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La hora antes de las campanas: «Before the Bells» y el duelo sin ceremonia

En los pueblos de España las campanas hablan. Tocan a misa los domingos, tocan a fiesta cuando llega el patrón, tocan a gloria en las bodas y tocan a muerto, ese toque lento y espaciado que hace que las vecinas se asomen a la ventana y se pregunten, con el delantal todavía puesto, quién habrá sido esta vez.

Las campanas son el WhatsApp de antes. Lo cuentan todo, y lo cuentan a todos a la vez.

«Before the Bells» no habla de ese momento. Habla del rato anterior. De la hora en la que todavía no ha sonado nada, en la que el campanario sigue mudo y la noticia, sea la que sea, aún no se ha hecho pública. Está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y es de las canciones más quietas que he publicado. La ficha del blog ya repasa su arranque de copla y esa idea preciosa de que el tiempo afloja lo que vino a reclamar. Aquí quiero hablar de otra cosa: del duelo que todavía no tiene ceremonia. Del que vives antes de que nadie lo anuncie, o del que nunca llega a anunciarse.

Ay, mi pena

La canción empieza con un quejío:

«Aaaaaaayyyyy mi pena / Ayyyyyyyyyyyy mi penita»

Así, con las vocales estiradas tal y como salen en la letra publicada. Es lo único en español de toda la canción, y es lo más español que se puede decir. Ay, mi pena. Lo has oído en boca de Rocío Jurado, de Isabel Pantoja, de la Paquera de Jerez, de tu abuela fregando los platos con la radio puesta. Es la forma más antigua que tenemos aquí de decir que algo duele sin dar explicaciones.

Y luego, de golpe, el inglés. Todo lo demás está en inglés, y en un inglés muy contenido, sin chistes, sin nombres propios, sin ninguna de las cosas que suelen llenar mis canciones. Ni un Mercadona. Ni un narcisista. Ni una suegra.

Me interesa mucho esa entrada. Es como si la pena llegara con su ropa de siempre, con su mantón y su moño, y al sentarse se quitara todo y se quedara en camiseta. El quejío es la parte pública del dolor, la que se oye desde la calle. El inglés es la parte de dentro, la que solo se dice en un susurro y a solas.

La pena, en la copla, se grita. En esta canción, después del grito, se escucha.

Before the bells remember how to ring

La primera estrofa abre con la imagen que da título a la canción:

«Before the bells remember how to ring, / Before the night is told what it should bring»

Antes de que las campanas recuerden cómo se toca. Antes de que a la noche le digan lo que tiene que traer. Fíjate en los verbos. Las campanas tienen que recordar, como si se les hubiera olvidado. A la noche le dicen lo que debe traer, como si alguien desde fuera dictara el guion.

Todo eso es lo que llega después: el ruido, el anuncio, el protocolo. El tanatorio con su sala número tres y su máquina de café que da agua marrón. Las coronas con lazos morados. El primo que llega tarde y aparca en doble fila. La señora que no conoces de nada y te da el pésame con un abrazo demasiado largo. Los mensajes de «lo siento mucho, ya sabes que estoy para lo que necesites», de gente que no volverá a escribirte. Todo eso tiene su sitio, y a veces ayuda. Pero llega con las campanas.

La canción se queda en lo de antes. En la madrugada en la que te acaban de llamar y todavía no se lo has dicho a nadie. En el pasillo del hospital a las cuatro de la mañana. En la cocina, con la taza de manzanilla enfriándose, cuando ya sabes algo que el mundo aún no sabe.

Y hay otra versión de esa hora, menos dramática pero igual de real. La de quien sabe que algo se está acabando, una relación, una amistad, una etapa entera de la vida, y todavía no lo ha dicho en voz alta. La de quien lleva semanas sabiendo que va a dejar el piso, el trabajo o la ciudad, y sigue desayunando como si nada. Esa también es una hora antes de las campanas.

Esa hora es muy rara. Es tuya del todo.

Lo que no se deja domar

El verso que sigue dice que nos sentamos con lo que no podemos hacer que se porte bien. Lo que no se deja domar. Y luego habla de un respiro entre los vivos y los valientes.

Fotogramas del videoclip oficial de «Before the Bells», de Mike Sain't Louis

Me gusta mucho que no diga que hay que superarlo, ni entenderlo, ni aceptarlo. Dice que nos sentamos con ello. Como quien se sienta al lado de un perro grande y nervioso en la sala de espera del veterinario: no lo vas a calmar, no lo vas a controlar, pero puedes quedarte ahí sin salir corriendo.

Hay mucha prisa en nuestra época por arreglar el dolor. Las tazas con frases, los libros de autoayuda de las estanterías del aeropuerto, los vídeos de TikTok con música de piano que te explican en treinta segundos las cinco fases del duelo como quien te explica una receta de tortilla. Y está bien que exista ayuda, faltaría más. Pero hay un momento, al principio, en el que nada de eso sirve, y lo único que puedes hacer es estar sentado con lo que te ha pasado.

Esta canción es para ese momento. No te arregla nada. Te acompaña.

Antes de que los nombres se graben en piedra

La segunda estrofa trae el verso que más me impresiona de toda la letra:

«Before the names are spoken into stone, / Before the body learns to stand alone»

Antes de que los nombres se digan en piedra. Es la lápida, claro. El nombre grabado en mármol en el cementerio, con las dos fechas y a veces una frase que eligió la familia. Y antes de que el cuerpo aprenda a estar solo de pie.

Ese segundo verso me parece de lo más honesto que hay en el catálogo, y lo digo sabiendo que el catálogo es mío. Aprender a estar de pie solo no es una metáfora bonita. Es lo que pasa de verdad: la primera vez que te sientas a comer y sobra un plato. La primera vez que te despiertas y el otro lado de la cama está frío. La primera vez que vas a contarle algo a alguien y te acuerdas a mitad de frase de que ya no está. El cuerpo tarda en enterarse. Sigue esperando el ruido de las llaves en la puerta.

Y aquí quiero decir algo que la canción no dice, pero que a mí me sale cada vez que la escucho. Durante mucho tiempo, en este país, hubo gente que no tuvo derecho a ninguna de esas ceremonias. Parejas de toda la vida que, cuando uno se moría, eran apartadas por la familia del otro. Que no salían en la esquela. Que no podían sentarse en primera fila en el funeral. Que se enteraban de la hora del entierro por un conocido. Hombres que habían compartido treinta años de piso y de vida y que en el tanatorio eran «un amigo». Las campanas tocaban, pero no tocaban por ellos.

Ese duelo sin ceremonia, sin nombre en la piedra, también cabe en la hora antes de las campanas. Para algunos fue la única hora que tuvieron.

Las manos olvidan cada pelea

La misma estrofa sigue con dos imágenes que la ficha ya menciona: las manos que olvidan la forma de cada pelea y el corazón que se desanuda sin luz. Luego remata: no hay victoria, no hay plan oculto, solo estar aquí lo mejor que podamos.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Not hope, not faith, not something new, Just staying where the breath stays true.» de «Before the Bells»

Lo de las peleas me parece muy fino. Cuando pierdes a alguien con quien te has peleado mucho, y casi todas las relaciones de verdad tienen sus broncas, hay un momento en que las broncas dejan de importar. La discusión por los platos sin fregar. El enfado de la Nochevieja de hace seis años. La frase horrible que dijiste en el coche. Todo eso, que parecía tan grande, se va soltando. Las manos ya no saben cerrarse en un puño.

No siempre pasa, ojo. Hay pérdidas que dejan la pelea a medias para siempre, y eso duele de otra manera. Pero la canción habla de las que sí se van soltando. De cuando el rencor se cansa antes que tú.

Y luego está ese «no hay victoria». Me gusta que lo diga, porque estamos rodeados de un lenguaje de guerra para hablar del dolor. Luchar contra el cáncer. Ganar la batalla a la depresión. Vencer a la ansiedad. Como si el que se muere hubiera perdido un partido por no entrenar lo suficiente. La canción se niega a eso. No hay victoria. Solo estar aquí.

Una verdad que nunca aprendió a gritar

La última estrofa es la que más me gusta leer en voz alta:

«Not hope, not faith, not something new, / Just staying where the breath stays true.»

Ni esperanza, ni fe, ni algo nuevo. Solo quedarse donde la respiración sigue siendo sincera. Justo antes, la letra ha hablado de un calor que no pide pruebas y de una verdad que nunca aprendió a levantar la voz.

Esto, viniendo de alguien que ha escrito canciones como gritos de patio de vecinos, tiene su gracia. Mis letras levantan la voz mucho. Insultan, exageran, se ríen a carcajadas del ex de turno, llaman al narcisista por su nombre inventado y le sacan los trapos sucios delante de todo el mundo. Y aquí, de repente, una verdad que no sabe gritar.

Creo que las dos cosas son verdad a la vez. Hay penas que se gritan, y para eso está el «ay, mi pena» del principio, y para eso están todas las canciones de despecho que he publicado. Y hay penas que no se pueden gritar, porque no tienen fuerza, porque no tienen destinatario, porque no hay nadie a quien echarle la culpa. Esas se quedan en la respiración. En ese sitio donde el aliento sigue siendo verdadero aunque todo lo demás sea mentira.

Lo que más me gusta es lo que la estrofa rechaza. No promete esperanza. No promete fe. No promete una vida nueva. Ninguna de las tres cosas que te venden en los momentos malos. Solo te dice que te quedes donde puedas respirar.

Eso, a veces, ya es mucho.

El campanario de la portada

En la portada aparece un hombre vestido de negro, con traje y camisa oscura, mirando de frente con cara seria, en lo alto de un campanario. Detrás tiene una campana grande, de bronce, colgada en el hueco de piedra, y al fondo se ven desenfocadas las luces de una ciudad de noche. El título va abajo, en letras doradas con serifa, como en una esquela antigua o en la portada de un disco de boleros.

Collage con un detalle de la carátula de «Before the Bells» y las carátulas de «El día de la liberación», «Holy Stillness», «Hoy es el último adiós», «La playa del Mal Pas»

Es una imagen muy solemne para lo que suelo hacer. Ni rosa, ni purpurina, ni camisas de fuerza. Negro y piedra. Y un bronce que pesa. Y la campana está quieta. No suena. Es justo el momento que cuenta la canción: alguien ha subido al campanario antes de que nadie toque, y está ahí, mirando, esperando, con la ciudad dormida abajo.

Me gusta pensar que el de la portada no va a tocar la campana. Que ha subido para estar un rato solo con lo que sabe, antes de que todo el pueblo se entere.

La copla en camiseta

Ya he contado en «La copla dentro del pop queer» por qué el drama de siempre nos sienta tan bien a los maricas. La copla ha sido nuestra durante décadas. Las folclóricas fueron las primeras divas que muchos tuvimos, y sus canciones de amores prohibidos, de hombres que se iban, de penas que no se podían contar, eran en realidad nuestras canciones, aunque no lo supiera nadie.

«Before the Bells» coge solo el principio de eso, el quejío, y lo deja colgando. Como si alguien arrancara una copla en la cocina y a mitad del primer verso se callara, porque no le salen las fuerzas, y siguiera pensando en otro idioma. Es una copla en camiseta. Sin volantes.

Y eso tiene algo muy actual, me parece. Muchos hemos heredado la pena de nuestras madres y abuelas, la forma de llorar con las manos en la cara y el «ay» en la boca. Pero ya no sabemos usarla del todo. Nos queda el quejío, y luego cada uno tiene que buscarse sus propias palabras.

Tres canciones quietas

En «El día de la liberación» hay varias canciones que bajan la voz, y me gusta pensar que se hablan entre ellas. «Holy Stillness» es casi una nana: una noche suave, una luz frágil, alguien que le dice a otro que descanse sin miedo. «Hoy es el último adiós» es lo contrario de la quietud: una frase repetida hasta que se queda en los huesos, alguien que solo ha venido a decir adiós y no se mueve de ahí.

«Before the Bells» está en medio de las dos. No consuela como la primera ni se despide como la segunda. Se queda en el rato de antes.

Y si sigo tirando del hilo, llego a «La playa del Mal Pas», que es otra canción sin chistes, con aquella frase de que a los cuarenta uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad. No habla de un muerto, habla de un sitio. Pero tiene el mismo tipo de mirada: la de alguien que mira algo desde lejos y lo deja estar.

Volver al pueblo para un entierro

Hay una escena que conoce casi todo marica que se fue de su pueblo a Madrid, a Barcelona o a donde fuera. La llamada de madrugada. La abuela, el tío, la vecina que te cuidaba de pequeño. Y al día siguiente, el autobús de la mañana desde la estación Sur, la maleta pequeña, el traje que solo usas para bodas y entierros, y esas tres horas mirando por la ventanilla cómo los bloques de pisos se convierten en campos de cereal.

Ficha de la canción «Before the Bells» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Llegas y el campanario ya ha tocado. Todo el pueblo lo sabe. La plaza está llena de gente que te mira y te reconoce a medias: «¿Tú no eres el nieto de la Encarna, el que se fue a Madrid?». Y en esa frase cabe todo. El que se fue. El que no se casó. El que viene solo. El que, según la carnicera, «es de esos». Nadie lo dice en voz alta, porque es un entierro y hay que guardar las formas, pero se nota en cómo te dan el pésame, con una mezcla de cariño y de curiosidad que se te pega a la ropa como el olor a cera de la iglesia.

En esos entierros, la hora antes de las campanas es la que pasaste tú solo, en Madrid, después de colgar el teléfono. La que nadie del pueblo vio. Cuando llegas, el duelo ya es público, y tú tienes que encajar en él como puedas: en la tercera fila, con tu traje de bodas, al lado de unos primos que no ves desde la comunión.

Y luego está el caso contrario, que también existe. El de quien vuelve al pueblo y se entera de que la abuela lo sabía todo y no le importaba nada. Que la vecina le da un abrazo larguísimo y le dice al oído «tu abuela estaba muy orgullosa de ti». Esas cosas pasan, y son de las que te desmontan.

La canción no cuenta ninguna de estas historias. Pero me parece que todas caben en ese rato antes del bronce, cuando todavía no sabes qué cara vas a tener que poner delante de todo el mundo.

Lo que sientes antes de saberlo es lo más tuyo.

Cuándo escucharla

La ficha recomienda escucharla muy temprano, antes de que suene el despertador, o en esa hora rara de la madrugada en la que todo el mundo duerme menos tú. Estoy de acuerdo, y añado una cosa: escúchala sola, sin hacer otra cosa a la vez. No es una canción para fregar ni para el gimnasio. Es para estar sentado.

Si ahora mismo estás en esa hora, la de antes de las campanas, con algo que todavía no le has contado a nadie, esta canción no te va a decir qué hacer. Pero quizá te haga compañía un rato.

Y si la pena se te hace demasiado grande, si en algún momento piensas en hacerte daño, no te quedes solo en el campanario. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, a cualquier hora, gratis y sin dar tu nombre. Si hay peligro inmediato, al 112. Hablar con alguien no es tocar la campana para que se entere todo el pueblo. Es bajar un escalón.

Lo que afloja el tiempo

Termino con lo que dice el estribillo, que la ficha ya ha elegido como su frase favorita: el tiempo afloja lo que vino a reclamar. No lo voy a citar otra vez, pero quiero decir por qué me parece la idea más útil de toda la canción.

No dice que el tiempo lo cure todo, que es la frase que te sueltan en todos los velatorios y que nadie se cree. Dice que afloja. Que lo que te agarraba del cuello, con el tiempo, aprieta menos. No se va. Se queda ahí, con la mano puesta, pero ya te deja respirar.

Eso no se celebra con campanas. No hay un día en el calendario en el que suene el bronce para decir que ya estás mejor. Pasa poco a poco, sin testigos, como pasó todo lo de antes.

Y un día te das cuenta de que has subido al campanario, has mirado la ciudad, y has vuelto a bajar.

Sin tocar nada.

Toda la trilogía, con esta y las demás, está en la página de singles.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «Before the Bells»? Forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿En qué idioma está la letra? Empieza con un quejío en español, «ay, mi pena», y el resto de la letra está en inglés.

¿De qué habla «Before the Bells»? Del momento quieto antes de que el mundo exija cosas: la hora previa al anuncio, a la ceremonia y al ruido, cuando alguien se sienta con una pérdida o un cansancio que todavía no puede controlar.

¿Qué aparece en la portada? Un hombre vestido de negro en lo alto de un campanario, con una campana de bronce detrás y las luces de una ciudad de noche al fondo.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

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