
Por Mike Sain't Louis ·
Tacones en la arena: el videoclip de «La primera drag de Benidorm» plano a plano
Hay canciones mías que se entienden mejor con los ojos cerrados y otras que necesitan imágenes para terminar de decir lo que dicen. «La primera drag de Benidorm» es de las segundas. La letra es una letanía de golpes, todos clavados al suelo con la misma palabra, «aquí». El videoclip, en cambio, casi no tiene golpes. Tiene una ciudad vacía de madrugada, mucho mar, muchas telas que se mojan y una sola persona en cada plano.
Lo he vuelto a ver despacio, parándolo cada cinco segundos, como quien pasa las hojas de un álbum de fotos para encontrar en qué página cambia la historia. Describo solo lo que aparece en pantalla; las interpretaciones corren de mi cuenta, y tú puedes sacar las tuyas. Dura dos minutos y treinta y seis segundos, y en ese rato pasan por la pantalla más de quince reinas distintas, cada una con su vestido, su peinado y su manera de estar sola.
El cartel de neón
El clip empieza con el título escrito en letras de neón sobre la imagen: «La primera», en rosa, y «Drag de Benidorm», en amarillo, con ese brillo de rótulo de bar que se ve borroso de tan encendido. Detrás hay una reina de pie en un paseo marítimo al anochecer. Lleva un vestido color crema lleno de volantes, una peluca rubia platino cardada hacia arriba y los brazos caídos a los lados. A su espalda, una barandilla blanca, una farola antigua de varios brazos con las bombillas encendidas en forma de estrella y, al fondo, las luces de la ciudad subiendo por la ladera.
Unos segundos después aparece mi nombre en el mismo neón rosa, sobre otro plano del paseo.
Me gusta que el vídeo arranque así, como un cartel de espectáculo. Es la promesa de una función. Y lo que viene a continuación es precisamente lo contrario de una función: no hay escenario, no hay público, no hay focos. Hay una ciudad que se ha ido a dormir. El rótulo dice «esta noche actúa» y la noche responde con persianas bajadas.
El paseo con las persianas bajadas
El segundo plano es un paseo marítimo largo, con la arena a la derecha y una fila de locales a la izquierda. Todos tienen la persiana metálica echada. Arriba, bajo el toldo de hormigón, un tubo fluorescente ilumina el suelo con una luz blanca, de garaje. A lo lejos, muy pequeña, camina una figura con un vestido dorado. Detrás, los edificios altos de la costa, con alguna ventana encendida, y el cielo azul oscuro de la hora en que ya no es tarde pero tampoco ha amanecido.
Ese plano me parece la clave de todo. En la letra hay un verso que no se me va de la cabeza:
aquí sigo jodida, aquí nadie me recuerda!
El vídeo lo pone en imágenes sin necesidad de decirlo. Una ciudad de veraneo, hecha para estar llena, retratada justo en el momento en que no queda nadie. Los locales donde por la noche había música ahora son chapas grises. La reina no camina hacia ningún sitio concreto. Camina por el sitio donde antes estaba la fiesta.
La primera chica en la orilla
Luego viene la primera reina que vemos de cerca en la playa. Es una chica negra, con un vestido largo y transparente en tonos rosa y melocotón, bordado con brillos, y un tocado plateado en lo alto de la cabeza. Camina descalza por la arena mojada, con el mar a un lado y los rascacielos al fondo, bajo un cielo que se ha vuelto violeta.
No hace nada espectacular. Camina, mira al frente, se recoge un poco la falda. Y ahí empieza algo que el vídeo repetirá muchas veces: cada reina aparece sola, en un espacio enorme, y su vestido es lo único que tiene color de fiesta. El resto del plano es arena, agua y edificios dormidos.
Los callejones de grafiti
De pronto el vídeo se mete tierra adentro. Un callejón estrecho, con las paredes cubiertas de grafitis rojos y morados, un letrero de neón rosa colgado en lo alto y el suelo mojado, lleno de charcos que reflejan la luz. Por el centro avanza una chica con un vestido claro, entre azul y blanco, y una especie de niebla le rodea las piernas.
El plano siguiente es otro callejón, todavía más oscuro: a la izquierda, unos tubos de neón rojo sobre puertas metálicas cerradas; al fondo, una luz verde azulada; en las paredes, desconchones y manchas de humedad. En medio, una reina con un vestido plateado de lentejuelas, peluca blanca y un brazo levantado hacia el cielo, como quien saluda a un público que debería estar en los balcones y no está.
Estos callejones son lo más parecido a la «calle vacía» de la dedicatoria que puse en la descripción del vídeo: todas las drag queens que alguna vez caminaron solas por calles vacías. Y aquí lo literal y lo simbólico coinciden. Es la ruta de vuelta a casa a las seis de la mañana. Es el atajo por detrás de los locales. Es el sitio donde nadie te aplaude y, a veces, donde alguien te grita.
El brazo levantado me emociona porque no pide nada. No es un gesto de socorro. Es el final de un número, la pose de cuando acaba la canción y una espera el aplauso. Pero el aplauso no llega, y ella sostiene la pose igual.
La reina de las cintas de colores
Volvemos al mar, ahora de día, o casi. Una reina rubia, con el pelo recogido en un moño alto, se sienta en la arena junto a la orilla. Lleva un cuerpo cubierto de cintas y abalorios de colores, en tiras verticales, como un arcoíris deshilachado, y una falda de tul rosa extendida a su alrededor. Mira de perfil, hacia la izquierda, con los labios muy rojos. En el horizonte, sobre un cielo azul limpio, asoma una luna enorme y pálida.

Pocas imágenes del vídeo transmiten tanta calma como esta. Las cintas de colores me hacen pensar en la bandera, claro, pero también en algo más doméstico: en los flecos de las cortinas de los bares de playa, en las tiras de plástico que se ponían en las puertas para que no entraran las moscas. Un arcoíris de andar por casa. Muy de Planeta Gayfolk, ese gusto por mezclar lo épico con lo de todos los días.
Justo después, otra mujer, con el pelo rizado y oscuro y un vestido negro, se sienta en la arena de una cala, con las rocas detrás, y mira al mar. No sabemos si espera a alguien o si simplemente ha llegado al final del camino y se ha sentado.
La luna en el agua
A los cuarenta segundos llega el primer plano que me parece de verdad nocturno. Una mujer con la cara pintada de blanco, a la manera de un pierrot o de una máscara veneciana, con los labios oscuros y un tocado de plumas plateadas, está tumbada boca abajo en el agua poco profunda de la orilla. Apoya la barbilla en la mano. Detrás, el mar negro, una luna llena muy alta y su reflejo partido en la superficie.
El maquillaje blanco cambia todo. Hasta aquí las reinas eran de carne y hueso, con su colorete y su purpurina. Esta parece una figura de otra época, de teatro antiguo, casi de cuento. Y está metida en el agua, que es lo contrario del escenario: allí no se puede bailar, allí se flota o se hunde una.
En la letra hay una estrofa que siempre asocio a esta imagen:
Aquí me deshago, entre uñas quebradas,
«Deshacerse» es lo que le pasa a un maquillaje en el agua. Lo que le pasa a un peinado con la humedad. Lo que le pasa a un personaje cuando se acaba la noche. La reina del pierrot está ahí, quieta, dejando que el mar le vaya quitando el disfraz.
La reina del tocado de púas
El plano siguiente es, para mí, el más potente del vídeo. Otra mujer con la cara pintada de blanco, esta vez con un arnés negro y dorado sobre el cuerpo, se arrodilla en la arena con los brazos abiertos y las manos levantadas. En la cabeza lleva un tocado altísimo hecho de varillas plateadas, como los rayos de una corona o las púas de un erizo de mar. Detrás, el mar en calma y, muy a lo lejos, las luces de dos barcos.
Está de rodillas, pero no derrotada. Las manos abiertas a la altura de los hombros tienen algo de gesto de baile flamenco y algo de rendición, y no sabría decir cuál pesa más. Ese doble sentido es el de toda la canción. Arrastrarse por el suelo puede ser caer o puede ser una coreografía.
La carretera vacía entre los hoteles
A partir del minuto, el vídeo nos saca otra vez a la ciudad. Una reina negra, con un body de lentejuelas negras cruzado por bandas plateadas, camina por el centro de una carretera completamente vacía, sobre la línea amarilla, entre dos hoteles enormes con todas las luces de las habitaciones encendidas. No pasa ni un coche. Las farolas están encendidas para nadie.
Poco después, otra reina, también negra, con un vestido de sirena plateado y el pelo recogido en un moño, se queda quieta en mitad de un paso de cebra, en una calle de bloques de apartamentos y palmeras. Mira a cámara, seria.
En la letra, la protagonista escupe sueños «por cada semáforo». En el vídeo no hay ningún semáforo en rojo que la detenga, porque no hay tráfico que detener. La ciudad, a esas horas, es de ella. Esa imagen me provoca risa y tristeza al mismo tiempo: una avenida de seis carriles, pensada para miles de coches de turistas, convertida en la pasarela de una sola reina. Es lo más cerca que va a estar de una alfombra roja, y nadie la está mirando.
Las terrazas con las sillas apiladas
Hay una serie de planos que me parecen casi un documental de la ciudad al cierre. El paseo mojado por la lluvia, con la barandilla y el mar gris al fondo, por donde pasa una reina con un vestido morado que el viento levanta como una vela. Una terraza de restaurante con todas las sillas apiladas y encadenadas bajo las sombrillas cerradas, y a lo lejos, junto a una farola, una figura diminuta en la playa. Otra terraza, con las mesas vacías y el suelo brillante, donde una reina con una capa transparente de reflejos azulados abre los brazos de par en par delante de los rascacielos.

Y luego un pasaje cubierto, de hormigón gris, con más sillas apiladas a los lados y una niebla que lo vuelve todo de color ceniza. En el centro, una reina con un vestido gris de volantes en capas, como una tarta de boda que se ha quedado sin boda, extiende los brazos.
Todo ese mobiliario recogido me dice mucho. Las sillas apiladas son la imagen exacta del «después». La fiesta ha terminado, los camareros se han ido, el turismo duerme. Y en ese decorado sin uso, alguien sigue haciendo su número. Es lo que llevo dentro cuando pienso en las pioneras: actuar no cuando todo el mundo mira, sino cuando ya nadie lo hace. Ya escribí algo parecido sobre el lugar de Benidorm en mis canciones en «Quién se queda con Benidorm», donde la ciudad era un territorio que se reparte tras una ruptura. Aquí no se reparte nada. Aquí la ciudad está vacía y toda entera para quien se atreva a cruzarla con tacones.
Telas que vuelan
A partir de la mitad, el vídeo cambia de tono. Se acaban las calles y empieza la playa de noche, y con la playa llega el movimiento. Una reina corre por la arena con un pañuelo lila larguísimo que el viento estira detrás de ella. Una reina rubia, de peluca enorme y capa naranja, pasa muy cerca de la cámara con la boca abierta, riéndose o gritando, en un plano movido, casi borroso. Otra, con un vestido color vino de cola gigantesca, se queda de pie sobre la arena mientras los volantes de la falda se extienden a su alrededor como una flor abierta; arriba, una luna llena y un cielo morado.
Es el momento en que la canción grita su estribillo, y el vídeo responde con tela. Mucha tela. Telas que se inflan, que se arrastran, que se mojan. En la letra, la falda arde:
Aquí sangro, con la falda ardiendo,
En el vídeo no arde nada. Pero esos volantes rojo vino tendidos en la arena tienen algo de herida, de mancha que se extiende. Me gusta que la imagen no sea literal. Si hubiéramos visto una falda en llamas habría sido una película de terror. Con esa cola color sangre basta para que se entienda.
Al agua
Entonces las reinas se meten en el mar. Una, vista de espaldas, con un moño, un cuerpo de pedrería y una falda morada de vuelo, camina hacia las olas mientras al fondo se recorta la línea de hoteles de la costa. Otra, con un vestido dorado, baila en el agua hasta los tobillos, levantando salpicaduras, con un brazo estirado hacia arriba y el pelo suelto al viento, mientras las luces de la ciudad se reflejan en la arena mojada. Otra extiende una capa roja sobre la arena de noche, bajo las farolas del paseo y las palmeras. Otra, con una capa dorada, se planta frente al rompiente.
Para mí este es el corazón del clip. La protagonista de la letra se arrastra, sangra, vomita, se deshace. Y lo que hace el vídeo con todo eso es llevarla al agua. No para hundirla. Para limpiarla. Las olas que le mojan los bajos del vestido no le quitan el brillo: lo multiplican, porque la pedrería y las lentejuelas reflejan las luces de la ciudad en cada salpicadura.
La reina del vestido dorado que baila en la orilla es, de todas, la que mejor resume el último verso de la canción. Ese «y bailo» que llega después de toda la lista de desgracias. No baila en una discoteca. Baila en el sitio más incómodo posible, con el mar mojándole los pies, de noche, sin música que se oiga más allá de su cabeza. Y baila de verdad, con todo el cuerpo.
Los zapatos de pedrería
Y llega el plano que he elegido para la portada de este post. Una reina rubia, con un moño alto, un corpiño de pedrería, una falda de tul rosa empapada y dos manchas rojas en forma de corazón pintadas en la mejilla, está arrodillada en el agua poco profunda. El cielo es rosa y azul, de amanecer o de última luz. Al lado, flotando o apoyados en la arena mojada, hay dos zapatos de tacón cubiertos de brillantes. Ella sostiene uno con la mano, como quien recoge algo que se le ha caído. Al fondo, unas gaviotas, o unos patos, caminan por la orilla sin hacerle caso.

La canción empieza así:
Aquí me arrastro, con tacones rotos,
Y el vídeo, casi al final, nos enseña los tacones. No están rotos. Están enteros, preciosos, llenos de pedrería. Pero ya no los lleva puestos. Se los ha quitado, o se le han caído, o el mar se los ha arrancado. Esa diferencia entre la letra y la imagen me parece lo más bonito del clip. Los tacones rotos de la canción son una manera de decir que una está rota. Los tacones del vídeo son una manera de decir que, aunque una esté rota, los zapatos siguen brillando, y que quizá hay un momento en que hay que quitárselos para poder seguir andando.
Siempre he pensado que el tacón es un objeto con dos caras. Lo conté comparando el tacón flamenco y el tacón drag en «La misma tarima»: el mismo golpe contra el suelo puede ser arte y puede ser castigo. En este plano el tacón no golpea nada. Flota. Es la primera vez en todo el vídeo que un objeto de la reina parece más ligero que ella.
Plumas blancas
En el tramo final aparece una reina con un tocado de plumas rubias altísimo, como el penacho de una revista de los años setenta, y un vestido blanco de baile con la falda abullonada. Está en la playa, con los brazos abiertos, delante de una fila de palmeras y de los edificios iluminados. Es la imagen más clásica del vídeo, la que más se parece a un cartel de espectáculo de antes, de esos de cabaret con escalera y plumas.
Y después vuelve la mujer del maquillaje blanco, ahora con un body color carne, un tul blanco alrededor y el pelo negro recogido, con los brazos extendidos en cruz frente al mar.
Esas plumas me hacen pensar en «Mueve las plumas» y en todo lo que en mi catálogo tiene que ver con la pluma como orgullo. Pero aquí la pluma está en una playa vacía. Es el traje de gala de una noche que ya ha pasado. Lleva puesto el vestido de la función a la hora en que se recogen las sillas.
El último gesto
El último plano es el que más me ha costado leer. La mujer del maquillaje blanco y el tul se agacha hasta tocar la arena con la mano, en la orilla, con la luna creciente en el cielo y las luces de la costa al fondo. No sabemos si recoge algo, si se apoya para no caer o si está a punto de tumbarse. El vídeo se corta ahí.
La letra termina con la frase más corta de toda la canción: «me desangro... y bailo». Ya conté en otro sitio lo que ese verbo pequeño al final significa para mí. Pero el vídeo no termina con un baile. Termina con un gesto mínimo, una mano en la arena. Como si dijera que a veces bailar es eso: no caerse del todo. Tocar el suelo para asegurarse de que sigue ahí.
Lo que no sale en el vídeo
Igual de importante que lo que se ve es lo que no se ve. En todo el clip no hay público. No hay ni una persona mirando a las reinas. No hay escenario, ni barra, ni camerino, ni espejo. Y no hay nadie que les haga daño: la violencia de la letra, los escupitajos, la sangre, la lengua cortada, todo eso queda fuera de cuadro.
Esa ausencia me parece una decisión justa. Las historias de las primeras drags, transformistas y travestis que actuaban en los bares de costa están llenas de violencia real, de detenciones, de insultos y de palizas. No quería que el vídeo la escenificara, como si fuera un espectáculo más. Prefería enseñar lo que queda después: una ciudad indiferente y una mujer que sigue de pie, o de rodillas, pero entera. La letra se encarga de decir lo que dolió. El vídeo se encarga de enseñar que no la borraron.
Tampoco hay una sola protagonista. Si la letra habla en primera persona, de una única reina, el vídeo la multiplica en más de quince: rubias, morenas, negras, con maquillaje de pierrot, con plumas, con cintas de colores. Me gusta pensar que «la primera» no es una persona, sino todas las que fueron primeras en su barrio, en su pueblo, en su bar de la costa. Cada una con su vestido y su madrugada.
Dónde encaja en Planeta Gayfolk
En las plataformas, la canción figura dentro de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»; en la descripción del videoclip la presenté como parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y allí escribí que es un viaje lleno de tacones rotos, sueños sucios y hambre de verdad. Las dos cosas tienen sentido, porque esta canción es un puente entre la rabia del primer disco y las ganas de refugio del segundo. Y terminé aquella descripción con dos frases que siguen siendo las mías: «Este planeta es nuestro. Este planeta se llama GAYFOLK».

Tiene una hermana evidente, «Aquí escupo», con la que comparte esa palabra repetida hasta el suelo. Ya escribí sobre ese mecanismo en «La palabra aquí, repetida hasta el suelo». Pero mientras «Aquí escupo» es pura rabia, esta tiene nombre, lugar y una historia detrás. Y tiene otra hermana, más alegre, en «La primera drag», que es la cara de fiesta de la misma idea: lo conté en «El drag como fiesta y no como disfraz». Las dos canciones se miran como el día y la noche: una es el estreno con confeti; la otra, la vuelta a casa con los tacones en la mano.
Benidorm, además, es una ciudad que vuelve en mi catálogo. En «Madrid to Benidorm» es la escapada, el viaje de orgullo y de fiesta. Aquí es lo mismo, pero visto a la hora en que los turistas se han ido. El mismo paseo marítimo, dos canciones, dos horas distintas del reloj.
Y el gusto por las reinas imposibles, por los personajes de purpurina con historia triste dentro, lo tengo desde siempre. Lo conté en «Escrita en mayúsculas», donde aparecía una drag interestelar. La de Benidorm es la versión terrestre: no viene del espacio, viene del barrio, con el hambre y la lengua cortada.
Por qué esta canción es tan mía
Esta letra la escribí desde un sitio muy concreto. Yo soy el letrista, el compositor y el productor musical de la canción; la música e interpretación vocal hechas con IA ponen el sonido, pero las palabras, la estructura de letanía y la idea de rematar con un verbo diminuto son mías.
Perdí unos veinte años de mi vida al lado de dos parejas narcisistas. Al quedar al descubierto, las dos supieron volver contra mí a gente que yo quería, y me quedé mucho tiempo sin un lugar donde explicar lo que había pasado. Ese lugar acabaron siendo las canciones. Con el tiempo llegaron los diagnósticos: TEPT, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. A día de hoy sigo con tratamiento psiquiátrico y psicológico, y lo cuido. Llegué a estar al borde, muy al borde. Si lo escribo aquí es porque de ese borde se vuelve, y esta letra fue uno de los peldaños de mi vuelta.
No soy una drag de Benidorm, pero conozco ese «aquí nadie me recuerda». Conozco la sensación de caminar por una ciudad llena de gente y sentirse la única persona despierta. Por eso, cuando pienso en el vídeo, no veo solo a las reinas. Veo una manera de estar en el mundo que también fue la mía: arreglarse para una función que nadie va a ver y seguir, a pesar de todo.
Si tú también caminas ahora por tu propio paseo con las persianas bajadas, no lo hagas sin compañía. El 024 contesta de día y de noche, sin coste, a cualquiera que tenga pensamientos de hacerse daño. Ante un peligro inmediato, marca el 112. Hay también un número del Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, y para chicos y chicas menores de edad está ANAR, 900 20 20 10. Fuera de España, findahelpline.com te dice qué teléfono te corresponde. Llamar no es rendirse. A veces es el primer paso de baile.
Cómo pienso los vídeos
En «Más de 380 videoclips después» conté algunos de los criterios con los que imagino cada clip. Uno de ellos es que el vídeo no tiene que repetir la letra, sino responderle. En este caso la respuesta es casi una contradicción. La letra es sucia, dolorosa, a ras de suelo. El vídeo es limpio, azul, lleno de brillo y de agua. La letra dice que nadie la recuerda; el vídeo la recuerda quince veces, con quince caras distintas.
Esa tensión es justo lo que buscaba. Si el vídeo hubiera sido tan crudo como la letra, la canción habría quedado como una queja sin salida. Con estas imágenes, la queja tiene una salida, aunque sea pequeña: la orilla, el amanecer, un baile con los pies en el mar.
Una ruta para la próxima vez que lo pongas
Cuando vuelvas al vídeo, intenta localizar esto: el tubo fluorescente encima de las persianas bajadas; el brazo levantado en el callejón del neón rojo; la luna reflejada al lado de la reina del pierrot; la línea amarilla de la carretera vacía; las sillas apiladas en la terraza; la cola color vino extendida en la arena; las salpicaduras de la reina del vestido dorado; y los dos zapatos de pedrería en el agua. Con eso tienes el recorrido entero, del cartel de neón a la mano en la arena.
Y fíjate en una cosa más: en cuántas reinas miran a cámara y en cuántas miran al mar. Casi ninguna nos busca con la mirada. Miran a otro sitio. Al horizonte, a la luna, a la orilla. Como si el público que les faltó durante tantos años ya no les importara, y lo que de verdad quisieran mirar fuera lo que tienen delante.
Al final, eso es «La primera drag de Benidorm»: una lista de golpes con un videoclip de agua y brillo. Una ciudad vacía que, por un rato, es toda de ellas. Y un par de tacones que no se rompieron del todo.
Preguntas frecuentes
¿Qué pasa en el videoclip de «La primera drag de Benidorm»? Es un recorrido por una ciudad de costa de madrugada, con más de quince reinas distintas: un paseo marítimo con las persianas bajadas, callejones de grafiti con neón, una carretera vacía entre hoteles, terrazas con las sillas apiladas y, sobre todo, la playa de noche, donde las reinas se mojan los vestidos, bailan en la orilla y una de ellas deja sus zapatos de pedrería en el agua.
¿Por qué los tacones del vídeo no están rotos? La letra habla de tacones rotos como imagen de lo que duele. En el vídeo los zapatos aparecen enteros y brillantes, pero fuera de los pies, en la orilla: es mi forma de enseñar que lo que brilla sigue ahí aunque una esté rota.
¿Hay público en el videoclip? No. En todo el clip no hay nadie mirando a las reinas, ni escenario, ni barra, ni camerino. Esa ausencia es la imagen del verso «aquí nadie me recuerda».
¿Quién escribió «La primera drag de Benidorm»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La canción tiene música e interpretación vocal hechas con IA.
¿Hay más posts sobre esta canción? Sí: en la ficha de la canción está su historia y la letra completa, y en este blog hay un diario sobre el gesto mínimo del último verso.