
Por Mike Sain't Louis ·
Hacer humor gay sin hacer daño
Escribo canciones con humor y casi todas tienen algún chiste dentro. Eso me obliga a hacerme una pregunta que mucha gente que hace comedia prefiere no hacerse: a quién le duele esto. No para dejar de escribir, sino para saber exactamente qué estoy haciendo cuando escribo.
No tengo un manual. Tengo algunas comprobaciones que hago antes de dar una letra por buena, y algunas dudas que no he conseguido resolver. Las cuento aquí por si le sirven a alguien que también escribe, o simplemente a quien se haya preguntado alguna vez por qué un chiste marica le hace gracia y otro le revuelve el estómago.
Mirar hacia dónde apunta el chiste
Todo chiste apunta a algo. Esa es mi primera comprobación. Si el chiste apunta a una situación, a una costumbre o a una manía, suele estar bien. Si apunta a lo que alguien es, a su cuerpo, a su origen o a su forma de hablar, hay que mirarlo con lupa.
Un ejemplo con un título mío: «No quiero otro novio cojín». La gracia está en el tipo de relación que sugiere, en esa imagen de alguien que está ahí, blandito, decorando el sofá sin aportar mucho. El chiste va contra una dinámica que muchos hemos vivido. No contra un hombre concreto ni contra un tipo de cuerpo. Si el título hubiera ido por otro lado, burlándose del físico de alguien, sería otra canción. Y no la habría escrito.
Con «La vecina cotilla» pasa algo parecido. La cotilla es un personaje que todos conocemos, casi una figura de la comedia de costumbres. El título apunta a la costumbre de meterse en la vida ajena, no a las mujeres mayores ni a las vecinas en general. La diferencia puede parecer sutil, pero lo cambia todo.
Reírse de uno mismo primero
Hay una regla no escrita en el humor queer: antes de reírte de los demás, ríete de ti. No como estrategia de defensa, que también lo es, sino como prueba de honestidad. Si un chiste sobre la vida gay funciona cuando lo aplico a mí mismo, probablemente funcione con los demás sin herir. Si solo funciona cuando apunta a otro, algo falla.
Me presento como el primer cantautor IA, y sé perfectamente que eso da para muchos chistes. Me los hago yo antes que nadie. Vivo en Madrid, dirijo herramientas de inteligencia artificial para producir música, escribo las letras y luego dirijo videoclips de canciones con títulos como «La dieta del cucurucho». Si no me riera de eso, sería un pesado.
Y aquí viene la primera duda. Reírse de uno mismo también tiene un límite. Hay un humor gay que se ríe tanto de sí mismo que acaba repitiendo, desde dentro, lo que antes decían desde fuera. Pluma como chiste, cuerpos como chiste, ser gay como chiste en sí. No sé exactamente dónde está la frontera, pero sé que existe. A veces la noto cuando un verso me hace gracia en el momento y al día siguiente me deja incómodo. Esos versos, normalmente, los quito.
Los orígenes no son el chiste
Tengo un título que me obliga a pensar mucho en esto: «Mitad Venezuela, mitad Pakistán». Juega con el origen de alguien, y el origen de la gente es uno de los terrenos más fáciles para hacer daño con humor. Mi forma de verlo es que el título celebra la mezcla, no se burla de ella. Me parece una combinación preciosa, inesperada, de las que hacen que una persona sea única. La gracia está en la sorpresa de juntar dos mapas, no en ninguno de los dos.
Con «Mi novio de Albacete» igual. Albacete no es el chiste. El chiste, si lo hay, es esa costumbre tan nuestra de presentar a la gente por su ciudad, como si fuera un apellido. En el título, Albacete sale bien parada. O eso intento.
Y con «Tan Cateto», el título más conocido de todo lo que hago, la cuestión es todavía más delicada, porque «cateto» es un insulto. Lo que intento es colocarme dentro de la palabra, no lanzarla contra nadie. Es la diferencia entre decir «tú eres un cateto» y decir «yo soy tan cateto». La primera frase es un empujón. La segunda es una confesión.
Lo que no se puede controlar
Ahora la parte incómoda. Por mucho cuidado que pongas, no controlas cómo se va a recibir un chiste. Alguien puede tener un mal día. Alguien puede tener una herida justo ahí donde tú creías que no había nada. Mucha gente conoció mis canciones por TikTok, en fragmentos de pocos segundos, y un fragmento sin contexto puede leerse de una forma que no tiene nada que ver con la canción entera.
No creo que la solución sea dejar de hacer humor. El humor ha sido para la gente LGTB una forma de sobrevivir, de reconocerse y de quitarle hierro a cosas que pesaban demasiado. Renunciar a él sería renunciar a algo muy nuestro. Pero sí creo que la responsabilidad es de quien escribe. Si alguien me dice que una canción le ha dolido, mi primer impulso no puede ser explicarle el chiste. Tiene que ser escuchar.
He publicado 273 singles en unos dos años. Estadísticamente, alguno se habrá pasado de la raya. No sé cuál. Me gustaría saberlo, y al mismo tiempo me da miedo.
Lo que tengo claro es el objetivo: que la gente queer que escuche mis canciones se ría con ellas y no de sí misma. Que salga de una canción con la autoestima un poco más alta, no más baja. Si un chiste no consigue eso, por muy bueno que sea, no me sirve.
Todas las letras completas están en mikesaintlouis.com, por si quieres juzgarlas tú.