
Por Mike Sain't Louis ·
La misma tarima: el tacón flamenco y el tacón drag en «Con el taconeo»
Tac. Tac. Tac-tac-tac.
Si cierras los ojos, no sabes de dónde viene. Puede ser una bailaora en un tablao de la calle Bailén, rematando una bulería con la falda recogida en la mano. Puede ser una drag en el escenario de un bar de Chueca, a las dos de la mañana, bajando de un taburete con unos tacones de quince centímetros. El sonido es el mismo. Madera, golpe, eco.
De ese sonido va la portada de «Con el taconeo». Y de esa vecindad entre el flamenco y la pluma quiero hablar hoy, porque es de las cosas que más me gustan de ser de aquí.
Antes de nada, la letra
La letra de esta canción todavía no está subida a la sección de Letras, así que no te la voy a contar. No la voy a citar ni a resumir ni a inventármela. Cuando esté publicada, la podrás leer entera. Mientras tanto, hablo de lo que sí está a la vista: el título, la portada y todo lo que me remueven.
Que, viniendo de mí, ya te aviso que es bastante.
Mira primero a los pies
En la ficha escribí que, en la portada, lo primero que hay que mirar son los pies. Y lo mantengo.
Unos zapatos de tacón de aguja de color frambuesa, relucientes como un caramelo chupado, firmes sobre una tarima de madera oscura. No están de puntillas, no están en el aire. Están plantados. Como los pies de una bailaora antes de arrancar, cuando se queda quieta un segundo, con todo el peso en el suelo, y el público sabe que va a pasar algo.
Eso es lo primero que me gusta: el tacón no es de pasarela. No es para caminar despacio y que te miren. Es para golpear. Es un instrumento.
Y luego subes. Un pantalón de traje de luces en rosa con bordados negros. Una chaquetilla abierta, con volantes en las mangas, y el pecho tatuado al aire. Pelo rosa, barba, una mano en la cadera. Alrededor, cortinas de terciopelo rojo, una mesa con mantón, una guitarra española apoyada en el suelo, una lámpara con flecos.
Un tablao de los de antes. Con otra figura en el centro.
El tacón como instrumento de percusión
Hay una cosa que mucha gente no sabe del flamenco, y que a mí me fascina: el zapato es parte de la orquesta.
En el baile flamenco, los pies no acompañan la música. La hacen. El zapateado es percusión pura, con sus golpes de planta, de tacón, de punta. Los zapatos de baile llevan clavos en la suela para que suenen más. Las tarimas se construyen huecas para que retumben. Una bailaora buena puede sostener un compás entero solo con los pies, sin guitarra y sin palmas.
Y ahora piensa en una drag. En lo que hace con los tacones cuando entra en un escenario. Taconazo, giro, taconazo. El golpe seco al final de una coreografía. El paseíllo antes del número, haciendo ruido a propósito para que todo el mundo se calle.
Es la misma idea. El tacón como anuncio. Como golpe. Como «aquí estoy yo».
La portada junta las dos cosas con toda la naturalidad del mundo, y yo creo que es porque siempre estuvieron juntas. Solo que nadie lo decía.
Vecinos de siempre
El flamenco y la pluma han sido vecinos desde hace mucho. No lo digo yo; lo sabe cualquiera que haya mirado un poco.

Los tablaos de toda la vida han sido refugio de mucha gente que no encajaba en ningún otro sitio. Gitanos, artistas, noctámbulos, gente de mal vivir, como decían las abuelas. Y entre esa gente, maricas. Bailaores con más pluma que un abanico de Sevilla. Cantaoras que eran madrinas de medio barrio. Folclóricas con un séquito de amigos que no se casaban nunca.
La copla, de la que ya escribí en La copla dentro del pop queer, es el mejor ejemplo. Canciones de amores prohibidos, de mujeres señaladas, de pasiones que no se pueden contar. Las interpretaban ellas, pero muchos las escuchábamos pensando en nosotros. «Tatuaje», «Ojos verdes», «La bien pagá». Todo eso es drama marica antes de que existiera la palabra.
Y el traje de volantes, el mantón, la bata de cola, los pendientes de aro, el moño con peineta. Si eso no es drag, que venga alguien y me lo explique.
La bata de cola es un vestido de reina
Me detengo un momento en esto, que me hace mucha gracia.
Una bata de cola es un vestido de varios metros que la bailaora tiene que mover con las piernas, a patadas, haciendo que la cola gire, vuele, se enrolle y se desenrolle como una serpiente de volantes. Es de lo más difícil del baile flamenco. Requiere fuerza, técnica, años de práctica. Y es, a la vez, de lo más teatral que existe. Un espectáculo de tela.
Ahora piensa en una reina drag con un vestido de cola en la final de un concurso. Lo mismo. La tela como personaje. El vestido que se mueve solo. La entrada que dura un minuto porque hay que arrastrar todo eso.
Un número drag con bata de cola es la cosa más lógica del mundo. Claro que sí. Si existe un vestido hecho para exagerar, es ese.
Traje de luces en rosa
Luego está el traje de la portada, que no es de bailaora. Es de torero.
El traje de luces es otra pieza de la cultura española que tiene una pluma tremenda y que se ha vestido siempre de seriedad. Medias rosas, por cierto. Las medias de los toreros siempre han sido rosas. Chaquetilla bordada, taleguilla ajustadísima, montera, coleta postiza. Un hombre vestido de joya, delante de miles de personas, haciendo pases de una elegancia casi de ballet.
Y todo el mundo diciendo que eso es la cumbre de la hombría.
No voy a entrar en los toros, que no es el tema ni me apetece. Me quedo con el traje. La portada lo coge, lo pinta entero de rosa, le abre la chaquetilla para que se vea el pecho tatuado y le pone tacones de aguja. Es decir: le quita la seriedad y le deja la pluma. Que es lo que tenía desde el principio.
Un traje que dice una cosa y significa otra. Mi especialidad.
Tablaos y bares de ambiente
Te cuento una sensación, que no es un dato, para que no se me malinterprete.
Quien haya entrado en un tablao de Madrid, de esos con cortinas rojas y fotos antiguas de artistas en las paredes, y luego en un bar de ambiente de los de toda la vida, sabe que se parecen más de lo que parece. Los dos huelen a madera, a noche, a gente que ha venido a dejarse algo en el escenario. Los dos tienen un público que grita cosas en mitad del número: olé en uno, guapa en otro. Los dos tienen esa mezcla de solemnidad y cachondeo que solo existe en los sitios donde se viene a sentir mucho.
La portada de «Con el taconeo» es justo eso. Un tablao que podría ser un bar drag. Una lámpara con flecos que podría estar en el camerino de una vedette. Una guitarra en el suelo que podría ser parte del decorado de un musical. Todo está en el mismo sitio, sin pelearse.
El duende y la pluma
Hay una palabra del flamenco que me encanta, y que es casi imposible de traducir: duende.

Lorca escribió una conferencia entera sobre el duende, y ni él lo definió del todo. Es ese momento en que el artista deja de hacer bien las cosas y empieza a hacerlas de verdad. Cuando la voz se rompe donde no tenía que romperse, cuando el baile se sale del compás y es mejor así. Cuando el público se queda callado porque ha pasado algo que no se puede explicar.
Pues yo creo que la pluma tiene duende. La buena, la de verdad. No la pluma de chiste, la que se hace para que se rían de ti. La otra. La que se te escapa en un gesto, en una mano que se mueve sola, en una forma de girar la cabeza. La que no puedes ensayar.
La pluma de chiste es la que te piden en las cenas para animar. La del duende es la que te sale cuando nadie te está mirando, delante del espejo del baño, con la música alta y un cepillo de pelo como micrófono. Una es de encargo. La otra es tuya. Y lo curioso es que la segunda es la que la gente recuerda, aunque la hayan visto solo una vez y de reojo, en un portal o en un andén, sin saber muy bien qué estaban viendo.
Cuando una drag tiene duende, se nota. Cuando una bailaora tiene pluma, también. Y la portada de esta canción, para mí, intenta poner las dos cosas en la misma foto.
Me parece justo recordar, ya que nombro a Lorca, que lo mataron en el 36. Por rojo y por maricón, como se ha dicho siempre. Lo dejo aquí, en una línea, porque no hace falta más.
Mi grito contra tu prisión
He escrito sobre tacones más veces de las que pensaba. Cuando me puse a buscar en mis propias letras, me encontré con que el tacón aparece en varias, y casi nunca como adorno.
En «Gaslighting», por ejemplo, el tacón es directamente un arma:
«Cada paso sobre este tacón / Es mi grito contra tu prisión»
Ahí el tacón no es un zapato bonito. Es la manera de salir de una relación que te encierra. Cada paso que das con él es un golpe en el suelo que dice: me voy. Que es exactamente lo que hace el zapateado. Golpear el suelo para decir algo que no se puede decir con palabras.
La canción de esa letra está en su ficha, por si te pica la curiosidad.
Tacones rotos en Benidorm
Y en otra letra, el tacón aparece al revés. Roto.
«Aquí me arrastro, / con tacones rotos, / escupiendo sueños / por cada semáforo.»
Es de «La primera drag de Benidorm», una de mis letras más crudas. Ahí la drag no está en un escenario. Está en la calle, de madrugada, arrastrándose con los tacones rotos. Es el después del número. La parte que no sale en las fotos.
Me gusta ponerla al lado de la portada de «Con el taconeo», porque son dos caras del mismo zapato. En una, el tacón está firme sobre la tarima, plantado, reluciente, a punto de empezar. En la otra, el tacón está roto en una acera de Benidorm. Las dos son verdad. Las dos son drag. Las dos son flamenco, si me apuras, porque el flamenco también va de eso: de la fiesta y de la pena en la misma noche.
Si quieres saber cómo veo yo el drag, sin tacones rotos, lo conté en El drag como fiesta y no como disfraz.
Only if you dance flamenco
Para que no todo sea serio, te dejo una de mis frases favoritas sobre flamenco, que está en una canción que no tiene nada de flamenca.

«Un turista said: can I kiss your hand / Le dije: only if you dance flamenco, man»
Es de «Marica chill», una canción de playa, de abanico y de short transparente. Un turista le pide besarle la mano, y la respuesta es: solo si bailas flamenco.
Me hace mucha gracia porque es lo que hacemos los de aquí con los guiris. Les ponemos el flamenco de examen. Como si fuera la prueba de acceso a nuestro cariño. ¿Quieres algo conmigo? Taconea primero.
Y la portada de «Con el taconeo» es, de alguna manera, la respuesta a ese turista. Aquí está el flamenco, chato. Con tacones de aguja. A ver si te atreves.
Lola, siempre Lola
No puedo hablar de flamenco y pluma sin nombrar a Lola Flores. Tengo una ficha dedicada a ella, «Lola Flores», porque es de esas figuras que en mi cabeza están en todas partes.
Decían que no tenía la mejor técnica, ni con los pies ni con lo demás. Y sin embargo, cuando salía a un escenario, nadie podía mirar a otro sitio. Eso es duende y eso es pluma, las dos cosas a la vez. El exceso como arte. La exageración como verdad. El pelo, los volantes, los gritos, los gestos de las manos. Si hay una madrina espiritual de las drags españolas, es ella.
Hay una frase famosa sobre ella, atribuida a un periódico de Nueva York, que dice más o menos que no hacía nada a la perfección pero que no había que perdérsela. Si la cita es exacta o es leyenda, no lo sé, y no voy a hacer como que lo sé. Lo que sé es que el espíritu es verdad. Y que podría ser el lema de medio Planeta Gayfolk.
Cinco ruidos de tacón que conozco
Como esto va de sonido, te hago un inventario. Cinco ruidos de tacón que cualquiera que viva en Madrid ha oído alguna vez, aunque no se haya fijado.
El de la vecina del quinto a las siete de la mañana, cruzando el salón con los zapatos de trabajo puestos, encima de tu techo. Un metrónomo de mala leche que te despierta antes que la alarma.
El de las escaleras mecánicas del metro de Sol, un sábado a medianoche, cuando bajan seis amigas de despedida de soltera con diademas de penes luminosos y tacones de Primark. Un redoble de tambor desafinado.
El de un pasillo de hospital, de noche, cuando pasa una enfermera con zuecos y tú estás en la sala de espera sin saber nada. Ese no tiene gracia. Ese se te queda.
El de un tablao, claro. El de verdad. El que te sacude el pecho aunque estés en la última fila.
Y el de una drag bajando del escenario de un bar de Chueca, a las dos y media, con el número terminado y la peluca torcida, camino del camerino. Tac, tac, tac. El sonido de alguien que ha dejado todo ahí arriba y vuelve a ser una persona normal con los pies destrozados.
Cinco ruidos. Todos el mismo golpe, en el fondo. Todos dicen lo mismo: aquí hay alguien.
Por qué rosa frambuesa
Una última cosa sobre los colores de la portada, que nunca son casuales en mis carátulas.

Los zapatos son frambuesa. El traje, rosa con bordados negros. El pelo, rosa. Las cortinas, rojas. Es una escala entera del mismo color, del rojo de tablao al rosa de Barbie, pasando por el frambuesa de chicle de fresa ácida.
El rojo es el color clásico del flamenco. El de los claveles, el de los mantones, el de las cortinas del tablao. El rosa es el color de mi planeta, de GAYFOLK, de las naves y los cohetes de mis otras portadas. Y el frambuesa está justo en medio. Es el color en el que se encuentran los dos mundos.
Si lo piensas, toda la imagen es una transición de color. Del rojo de la tradición al rosa de la pluma. Y los pies, que es lo que manda, están en el punto exacto en el que se mezclan.
No sé si quien vea la portada lo notará. Me da igual. Yo lo sé.
Entre el cateto y la ilusión
En la discografía de la web, la canción ha quedado entre «Tan cateto» y «Una ilusión». No me digas que no tiene gracia. Primero el cateto, el de pueblo, el que no sabe estar. Luego el tablao, el taconeo, el traje de luces rosa. Y después, una ilusión.
Es casi un pequeño recorrido de vida. El chico de pueblo al que llaman cateto, que un día se encuentra con el flamenco, los tacones y la pluma, y se le enciende una ilusión. No lo planeé así, pero me encanta que haya quedado en ese orden.
Un disco que se llama liberación
La canción está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Y no puede estar en un disco mejor.
Porque lo que hace la portada es liberar una tradición. Coger el flamenco, que durante mucho tiempo se usó como emblema de una España muy seria, muy de macho, muy de postal para turistas, y devolverle lo que siempre tuvo. La pluma. Los volantes. El drama. La gente rara que lo hacía posible en los tablaos de madrugada.
Liberar el flamenco de la postal. Eso es lo que me gustaría que hiciera esta canción, aunque sea un poquito.
Hecha con máquinas, pensada con tacones
Lo digo como siempre: la letra de «Con el taconeo» es mía, escrita sin inteligencia artificial, aunque aún no la haya publicado en la web. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. Yo soy letrista, compositor y productor, y no pongo la voz en mis canciones.
Y aquí me río un poco de mí mismo, porque es irónico. Una canción sobre el taconeo, que es lo más físico, lo más de cuerpo, lo más de madera y sudor que existe, hecha con ayuda de herramientas que no tienen pies. La IA no ha pisado nunca una tarima. No sabe lo que es un clavo en la suela. Lo que hago yo es darle las palabras y la idea, el tablao, el traje rosa, los tacones frambuesa, y ella pone el sonido.
El duende, si lo tiene, lo pone la letra.
Ponte los tacones
Mi recomendación es la de la ficha: escucha cómo suena ese taconeo. Y si tienes unos tacones a mano, mejor.
Ahora añado una cosa. Si no tienes tacones, da igual. Golpea el suelo con lo que lleves. Con las zapatillas, con las chanclas, con los pies descalzos. El taconeo no es del zapato, es de quien pisa.
Y si alguien te mira raro mientras lo haces, pisa más fuerte. Que retumbe el parqué, que se entere la vecina de abajo, que suba el portero a preguntar qué pasa. Le dices que es flamenco. Y que es tuyo.
Tac. Tac. Tac-tac-tac.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «Con el taconeo»? La letra todavía no está publicada en la web, así que Mike Sain't Louis no la destripa. La portada muestra a una figura con traje de luces rosa, pecho tatuado y tacones de aguja color frambuesa en un tablao flamenco de los de antes, y él la usa para hablar de la cercanía entre el flamenco y la cultura drag.
¿Qué relación tiene el flamenco con el drag? Según Mike, comparten el tacón como percusión, el vestuario exagerado, como la bata de cola o el traje de luces, y una larga historia de refugio para personas que no encajaban.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Planeta Gayfolk.
¿Quién pone la voz en sus canciones? Las voces y la música están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Mike escribe las letras sin IA y es compositor y productor.