni nombres de famosos. Hay jardín, plaza, luna, guitarras, risas. Las palabras de una fiesta. La rumba no admite complicaciones.
Lorca y las canciones
Ya he dicho que Lorca adoraba la música popular, y quiero contarlo un poco más, porque explica por qué me siento autorizado a meterlo en una rumba.
Lorca no fue solo poeta. Fue músico, o casi. Estudió piano de joven y tuvo una relación muy estrecha con Manuel de Falla, con quien organizó en 1922 el Concurso de Cante Jondo en Granada para defender el flamenco más antiguo. Recogió canciones populares por los pueblos y las armonizó. Con La Argentinita grabó una colección de canciones tradicionales en la que él mismo tocaba el piano.
Es decir, que Lorca pasó buena parte de su vida haciendo exactamente lo que yo hago con su verso: coger lo popular y lo culto y mezclarlo. Él llevaba las canciones de los pueblos a los salones. Yo llevo uno de sus versos de los libros de texto a una rumba de jardín. Es el mismo viaje, pero en dirección contraria.
Me gusta pensar que, si hubiera vivido, habría acabado escuchando rumba. Puede que le hubiera gustado Peret. Puede que hubiera escrito alguna para Las Grecas. Eso no lo sabremos. Lo que sí sabemos es que no despreciaba ninguna música que sonara en la calle.
Verde entre los colores del catálogo
Una última cosa sobre el color, porque mis canciones tienen una paleta.
Está el rojo de «Llorar», que es el color de las lágrimas con rabia. Está el rosa chicle de «Mueve las plumas» y de «El luto del puto», que es el color de la pluma, de lo que se nota. Está el blanco y negro de «Madrid», que es el color del recuerdo. Y está el verde de esta canción, que es el color de la alegría que crece sola.
Si tuviera que elegir un color para Planeta Gayfolk entero, no sería el verde. Sería el rosa, sin duda. Pero el verde tiene su rincón, como la planta en el jardín de la letra. Un rincón pequeño, discreto, que alguien riega cada tarde y del que salen las mejores fiestas.
Lo que no es esta canción
Toca un apunte serio, y lo hago una vez.

«Verde» no es un folleto de salud ni un anuncio. Es una canción de fiesta que celebra un momento de alegría con amigos. Sé que la marihuana no le sienta igual a todo el mundo, que a algunas personas les dispara la ansiedad en vez de calmarla, y que la mezcla con otras cosas puede acabar mal. En mi catálogo hay canciones que hablan también de eso, de los días en que la cabeza pesa demasiado. Esta no. Esta es la de la tarde buena.
Lo digo porque una canción alegre sobre algo así siempre tiene alguien que la lee como recomendación. No lo es. Es un retrato. Cada uno sabe lo que le sienta bien y lo que no.
Mis canciones verdes
«Verde» no es la única canción de mi catálogo donde aparece la hierba. Hay una pequeña familia: «Weed, weed, weed», «Amigos y weed» y «Mejor hierba que guerra», entre otras. Cada una la mira desde un sitio distinto.
«Weed, weed, weed» tiene un texto que habla de días que pesan demasiado, de ruido en la cabeza y de buscar un respiro. Es la cara más frágil del asunto. «Amigos y weed» va de la familia elegida, de una tarde con la gente que quieres. «Mejor hierba que guerra» juega con el viejo lema de hacer el amor y no la guerra, cambiando una palabra.
«Verde» es la más folclórica de todas. La única con palmas y cajón. La única con un poeta granadino dentro. Si las otras son la versión urbana, de piso compartido y sofá, esta es la versión de patio andaluz con macetas.
El disco de la liberación
La canción está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Es el disco de la llegada al planeta, de la fiesta después del viaje. Lo cuento en el día de la liberación y el día siguiente.
Tiene todo el sentido que «Verde» esté ahí. Es una canción de celebración, de libertad, de un mundo donde lo que hoy está en el limbo sería legal y normal. Una fiesta en el planeta Gayfolk, con una rumba sonando en el jardín y un verso de Lorca colgado de las guirnaldas.
En la página de Planeta Gayfolk explico ese universo con más calma. Aquí me basta con decir que, si alguna vez se pudiera viajar allí, esta canción sonaría en la primera barbacoa.
Tomar prestado
Vuelvo al principio, a la pregunta de fondo. ¿Se puede coger un verso de Lorca y meterlo en una canción sobre marihuana?
Mi respuesta es que sí, siempre que se haga con cariño y sabiendo lo que se coge. La cultura popular ha hecho eso siempre. Los romances viejos se cantaban con letras cambiadas en cada pueblo. Las coplas se parodian en Carnaval. Los versos de Bécquer acaban en tarjetas de San Valentín. Los clásicos están para eso: para que la gente los use, los mezcle, los saque del museo y se los lleve a casa.
Lo que no haría nunca es usarlo para burlarme de él. Lorca no es el chiste. El chiste es el contraste entre su verso y mi planta. Él sigue en su sitio, enorme, misterioso, con su romance sonámbulo y su luna gitana. Yo solo le he pedido prestado el estribillo para una tarde.
Prometo devolverlo. Con un poco de gracia y otra de sal.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «Verde»? Es una rumba festiva sobre la marihuana, con palmas, guitarras y cajón, que toma prestado el verso «Verde que te quiero verde» de Federico García Lorca. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.
¿De dónde viene «Verde que te quiero verde»? Es el primer verso del «Romance sonámbulo», incluido en el «Romancero gitano» de Federico García Lorca, publicado en 1928.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién la ha hecho? La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con inteligencia artificial.