
Por Mike Sain't Louis ·
La IA no me ahorra trabajo: me lo cambia de sitio
Hay una idea que circula mucho y que entiendo, aunque no la comparto: que hacer música con inteligencia artificial es apretar un botón y esperar. Como si el trabajo hubiera desaparecido. Como si yo me pasara las tardes tumbado mientras una máquina compone por mí.
Ojalá. Lo digo con la ironía justa.
Lo que ha pasado en mi caso es más raro y más interesante. El trabajo no se ha ido. Se ha mudado. Antes habría estado en unos sitios y ahora está en otros, y algunos de esos sitios nuevos son bastante más cansados que los viejos.
Dónde estaba el esfuerzo y dónde está ahora
Imagina un músico de los de siempre. Dedica horas a aprender un instrumento, a buscar los acordes, a ensayar con otros, a grabar una y otra vez la misma toma. Ese esfuerzo es físico, de manos y de oído, y se ve. Nadie duda de que ahí hay trabajo.
Yo no hago eso. Escribo las letras, y luego produzco la música con Suno, que dirijo. Esa parte de dirigir es donde ahora vive casi todo el esfuerzo. Y es un esfuerzo que no se ve, porque ocurre dentro de la cabeza y delante de una pantalla.
Dirigir significa saber qué quieres antes de tenerlo. Significa escuchar una versión y decidir en diez segundos si va bien encaminada o si hay que tirarla. Significa repetir el encargo cambiando un matiz, y otro, y otro, hasta que algo encaja con la letra. Muchas veces no encaja nunca y la canción se queda en el cajón.
Ese trabajo es más mental que manual. Cansa de otra manera. Al final de una sesión larga no me duelen los dedos; me duele la capacidad de decidir. Hay un momento en que todas las versiones me parecen iguales y sé que tengo que parar, porque si sigo elegiré mal.
La letra pesa más que nunca
Hay algo que la herramienta no me quita en absoluto, y es escribir. Todas las letras son mías. Y te diría que ahora les dedico más atención que si tuviera que repartir mis horas entre escribir y tocar.
Cuando la música puede tomar muchas formas, la letra es lo que sostiene la canción. Si un estribillo es flojo, ninguna producción lo salva. Si un título no tiene gracia, la gente pasa de largo. Pienso en «No quiero otro novio cojín» o en «La dieta del cucurucho»: son títulos que tienen que funcionar solos, antes de que suene nada. Eso no me lo hace nadie.
Así que una parte del tiempo que podría haberme ahorrado se ha ido directamente al cuaderno. Escribo, tacho, reescribo. Cambio una palabra porque suena demasiado de España o demasiado de ningún sitio. Leo para mí mismo, bajito, para ver si la frase respira. Ese oficio es el mismo de siempre y no tiene atajos.
Lo que nadie cuenta: todo lo de alrededor
Luego está la parte que casi nadie asocia con la música y que se come la mitad de mi semana. Dirijo más de 280 videoclips. He publicado 273 singles en dos años. Cada uno necesita portada, título, textos, su página en la web, su entrada en el blog, su lugar en un orden de publicación que tenga sentido. Hay cientos de Shorts que preparar. Hay letras que pasar a limpio para que estén completas en mikesaintlouis.com.
Mi sello, MIKE SAIN'T LOUIS, es una empresa de una persona, así que no hay un departamento que haga esto por mí. Lo hago yo. La herramienta acelera una parte del proceso, y precisamente por eso el resto se multiplica. Si puedo producir más canciones, tengo más canciones que cuidar. Más portadas, más vídeos, más páginas.
Y luego está la escucha. Antes de publicar, cada canción la oigo entera muchas veces, en auriculares, en el altavoz del móvil y en el del ordenador, porque cada uno esconde defectos distintos. Nadie piensa en esa parte cuando imagina el famoso botón.
Esto es lo que más me sorprendió al principio. Pensaba que ganaría tiempo libre. Lo que gané fue volumen, y el volumen trae trabajo detrás, como un perro que te sigue por la casa.
No quiero sonar quejica. Me encanta lo que hago y elegí hacerlo así. Sin estas herramientas, una persona sola con un cuaderno no habría podido sacar una trilogía de discos y cientos de canciones. Eso lo sé y lo agradezco.
Pero también desconfío del discurso contrario, el de quien vende la IA como una máquina de hacer éxitos sin esfuerzo. Ese discurso hace daño a los que la usamos en serio, porque convence a la gente de que lo nuestro no tiene mérito. Y hace daño a los que empiezan, que llegan esperando magia y se encuentran con horas de escucha y descarte.
Lo honesto es decir que el trabajo cambió de forma. Se parece menos al del intérprete y más al del director de cine que no sabe actuar pero sabe exactamente qué toma sirve. O al del editor de un periódico, que no escribe todas las noticias pero decide cuáles salen y en qué orden.
Hay días en que echo de menos un esfuerzo más físico, más visible. Algo que pudiera enseñar como se enseñan unas manos con callos. El esfuerzo de elegir no deja marcas. Solo deja canciones, y las que descarté nadie las oirá nunca. A veces pienso que casi todo mi oficio es invisible por definición.
Y aun así me compensa. Cuando una canción sale como la tenía en la cabeza, con la letra en su sitio y el tono justo entre la risa y la copla, sé cuántas decisiones hay detrás. Aunque nadie más lo sepa.
Si quieres ver el resultado de todo ese trabajo cambiado de sitio, está en mikesaintlouis.com.