
Por Mike Sain't Louis ·
Mi diccionario propio: novio cojín, calcetín y gofio
Un hombre con nariz de Pinocho come gofio de un cuenco con una cuchara. Dibujo de cómic, amarillo y azul, con la nariz larguísima apuntando al lector como un dedo acusador. Esa es la portada de «Gofio de calcetín», y ya lo cuenta casi todo: alguien que miente, alguien que come, y un idioma que solo entiende quien lleva un tiempo en este planeta.
Cuando escribes muchas canciones, y yo llevo 273 singles publicados, te sale un idioma propio. No hablo del español, que es el que uso casi siempre. Hablo de un vocabulario de andar por casa, palabras y expresiones que se repiten de una letra a otra hasta convertirse en contraseñas. Quien escucha una canción suelta no las nota. Quien escucha veinte se ríe antes que nadie.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y «Gofio de calcetín» es una canción cortita, de poco más de una docena de líneas, pero es el mejor sitio para abrir ese diccionario. La ficha de la canción cuenta la historia. Aquí van las entradas, por orden de aparición, como en el María Moliner pero con más mala leche.
Gofio
Gofio (s. m.): harina de cereal tostado, alimento tradicional de Canarias. En mis letras, señal de que la historia tiene acento isleño y destinatario con código postal en el Atlántico.
La canción arranca con una queja ajena. A alguien le ha sentado fatal un comentario mío, y el comentario está en el primer verso que cito: «De que ojalá se atragante con el gofio canario».
Ese «ojalá» es un deseo de discusión de pareja, de los que se sueltan con la puerta de la nevera abierta. No quiero que nadie se atragante de verdad, faltaría más. Pero en una bronca, el deseo exagerado es la moneda de cambio. Lo bonito es que el gofio le pone dirección postal al insulto sin necesidad de decir de dónde es nadie. Basta con lo que come.
Canarias aparece mucho en Planeta Gayfolk. Yo soy de Madrid, pero las islas forman parte de muchas de las historias que cuento, con sus guaguas, sus playas del sur y sus mentiras con acento. Hay canciones enteras que pasan allí, como «El canario que miente» o «En Canarias no existen las sirenas». El gofio es la forma de abrir esa puerta en una sola palabra, como quien deja una chola en la entrada para que sepas que hay alguien de allí en la casa.
Mmmmmm
Mmmmmm (interj.): sonido de quien está pensando qué contestar y ya sabe que lo que va a decir no va a gustar. También: tarareo de la abuela mientras hace la colada.
La letra empieza con un murmullo y lo repite entre verso y verso. Es un detalle tonto, pero la letra lo dice así. Ese «mmmmmm» es el silencio antes de la puñalada, el gesto de quien se rasca la barbilla en una discusión mientras prepara la respuesta. Tiene algo de Lina Morgan haciéndose la inocente antes de soltar la bomba.
En una canción tan corta, ese murmullo hace de respiración. Sin él, las frases irían una detrás de otra como balas. Con él, hay pausa dramática, de culebrón de sobremesa justo antes de la bofetada. Y la pausa dramática, en una bronca, vale más que cualquier argumento.
Diario
Diario (s. m.): cuaderno donde se apunta lo que pasa. En mis letras, amenaza velada: tengo pruebas, y las tengo por escrito.

Después de la queja viene la respuesta, que es una oferta envenenada: si quieres, te leo mi diario. Es la frase de alguien que lo ha apuntado todo. Fechas, frases, mentiras. Quien ha salido de una relación con un narcisista conoce la tentación de llevar un registro, porque la otra persona reescribe la historia cada semana y tú necesitas algo que no se mueva.
Ofrecer leer el diario es decir: no me vengas con que te ha sentado mal un comentario, que yo tengo tomo y lomo de lo que tú has dicho. Es la versión casera de un fiscal sacando la carpeta en un juicio de Sálvame Deluxe.
Secretario, empresario
Empresario (s. m.): persona que dirige su propio negocio. En esta letra, también fanfarronada de discusión que resulta ser literal.
La segunda frase que cito va justo detrás: «No necesito secretario, soy empresario». La rima en «-ario» empieza a encadenarse, canario, diario, secretario, empresario, como una retahíla de patio de colegio.
Lo gracioso es que la fanfarronada es verdad. Llevo mi propio sello discográfico, MIKE SAIN'T LOUIS, y lo gestiono solo, sin intermediarios. No tengo secretario, y siendo sincero no sabría qué encargarle aparte de ir a por cafés al bar de abajo. Lo de «soy empresario» se puede leer como chulería de bronca, pero también como descripción de mi trabajo. Escribí sobre ese oficio de sello de una sola persona en «Llevar un sello discográfico de una sola persona».
Me río de mí mismo con esa línea. Un empresario con chihuahuas y sin plantilla. El Amancio Ortega de Planeta Gayfolk, pero sin Zara y sin yate.
Jurar por la memoria de tus padres
Jurar por la memoria de tus padres (loc. verb.): la promesa más solemne del habla popular española. En mis letras, señal de que la mentira ha llegado al último piso.
La tercera frase es una advertencia: no me hagas volver a lo de antes, «Que juras hasta por la memoria / De tus padres».
Jurar por los muertos es lo más serio que se puede hacer en una discusión de barrio. Por encima de eso solo queda jurar sobre la Biblia en una película americana. Usar esa expresión para describir a alguien que miente es señalar hasta dónde es capaz de llegar: no hay nada sagrado que no esté dispuesto a usar. La familia, los difuntos, lo que haga falta.
Aquí no hay chiste. Es una de esas líneas secas que se cuelan entre las bromas. Quien ha escuchado a alguien jurar así, sabiendo que mentía, sabe el frío que da.
Novio cojín
Novio cojín (loc. nom.): pareja que solo sirve para estar ahí, mullida y decorativa, sin sostener nada. Sinónimo aproximado: relleno de sofá de Ikea.
Es una de mis expresiones favoritas y aparece en el estribillo. Un cojín es blando, queda bien en el sofá, combina con las cortinas. Pero no aguanta peso. Cuando te apoyas de verdad, se hunde y te deja la espalda contra la madera. Esa es la imagen: alguien que parecía confort y que, en cuanto hizo falta que sostuviera algo, desapareció entre las costuras.
La expresión no vive solo aquí. Tiene su propia canción, «No quiero otro novio cojín», que es mucho más larga y entra en detalle con su lista de falsedades numeradas. Es lo que pasa con las palabras que funcionan: piden volver. Y yo, que soy muy de reciclar, les abro la puerta.
Calcetín
Calcetín (s. m.): prenda que se lleva en los pies. En mis letras, unidad de medida de la decepción. Quedar a la altura de un calcetín: quedar fatal, quedar por los suelos, quedar oliendo.

El estribillo entero lo remata: «El que tuve quedó a la altura de un calcetín». La rima entre cojín y calcetín es casi infantil, de canción de comba en el recreo, y por eso funciona. Lo que se dice es duro, pero suena a juego.
El calcetín es una medida perfecta porque está en lo más bajo del cuerpo, pegado al suelo, y porque tiene algo de cutre. Nadie presume de calcetines, salvo los futbolistas con contrato de patrocinio. Decir que alguien quedó a esa altura es una forma muy plástica, casi de dibujo animado, de contar que te decepcionó.
Y también tiene su secuela. En «El calcetín», otra canción del catálogo, el calcetín se convierte en protagonista, y de ahí sale una de las frases que más me gusta de todo lo que he escrito: la autoestima también se lava, se cuelga y se estrena limpia. El mismo objeto, primero como insulto, luego como remedio.
Pinocho
Pinocho (n. p.): muñeco de madera al que le crece la nariz cuando miente. En mis portadas y títulos, el ex que no puede abrir la boca sin que se le note.
La palabra no sale en la letra, pero sale en la portada, y la portada también es texto. El hombre de la nariz larga comiendo gofio es el mentiroso de la canción pintado sin necesidad de decir su nombre. Un mentiroso canario, para más señas, porque lo que tiene en el cuenco no es Cola Cao.
Pinocho tiene su propia canción con título de chiste guarro, «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», que es otra forma de decir que la nariz era lo único que le crecía. Ahí está el diccionario funcionando otra vez: una imagen que salta de una portada a un título y de un título a otra canción. Quien las conoce todas tiene la sensación de estar leyendo una saga, aunque cada canción se entienda sola.
Narcis y low cost
Narcis (s. m. pl., coloq.): apócope cariñoso de narcisistas, usado con desprecio. Low cost (loc. adj.): versión barata de algo que ya era malo.
Estas dos no salen en «Gofio de calcetín», pero salen en tantas otras que el diccionario estaría cojo sin ellas. Narcis es la palabra que uso cuando ya no tengo paciencia para decir la palabra entera. Le quita las sílabas como quien le quita el abrigo a alguien que no se va a quedar mucho rato. Low cost es la etiqueta de oferta que les pego: la versión de Ryanair del amor, con la maleta de mano incluida y todo lo demás de pago.
Juntas aparecen, por ejemplo, en «La ley de la exageración», donde uno es la víctima salvadora y el otro la versión low cost. Y low cost tiene hasta su canción, «Ojete calor en versión low cost», que es otra historia.
Teatrillo
Teatrillo (s. m.): representación de poca monta. En mis letras, la relación con un narcisista vista desde la butaca cuando ya se ha caído el decorado.
Tampoco sale en «Gofio de calcetín», pero es vecina de página. En «No quiero otro novio cojín» el ex estrena una nueva obra de teatrillo con el siguiente pardillo, y en otra canción, «Una obra de teatro», la pregunta es si siete años fueron una función entera. El diminutivo es lo que más me gusta. Teatro sería concederle demasiado. Teatrillo es función de colegio, con decorados de cartón pluma y el telón de sábana.
Es una palabra que me sirve para bajar al narcisista del pedestal. Él se cree que está en el Teatro Real haciendo Tosca. La letra le recuerda que está en el salón de actos de un instituto de Fuenlabrada con la mitad de las sillas vacías.
Trozo de pan
Trozo de pan (loc. nom., irón.): persona buenísima, según los demás. En mis letras siempre va con retintín: el trozo de pan es el que peor se ha portado.

En español de toda la vida, decir que alguien es un trozo de pan es lo más bonito que se puede decir de una persona. Buena, noble, incapaz de hacer daño. Yo la uso al revés, con las cejas levantadas. El trozo de pan es el que, de puertas afuera, todo el mundo adora, y de puertas adentro te ha dejado la autoestima como una tostada quemada.
Es una expresión muy útil para hablar de la doble cara, que es uno de los temas que más se repiten en el catálogo. La gente que solo conoce la versión pública del narcisista ve un trozo de pan. Quien ha vivido con él conoce la miga.
Guagua
Guagua (s. f., canarismo): autobús. En mis letras, otra señal de que la historia tiene acento de las islas, y casi siempre de que alguien se ha ido sin despedirse como es debido.
Sale en «Como a mi chihuahua», donde el tú de la canción no daba ni un beso antes de coger la guagua. Es una palabra tan concreta que te pinta la escena entera: la parada, el calor, el conductor esperando y alguien subiendo sin mirar atrás. Y además rima con chihuahua, que es un regalo que no se puede rechazar.
Para un madrileño, guagua es una palabra exótica y tierna a la vez. La uso con cariño, como se usa la palabra de alguien a quien quisiste aunque te saliera mal.
Pardillo
Pardillo (s. m.): pájaro pequeño de campo. En el habla de Madrid, persona ingenua a la que se la cuelan con facilidad. En mis letras, el siguiente de la lista del narcisista, y a veces yo mismo.
Es una palabra que me hace mucha gracia porque es de abuela castiza, de las que dicen «no seas pardillo» cuando te ven firmar algo sin leer la letra pequeña. En el catálogo aparece cuando el ex busca víctima nueva: ¿quién será el próximo pardillo? Y la pregunta tiene doble filo, porque el pardillo anterior fui yo, que también me creí la función entera.
Me gusta reconocerlo. Antes de reírte del siguiente, acuérdate de que tú fuiste el primero en caer. Esa es la autoparodia que sostiene todo el diccionario: los insultos más finos me los guardo para mí.
Maricón
Maricón (s. m.): insulto clásico del patio de colegio español. En mis letras, apelativo cariñoso, grito de guerra o remate de frase, según el tono. Nunca neutro.
Esta sí está en todas partes. En las letras la uso para reírme de mí, para llamar a las amigas desde el estribillo, para despedir a un ex con un «mucha suerte, maricón» que suena a bendición y a portazo a la vez. Es una palabra que me lanzaron como piedra y que ahora llevo como colgante.
En el diccionario de Planeta Gayfolk es quizá la entrada más importante, porque explica todas las demás. Si una palabra que dolía puede volverse tuya, cualquier palabra puede. El gofio, el cojín, el calcetín. Todo se puede reciclar.
Para qué sirve un diccionario propio
Un vocabulario propio hace varias cosas por un catálogo tan grande. La primera es dar coherencia. Cuando alguien escucha «novio cojín» en una canción y lo reconoce de otra, siente que está dentro de un mundo con reglas, no ante una colección de piezas sueltas. Planeta Gayfolk es un universo, y los universos tienen idioma. Lo explico en la página del planeta.

La segunda es la economía. Una expresión cargada de significado me ahorra explicaciones. En una canción de doce líneas no hay sitio para presentar personajes. Si digo «novio cojín», quien conozca el catálogo ya sabe de qué tipo de persona hablo, y yo me ahorro tres estrofas.
La tercera es el humor de pandilla. Las palabras que vuelven funcionan como chistes internos, de esos que solo entiende tu grupo de amigos del instituto. Solo quien está dentro se ríe a la primera. Y reírse a la primera es la mejor sensación que puede dar una canción. Hablé de ese humor como complicidad en «Hacer humor gay sin hacer daño».
Una canción corta en un disco largo
«Gofio de calcetín» pertenece a *Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK*, el segundo disco de la trilogía, el de las ganas de irse a otro sitio y de dejar atrás lo que no sirve. Un estribillo que rechaza a otro novio igual encaja ahí como el gofio en la leche.
En el catálogo de 273 singles es la pista 144. Justo antes va «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», que es otra bronca con mucha moda de saldo. Justo después, «En el basurero». De la ropa de rebajas al gofio y del gofio al contenedor. La secuencia tiene una lógica de mudanza: lo que llevabas puesto, lo que comías, lo que tiras.
Que sea corta no es descuido. Hay canciones que necesitan desarrollo y canciones que funcionan como un portazo en la escalera. Esta es de las segundas. Dura lo que tarda en cerrarse una puerta con mala leche.
Lo que pone la máquina y lo que pongo yo
La letra es mía, como todas las de Planeta Gayfolk, palabra a palabra y rima a rima. La música y las voces las produzco con herramientas de inteligencia artificial como Suno, y lo digo siempre, sin esconderlo. Mi trabajo en una canción así es encontrar la palabra exacta y elegir, entre las versiones que produce la herramienta, la que respeta el tono de portazo y deja respirar el murmullo.
Una máquina no sabe que el gofio es un insulto con dirección postal. No sabe que «novio cojín» ya tiene historia en otras tres canciones. No sabe que el calcetín, en mi diccionario, mide la decepción. Eso solo lo sé yo, porque el diccionario lo he ido escribiendo canción a canción. Lo cuento con más calma en «La IA no me ahorra trabajo: me lo cambia de sitio».
Cómo leer el diccionario
Si quieres comprobar cuántas veces vuelve cada palabra, lo mejor es pasearse por el archivo de letras de esta web y buscar. Gofio, cojín, calcetín, narcis, Pinocho. Es un juego de detective bastante entretenido para una tarde de domingo de lluvia, mejor que ver la reposición de Pasapalabra.
La letra de esta canción está entera en su página de letras, se escucha en Spotify y tiene su videoclip en gayfolkplanet.com.
La última entrada
Planeta Gayfolk (n. p.): sitio donde un insulto canario, un cojín de Ikea y un calcetín sucio pueden convivir en la misma estrofa sin que nadie se escandalice.
Ese es el idioma. No lo inventé de golpe. Se fue haciendo solo, a fuerza de escribir sobre los mismos ex con palabras nuevas y sobre ex nuevos con palabras viejas. Un día miré atrás y había un diccionario.
Y como todo diccionario vivo, este no está cerrado. Cada canción nueva puede traer una palabra, y cada ex nuevo, por desgracia, también. La Real Academia tarda años en admitir un término. Yo lo admito en cuanto rima.
Ahora ya lo sabes leer.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Gofio de calcetín» de Mike Sain't Louis? Es una respuesta cortita a un ex al que le sentó mal un comentario, con el estribillo «No quiero otro novio cojín, el que tuve quedó a la altura de un calcetín». Reúne varias expresiones que se repiten en el catálogo de Planeta Gayfolk.
¿Qué significa «novio cojín» en las canciones de Mike Sain't Louis? Una pareja que parece cómoda y decorativa pero no sostiene nada cuando hace falta apoyarse. La expresión tiene también su propia canción, «No quiero otro novio cojín».
¿En qué disco está «Gofio de calcetín»? En Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles es la pista 144.
¿Quién escribió la letra? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.