
Por Mike Sain't Louis ·
Curas, rosarios y ángeles caídos: lo sagrado en mis letras
«Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos.»
Así, con nueve oes, como quien baja una escalera mecánica que no se acaba nunca. Y justo debajo, el dato que lo explica todo: «Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo». Cuatro años de pulsera dorada, de barra libre celestial, de reservado con vistas a las nubes. Y un día te quitan la pulsera, te enseñan la puerta y te devuelven abajo, a la pista de siempre, con la música de siempre y el mismo portero mirándote de arriba abajo.
Ese cielo, claro, no es el del catecismo. Es una relación. Y ese infierno no tiene calderas: tiene una sauna, licores modernos y un chico llorando por las calles de Madrid que, si le preguntas, te dice que ha estado cortando cebolla.
Repasando mis letras, salta a la vista que hay mucho vocabulario de sacristía. Cielo, infierno, cura, misa, iglesia, rosario, ángel caído, extremaunción, Dios en minúscula y en mayúscula, el buen samaritano. Y me hizo gracia, porque si me preguntas si escribo canciones religiosas te diré que ni de broma. Pero el español viene así de fábrica. No puedes despedirte, ni jurar, ni quejarte, ni maldecir sin que te salga un santo por alguna esquina. Yo solo dejo que salgan. Y luego les cambio el vestido.
Invitado VIP en el cielo
Empiezo por «Un invitado VIP cortando cebolla» porque es la canción donde el cielo y el infierno están más a la vista, y también porque es la que mejor explica lo que hago con ellos.
En esa letra, el cielo es el tiempo con alguien. Cuatro años. Y el infierno es lo que viene después, cuando ese alguien se va: la soledad, la ansiedad, las lágrimas que la letra estira hasta que ya no son palabra sino ruido. Hasta aquí, nada que no haya dicho cualquier bolero. Lo que me gusta es el detalle del pase. No era un habitante del cielo. Era un invitado. VIP, eso sí, pero invitado. Alguien que nunca tuvo las llaves.
Esa es la sensación de muchas rupturas. Descubres que el sitio en el que vivías no era tuyo. Que estabas en la lista. Y que las listas se cambian.
Luego viene la otra ironía, y esta no la busqué, me la encontré escribiendo. El infierno de la canción tiene un local con nombre propio, y el nombre es Paraíso. «Y hoy he llegado de nuevo borracho a la Sauna Paraíso.» El sitio del descenso se llama como el sitio de la subida. Así de retorcido es el mapa sentimental de una noche mala. Te vas al paraíso para olvidar que te han echado del cielo, y sales de allí más abajo de lo que entraste.
No le pongo moraleja. La canción tampoco. Lo único que hace es poner al protagonista llorando en la calle y darle una excusa de cocina. Y esa excusa, la cebolla, es lo más humano de toda la letra: la mentira pequeña que uno se cuenta para que los vecinos no pregunten.
Por la iglesia se ha casado
La iglesia aparece en mis canciones casi siempre como fachada. Como el sitio al que va la gente para que la vean.

En «El anillo de casado» el protagonista se enamora de un hombre que ya ha pasado por el altar. Y la letra lo dice con una precisión que me sigue pareciendo cruel: «Y por lo iglesia se ha casado, con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados». Cuatrocientos. No es una boda, es una superproducción. Es el anuncio a toda la comarca de que este señor es como Dios manda.
Y en el verso siguiente, la otra cara: «Y nosotros por Madrid de discretos buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo el cartel de / completos». Del altar con cuatrocientas personas al telefonillo de un hostal sin habitaciones libres. La iglesia y el hostal. Lo que se enseña y lo que se esconde, en dos líneas seguidas.
Esa canción no la escribí para burlarme de nadie que se case por la iglesia. Cada uno que se case donde quiera. La escribí porque la iglesia, en esa historia, funciona como un certificado. Un papel que dice: este hombre es heterosexual, aquí están las fotos, aquí está el vestido blanco. Y ese papel, como tantos certificados, no dice la verdad. La letra lo llama, con toda la sorna que puedo meter en dos palabras, «su supuesta / heterosexualidad».
Lo sagrado como coartada. Eso me interesa mucho más que lo sagrado como fe.
Echando al cura de casa
Hay una canción en la que el cura aparece en persona, de cuerpo presente, con su estola y su aceite. Y no sale bien parado.
En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» imagino mi propio final, y en la lista de asistentes, después de los amigos que se cuentan con una mano y de la familia de sangre, llega él: «El cura que quiere dar la extremaunción». Quiere. No es que se lo pidan. Viene a ofrecerse, como el comercial de seguros que aparece en el peor momento.
Y la letra no le deja. Me despido «a malas, con la iglesia», y le echo de casa con unas acusaciones que no voy a repetir aquí porque en la letra ya están, y en un blog suenan más fuertes que en una canción. Lo importante es el gesto. En el último momento, cuando se supone que todo el mundo se reconcilia con todo, el protagonista de esa canción dice que no. Que ni en la cama del final.
No es una canción sobre la religión. Es una canción sobre la soledad del entierro, sobre la poca gente que va a ir, sobre los que dirán «ya sabes, tenía su carácter». Pero el cura está ahí porque en un entierro español siempre hay un cura, aunque nadie lo haya invitado. Y me pareció honesto que el protagonista, que ya se ha quedado sin casi nadie, se permita el lujo de echar al único que vino sin que le llamaran.
Si me río con esa escena es porque es muy de aquí. Hasta para morirte tienes que negociar con alguien de la parroquia.
Acabé en misa con un reggaetonero
No todo es drama de extremaunción. A veces lo sagrado aparece como accidente cómico, como cuando en una boda te sientan en la mesa equivocada.
En «Croquetas en el crucero» el protagonista se apunta a un crucero por el Mediterráneo con unas expectativas muy concretas. La letra no se anda con rodeos: «quería una orgía con falda de cuero». Y el resultado es este: «y acabé en misa con un reggaetonero». Del cuero a la misa. Del plan de libertinaje al banco de madera, con un señor de gorra al lado que probablemente tampoco sabía cómo había llegado ahí.
Ese verso todavía me hace reír solo. Porque así son las vacaciones: planeas una cosa y te pasa otra, y lo que te pasa siempre es más ridículo. Y la misa, en ese contexto, es la máxima representación del plan fallido. Es lo contrario de lo que habías venido a buscar.
Y por si fuera poco, unos versos después: «me liaron con un cura y su jardinero». Que no voy a explicar. Que cada uno se lo imagine como quiera. Lo único que diré es que en mi crucero inventado hasta el clero tiene vida privada, y que el jardinero, en un barco, ya es sospechoso de por sí.
Me gusta que lo sagrado entre en mis canciones así, de rebote, sin solemnidad. Una misa que pilla por sorpresa. Un cura en una fiesta. Si la religión ha estado siglos mirando a los maricas con el ceño fruncido, que ahora le toque a ella salir en una canción camp con chonis en la piscina y sardinas en el minibar.
Que dios os tenga en su gloria
Hay una forma de lo sagrado que uso muchísimo y que casi no se nota: las fórmulas. Las frases hechas con Dios dentro que todo el mundo dice sin pensar.

En «La ley de la exageración», después de repartir leña a dos narcisistas, la despedida es una esquela de pueblo: «Que dios os tenga en su gloria». Y justo después, un «¡Adiós!» que, si te fijas, también es religioso. A-Dios. Lo dices cien veces al día y no te das cuenta de que estás encomendando a alguien al cielo.
Usar una frase de funeral para despedir a dos personas vivas tiene una gracia muy concreta. Es como decir: para mí ya estáis muertos, os he hecho el velatorio, os he puesto flores, os he rezado. Ya está. Ya no hay que hablar más de vosotros. La gloria divina como contenedor de reciclaje.
En «De mito a vómito» pasa lo mismo, en versión todavía más corta. «Con Dios / ¡y que te aguante tu madre!» Con Dios. Dos palabras. Es como te despiden las señoras mayores en el mercado cuando les compras algo, con cariño y con prisa. Y yo se lo pongo a un ex justo antes de devolvérselo a su madre. La fórmula amable y el mazazo, pegados.
Esto lo hago sin darme cuenta casi siempre. Las frases religiosas están tan gastadas que ya no pesan. Y precisamente por eso puedo usarlas para despedir a alguien sin que suene a sermón. Son como un pañuelo de papel: nadie lo guarda.
Y tienen otra ventaja: todo el mundo las entiende a la primera. No necesito explicar el tono. Si escribo «que dios os tenga en su gloria», el que escucha ya sabe que no estoy rezando por nadie. Sabe que es una puerta que se cierra con educación de velatorio, con el abrigo puesto y sin mirar atrás. La fórmula hace el trabajo del gesto. Y en una canción, donde no puedo poner cara ni levantar una ceja, que las palabras traigan el gesto incluido es un regalo.
Yo soy dios y tú estás desgastado
Hay un dios en mis letras que da más miedo que cualquier cura. El dios de las aplicaciones.
En «Buscando el polvo perfecto» la letra se mete en la cabeza del tipo de usuario que todo el mundo ha visto en Grindr, el que se cree juez de cuerpos ajenos: «Eres viejo y poco dotado, / Yo soy dios y tú estás desgastado». Ese «yo soy dios» no es una blasfemia. Es peor. Es la descripción exacta de lo que siente alguien que puede bloquear a otro con un dedo. Un dios pequeño, de pantalla, que reparte cielos e infiernos según la foto de perfil.
Me interesaba poner esas palabras en boca de un personaje odioso porque así se ve lo ridículo del trono. El dios de la aplicación es un chaval con una foto de gimnasio. Su paraíso es un «hola» respondido. Su infierno, un «visto».
Y luego, al final de la canción, la letra hace lo que hago casi siempre cuando algo me supera: se inventa un planeta. Un sitio donde «No hay grinder ni aplicaciones», donde nadie va de dios y nadie está desgastado. Es lo más parecido a un paraíso que he escrito nunca, y no tiene ni nubes, ni arpas, ni pulseras VIP. Tiene una cosa mucho más rara: gente que no se trata como objeto.
Si hay algo sagrado en mis canciones, igual es eso.
Rezar de rodillas en Madrid El Rosario
En «La música me está salvando» hay una lista de cosas que no funcionan. Psicólogos, amigos, hermanos, psiquiatras, médicos, novios, pediatras, veterinarios, una astróloga de la tele. Y en mitad de todo eso, la oración: «rezar de rodillas en Madrid El Rosario». Así, con su calle y su barrio. No es rezar en abstracto. Es rezar en un sitio concreto de mi ciudad, de rodillas, con lo que eso duele.

Y tampoco sirve. Está en la lista de lo que no salva, junto a los ayunos totales y los políticos honrados. Lo que salva es otra cosa, y la canción la grita: la música. Y lo bonito es que, para contarlo, la letra vuelve a usar palabras de iglesia. «La música me ha llevado al cieloooooooooooooooooo.» Otra vez el cielo, con dieciocho oes esta vez. Otra vez la subida.
Me hace gracia esa contradicción. La oración no me lleva al cielo y la música sí, pero para decirlo tengo que usar el vocabulario de la oración. Es como si el idioma no me dejara salir de la parroquia ni para escaparme de ella.
Un ángel caído, un buen samaritano
Hay dos figuras bíblicas que aparecen de refilón y que me gustan mucho porque las uso al revés.
En «Ni un pimiento» el consuelo al amigo viene con dos títulos de catequesis: «Eres un ángel caído un buen samaritano». El ángel caído, que en la tradición es el malo, aquí es el bueno: el que ha caído porque le han empujado. Y el buen samaritano, que en la parábola ayuda al herido del camino, aquí se convierte en el pringado que rescata a un ex del suelo como quien rescata un pimiento pisoteado. La letra se ríe del samaritano. Le dice: muy bonito lo de ayudar, pero mira a quién has recogido.
Eso me pasa mucho. Cojo la figura de bondad que me enseñaron como ejemplo y le doy la vuelta para que se vea su parte tonta. Porque la bondad sin criterio también tiene su infierno. Ayudar al que no quiere ser ayudado. Recoger lo que otros han tirado por algo. Cuidar a quien te va a pisar en cuanto se levante.
Ese verso no va contra ningún creyente. Va contra el buen samaritano que muchos llevamos dentro y que recoge lo que no debe.
Caí en la tentación
Hay un verso del padrenuestro escondido en una canción sobre un electrodoméstico. O casi.
En «3 años de garantía» el protagonista ve en la tele el anuncio de un chico «muy mono moreno» y hace lo que haría cualquiera a las tantas de la noche con la tarjeta a mano: «Caí en la tentación». Así, con las palabras exactas de la oración que muchos aprendimos de memoria antes de saber qué significaba. «No nos dejes caer en la tentación.» Pues caí. Y pagué contra reembolso.
Lo que sigue es una parodia de atención al cliente. Un mes de prueba, el taller, la hoja de reclamaciones, la oficina de consumo de la Comunidad de Madrid con su número de referencia larguísimo. Y en mitad de todo, otra palabra de Semana Santa: «Y a los tres años empezó mi calvario». El calvario. El monte donde crucificaron a Cristo, convertido en el periodo posterior a la garantía de un novio por catálogo.
Me encanta esa mezcla porque es exactamente como habla la gente. Nadie piensa en el Gólgota cuando dice que el trámite del paro ha sido un calvario. La palabra se ha gastado tanto que ya solo significa «qué pesadez». Y en una canción sobre comprar un novio como quien compra una lavadora, que las dos palabras más solemnes sean tentación y calvario me parece el chiste perfecto. Lo sagrado reducido a garantía comercial.
El que va de santo en la iglesia
Y, por supuesto, está el santo de mentira. No podía faltar.

En «Si Don AussieBum hablase» la letra imagina que unos bañadores robados pudieran hablar y contar todo lo que han visto. Y la lista de gente que quedaría al descubierto es larguísima: maridos, parejas, conocidos, tíos, tías, sobrinos, la prima, «el que te ponía bastante» y, en un lugar destacado, «el que va de santo en la iglesia».
Ese personaje lo conoce todo el mundo. El que se pone en primera fila en misa, el que critica a los demás en la puerta al salir, el que habla de valores en la comida de Navidad. Y que luego, según los bañadores, tiene una vida bastante menos edificante. No le pongo nombre porque no hace falta. Cada pueblo y cada barrio tiene el suyo.
Lo que me interesa del santo de mentira no es la hipocresía en sí, que está muy vista. Es que en mi canción el que lo delata es una prenda de baño. No un cura, ni un juez, ni un periodista. Un bañador. Lo más frívolo del armario es el único testigo fiable. Y eso, en un catálogo que se ríe de lo solemne, me parece justicia poética de saldo.
Despertar en el infierno
Y vuelvo al infierno, que es donde empecé, porque hay una canción en la que el infierno no es la noche ni la sauna. Es la memoria.
En «Me rindo» la letra dice: «Para mí esto es como haber despertado en el infierno». Y lo que viene después no son llamas. Son recuerdos buenos: los viajes al pueblo, el paseo con los perros, las navidades, un «ven aquí, no llores». El infierno es descubrir que todo eso podía ser falso. Que los recuerdos que te sostenían eran «tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado».
Ese es el infierno más moderno que conozco. No es un castigo por lo que hiciste. Es la sospecha sobre lo que viviste. Ningún cura te lo explica en la catequesis y ningún bolero lo cuenta bien, así que la letra lo cuenta con referencias de televisión, que es el idioma que todos tenemos a mano.
Por qué tanto santo
Alguien podría pensar que, con tanto cura y tanta misa, tengo una cuenta pendiente con la religión. No es eso. O no del todo, que tampoco me voy a hacer el santo, valga la redundancia.
Lo que tengo es un idioma. Y en este idioma lo sagrado está metido en cada rincón. Te despides con Dios. Juras por tus muertos. Dices que algo es un infierno o que alguien es un ángel. Te quejas con un «madre mía» que viene de la Virgen. Y cuando quieres exagerar, que es lo mío, el vocabulario religioso es el más grande que hay: no hay nada por encima del cielo ni nada por debajo del infierno. Es la escala máxima del drama.
Así que lo uso. Le pongo pulsera VIP al cielo, un nombre de sauna al paraíso, un reggaetonero a la misa, un calvario con hoja de reclamaciones y un buen samaritano con pimientos caducados. Le quito la solemnidad y le dejo el tamaño. Lo sagrado, en mis letras, es como un vestido de lentejuelas heredado: enorme, cargado de pedrería, demasiado serio para la ocasión. Y precisamente por eso me lo pongo para salir de noche.
Si quieres buscar a todos estos curas, rosarios y ángeles por tu cuenta, están en el archivo de letras. Y la del pase VIP, la de las nueve oes, la tienes entera en gayfolkplanet.com, con su cebolla y todo.
Amén. O como diría la letra: adiós.
Preguntas frecuentes
¿Son religiosas las canciones de Mike Sain't Louis? No. Usan mucho vocabulario religioso (cielo, infierno, cura, misa, iglesia, rosario), pero como metáfora, como frase hecha del español o como escena cómica. No son canciones de fe ni contra la fe de nadie.
¿De qué va «Un invitado VIP cortando cebolla»? De una vuelta a la noche después de una relación de cuatro años, contada como una bajada del cielo al infierno, con lágrimas que el protagonista disimula diciendo que ha estado cortando cebolla. Está en «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿En qué canción echan al cura de casa? En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», donde el protagonista imagina su entierro y rechaza la extremaunción.