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Batas en la escalera y croquetas en bandeja: el videoclip de «Croquetas en el crucero» plano a plano

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«Croquetas en el crucero» empieza con una promesa de folleto de agencia de viajes:

Me apunté a un crucero por el Mediterráneo pensando en playas, sol y algún italiano

Y en el verso siguiente ya se ha torcido todo: «pero en el buffet solo había croquetas y queso malo». Así es la canción entera, una cadena de expectativas que se van desinflando como un flotador pinchado, hasta acabar «en misa con un reggaetonero».

De la letra ya he hablado. En «Reparto a bordo» hice la lista de personajes, de las chonis al capitán pasando por el cura y su jardinero. Hoy quiero hacer otra cosa: sentarme delante del videoclip con el dedo en el botón de pausa e ir contando lo que se ve. Porque el vídeo no se limita a ilustrar la letra. Le añade un barco entero de figurantes, una coreografía de aerobic, un delfín hinchable y una escalera que, para mí, es lo mejor de todo.

Lo que describo está en la pantalla. Lo que pienso de cada plano es cosa mía, y si tú ves otra cosa, mejor: un crucero da para muchas lecturas, sobre todo después del tercer calimocho.

El cartel: sentado encima del barco

El videoclip arranca con un cartel que parece la portada de un disco de verano de otra época. Un crucero blanco enorme navega sobre un mar azul, delante de un gran círculo rojo como un sol de póster, y encima del barco, sentado tan tranquilo, hay un chico con cazadora, como si el barco fuera un banco del parque. Arriba, mi nombre en letra de rótulo, y abajo el título en rosa chicle con contorno: «Croquetas en el crucero».

Me hace gracia lo de estar sentado encima del barco y no dentro. Es la postura del que todavía no se ha subido, del que mira el viaje desde fuera y se lo imagina perfecto. Todo lo que viene después es lo que pasa cuando por fin se embarca.

Un traje plateado dentro de la piscina

El primer plano con gente es una declaración de intenciones: un hombre con un traje de lentejuelas plateadas, brillante como una bola de discoteca, metido hasta la cintura en una piscina, con los brazos abiertos. Al fondo, al atardecer, varios cruceros iluminados.

No se puede empezar mejor. Nadie se mete en una piscina con un traje plateado salvo que haya venido a ser la estrella del barco. Es la fantasía del protagonista en una sola imagen: yo, brillando, rodeado de mar y de barcos de lujo. Lo camp, como conté en el post sobre el camp, consiste a veces en tomarse en serio algo exagerado. Y este señor se toma muy en serio su remojón con lentejuelas.

Cubierta, sombrillas y piscina

Luego vienen las postales: una cubierta con sombrillas amarillas y un chico en bañador posando delante del puente de mando; una piscina con salpicaduras y gente tirándose; una fila de hombres tostándose en tumbonas, alineados como sardinas en lata, con el mar detrás.

Es el folleto. Es lo que el protagonista esperaba al apuntarse: «playas, sol y algún italiano». El videoclip se lo da todo en los primeros segundos, como si quisiera que nos lo creyéramos antes de quitárnoslo.

El buffet

Y entonces llega el buffet. Un hombre con una camisa hawaiana de flores rojas y amarillas y pantalón blanco está de pie delante de bandejas metálicas llenas de croquetas, en un comedor de barco con lámparas y mesas al fondo. Sonríe y sirve, o se sirve, como quien acaba de descubrir que no hay nada más.

Fotogramas del videoclip oficial de «Croquetas en el crucero», de Mike Sain't Louis

Más adelante, otro hombre baila con los brazos en alto delante de una mesa redonda llena de quesos y panes, con la cubierta al fondo. Es el «queso malo» de la letra convertido en bodegón. Y en otro plano aparece una especie de torre de croquetas iluminada con neones en un bar circular junto a la piscina, como si alguien hubiera intentado convertir la croqueta en pieza de lujo.

La croqueta es el chiste central de la canción, y el vídeo lo entiende muy bien: la pone por todas partes, en bandejas, en torres, en carritos. Hay algo muy español en eso de irse de crucero por el Mediterráneo y encontrarse la comida de la abuela en versión bufé libre. Sobre comida, dignidad y papel de plata ya escribí en el post sobre la noche de «Hetero», y aquí vuelve el queso a hacer de símbolo de que la fiesta no era tan fina como prometía.

Las chonis de la orquesta

Este es uno de mis planos favoritos. Junto a la piscina, dos chicas en chándal, una turquesa y otra rosa fucsia, con aros grandes y coletas. La de turquesa lleva una guitarra eléctrica colgada y la toca; la de rosa señala con el dedo y gesticula, en plena discusión.

La letra pone en la piscina a dos chonis que montan una orquesta mientras discuten cuál de sus novios es más macho. El videoclip se lo toma al pie de la letra: la orquesta es una guitarra eléctrica en un chándal, y la discusión está a punto de estallar. Me gusta mucho que las chonis no salgan como caricatura cruel, sino como dos personajes con muchísima energía, las únicas del barco que parecen tener un plan.

Escribir humor sobre personajes así tiene su límite, y lo conté en «Hacer humor gay sin hacer daño»: se puede uno reír con alguien sin reírse de él. Estas dos son las dueñas de la piscina, y el protagonista lo sabe.

El flamenco hinchable

En otro plano, la piscina está llena de gente de fiesta, con palmeras a los lados y la superestructura del barco al fondo. En el agua flota un flamenco rosa hinchable gigante, y en el borde hay un chico con un conjunto de rayas de arcoíris, de pies a cabeza.

El flamenco rosa hinchable es el animal oficial del verano de los últimos años, y aquí cumple su función de bandera. Junto al chico arcoíris, el mensaje está claro: este barco tiene más pluma de lo que la naviera anunciaba. El protagonista buscaba un italiano, pero lo que hay a bordo es una fiesta que se parece mucho a las que conté en «Madrid to Benidorm».

Fiesta de globos

Aparece un hombre con camisa amarilla estampada, gafas de sol y gesto de anfitrión, en una cubierta decorada con globos rosas y blancos. Señala hacia algo fuera de plano, como quien presenta el siguiente número del espectáculo.

Este señor vuelve casi al final del vídeo en un plano muy parecido. Lo leo como el animador del barco, ese personaje que en todos los cruceros y en todos los hoteles de costa intenta que la gente participe en algo. Toda la canción trata de lo que se promete y lo que se encuentra, y el animador es el que promete a gritos.

El salón de baile

Hay un salón con bolas de espejos en el techo y una fila de hombres en esmoquin al fondo, muy serios. Delante, dos camareros, uno con chaqueta granate, empujan carritos de varios pisos con más croquetas o canapés, mientras otro hombre baila en medio, con las manos levantadas.

Es el momento gala del crucero, la cena del capitán, la noche de etiqueta. Y aun así, lo que circula en los carritos es lo mismo de siempre. El videoclip insiste en el chiste con una disciplina admirable: da igual el decorado, el menú no cambia.

Aerobic en calzoncillos

Uno de los planos más divertidos es el del aerobic. En la cubierta, con el mar de fondo, tres o cuatro chicos con bañadores de colores muy pequeños, rojos, azules y amarillos, y cintas en la frente, hacen una coreografía de gimnasio de los ochenta, con los brazos en alto y las rodillas dobladas.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «pero al sonar la alarma de evacuación» de «Croquetas en el crucero»

Más adelante hay variaciones: una fila de hombres en bañador de colores apoyados en la barandilla, como en una foto de grupo de verano, y otro grupo con pantalones de colores bailando en un salón con lámpara de araña.

Esta parte es pura fantasía del protagonista, la que en la letra se resume en una fiesta muy subida de tono con falda de cuero incluida. El vídeo no enseña nada de eso, pero sí convierte la cubierta en un desfile de cuerpos en bañador haciendo aerobic, que viene a ser la versión apta para todos los públicos del mismo deseo. Siempre me ha gustado que en Planeta Gayfolk el deseo se cuente con humor y sin vergüenza. Es una forma de bailar, como dije en «Escribir para que te bailen».

La escalera en bata

Y ahora el plano por el que he titulado este post. Una gran escalera de barco, de esas con barandillas doradas y moqueta, y bajando por ella un grupo de hombres en albornoz blanco, algunos con el pecho al aire, otros con gafas de sol o con algo en la mano. Bajan con prisa pero sin perder la pose, como si fuera la escalera de una gala.

En otro plano, en la cubierta, se ve un grupo de gente en albornoces grises, con rulos en el pelo y una copa en la mano, mirando hacia algún sitio con cara de no saber qué pasa.

Es la estrofa de la alarma:

pero al sonar la alarma de evacuación corrimos todos en bata y sin depilación

El videoclip resuelve la alarma sin enseñar ninguna emergencia. No hay humo, no hay botes salvavidas. Solo batas. Y eso es exactamente lo gracioso: el desastre no es el naufragio, es que te pillen en albornoz y con rulos delante de todo el barco. Para alguien con fobia social, como yo, que tengo ese diagnóstico junto a otros, esa es la peor pesadilla posible, mucho peor que un iceberg. Por eso me río tanto con este plano: es mi miedo a ser visto, pero contado con rulos.

El bar de neón

Hay un bar con luces de neón azules y rosas, con varios hombres apoyados en la barra, uno de ellos con americana clara. Es el plano más nocturno de la primera mitad, el de después de la cena, cuando el barco se convierte en discoteca.

En la letra, el capitán «me guiñó un ojo travieso / me ofreció una copa y un queso». El vídeo no pone un capitán con galones en primer plano, pero el bar está ahí, con su luz de cóctel, como escenario de todas las copas ofrecidas y de todos los guiños.

El cura y el reggaetonero

Y llegamos al final de la letra, a la parte más absurda:

me liaron con un cura y su jardinero

En el videoclip aparece, en la cubierta, un cura con sotana negra, alzacuellos y una cruz grande colgada del cuello, muy serio. A su lado, un chico con una chaqueta brillante de colores y una medalla dorada al cuello baila con los brazos abiertos, como si estuviera en un concierto. Detrás, más pasajeros en ropa de verano, mirando.

Es la imagen de «acabé en misa con un reggaetonero» hecha literal: el cura y el reggaetonero, uno al lado del otro, compartiendo plano. No se tocan, no interactúan mucho, simplemente conviven, y esa convivencia imposible es el chiste. Sobre curas, rosarios y ángeles caídos en mis canciones escribí un post entero, y este cura de crucero es uno de los más inofensivos de todo el catálogo: solo está ahí, de pie, preguntándose qué hace en esta fiesta.

El delfín hinchable

Entre plano y plano aparece también un delfín azul hinchable gigantesco, en primer término, mientras un chico en camiseta de tirantes camina por la cubierta bajo guirnaldas de bombillas, con las tumbonas de rayas al fondo.

Collage con un detalle de la carátula de «Croquetas en el crucero» y las carátulas de «Madrid to Benidorm», «Me gusta el verano»

El delfín no tiene ningún papel en la letra. Es puro decorado de verano, pero me parece perfecto como resumen del tono: todo lo que hay en el barco es grande, colorido y un poco de plástico. Igual que las expectativas del protagonista.

El atardecer

Hacia el final, el vídeo baja el ritmo. Un hombre con camisa estampada y gafas de sol, a contraluz, apoyado en la barandilla al atardecer, con el cielo rosa y morado. Otro, con camiseta de tirantes, saluda con el brazo en alto en la cubierta mientras el sol se pone detrás.

Son los planos más tranquilos y, para mí, los más bonitos. El crucero no ha sido lo que prometía el folleto, pero el atardecer sí que estaba incluido. Es lo que tienen los viajes que salen regular: al final siempre hay un momento que se salva, y suele ser cuando nadie está mirando.

La pregunta del tanatorio

En la letra hay una pregunta que lo resume todo: «¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar?», seguida de una respuesta que no responde nada y nos manda directamente al minibar.

Lo curioso es que el videoclip no tiene nada de tanatorio. Es colorido, luminoso, con gente bailando en casi todos los planos. Esa distancia entre lo que dice la letra y lo que enseña la imagen me parece lo más interesante del vídeo. La letra habla desde la decepción del protagonista; el vídeo enseña que, mientras él se queja, a su alrededor todo el mundo se lo está pasando en grande. Puede que el problema no fuera el barco.

Las sardinas del minibar

Hay un verso que el videoclip no enseña y que yo echo de menos: «hay sardinas en el minibar». No sale ningún minibar, ninguna lata, ningún camarote. Y casi lo prefiero así, porque es de esos versos que funcionan mejor en la cabeza de cada uno. El minibar es el último refugio del pasajero decepcionado: cuando todo falla, abres la neverita del camarote esperando un botellín de champán y te encuentras sardinas. Es el mismo chiste de las croquetas, pero en pequeño y en privado.

En la última estrofa la cosa empeora todavía más: el protagonista pide algo con burbujas, le sirven una mezcla de vino con refresco y la queja termina con una sola palabra, «flojo». Igual que el novio cojín o el calcetín de los que hablé en «Mi diccionario propio», aquí una palabra pequeña carga con todo: «flojo» como veredicto final de un viaje entero. No es un desastre ni una tragedia. Es flojo. Y no hay crítica más demoledora para unas vacaciones.

El videoclip, en cambio, no tiene nada de flojo. Ahí está la gracia: la letra protesta en tono menor y la imagen va a todo volumen.

Los que no salen

Tan interesante como lo que se ve es lo que el videoclip deja fuera. El italiano, por ejemplo. La letra lo pone en el segundo verso como gran objetivo del viaje, «algún italiano», y luego no vuelve a aparecer. En el vídeo tampoco hay nadie que lo represente claramente. Es el gran ausente del crucero, el personaje que justifica el billete y nunca sube a bordo.

Ficha de la canción «Croquetas en el crucero» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo mismo pasa con el portero: «me apunté por Grinder con un portero». En el vídeo hay muchos hombres, muchos cuerpos en bañador, mucha gente en albornoz, pero ninguno se presenta como ese portero. Puede ser cualquiera de los de la escalera o ninguno. Me gusta que se quede así, porque las citas de aplicación tienen mucho de eso: llegas pensando que vas a reconocer a alguien y acabas mirando caras sin saber cuál era.

Y tampoco sale el jardinero del cura. El cura está, muy digno, con su cruz, pero el jardinero no aparece por ninguna parte. A lo mejor se quedó regando las plantas del barco. A lo mejor era el del delfín hinchable. El vídeo deja huecos, y en un crucero lleno de gente, los huecos son lo más divertido de rellenar.

Lo pienso así: la letra es la queja de una persona, y el vídeo es la foto de todo el barco. Desde la queja, solo se ven las croquetas y los que fallan. Desde el barco, se ve una fiesta enorme en la que los que fallaron ni siquiera hacen falta.

El cartel final

El videoclip se cierra con el título otra vez, «Croquetas en el crucero» en rosa, sobre un grupo de chicos en bañador en la cubierta, con el barco al fondo. Es como la foto de grupo del último día, la que se hace la gente antes de desembarcar.

Y aquí está el último giro: el protagonista se había apuntado buscando un italiano y acaba rodeado de un barco entero. No es lo que pidió, pero tampoco está solo.

Por qué me gusta este vídeo

Como letrista, compositor y productor musical, pienso mucho en cómo cada videoclip completa una letra. En las canciones serias, el vídeo suele poner la atmósfera. En las de humor, como esta, el vídeo tiene que hacer algo más difícil: ser más exagerado que la letra sin pisarle los chistes. La música y la interpretación vocal de la canción están hechas con IA; las situaciones, los personajes y los versos salieron de mi cabeza y de mi manera de reírme de las cosas.

«Croquetas en el crucero» figura en las plataformas dentro del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» (en la descripción de YouTube se asocia a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»), y comparte con otras canciones del planeta una idea que me importa mucho: que el humor queer no es solo un adorno. Conté algo de eso en «De la risa ajena a la risa propia», sobre cómo pasamos de ser el chiste a contar el chiste. En este crucero nadie se ríe de los maricones del barco: los maricones del barco son los que cuentan la historia, los que bailan aerobic, los que bajan la escalera en albornoz como si fuera una alfombra roja.

Si quieres verlo con estas notas

Te propongo un juego: pon el videoclip y busca estas cinco cosas. El traje plateado en la piscina. La guitarra eléctrica de la choni de chándal turquesa. El carrito de croquetas en el salón de baile. La escalera de los albornoces. Y el cura con la cruz al lado del chico de la medalla. Si las encuentras todas, ya has hecho el crucero completo.

Y si te apetece seguir en modo verano, en «Me gusta el verano» hay otra forma de vivir el calor, y en «El único que no te juzga en la pista» cuento, a partir del hombre del traje fucsia de «Chihuahua», lo que significa para mí bailar sin ironía, que es justo lo que hace todo el mundo en este barco menos el protagonista.

Al final, eso es «Croquetas en el crucero»: una canción de queja con un videoclip de fiesta. Y quizá la lección sea esa. Si te toca un buffet de croquetas y queso malo, puedes quejarte toda la travesía o puedes ponerte el albornoz, bajar la escalera como una diva y pedir otra copa. Yo, sinceramente, haría las dos cosas.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasa en el videoclip de «Croquetas en el crucero»? Es un recorrido por un crucero de fiesta: un hombre con traje plateado en una piscina, un buffet de croquetas, dos chonis en chándal con una guitarra eléctrica, aerobic en bañador en la cubierta, una escalera llena de hombres en albornoz durante la alarma, un bar de neón y un cura junto a un reggaetonero.

¿Qué dice la letra? Cuenta la historia de alguien que se apunta a un crucero por el Mediterráneo esperando sol y algún italiano y se encuentra croquetas, queso malo, una alarma de evacuación en bata y una misa con un reggaetonero.

¿En qué disco está la canción? En las plataformas figura en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», de Mike Sain't Louis.

¿Quién escribió «Croquetas en el crucero»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Hay más posts sobre esta canción? Sí: «Reparto a bordo» repasa los personajes de la letra, y en la ficha de la canción se cuenta su historia.