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Reparto a bordo: quién es quién en «Croquetas en el crucero»

Un barco es un plató con el agua alrededor. Nadie puede irse. Por eso me gusta tanto.

Cuando escribí «Croquetas en el crucero» no pensaba en el mar. Pensaba en un sitio cerrado lleno de gente que no se soporta y que, además, ha pagado por estar ahí. Eso, para alguien que escribe comedia, es oro puro. Es la cena de Nochebuena con tu familia política, pero durante una semana, con buffet libre y sin metro para escaparte a casa.

La canción está en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». En la lista de singles es la pista 36 de 273, entre «Marica chill» y «Voy a olvidarme de ti». Del relax de la marica tranquila al barco del caos, y del barco a una copla de olvido. Es un orden que tiene su lógica, aunque sea la lógica de una resaca.

En la ficha ya conté el choque entre lo que te venden y lo que te encuentras a bordo. Aquí voy a hacer otra cosa, que es presentar al reparto. Uno a uno. Como en los créditos de aquellas series de sobremesa en las que cada semana subía un famoso distinto al barco y tú, en el sofá con tu madre, adivinabas quién se iba a enamorar de quién antes del primer anuncio.

Por qué un barco

Antes del reparto, el decorado.

Tengo debilidad por los sitios cerrados en las canciones. Una escalera de vecinos, un chalet, un ascensor, una sala de espera de ambulatorio. Son sitios donde los personajes no pueden huir y donde, por tanto, tienen que pasar cosas. En un parque, la gente se cruza y sigue andando. En un barco, la gente se cruza, se vuelve a cruzar en el buffet, coincide en la piscina, se encuentra en la cola del baño a las cuatro de la mañana y acaba sabiendo de qué color es tu bañador antes que tu propia madre.

El crucero, además, tiene una promesa de lujo que casi nunca se cumple, y esa distancia entre lo que prometen y lo que hay es mi territorio natural. Pero de eso ya hablé en la ficha. Aquí me quedo con lo otro: el barco como caja. Una caja de zapatos flotante donde he metido a ocho personajes y he cerrado la tapa.

Y hay otra cosa que tiene el barco y que no tiene casi ningún otro sitio: el horario. A tal hora, el buffet. A tal hora, la piscina. A tal hora, la misa. A tal hora, el simulacro. Todo el mundo hace lo mismo a la vez, como en un campamento de verano para adultos con pulsera de todo incluido. Ese horario es una máquina de coincidencias. Si el protagonista hubiera estado en un hotel de Benidorm, se habría librado de la misa. En el barco, no. En el barco te toca. Y lo que toca, en esta canción, siempre es lo peor posible.

El protagonista

El primero de la lista es el que cuenta la historia, y es el más pringado de todos. Lo digo con cariño, porque en la canción me pongo en sus zapatos, o en sus chanclas.

Se apunta a un crucero por el Mediterráneo con una idea muy clara en la cabeza y un plan de ligue todavía más claro. Y todo, absolutamente todo, le sale al revés. Es el personaje clásico de comedia: alguien con un deseo muy concreto y un mundo que conspira para negárselo. Si fuera una peli, lo haría un actor con cara de buena persona y gafas de sol del chino, cargando con una maleta de ruedas que se le engancha en cada escalón.

Lo que me gusta de él es que nunca se queja en serio. Va contando las desgracias como quien enseña las fotos de las vacaciones en el móvil, pasando con el dedo: mira, aquí las croquetas; aquí, las chonis; aquí, la misa. No hay drama. Hay una especie de asombro divertido. Como si dijera: lo que me ha pasado a mí no le pasa a nadie, y precisamente por eso lo cuento.

Es mi manera favorita de narrar. El que se ríe de sí mismo antes de que se rían los demás.

Las dos chonis de la piscina

Las segundas en aparecer son las reinas absolutas de la cubierta. Dos chonis en la piscina montando una orquesta, discutiendo sobre cuál de sus novios es más macho.

Fotogramas del videoclip oficial de «Croquetas en el crucero», de Mike Sain't Louis

Me las imagino perfectamente, y seguro que tú también. Uñas de gel con pedrería, coleta alta tirante como un lifting, un altavoz bluetooth con reguetón a todo volumen y una conversación a gritos de una punta a otra de la piscina. No hablan entre ellas: compiten. El novio de una es más alto. El de la otra va más al gimnasio. El de una le regaló un bolso de Michael Kors. El de la otra, un perfume de Carolina Herrera del aeropuerto.

Lo de montando una orquesta me encanta porque es muy de mi abuela. Montar una orquesta es armar jaleo, liarla parda, que se entere todo el mundo. Y en una piscina de crucero, que es un sitio donde se supone que la gente va a relajarse con un mojito, dos chonis montando una orquesta son una invasión.

Más adelante vuelve a aparecer el cotilleo sobre ellas, con un pajarito que cuenta cosas que no voy a repetir aquí con todas las letras. Basta con saber que esas chonis tan orgullosas de sus maridos, según el pajarito, son bastante más flexibles cuando van pedo. Es un chiste de verbena, de los que se cuentan bajito en la barra de la fiesta del pueblo. Y es también un pequeño retrato de la hipocresía: mucho presumir de macho en la piscina y luego, de noche, otra historia.

El que no subió: el italiano

Hay un personaje que está en la primera estrofa y que nunca llega a subir al barco. El italiano.

El protagonista se apuntó pensando en playas, en sol y en algún italiano. Así, con el «algún» delante, que es la palabra más esperanzada y más humilde del español. No pide un italiano concreto. No pide a Raoul Bova. Pide alguno, el que sea, uno de esos señores morenos con camisa de lino abierta hasta el esternón que salen en los anuncios de colonia de Navidad.

Y no aparece ninguno.

Me gusta mucho que el reparto tenga un ausente. En las comedias de enredo, el personaje que no llega es casi tan importante como los que están. Es el Godot del Mediterráneo. Todo el barco se organiza, sin saberlo, alrededor de su ausencia: el portero es un sustituto, el reggaetonero es un accidente, el capitán es un espejismo. El italiano es el plan A y todo lo demás son planes B, C y Z.

Si algún día hubiera una segunda parte, el italiano tendría que aparecer. Probablemente en el puerto de Nápoles, justo cuando el barco ya se va. Saludando desde el muelle con un cucurucho de helado de pistacho en la mano.

El portero de Grindr

El tercer personaje ni siquiera llega a aparecer en persona, y aun así es clave. El portero.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «quería una orgía con falda de cuero y acabé en misa con un reggaetonero» de «Croquetas en el crucero»

El protagonista se apuntó al crucero por él. Se conocieron por Grindr, que en la letra escribí como suena, a la española, y el chico era portero. No sé si de discoteca o de finca, y la canción tampoco lo aclara, que me gusta dejar esos huecos para que cada uno ponga su portero favorito. Yo me lo imagino de discoteca de Chueca, con su pinganillo en la oreja y sus brazos cruzados, decidiendo quién entra y quién no.

El portero es el motor de toda la travesía y, a la vez, el gran ausente. Es el italiano que no fue. El plan que se esfumó nada más pisar la pasarela. Y eso tiene mucho de verdad sobre el ligoteo de aplicaciones: te apuntas a algo enorme por una persona que conoces de una pantalla, y al final la persona se diluye y te quedas con el algo enorme. Con el crucero entero. Sin portero.

El reggaetonero de la misa

Aquí viene mi personaje favorito, si me obligas a elegir.

«quería una orgía con falda de cuero y acabé en misa con un reggaetonero»

Es el verso que más me gusta de toda la canción, y es puro reparto. El protagonista quería una fiesta con falda de cuero, que es una imagen muy concreta de sauna berlinesa, de cuarto oscuro con luz roja. Y acaba en misa. No en la discoteca del barco, no en el bar de la proa. En misa. Al lado de un reggaetonero.

Lo que me hace gracia es que el reggaetonero también está fuera de sitio. ¿Qué hace un reggaetonero en misa en un crucero? No lo sé. Puede que su madre le haya obligado. Puede que haya ido a ligar, como el protagonista. Puede que sea más devoto de lo que parece, con su cadena de oro y su cruz grande, de esas que hacen juego con las gafas de sol. Me lo imagino persignándose con las uñas pintadas de negro y tarareando por lo bajo un tema de Bad Bunny mientras el cura reparte la comunión.

El caso es que los dos están igual de perdidos. Y eso, en una comedia, es lo mejor que le puede pasar a una escena. Dos personajes que no pegan en un sitio que no les pega. A partir de ahí, lo que pase es gratis.

El capitán

Ahora sube al escenario la autoridad. El capitán del barco.

El capitán guiña un ojo travieso y ofrece una copa y un queso. Es el único momento de la canción en el que parece que algo va a salir bien. Un hombre de uniforme blanco con galones, que guiña el ojo al protagonista. Es el sueño de cualquier marica que haya visto una peli de marineros: el capitán que te invita a su camarote.

Y justo entonces suena la alarma de evacuación.

Es el chiste más clásico del mundo, el del momento interrumpido, y lo usé sin ningún pudor. Pero lo que me importa es lo que viene después: todo el pasaje corriendo por los pasillos en bata.

«corrimos todos en bata y sin depilación»

Ese «sin depilación» es lo mejor que tengo en esta letra, y lo digo con toda la modestia de la que soy capaz, que no es mucha. Es el detalle que convierte una escena de catástrofe en una escena de vergüenza. Nadie piensa en el naufragio. Todo el mundo piensa en sus piernas sin depilar delante del capitán. Es la lógica del cuerpo en público, que es la que de verdad nos domina. Antes muertos que peludos.

El capitán, por cierto, desaparece después de eso. No sabemos si se hundió con el barco, si se metió en su camarote o si se fue con las chonis. Es un personaje de una sola escena, como las estrellas invitadas de aquellas series, que salían, hacían su gracia y se iban antes del final.

El cura y su jardinero

Y en el último estribillo, cuando ya parecía que no cabía nadie más en el barco, aparecen dos personajes nuevos: un cura y su jardinero.

Collage con un detalle de la carátula de «Croquetas en el crucero» y las carátulas de «Marica chill», «Voy a olvidarme de ti»

Me liaron con ellos, dice la letra. No aclaro más. ¿Qué hace un cura con su jardinero en un crucero? ¿Por qué viajan juntos? ¿Desde cuándo un cura tiene jardinero? Son preguntas que la canción deja flotando con una sonrisa torcida. Cualquiera que haya crecido en un barrio de España sabe que hay parejas que no se explican y que todo el mundo explica.

Este dúo es la guinda del reparto porque es lo más alejado de lo que el protagonista buscaba. Quería un italiano. Tuvo un portero que no apareció, una misa con un reggaetonero, un capitán interrumpido y, al final, un cura con su jardinero. Si lo pones en una gráfica, la curva del deseo baja en picado hasta el sótano de la parroquia.

Pero ojo, que tampoco es un final triste. Liarse con un cura y su jardinero en un crucero tiene su punto. Es una anécdota para contar en las cenas durante años. Y de eso, creo yo, va la canción: de que las vacaciones que salen mal son las que mejor se cuentan.

El figurante del minibar

Hay un personaje más, pequeño y plateado. Las sardinas.

Hacia el final, el protagonista se pregunta si aquello era un crucero o un tanatorio de alta mar. No lo sabe, pero hay sardinas en el minibar. Ese verso tiene una lógica absurda que me encanta: no responde a la pregunta, pero aporta una prueba. Como en un juicio de la tele, donde el abogado no sabe qué decir y saca una bolsa de plástico con algo dentro.

Las sardinas son un figurante, pero un figurante con mucho peso. En un minibar de lujo esperas champán en botellitas, chocolatinas suizas, frutos secos a precio de oro. Y lo que encuentras son sardinas. Probablemente en lata. Probablemente de oferta. Son la prueba de que el barco es más de chiringuito que de hotel de cinco estrellas.

Y el tanatorio. Esa palabra la elegí porque los cruceros tienen fama de ir llenos de gente mayor, y porque un barco grande, blanco y silencioso de noche tiene algo de funeraria flotante. Es un chiste un poco cruel, lo reconozco. Pero el protagonista también está dentro del tanatorio. También es carne de buffet.

La croqueta, protagonista secreta

Me he dejado para el final al personaje que da título a la canción, que no es una persona sino un frito.

La croqueta.

En España, la croqueta es sagrada y a la vez es cutre. Es lo que hace tu abuela con el cocido que sobra, y es lo que sirven en el bufé de cualquier hotel de tres estrellas en Torremolinos. Puede ser la mejor cosa del mundo o una bola de bechamel congelada con un trozo de jamón perdido dentro. En el crucero, evidentemente, es lo segundo.

Por eso la puse en el título. La croqueta es el símbolo de todo el barco. Prometía Mediterráneo, glamour, una peli italiana con Sophia Loren en la cubierta. Y te encuentras croquetas y queso malo. Lo de siempre. Lo de casa, pero peor hecho. Hasta el último verso lo dice: croquetas y queso malo, todo muy flojo.

Ese todo muy flojo es la crítica gastronómica más dura que he escrito. Y la más sincera.

El champán que no llegó

Un detalle más, que creo que dice mucho de cómo escribo:

Ficha de la canción «Croquetas en el crucero» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis
«pedí champán, me dieron calimocho»

El calimocho es vino tinto con Coca-Cola, la bebida de los botellones de las fiestas de los pueblos del norte y de las plazas de los institutos. Pedir champán y que te den calimocho es la descripción perfecta de mi vida, y probablemente de la tuya. Pides algo con burbujas finas y te dan algo con burbujas de refresco.

Pero no lo cuento con rabia. Lo cuento con una especie de cariño por el calimocho. Porque al final, entre tú y yo, el calimocho entra mejor. Es más honesto. No pretende ser lo que no es. El champán de crucero, de hecho, seguramente sería peor. Esa es una idea que vuelve mucho en mi catálogo: lo cutre no como fracaso sino como verdad. Lo conté en el camp no es un chiste aunque te rías, y aquí la croqueta y el calimocho son su mejor ejemplo.

Por qué hago canciones de reparto

Hay canciones mías que son un monólogo de una persona con su dolor, y canciones que son un reparto entero de gente ridícula. Esta es de las segundas, y me lo paso mucho mejor escribiéndolas.

Cuando escribo un reparto, cada personaje tiene una sola línea, un solo rasgo, como en los tebeos. Las chonis gritan. El capitán guiña. El reggaetonero está en misa. El cura tiene jardinero. No hay espacio para matices porque no lo necesitan: son caricaturas de las que todos tenemos un ejemplo en la cabeza. Lo bueno del trazo gordo es que el que escucha rellena el resto con su propia memoria.

Lo hablé con más calma en la vergüenza ajena como herramienta para escribir. Hay un tipo de humor que funciona porque te da vergüenza por los demás y, al mismo tiempo, te reconoces en ellos. Yo soy el protagonista en bata sin depilar, pero también he sido la choni que presume de novio, y el que va a misa porque le han liado.

La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo; lo explico siempre y lo tienes en Sobre Mike. En una canción de reparto como esta, lo que es mío es justo eso: el casting. Elegir que sean croquetas y no gambas, calimocho y no sangría, un cura con jardinero y no con sobrina.

Si te vas de crucero

Te doy un consejo de amigo, aunque nadie me lo haya pedido.

Si te vas de crucero, ponte esta canción el primer día, en el camarote, mientras deshaces la maleta. Así, cuando veas a las dos chonis en la piscina, sabrás que estás en el sitio correcto. Cuando el capitán te guiñe un ojo, ya sabrás que la alarma está a punto de sonar. Y cuando pidas champán, tendrás preparada la sonrisa para el calimocho.

Y si no te vas de crucero, mejor. Ponla igual, en tu cocina, mientras fríes unas croquetas de verdad, de las de tu madre. Te va a saber a gloria. La canción tiene algo de canción para fregar los platos, de esas que hacen más divertido el día a día sin pedirte que te emociones.

La letra completa la tienes en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web. Y si quieres otra comedia de reparto, en el catálogo hay varias. Pero ninguna con sardinas en el minibar.

Esa es solo mía.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Croquetas en el crucero»? Es una canción de humor sobre un crucero por el Mediterráneo que sale al revés de lo esperado: croquetas y queso malo en el buffet, dos chonis montando jaleo en la piscina, un plan de ligue que acaba en misa con un reggaetonero, un capitán interrumpido por la alarma de evacuación y un champán que se convierte en calimocho.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 36 de 273.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.

¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.

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