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La vergüenza ajena como herramienta para escribir

Hay una sensación física que todos conocemos. Alguien en una boda coge el micrófono para un discurso que nadie ha pedido. Empieza fuerte. A la tercera frase se le va el hilo. Cuenta una anécdota que solo entiende él. Se ríe solo. Y tú, en tu silla, sientes un calor que te sube por la nuca y unas ganas enormes de mirar el móvil, aunque el móvil no tenga nada interesante.

Eso es la vergüenza ajena. Y la uso para escribir.

Un detector muy fino

La vergüenza ajena es uno de los detectores emocionales más precisos que tenemos. Salta justo cuando alguien cruza una línea social invisible, esa que nadie ha escrito pero todos respetamos. Hablar demasiado de uno mismo. Insistir cuando el otro ya ha dicho que no. Declararse en el peor momento posible. Llorar en una cena de empresa.

Para alguien que escribe canciones de humor, ese detector es oro. Allí donde salta la vergüenza ajena, hay una escena. Hay un personaje que ha hecho algo que los demás no se atreverían a hacer, o que no deberían hacer, y que está pagando el precio delante de todos. No hace falta inventar el conflicto. Ya está ahí, flotando en el aire, con todo el mundo removiéndose en la silla.

Pienso en escenas así constantemente. El que llega a la fiesta de su ex con un regalo carísimo. El que se pone a bailar solo cuando nadie más baila. El que dice «te quiero» por primera vez y recibe un «gracias». Cada una de ellas es una canción esperando. No necesito exagerarlas mucho, porque la realidad ya viene bastante exagerada de fábrica.

Ponerse del lado del que hace el ridículo

Ahora bien, hay dos maneras de usarla. La fácil es reírse del que hace el ridículo desde la silla. Señalarlo. Hacer que el público se sienta superior. Funciona, pero es un humor un poco cobarde, y además tiene fecha de caducidad muy corta.

La otra manera, la que intento, es subirse al escenario con él. Escribir desde dentro del ridículo. Contar la escena desde el que tiene el micrófono en la mano y nota que todo se le está yendo. Ahí la vergüenza ajena se convierte en otra cosa: en vergüenza compartida. Y la vergüenza compartida es muy cercana a la ternura.

Muchas de mis canciones sobre exnovios funcionan así. No me río del que manda mensajes a las tantas. El que los manda es el narrador, y el narrador está escrito desde dentro, sin mirarlo por encima del hombro. El oyente siente el calor en la nuca, sí, pero también se reconoce, porque todos hemos mandado ese mensaje. Y al reconocerse, se ríe de otra manera.

La prueba en voz alta

Tengo una manía. Cuando termino una letra, la leo en voz alta, solo, en casa. Y presto atención a dónde me da vergüenza. No en el sentido de que esté mal escrita, sino en el sentido de que me incomoda decirlo.

Esos son, casi siempre, los mejores versos. Si me incomoda, es que estoy diciendo algo que la gente normalmente se calla. Si no me incomoda nada, la letra probablemente sea correcta y aburrida, como un discurso de boda bien preparado que nadie recordará al día siguiente.

Hay una excepción, y la tengo muy presente. La vergüenza que viene de lo cruel no sirve. Si un verso me incomoda porque humilla a alguien que no se lo merece, lo quito. La diferencia se nota rápido, o se nota si eres honesto contigo mismo. Una cosa es exponerse y otra es exponer a otro.

Dirijo mis videoclips, más de 280, y la vergüenza ajena también es una herramienta visual. Un plano que dura dos segundos más de lo cómodo. Una mirada a cámara en el momento equivocado. Un baile que no termina de salir. El público siente ese calor en la nuca exactamente igual que con una letra.

Lo he aprendido sobre todo con los vídeos cortos, de los que he hecho cientos. En pocos segundos no hay tiempo para matices, y la vergüenza ajena es de las emociones que se transmiten más rápido. Si alguien hace algo ridículo con total convicción, la gente se queda mirando. No puede apartar la vista. Es como un accidente de tráfico, pero con purpurina.

La vergüenza propia, la más difícil

Y luego está la vergüenza de mis propias cosas viejas. Con 273 singles publicados en dos años, tengo material de sobra para avergonzarme de mí mismo. Hay letras que hoy escribiría de otra manera. Hay rimas que me hacen apretar los dientes. Hay videoclips en los que tomé decisiones que no entiendo.

No los he borrado. Están en la web, cada canción con su página. Al principio me costó aceptarlo. Ahora creo que esa vergüenza también sirve. Me recuerda que escribir es equivocarse en público, y que si me paralizara por miedo al ridículo no habría publicado nada. Lo que da vergüenza hoy fue un intento sincero ayer.

También me ayuda pensar que la gente que más admiro en cualquier arte tiene obras que hoy le dan vergüenza. Es casi una condición del oficio. Quien no tiene nada de lo que avergonzarse probablemente no ha arriesgado nunca, o no ha publicado lo suficiente. Prefiero estar en el otro grupo.

Hay algo liberador en aceptar que vas a hacer el ridículo. Una vez que lo aceptas, dejas de gastar energía en evitarlo. Y esa energía la puedes usar para escribir.

Así que si alguna canción mía te da un poco de vergüenza ajena, te pido que no la quites enseguida. Aguanta un poco ese calor en la nuca. A lo mejor, debajo, hay algo que reconoces.

Todas las canciones, también las que me hacen apretar los dientes, están en mikesaintlouis.com.

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