
Por Mike Sain't Louis ·
El único que no te juzga en la pista: «Chihuahua» y bailar sin ironía
Un hombre con traje fucsia de pies a cabeza, camisa negra abierta y reloj gordo en la muñeca, agachado en el asfalto mojado como si posara para una revista de los años cincuenta. A su lado, un coche antiguo rosa chicle con los faros redondos encendidos y una matrícula que pone MSL 777. Detrás, un diner con neones rosas, las luces de una ciudad junto al agua y, al fondo, un volcán con la punta encendida. Y en primer plano, mirando a cámara con cara de saber perfectamente quién manda aquí, un chihuahua marrón con una cadena dorada al cuello.
Esa es la portada de «Chihuahua». Fíjate en el orden de las cosas. El tío del traje está agachado. El perro está delante. El que posa de verdad es el perro.
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y su ficha en el blog ya explica lo básico: la discoteca, el DJ, las patitas marcando el ritmo, el homenaje al amor de un animal. Aquí quiero contar otra cosa. Que esta es, probablemente, la canción menos irónica que he escrito. Y que eso, en un catálogo como el mío, tiene más mérito del que parece.
Un catálogo con doble fondo
Si has escuchado unas cuantas canciones mías, ya sabes cómo funciono. Casi todo tiene doble fondo. Una letra que parece una canción de amor es en realidad una denuncia contra un narcisista. Una que parece un chiste sobre croquetas en un crucero es en realidad una burla de cierto tipo de matrimonio. Me gusta que la primera capa haga gracia y la segunda pique. Es mi forma de escribir y no pienso cambiarla.
Por eso «Chihuahua» me sorprende cada vez que la vuelvo a escuchar. Porque no tiene segunda capa. O mejor dicho, la segunda capa es igual que la primera. Un chico y su perro en una discoteca, bailando. Ya está. No hay un ex escondido detrás del perro, no hay un mensaje político camuflado entre los ladridos, no hay un dardo contra nadie.
La propia ficha lo dice: la letra repite que la vida es dulce y lo dice sin ironía, cosa casi rara en mi repertorio. Y yo quiero quedarme con esa rareza, darle la vuelta y mirarla de cerca. ¿Qué pasa cuando alguien que se pasa la vida con la ceja levantada decide bajarla durante tres minutos?
La pista donde nadie te mira los pies
Empecemos por la discoteca. Para mucha gente queer, la pista de baile ha sido el primer sitio donde se ha sentido en casa. Lo he escrito en otros textos, como en el de qué pide una pista de baile en el Orgullo. Pero la pista también tiene su lado cruel. Está llena de miradas. Quién baila bien, quién baila mal, quién ha venido solo, quién lleva la camiseta del año pasado, quién se ha pasado con el perfume.
En «Chihuahua» esas miradas desaparecen. La pareja de baile es un perro, y un perro no tiene ni idea de si te mueves bien o mal. No le importa. Lo único que le importa es que estás ahí y que estáis haciendo algo juntos. «We sync up, get into the groove», dice la letra. Nos sincronizamos, encontramos el ritmo. Y esa sincronía no viene de haber ensayado una coreografía, viene de prestarse atención.
Me parece una idea preciosa para alguien que ha salido muchas noches con miedo a hacer el ridículo. Imagínate una discoteca donde la única opinión que cuenta es la de alguien que te quiere sin condiciones. No hay jurado. No hay comentarios en el baño. Hay luces, bajo y unas patas que golpean el suelo al mismo tiempo que tus pies.
Ladrar en lugar de gritar
Hay un verso que me hace muchísima gracia. «Bark it out, feel the heat». Ládralo, siente el calor. En cualquier canción de discoteca normal, ese sitio lo ocuparía un grito con las manos arriba. Aquí se ladra.

Y no es una tontería. Gritar en una discoteca es una forma de soltar algo, de sacar fuera lo que llevas dentro de la semana. Ladrar es lo mismo, pero sin palabras. Es un sonido que no necesita traducción, que no tiene gramática, que no puede salir mal. Nadie ladra con faltas de ortografía.
La letra publicada insiste muchísimo en eso. Ladridos aquí, ladridos allá, el aire lleno de ladridos. Llega un momento en que la canción entera parece una perrera de fiesta. Y a mí me encanta la imagen: una discoteca donde en lugar de gritos de entusiasmo hay ladridos de entusiasmo. Si lo piensas, en muchas fiestas gays a las tres de la mañana tampoco hay tanta diferencia.
El perro de bolso como icono camp
Hablemos del chihuahua en sí. No es un perro cualquiera. En la cultura pop es el perro de bolso por excelencia, el accesorio de la rica aburrida, el bicho diminuto que tiembla y lleva jersey de cachemir. Durante años ha sido una especie de chiste. El perro que no es un perro de verdad.
Y precisamente por eso es un icono camp perfecto. El camp, como cuento en el camp no es un chiste aunque te rías, consiste muchas veces en coger algo que el mundo considera exagerado, cursi o menor y tomárselo completamente en serio. Eso hace la canción con el chihuahua. Lo saca del bolso, lo pone en el centro de la pista y le da el papel de estrella.
En la portada se ve clarísimo. El hombre va vestido de fucsia, que ya es una declaración, y aun así el protagonista es el perro, sentado delante con su cadena dorada como si fuera un rapero. El tamaño no importa. La actitud sí. Y si hay algo que entiende cualquier marica de barrio es eso: que no hace falta ser grande para ocupar todo el espacio.
Un traje fucsia, un coche rosa y un volcán
Vuelvo un momento a la portada, porque tiene más detalles de los que parece. El coche rosa, con sus faros redondos y su parachoques cromado, es de esos que salen en las películas americanas de los cincuenta, cuando el rosa era el color de las estrellas de cine y no un color «de chicas». La matrícula dice MSL 777, que son mis iniciales con un número de máquina tragaperras. Detrás hay un diner con tubos de neón, de los que en las películas abren toda la noche.
Y luego está el volcán. Al fondo, oscuro, con la punta encendida, sobre una ciudad llena de luces junto al agua. No sé si es uno en concreto y tampoco me hace falta saberlo. Lo que me gusta es la sensación que da: una noche de fiesta al pie de algo que podría estallar en cualquier momento. Es una buena metáfora de cualquier discoteca a las cuatro de la mañana, cuando todo brilla y nadie piensa en lo que pasará al salir.
En medio de todo ese decorado de película, el hombre del traje fucsia ha decidido agacharse. No está de pie posando, no está apoyado en el coche como un galán. Está a la altura del perro. Y para mí esa postura dice tanto como la letra. Cuando quieres a alguien pequeño, te agachas para estar a su altura.
Sin ironía no significa sin humor
Que «Chihuahua» no sea irónica no quiere decir que no tenga gracia. La tiene, y mucha. La imagen de un chico dando vueltas en una discoteca con un chihuahua es cómica de por sí. Que el perro salte alto y toque el cielo, también. Que la noche acabe con una promesa de volver, como si el perro fuera a quedar con él el sábado siguiente, todavía más.

La diferencia es que la gracia no va contra nadie. En muchas de mis canciones el humor es un arma. Aquí es una caricia. Te ríes con la canción, no de alguien. Y eso cambia por completo la temperatura.
Creo que los dos tipos de humor hacen falta. El que señala y el que abraza. Si solo tuviera el primero, mi catálogo sería una trinchera. Si solo tuviera el segundo, sería una tarjeta de felicitación. Me gusta tener los dos, y me gusta que «Chihuahua» esté ahí para recordarme que también sé escribir sin morder.
Una canción en inglés en un planeta en español
«Chihuahua» está escrita entera en inglés. Y eso, en mi catálogo, no es lo habitual. La mayoría de mis letras están en castellano, con sus tacos, sus nombres de barrio y sus referencias que solo pillas si has crecido aquí. Escribí sobre eso en por qué escribo en español y mi web también está en inglés.
En este caso, el inglés tiene sentido. La canción habla el idioma universal de la discoteca: lights, floor, DJ, beat, groove, bass drops. Son palabras que entiende igual alguien en Chueca que en Berlín o en Ciudad de México. Y el chihuahua, que es un perro con nombre de estado mexicano, tampoco pide pasaporte.
Pero lo que más me gusta es que la canción no se apoya en ningún juego de palabras local. No hay chistes que se pierdan al traducir. Es la emoción más simple posible, ser feliz bailando con alguien que te quiere, y esa emoción funciona en cualquier idioma. Por eso en inglés queda tan limpia.
La vida es dulce, y punto
«With my chihuahua, life’s so sweet». Con mi chihuahua, la vida es muy dulce. Si esa frase apareciera en otra de mis canciones, sospecharías. Esperarías el giro, el pero, la puñalada del siguiente verso. Aquí no llega. La frase se queda como está.
Me parece valiente, la verdad. No en el sentido grandilocuente, sino en el de atreverse a decir algo bonito sin protegerse. Es muy fácil esconderse detrás del sarcasmo. Si todo lo que dices lleva un guiño, nadie puede pillarte siendo cursi. Pero también es una forma de no exponerte nunca.
«Chihuahua» se expone. Dice que la vida es dulce y no pide perdón por decirlo. Y lo dice además desde un sitio muy concreto: no porque haya encontrado al hombre de su vida, ni porque haya triunfado, ni porque le haya tocado la lotería. La vida es dulce porque tiene a su perro al lado en la pista. Es una felicidad pequeña, doméstica, de las que no salen en las películas.
Lo que un perro sabe de bailar
Los que tenéis perro lo sabéis. Pones música en casa, te pones a bailar y el perro se vuelve loco. No entiende qué estás haciendo, pero entiende que estás contento, y con eso le basta para ponerse a saltar a tu alrededor. No necesita saber el nombre de la canción ni el BPM. Le basta con tu alegría.
Creo que eso es lo que la canción entiende mejor que nada. Que bailar, en el fondo, no tiene que ver con los pasos. Tiene que ver con contagiar algo. Un perro no baila bien ni mal: baila contigo porque tú estás bailando. Y en esa imitación sin técnica hay una lección para todos los que nos hemos quedado alguna vez pegados a la barra por vergüenza.
La compañía que ya está en casa
Hay una idea en la ficha de la canción que me gusta mucho: hay quien sale de fiesta para encontrar a alguien, y aquí la compañía ya está en casa. Quiero tirar un poco más de ese hilo.

Mucha gente sale de noche buscando algo. Un ligue, una pareja, un rato de olvido, una confirmación de que todavía gusta. La noche, para muchos, es una caza. Y la caza cansa. Sales con la esperanza alta, vuelves a las seis con los pies destrozados y la sensación de que otra vez no ha pasado nada.
La persona de «Chihuahua» no sale a cazar. Sale a celebrar lo que ya tiene. Eso le quita a la noche toda la presión. Ya no hay que gustar a nadie. No hay que ligar. No hay que demostrar. Solo hay que bailar con quien ya te quiere. Y me parece una forma muy sana de salir, aunque sea con un perro imaginario y aunque la discoteca no deje entrar perros.
Saltar alto y tocar el cielo
En la letra, el chihuahua gira, salta alto y toca el cielo. Un perro de veinte centímetros tocando el cielo. Es exagerado, claro. Pero esa exageración es lo que hace la música de baile con todos nosotros.
Cuando suena una buena canción en la pista, de repente eres más alto, más guapo y más ligero de lo que eres durante el resto de la semana. El bajo te entra por el pecho y te sientes capaz de cualquier cosa. A eso se refiere la letra cuando habla de corazones volando y de sentirse tan vivos con cada ladrido.
Y me gusta que sea el perro pequeño el que vuela. Porque en esa imagen estamos todos los que alguna vez nos sentimos pequeños. El chico bajito, el gordito, el que tenía pluma en el patio del colegio, la que nunca encajaba. En la pista, durante un estribillo, todos tocamos el cielo. Hasta el chihuahua.
Cuando se apagan las luces
Hacia el final, la noche se acaba. Y la letra le pide al otro que no ponga mala cara, porque volverán. Es una de esas frases que dice todo el mundo al salir de una discoteca. Volveremos. El sábado que viene. Esto hay que repetirlo.
En la letra publicada, algunas frases de esa parte aparecen cortadas, como si la canción se quedara sin aire antes de terminar la línea. No voy a decir que eso esté hecho a propósito, porque la transcripción se revisó de forma automática. Pero sí te digo que, leído así, tiene su gracia. Es como cuando sales a las seis de la mañana y ya no te quedan fuerzas para terminar las frases.
Lo bonito es que esta despedida no duele. No es la despedida atascada de otras canciones mías. Es la despedida de quien sabe que la semana que viene volverá a pasar lo mismo, porque la persona con la que ha bailado vive con él. No hay drama. Hay costumbre, que es una de las formas más subestimadas del amor.
El otro chihuahua del planeta
En el catálogo hay otro chihuahua. «Como a mi chihuahua», del segundo disco, es una canción muy distinta. Habla de alguien que no ve las noticias porque le afectan demasiado las injusticias, que prefiere enterarse de las desgracias tarde, y que al final confiesa que el corazón le late a mil por hora, como a su chihuahua.

Me gusta que el perro aparezca en los dos sitios con papeles tan distintos. En «Chihuahua» es pareja de baile, el centro de la fiesta. En «Como a mi chihuahua» es una comparación, la medida de un corazón acelerado. En las dos canciones, el perro sirve para hablar de algo que cuesta decir de otra forma: la alegría sin reservas en una, el enamoramiento nervioso en la otra.
Si las escuchas seguidas, la primera es el sábado por la noche y la segunda el domingo por la tarde, cuando se te ha pasado la euforia y te quedas pensando en quién te gusta.
Para cualquiera que tenga a alguien así
«Chihuahua» es para escucharla en casa, con el perro mirándote raro mientras haces el tonto en el salón. Es para la fiesta en la que acabas bailando con la anfitriona y con su perra a la vez. Es para la noche en que no te apetece salir a buscar a nadie y decides que la fiesta es aquí.
También es para quien no tiene perro pero tiene a alguien que funciona como tal. Esa amiga que te acompaña a todas partes sin pedirte explicaciones. Ese compañero de piso que se ríe de tus bailes pero baila contigo igual. Esa persona con la que la sincronía no hay que ensayarla.
Y es para los que han tenido un perro y ya no lo tienen. Para los que todavía, cuando suena música en casa, miran de reojo al rincón donde dormía, esperando verlo levantar las orejas. A ellos la canción les puede doler un poco, lo sé. Pero creo que es un dolor bonito, de los que te devuelven a una noche concreta en el salón, con la música puesta y alguien pequeño dando vueltas a tus pies como si fuera lo más importante del mundo. Porque lo era.
Y, por qué no, es para el propio perro. Si tienes un chihuahua en casa, ponle la canción. No sé si le gustará. Pero seguro que no te juzga.
Bajar la ceja tres minutos
Cuando me preguntan qué hace «el primer cantautor IA», suelo hablar de letras con mala leche, de personajes inventados que se merecen un buen repaso, de humor que corta. Pero «Chihuahua» me recuerda que mi trabajo como letrista también consiste en saber cuándo no morder. La música y las voces las hago con herramientas de IA. La decisión de escribir una canción donde lo único que pasa es que un chico es feliz con su perro es mía.
Escribí en otro sitio sobre la diferencia entre escribir para que te bailen y escribir para que te lean. «Chihuahua» está claramente en el primer grupo. Pero creo que también se puede leer. Y lo que se lee, si te paras, es una cosa muy sencilla: que bajar la ceja tres minutos no te hace menos listo, ni menos marica, ni menos tú. A veces te hace más.
Si quieres entender cómo encaja esta canción tan dulce en un disco con título de noticia, te recomiendo por qué el primer disco de GAYFOLK tiene título de noticia. Y si te ha dado por pensar en lo que es crear sin nadie al lado, tengo un texto sobre la soledad de crear solo y cómo la llevo. Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor la solución era tener un chihuahua.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Chihuahua»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿En qué idioma está la letra? En inglés. Es una de las pocas canciones del catálogo escritas enteramente en inglés.
¿De qué habla «Chihuahua»? De una noche de discoteca en la que la pareja de baile es un chihuahua. Bailan sincronizados bajo la luz disco, ladran en lugar de gritar y se prometen volver cuando se apagan las luces.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre con traje fucsia agachado junto a un coche antiguo rosa con matrícula MSL 777, un diner con neones y un volcán al fondo. Delante de él hay un chihuahua marrón con una cadena dorada.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.