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«La primera drag»: el drag como fiesta y no como disfraz

Tengo una canción que se llama «La primera drag». No voy a contarte qué dice, porque la letra está entera en la web y prefiero que la leas allí sin mi resumen por delante. Pero el título me da pie para hablar de algo que me importa mucho y que a veces se explica fatal: el drag como celebración.

Empiezo por la palabra que más me gusta del título, que no es «drag». Es «primera».

Siempre hay una primera

Todo el mundo que se ha acercado al drag recuerda una primera vez. La primera que vio en un bar, subida a una tarima de medio metro con una peluca que casi tocaba el techo. La primera que vio en la tele, a deshoras, cuando no debería estar despierto. La primera vez que alguien de su grupo de amigos se atrevió a probar, con un maquillaje prestado y unos tacones que le hacían daño desde el minuto uno.

Esa primera vez tiene algo de revelación pequeña. No cambia tu vida de golpe, pero algo se mueve. Ves a alguien que ha decidido exagerarlo todo, la boca, las pestañas, los gestos, la actitud, y en lugar de parecerte ridículo te parece valiente. Y te preguntas, aunque sea un segundo, qué harías tú si te dieras permiso para exagerar.

Por eso el título me gusta tanto. Porque cada persona lo va a leer con su propia primera en la cabeza.

Celebración, no burla

Hay quien todavía ve el drag como un chiste. Un hombre vestido de mujer para que la gente se ría de él. Esa idea viene de muy lejos, de un tipo de humor de televisión que usaba el disfraz para burlarse, y todavía asoma en algunas conversaciones de sobremesa.

El drag que a mí me emociona es lo contrario. No se ríe de lo femenino. Lo celebra hasta el exceso. Coge todo lo que durante años se ha usado para señalar a los chicos con pluma, los gestos, la voz, el gusto por el brillo, y lo convierte en espectáculo. Lo que en el patio del colegio era un insulto, encima de un escenario es aplauso.

Esa inversión es la misma que intento hacer con el humor en PLANETA GAYFOLK. Coger lo que te hacía pequeño y ponerlo bajo un foco. Pero el drag lo hace con el cuerpo entero, con horas de maquillaje y con un vestido que pesa lo que una maleta, y eso me parece un nivel de compromiso que pocas formas de arte igualan.

Hay humor, claro. Mucho. Las drags que más admiro son también de las personas más graciosas que he visto sobre un escenario. Pero el humor del drag no apunta hacia abajo. Apunta hacia arriba, hacia las normas, hacia la seriedad con la que el mundo se toma el género, la elegancia o la belleza. Se ríe de las reglas, no de quien no las cumple.

Desde fuera, el drag parece un espectáculo de una sola persona. Desde dentro es un trabajo de muchas. Quien cose. Quien peina pelucas. Quien presta los tacones. Quien sostiene el espejo en un camerino que es en realidad el almacén de un bar. La drag sale sola al escenario, pero llega acompañada.

Eso me recuerda bastante a cómo trabajo, aunque mi equipo sea raro. Escribo todas las letras y produzco la música con herramientas de inteligencia artificial que dirijo yo. Dirijo también los videoclips, más de 280. Desde fuera parece que todo sale de una sola mano. En la práctica hay un montón de decisiones, de pruebas, de descartes, de versiones que no sirvieron. Como en un camerino. Lo que llega al público es lo último, lo que brilla, y detrás queda un suelo lleno de purpurina y de intentos.

El orgullo con tacones

En Madrid el drag está muy presente en las fiestas del Orgullo, en las calles, en los escenarios, en los bares de siempre. Y ahí se ve muy bien que el drag, además de arte, es una manera de ocupar el espacio público. Una drag en la calle, a pleno sol, rodeada de gente, está diciendo algo que va más allá del maquillaje: que este sitio también es suyo.

Pienso mucho en la trilogía GAYFOLK cuando pienso en eso. El tercer disco se llama «El día de la liberación». Para mí, ese día tiene algo de desfile, de fiesta donde nadie se esconde, de gente que sale a la calle tal y como es o tal y como quiere ser esa noche. Y en esa imagen hay drags. Muchas. No me imagino una liberación sin pelucas.

No quiero tampoco romantizarlo todo. El drag también tiene sus peleas internas, su competencia, sus egos, sus noches en las que el público no responde y el número se cae. Es un oficio, con lo que tiene de precario. Las drags que yo he visto trabajan muchísimo por poco dinero, y eso conviene recordarlo cuando las aplaudimos en una fiesta.

Para quien todavía no ha tenido su primera

Si nunca has visto una actuación drag en directo, te recomiendo que vayas. No hace falta que te guste todo. Puede que algunos números te parezcan excesivos, otros geniales y otros directamente incomprensibles. Es normal. Lo que te pido es que mires sin la idea del chiste. Que mires como se mira a alguien que se está celebrando delante de ti.

Y si ya la has tenido, piensa en ella un momento. En qué sentiste. En si te dio miedo, envidia, risa o ganas de subir tú también. Creo que todos guardamos a nuestra primera drag en algún sitio, aunque no le pongamos nombre.

Yo le puse título. Es lo que sé hacer.

«La primera drag» está en mikesaintlouis.com, con su videoclip y su letra completa.

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