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El vino, el queso y la dignidad en papel de plata: la noche de «Hetero»

«Quedamos. Llego. Y ya tiene a otro en la cama.»

Tres frases. Dos de una palabra. La tercera, un mazazo. Así empieza «Hetero», y creo que es el arranque más rápido de todo mi catálogo. No hay presentación, no hay contexto, no hay «aquella noche de verano». Quedamos. Llego. Y ahí está la escena, completa, en el tiempo que tardas en abrir una puerta.

«Hetero» es una canción sobre una humillación concreta. Una cita. Alguien que llega con ganas, con detalles, con su botella. Y alguien que ya tiene a otro en la cama y no se molesta ni en disimularlo. En la ficha de la canción está el resumen. Aquí quiero desmontar la escena pieza a pieza, porque está construida con muy pocos elementos y cada uno pesa como una losa.

Dos palabras para llegar

«Quedamos. Llego.»

Quería que el principio fuera así de seco porque las citas que salen mal empiezan siempre igual que las que salen bien. Con un mensaje. Con un «¿te vienes?». Con un «a las diez en mi casa». No hay ninguna señal de alarma en el «quedamos». Es la palabra más normal del mundo. Y «llego» también: llegas, subes, llamas al timbre.

Si hubiera puesto más palabras, la escena se habría llenado de anticipación. «Llego nervioso, con ganas, pensando en lo que va a pasar.» Eso le daría al lector tiempo para sospechar. Con dos palabras no hay tiempo. Llegas, y ya está el otro en la cama. Igual que en la vida: el golpe no se anuncia.

Ni disimula

Segunda línea: «Ni disimula. Ni le importa.»

Esta es la parte que más duele de la escena, más que el otro en la cama. Que te engañen es una cosa. Que ni siquiera se tomen la molestia de engañarte bien es otra. Ni disimula. No hay excusa, no hay «es un amigo que se ha quedado a dormir», no hay prisa por vestirse. Simplemente está.

«Ni le importa.» Y esto ya es el remate. No es que no haya tenido tiempo de disimular. Es que no le importa. Tú no le importas lo suficiente como para fingir.

He escrito mucho sobre gente que miente. Narcisistas que construyen mentiras elaboradas, que llevan dos vidas, que te preguntan por los viejitos mientras te engañan. En «Hetero» no hay mentira. Hay algo peor: indiferencia. Es la versión desnuda del desprecio. Ni siquiera mereces una mentira.

Y la anáfora de «ni», tan mía, aquí está reducida al mínimo. Dos veces. Ni disimula. Ni le importa. Normalmente encadeno cinco o seis «ni». Aquí bastaban dos. La humillación no necesita lista larga.

El vino, el queso

Y llega la línea que me hace reír y llorar a la vez:

Y yo con el vino, el queso y la dignidad envuelta en papel de plata.

Esta frase es todo lo que sé hacer como letrista metido en una línea. Lo cotidiano y cutre. La lista. El giro. La autoparodia.

El vino y el queso. Los detalles que llevas a una cita cuando quieres quedar bien. No es champán ni caviar, que eso sería de película. Es el vino del Mercadona de cinco euros que has elegido mirando la etiqueta durante diez minutos para que no parezca demasiado barato, y el queso, que a lo mejor es un manchego curado de los que vienen envasados al vacío, o una cuña de algo que suena francés. Son regalos de alguien que ha pensado en la noche. Que tenía planes.

Y luego, en la misma enumeración, sin cambiar de tono, «la dignidad envuelta en papel de plata».

La dignidad está en la lista de la compra. Al lado del queso. Y envuelta en papel de plata, como un bocadillo para el colegio, como las sobras de la cena que tu madre te mete en un táper para que te las lleves. Es una imagen cutrísima y exacta. La dignidad no se ha perdido: la llevas tú, envuelta, protegida, como algo que se puede estropear. Y se va a estropear.

Por qué papel de plata

Me han preguntado por qué papel de plata y no otra cosa.

Fotogramas del videoclip oficial de «Hetero», de Mike Sain't Louis

Primero, porque es lo más doméstico que hay. Todo el mundo tiene un rollo en el cajón de la cocina. Es el material de envolver bocadillos, de tapar fuentes en el horno, de guardar medio limón en la nevera. Es humilde. Y la dignidad, en esa escena, es humilde también.

Segundo, porque el papel de plata brilla. Un poquito. Tiene una pretensión de lujo que no es lujo. Brilla como brilla una bandeja de canapés de boda de pueblo. La dignidad envuelta en papel de plata es una dignidad que intenta brillar y que, en el fondo, es un bocadillo de chorizo.

Y tercero, porque el papel de plata se arruga. Una vez arrugado, no hay forma de dejarlo liso otra vez. Por mucho que lo estires con la mano sobre la encimera, quedan las marcas. Eso es lo que le pasa a la dignidad esa noche.

Ninguna de estas tres razones está en la letra. Pero las tres están en el papel de plata. Por eso una imagen concreta vale más que diez adjetivos. «Me sentí humillado» no dice nada. «La dignidad envuelta en papel de plata» lo dice todo, y además te ríes.

La pregunta

Y entonces llega la frase que da título a la canción:

¿sería más fácil ser hetero o simplemente más fácil no ser yo?

El texto la presenta así: «El instante exacto en el que te preguntas». Es un instante. No una reflexión de semanas. Es lo que se te pasa por la cabeza en la puerta, con la bolsa del vino en la mano, mientras el otro ni disimula.

La pregunta tiene dos partes y la segunda es la que mata.

La primera, «¿sería más fácil ser hetero?», es casi un chiste. Es la pregunta que se ha hecho cualquier marica después de una noche horrible de Grindr. Si me gustaran las mujeres, ¿esto me pasaría? Es una pregunta tonta, porque los heteros también tienen noches así, y lo sabe todo el mundo que tenga una amiga hetero con un móvil lleno de mensajes de tíos desastrosos. Pero en ese momento parece que el ligoteo gay tiene una crueldad especial. La rapidez. La abundancia. La facilidad con la que alguien te sustituye antes de que hayas llegado.

La segunda parte, «o simplemente más fácil no ser yo», ya no es un chiste. Es lo más serio que hay en la canción. Ya no es una cuestión de orientación sexual. Es una cuestión de identidad entera. No ser yo. Ser otra persona. Una que no lleve vino y queso a una cita. Una que no tenga planes. Una que no se haga ilusiones.

Es la pregunta de quien empieza a pensar que el problema es él. Que si le pasan estas cosas, será por algo. Que quizá es demasiado ingenuo, demasiado detallista, demasiado él.

Del chiste a la herida

Esa frase es un ejemplo perfecto de algo que hago mucho y que no siempre me sale tan limpio: pasar del chiste a la herida sin avisar.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y yo con el vino, el queso y la dignidad envuelta en papel de plata.» de «Hetero»

La primera mitad te hace sonreír. «¿Sería más fácil ser hetero?» Ja, sí, claro, como si las heteros no tuvieran el móvil lleno de desastres. Y antes de que termines de sonreír, la segunda mitad te da en la cara. «O simplemente más fácil no ser yo.»

No hay transición. No hay «pero en el fondo». Es la misma frase. El chiste y la herida están separados por una «o».

Me gusta trabajar así porque es como funciona la cabeza en los momentos malos. No estás triste todo el rato. Estás haciendo chistes mentales, ironizando, riéndote de ti, y de repente se te cuela una idea oscura entre dos bromas. Y luego vuelves a la broma, porque no puedes quedarte en la idea oscura.

«Absurda, cutre, honesta»

El texto sigue con una descripción de la escena que podría parecer una lista de tres adjetivos, de esas que intento evitar: «La escena es absurda, cutre, honesta y jodidamente real».

En realidad son cuatro, y el cuarto rompe la serie. Absurda, cutre, honesta. Y «jodidamente real». El taco al final es lo que la salva de ser un folleto. Si me hubiera quedado en los tres primeros, sonaría a crítica de cine. Con el «jodidamente», suena a mí contándoselo a un amigo en la barra.

Absurda, porque lo es. Llegar con queso a una casa donde ya hay otro tío en la cama tiene algo de vodevil, de comedia de enredo de las de Paco Martínez Soria, de puerta que se abre en el momento equivocado. Si no te pasara a ti, te partirías de risa.

Cutre, porque lo es. No hay nada glamuroso en esa noche. Ni hoteles, ni cenas, ni ropa interior de diseño. Hay un piso, una cama ocupada y una bolsa del súper.

Honesta, porque nadie miente. Es la única virtud de la escena. Al menos, nadie finge.

Y jodidamente real, porque le ha pasado a mucha gente. Si has usado una aplicación de ligar durante más de seis meses, sabes de qué hablo.

Se traga

La última frase del texto es la que más me gusta: «La clase de noche que no se explica: se traga».

Los dos puntos dictan sentencia. Hay noches que se cuentan, que se convierten en anécdota, que se explican a las amigas con todo lujo de detalles al día siguiente en el brunch. Y hay noches que no. Que se tragan. Como una pastilla sin agua. Como un chicle que se te escapa garganta abajo.

«Se traga» tiene también un doble sentido que dejé porque me hacía gracia y porque en esta canción no hay forma de evitarlo. Hay cosas que se tragan en las noches de ligue. Y la humillación es una de ellas.

Tragarse una noche así es no contarla. Volver a casa con el vino y el queso. A lo mejor abrir el vino solo. A lo mejor comerse el queso de pie, en la cocina, con la luz de la nevera. No llamar a nadie. Tragar.

Y luego, meses o años después, escribir una canción. Que es la forma de escupir lo que te tragaste.

«Sin maquillaje, sin poesía y sin vergüenza»

El texto termina con una frase sobre el propio proyecto: «GayFolk sin maquillaje, sin poesía y sin vergüenza».

Esto me hace gracia, porque «Hetero» tiene poesía. La dignidad en papel de plata es una imagen poética, aunque sea de bocadillo. Pero entiendo lo que quise decir: no hay adorno. No hay metáfora de luna ni de mar. No hay drama de bolero. Hay una cama, un tío, otro tío y un queso.

«Sin vergüenza» es lo más importante. Contar una humillación así exige no tener vergüenza. O tenerla y pasar por encima. Porque lo fácil sería esconder esa noche. Contar solo las noches que salieron bien, los ligues que te hicieron sentir guapo, las citas de película. En Instagram nadie sube la foto del queso que no se comió nadie.

Escribí sobre esto en la vergüenza ajena como herramienta para escribir. La vergüenza propia también es herramienta. Si te da vergüenza contarlo, probablemente merece una canción.

Por qué el título es «Hetero»

La canción podría haberse llamado «Papel de plata», «Ya tiene a otro» o «La dignidad». Se llama «Hetero».

Collage con un detalle de la carátula de «Hetero» y las carátulas de «Drift Away», «El canario que miente»

Elegí el título por la pregunta, claro. Pero también porque es el título más provocador posible para una canción que no tiene nada de hetero. Un marica escribiendo una canción titulada «Hetero» genera una expectativa: ¿va contra los heteros? ¿Es una burla? ¿Es una salida del armario al revés?

Y no es nada de eso. Es la fantasía de un momento. El deseo absurdo de ser otra cosa para que no te duela. Al llamar así la canción, pongo esa fantasía en la portada. Y la fantasía se desmonta sola cuando escuchas la canción y te das cuenta de que no habla de heteros en absoluto. Habla de un tío con queso en una puerta.

Me gusta que el título sea una trampa. Muchos de mis títulos lo son. Hay una lista de siete títulos para empezar a escucharme, y casi todos engañan un poco.

En el disco de las ganas

«Hetero» está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. El disco del deseo de irse a un planeta donde no haya que explicarse, defenderse ni fingir.

Y la pregunta de «Hetero» es el deseo contrario. No el de irse a un planeta mejor, sino el de convertirse en otra persona para que el planeta de aquí duela menos. Es el «ojalá» más triste del disco. Ojalá fuera hetero. Ojalá no fuera yo.

Lo expliqué en «Ojalá», el segundo disco, y la gramática de las ganas: todo el disco está escrito en modo deseo. «Hetero» es el deseo torcido.

En GAYFOLK esa pregunta no existiría. Nadie querría no ser él mismo. Por eso el planeta hace falta: porque aquí, en la Tierra, a veces nos preguntamos si no sería mejor ser otro. Y la respuesta correcta, la que da el planeta, es que no. Que el problema no eras tú, con tu queso. El problema era el que ni disimulaba.

Humor sin daño, a pesar de todo

Una cosa que me importa de esta canción es que no ataca a nadie concreto. No hay nombre. No hay barrio. No hay profesión del tío de la cama. En otras canciones pongo todo eso, pero aquí no hacía falta, y creo que la canción es mejor así.

El protagonista del ridículo, si lo hay, es el que llega con el queso. Es decir, yo, o quien habla. Me río de mí antes que de nadie. El otro ni siquiera es un personaje: es una presencia en la cama. No tiene frases. No tiene cara.

Escribí sobre hacer humor gay sin hacer daño. «Hetero» es un buen ejemplo de humor que no hace daño a nadie más que al que lo cuenta. Y ese daño, curiosamente, se cura un poco al contarlo.

Sustituido antes de llegar

Hay algo en la escena que es muy de esta época, y no quiero pasarlo por alto.

Ficha de la canción «Hetero» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Quedamos. Llego. Y ya tiene a otro en la cama.» Entre el «quedamos» y el «llego» ha pasado, como mucho, lo que se tarda en cruzar Madrid en metro. Cuarenta minutos. Una hora. Y en ese tiempo, el otro ya ha encontrado sustituto.

Eso, hace treinta años, era difícil. Había que salir, ir a un bar, ligar en persona, convencer a alguien de que subiera. Ahora basta con abrir una aplicación. Mientras tú estás en el vagón de la línea 1 con tu bolsa del Mercadona, él ha deslizado el dedo tres veces y ha resuelto la noche.

No voy a hacer un sermón contra Grindr, que yo no soy quién y además sería hipócrita. Las aplicaciones han traído muchas cosas buenas: gente que en su pueblo no tenía con quién hablar, encuentros que no habrían existido, parejas que duran años. Pero también han traído esto: la sensación de que eres intercambiable. De que, si tardas cuarenta minutos, ya hay otro.

Y esa sensación es la que alimenta la pregunta del final. Si soy tan fácil de sustituir, ¿qué valgo? ¿No sería mejor ser otro?

La respuesta, que la canción no da pero que yo sí doy aquí, es que lo intercambiable no eras tú. Era el plan del otro. Tú llevabas queso.

El tipo de la cama en la tipología

Tengo un post de humor que se titula pequeña tipología cómica de exnovios, donde clasifico a los ex que aparecen en mis canciones. Está el que miente con lentillas de colores, el que te castiga con silencio, el coordinador de mercadillo.

El de «Hetero» encajaría en una categoría que casi no he explorado: el que ni se molesta. No es un villano elaborado. No tiene un plan maquiavélico. No te hace luz de gas. Simplemente le da igual. Es el ex más vago de la tipología.

Y quizá por eso es el que menos espacio ocupa en la canción. No tiene frases, no tiene nombre, no tiene ni cara. Está en la cama, y ya. Toda la canción se la queda el que llega con el vino. Que es, al final, una forma de justicia: el que no se molestó no merece ni una estrofa.

Si quieres ver al resto de la tipología, con sus canciones, están todas en el índice de letras.

Lo que hice con el queso

No lo sé. La canción no lo dice. Y no voy a inventármelo para que el post quede redondo.

Lo que sí sé es que esa imagen, la del tío con la bolsa del vino y el queso en la puerta, es una de las que más se quedan en la gente que escucha la canción. Es universal. Todos hemos llevado alguna vez algo a un sitio donde no lo esperaban. Un regalo que nadie quería. Unas flores para alguien que ya tenía otras. Una ilusión envuelta en papel de plata.

Y todos hemos vuelto a casa con ella.

Exagerar para decir la verdad

Por si alguien piensa que exagero: sí, exagero. Siempre. Es mi forma de escribir, y tiene mucho que ver con cómo se habla en España. «Me muero.» «Me quiero morir.» «Qué vergüenza, tierra trágame.» Lo conté en la exageración del habla cotidiana española y mis letras.

Pero en «Hetero» casi no exagero. La escena es tal cual. Quedamos, llego, ya tiene a otro. Lo único exagerado es la pregunta del final, y ni siquiera eso, porque es lo que de verdad se te pasa por la cabeza.

A veces la realidad ya viene exagerada de fábrica. No hay que añadirle nada.

Para leerla

El texto completo está en la página de letras de «Hetero». Se lee en medio minuto. Recomiendo leerlo con una copa de vino al lado. Del barato. Y un poco de queso.

Y si alguna vez te has quedado en una puerta con la dignidad envuelta en papel de plata, que sepas que no eras tú. Era la noche. Y la noche se traga, pero también se escupe. Aunque tarde.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Hetero»? De una cita en la que quien llega se encuentra al otro con alguien en la cama, sin disimulo. Con «el vino, el queso y la dignidad envuelta en papel de plata», se pregunta si sería más fácil ser hetero o no ser él mismo.

¿La canción va contra los heteros? No. El título viene de la pregunta que se hace el protagonista en el peor momento de la noche. La canción habla de una humillación, no de orientaciones sexuales.

¿En qué disco está «Hetero»? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Qué significa «la dignidad envuelta en papel de plata»? Es una imagen de la dignidad como algo doméstico y frágil, envuelto como un bocadillo, que esa noche se arruga y ya no vuelve a quedar liso.

¿Quién escribió «Hetero»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid. La música y las voces se producen con inteligencia artificial como herramienta; la letra es suya.

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