
Por Mike Sain't Louis ·
«Me muero»: la exageración del habla cotidiana española y mis letras
Escucha a dos personas hablando en una terraza de Madrid durante cinco minutos. Vas a oír que alguien se ha muerto de risa, que otro lleva mil años sin ver a su prima, que el camarero ha tardado una eternidad y que la paella del domingo estaba de escándalo. Nadie ha muerto. Nadie tiene mil años. La paella, probablemente, estaba normal.
El español que se habla en España exagera muchísimo. Y casi nadie se da cuenta, porque es la forma natural de hablar. Yo me di cuenta al fijarme en cómo sonaban mis letras leídas en voz alta, y vi que buena parte de lo que me funcionaba venía de ahí. De la calle, no de la poesía.
Un idioma que no sabe decir «un poco»
Hay rasgos muy concretos. Los intensificadores, para empezar. Decimos «súper», «mega», «tope», «superbién», «fatal» con una alegría que en otros idiomas sorprende. Decimos que algo está «buenísimo», que alguien es «majísimo», que un piso es «carísimo», y el «-ísimo» hace un trabajo enorme sin que nadie lo note.
Luego están los aumentativos y los sufijos que inflan las cosas. Un «cochazo», un «pastón», un «exitazo», un «bodorrio». Basta con añadir unas letras al final para que la cosa crezca. Y al revés: un diminutivo bien puesto, como «un ratito» que dura tres horas, también es exageración, solo que disfrazada de modestia.
Y está la muerte, que en el habla cotidiana española aparece a todas horas sin ningún dramatismo real. Me muero de hambre, me muero de vergüenza, me muero de ganas, me muero contigo. La muerte como unidad de medida de cualquier emoción.
Esto, que en un discurso formal sería exceso, en una canción pop es oro. Porque la canción pop vive de emociones grandes dichas en pocas palabras. Y el habla española ya trae las emociones grandes de serie.
El «tan» de «Tan Cateto»
Mucha gente me conoció por «Tan Cateto» en TikTok, y el título es un buen ejemplo de lo que digo. «Cateto» ya es una palabra fuerte. Ponerle «tan» delante es lo que hace cualquier persona en una conversación de cocina: no basta con decir que algo es, hay que decir que lo es muchísimo. Ese «tan» suena a oído, no a libro.
Me pasa con otros títulos. «La dieta del cucurucho» tiene esa lógica de la exageración cómica: una dieta que, por su nombre, ya suena a fracaso anunciado, a esa manera tan nuestra de declarar un propósito enorme el lunes y rendirse ante un helado. No te cuento la canción, solo lo que me sugiere el título. Y lo que me sugiere es una frase que podría haber dicho cualquiera en la barra de un bar.
Lo mismo con «No quiero otro novio cojín». Nadie tiene un novio cojín. Pero todos entendemos la imagen, porque es una exageración del tipo que hacemos sin pensar: comparar a una persona con un objeto para que se vea mejor lo que nos molesta de ella.
Exagerar para ser exacto
Hay una paradoja que me gusta mucho. A menudo, la exageración es más precisa que la descripción literal. Si digo «estaba un poco cansado», no transmito nada. Si digo «estaba muerto», transmito exactamente cómo me sentía, aunque sea mentira técnicamente.
Lo cotidiano exagerado describe el sentimiento, no el hecho. Y una canción tiene que contar el sentimiento. Por eso, cuando una letra me sale demasiado correcta, demasiado medida, la suelo exagerar. La paso por el filtro de cómo lo diría alguien que se lo está contando a una amiga por teléfono, a gritos, mientras camina por la calle.
Cuando la exageración sobra
Ahora la contradicción. El mismo recurso que hace que una letra suene viva puede volverla ruidosa. Si todo es «lo más», nada lo es. Si todo el mundo se muere en cada verso, la muerte deja de significar algo. He tenido que aprender a dosificar.
Mi forma de hacerlo es buscar un contraste. En medio de una letra muy exagerada, meter una frase muy plana, casi seca. Esa frase normal, rodeada de exageraciones, suena más fuerte que cualquier superlativo. Es como un silencio en medio de una fiesta: todo el mundo se gira a mirar. No siempre me sale bien, pero cuando sale, es lo que más me gusta de la canción.
También tengo cuidado con otra cosa. La exageración española tiene un acento muy marcado, y mi público está repartido entre Europa y América Latina. En México o en Colombia también se exagera, claro, pero con otras palabras. Allí algo puede estar «bien bonito» o «demasiado bueno», y aquí eso sonaría raro. Así que, cuando uso un intensificador muy de España, me pregunto si se va a entender al otro lado del Atlántico. A veces decido que sí, porque el tono lo explica todo. A veces lo cambio.
La trilogía GAYFOLK, con sus tres discos, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación», también tiene algo de esto en los títulos. «Ojalá», la palabra con la que arranca el título del segundo, la usamos a diario con una intensidad tremenda. Ojalá llueva, ojalá me llame, ojalá se pudiera. Un deseo enorme metido en tres sílabas.
Lo que intento, al final, es que mis letras suenen a cómo habla la gente, no a cómo escribe. El español hablado en España es exagerado, teatral y muy divertido. No veo por qué una canción debería ser más sosa que una conversación en el autobús.
Las letras completas, con todas sus exageraciones, están en mikesaintlouis.com.